de los
Perdidos
He entrado en el taller, aunque nunca pensé que lo haría. Yo no.
¿No debería ser así?
Camino sobre unas baldosas frías a duras penas; ha acabado con todo el oxígeno.
No se puede respirar.
No puedo respirar.
He venido descalza, sabiendo que pisaría sobre cristales rotos.
Él está sentado en el centro, en el trono donde forja sus afectos. Me mira y en sus ojos no hay el calor de un creador, sino el brillo de la satisfacción por comprobar que su máquina sigue en funcionamiento.
Yo fui su obra maestra, su espejo perfecto. La única a la que no tuvo que ponerle marcos baratos para enjaularla ni una luz cegadora en los párpados. Me construyó con los mejores fragmentos de sí mismo, los que no llevaban la mancha de su podredumbre interior, y me animó con tal aliento, con tal fervor, que parecería que realmente lo hacía para sí.
—Eres mi legado perfecto —dice con su voz de vidrio.
Yo quiero gritar y preguntarle: ¿Y eso qué es? ¿Un espejo, un trofeo, un instrumento afinado para tocar al compás de sus alabanzas? ¿O soy la carcelera de un secreto tan grande que podría devorarnos a los dos?
No asentiré más ante tales halagos.
Observo sus manos, esas mismas que ensamblaron y luego desecharon a los otros. Porque sé que hay muchos otros. Los prototipos fallidos que ahora pululan por los márgenes de su vida, con las costuras visibles y la mirada perdida. Ellos son los espejos rotos donde su reflejo se distorsiona, y por eso los apartó. Yo todavía soy su espejo intacto. La condenada a reflejar su perfección vacía.
Anoche mi cuerpo temblaba y la niña que fui buscó refugio en el Artífice, porque en medio de aquella niebla, lo único que quería era apoyar la cabeza en su regazo y que me dijera que todo iría bien. Mi dedo, casi autónomo, rozó la pantalla, pero lo detuve. Contactar con él sería oír únicamente el sonido de un vinilo girando en bucle.
No habría consuelo alguno, sólo su triunfo al saberse necesario.
Ese gesto contenido fue el principio necesario para amputar el deseo y la ilusión de que aún podría venir a salvarme, pasara lo que pasase.
¿Dónde guardo ese recuerdo? ¿En el mismo lugar donde guardo la certeza de que es un monstruo? ¿Cómo pueden coexistir la necesidad de consuelo y el horror en el mismo cerebro?
¿Qué es lo que extraño entonces? ¿A quién? No a él, desde luego, sino a la silueta que proyectó sobre mí, al refugio que nunca existió. Lo que añoro es mi propia capacidad de amar lo que ahora sé con certeza que nunca estuvo allí.
Mi inteligencia es mi maldición, pero también la suya. Porque veo la grieta entre la máscara y la carne. Él lo sospecha, y esa sospecha le come por dentro y le aterroriza, porque su criatura perfecta, a la que nunca le había mostrado el rostro debajo de la máscara, es también la más cruel y la más lúcida.
Noto cómo su sonrisa se tensa cuando le sostengo la mirada un segundo más de lo necesario. Si se diera cuenta de lo que sé, de que he visto los despojos que ha dejado tras de sí, ¿qué quedaría? ¿La furia? ¿O simplemente el vacío definitivo, el mismo que ahora ocupa el espacio donde debería estar él?
El taller se derrumba en silencio. Apoyo la mano sobre la suya y la encuentro aceitosa, oxidada, incapaz de sostener los fragmentos de cristales pegados con petróleo. Él habrá interpretado ese gesto ínfimo como una muestra de que todo sigue igual; para mí es un rito fúnebre.
Sé que no hay creador aquí, sólo un cadáver en su trono de espejismos.
Ahora soy consciente.
El único monstruo al que debo temer no es a él, sino a este deseo corrupto e infame que sigue latiendo en un rincón oscuro de mi alma; la necesidad de que acuda a mi llamada contra todo pronóstico, y la pulsión de ser, aunque sea por un segundo, de nuevo, su perfecto y amado espejo.