de los
Perdidos
La luz de la madrugada se filtraba entre los cipreses, anunciando el albor de un nuevo día, año e incluso una nueva estación. Las cosas siempre ocurrían en esa hora azul, esa en la que todo queda envuelto en un halo que cabalga entre el sueño y la vigilia. El aire olía a tierra húmeda y a las últimas brasas de un invierno que empezaba a ceder al fin. El Alborista caminaba por los senderos de un reino que hacía no mucho había sido un campo de batalla.
A su izquierda, los muros derruidos del antiguo taller del Artífice se fundían con la naturaleza. Donde antes hubo herramientas oxidadas y esquirlas de espejos rotos, ahora crecían madreselvas que trepaban por las ruinas. A su derecha, en el claro de la cima donde una vez se alzó el trono de la Emperatriz, sólo quedaba una base de hielo negro cubierta de musgo y de las ipomeas que empezaban a abrirse con el primer indicio de luz sobre sus pétalos.
—Maestro —musitó una voz áspera pero tranquila.
Provenía de un cuervo posado en la estatua mutilada de un ángel caído que vigilaba uno de los cruces de caminos. El córvido, tiempo atrás, habría llevado una túnica, pero ahora sus plumas de ébano estaban revueltas y cubiertas de escarcha. Tenía una bellota en el pico, que giraba y examinaba con una meticulosidad absurda.
—¿Todo en orden, Kael? —preguntó el Alborista sin detenerse, aunque aminoró el paso.
—El roble del norte ha producido brotes nuevos —le informó el cuervo—. Las raíces han roto otro trozo del pavimento. Calculo que en dos lunas alcanzará los cimientos del pabellón oeste.
—Bien, bien. Que crezca —dijo, emitiendo una cálida sonrisa.
—Como usted prefiera… Maestro. —El cuervo Kael no parecía muy contento, pero alzó el vuelo con resignación y se marchó.
Kael era uno de los antiguos archiveros; cuervos de lógica despiadada que una vez catalogaron cada grieta del alma de la Emperatriz. Ahora que el sistema se había remodelado mantenían su mente aguda ocupada en unas tareas que, si bien ellos consideraban menores, para el Alborista eran esenciales. Les había instado a seguir con atención el crecimiento de las plantas, medir la lluvia, observar el lento trabajo de las lombrices… Su mundo ahora estaba bañado de una paz extraña que había nacido del aburrimiento y la posterior aceptación. A veces, al atardecer, se les veía formando círculos en la hierba, discutiendo en susurros sobre la mejor manera de espantar a los gorriones sin hacerles demasiado daño.
El Alborista pasó junto a uno de los estanques del jardín en construcción. El agua en calma reflejaba un cielo color ceniza, tan estático y vacío de nubes que parecía una placa de metal. Los juncos se mecían suavemente en la orilla y, entre ellos, una garza gris permanecía impasible, como si estuviera tallada en piedra. Una rana croó y apareció dando un salto desde la vegetación acuática, se quitó su sombrero y le hizo una leve inclinación de cabeza al Alborista que le devolvió de buen grado.
Fue al doblar una curva, donde el sendero se estrechaba, justo donde la sombra de la encina joven se encontraba con la luz del amanecer, cuando lo vio.
Acurrucado al pie del árbol, como si hubiera brotado de entre sus raíces durante la noche, había un muchacho que temblaba ligeramente. Descalzo, vestido con una túnica translúcida de color marfil. Sus pies estaban manchados de la tierra fresca y sus manos, de dedos finos y pálidos, se aferraban a sus rodillas buscando el calor.
—Hace frío —dijo el recién llegado con una voz cristalina e infantil, frotándose los brazos sin levantar la vista.
—Es el frío de enero —asintió el Alborista, deteniéndose frente a él—. Pronto pasará. El sol está saliendo ya.
El joven alzó por fin la mirada; sus ojos eran de color miel, con vetas doradas que resplandecían con el fulgor de una curiosidad inocente que no era habitual en aquel páramo.
—No sé qué es enero.
El Alborista esbozó una leve sonrisa, casi imperceptible, y se arrodilló lentamente hasta quedar a la altura del recién llegado.
—Eso es lo más singular que he oído en mucho tiempo —murmuró—. ¿Cómo te llamas?
El joven miró sus propias manos como si esperara encontrar la respuesta escrita en ellas, luego alzó la vista hacia el roble a lo lejos, hacia los cuervos que observaban desde la distancia y hacia el cielo que empezaba a teñirse de un dorado pálido.
—No lo sé —confesó por fin—. Sólo sé que antes no estaba aquí y ahora lo estoy. Es extraño, ¿verdad?
—Los seres más interesantes suelen aparecer así —respondió el Alborista—. Sin avisar.
El muchacho permaneció unos segundos en silencio, reposando las palabras que le había dicho él, luego se puso en pie. Su manera de erguirse se asemejaba a la de un cervatillo que acaba de estrenar su cuerpo.
—Acompáñame —dijo el Alborista posando el brazo sobre sus hombros para ayudarle a caminar.
Entre los cipreses se abrían claros donde la hierba crecía más rala y el frío empezaba a retirarse. En uno de ellos, unas matas de romero habían resistido todo el invierno y mostraban ahora brotes nuevos, aún tiernos, de un verde amarillento. El Alborista notó que el joven —que ya caminaba sin dificultad— se quedaba un poco atrás, mirándolas con una atención que no parecía del todo necesaria, pero no se detuvo.
Doblaron un recodo y llegaron a un tramo de grava más cuidado; eran los restos de un viejo paseo. A la izquierda se alzaban las ruinas del pabellón oeste, casi devorado por la hiedra. A la derecha, una hilera de laureles formaba una especie de corredor que llevaba hacia un pequeño mirador. Todo estaba en calma, aunque no era una calma muerta como la que había antes. Se oía un goteo en alguna parte e incluso una pequeña mariposa violeta se atrevió a cruzar el aire helado.
—Interesante… —musitó el Alborista, atrapando la mariposa en sus manos y luego dejándola ir.
El muchacho miraba hacia todas partes, pero no con esa curiosidad ansiosa de aquellos que desean abarcarlo todo, sino con una atención más sincera y sosegada. El Alborista lo observaba de reojo. No le interesaba tanto lo que el recién llegado viera o dejase de ver, sino la forma en la que miraba.
Un graznido rompió el silencio.
En la barandilla rota del mirador aguardaban tres cuervos. No estaban sorprendidos de verlos, llevaban ya un rato allí, observando desde la distancia. Uno de ellos jugueteaba con una ramita seca. Otro mantenía las alas algo abiertas, preparado para marcharse en cualquier momento. El tercero, Kael, estaba completamente quieto.
—Así que es cierto —dijo el que estaba en medio, sin saludo previo—. A primera hora, además.
—Orven, Sethar, Kael… —los enumeró—. Vigilando desde primera hora, como siempre.
—¿Y qué nos has traído, Maestro? —preguntó Kael.
El Alborista se acercó hasta quedar frente a ellos.
—No es un qué —respondió—, sino un quién.
El muchacho estaba detrás, a un palmo del Alborista. No tenía intención de esconderse, pero no pensaba interponerse en la conversación, al menos por ahora.
—¿Y qué diferencia hay? —preguntó el cuervo que jugaba con la ramita. La aplastó con el pico y la lanzó al suelo.
—La diferencia es que puede responder por sí mismo —dijo el Alborista, inclinando un poco la cabeza hacia el joven—. Si queréis saber qué nos trae, preguntadle a él.
Los tres cuervos lo miraron a la vez. El muchacho les sostuvo la mirada sin bravura alguna, tampoco con cobardía.
—Acércate para que te veamos bien —ordenó el cuervo central, Sethar.
Él dio dos pasos y quedó a la altura del Alborista.
—¿Sabes por qué estás aquí? —preguntó Kael.
El joven dudó.
—Sé que antes no estaba —respondió—. Ahora sí.
—Eso no nos resuelve cosa alguna —bufó—. Todos los que llegan podrían decir lo mismo.
—¡Pero no lo dicen! —exclamó Sethar.
—Eso, eso. No lo dicen. No señor —añadió Orven, ladeando la cabeza—. Son mejores, más agudos, más concretos.
El Alborista no intervino a pesar de que miraba al joven con una atención calmada, esperando a que respondiera él mismo.
—Te lo preguntaré de otra forma —dijo Kael—. ¿Qué nos traes que no tengamos ya?
El muchacho miró a su alrededor. Vio el pavimento agrietado, la encina a lo lejos, los laureles, el borde del estanque que se intuía tras los arbustos. Volvió la vista al cuervo.
—No lo sé —dijo, pasándose una mano por los cabellos de rizos dorados—. No he tenido tiempo de saberlo aún.
Kael soltó una risa seca acompañada de un carraspeo.
—¿Y no te parece un problema serio no saber qué eres? —insistió.
—No —contestó el joven, después de pensarlo unos momentos—. Estoy aquí de todas formas, ¿no?
Los tres cuervos intercambiaron una mirada breve y algo tensa.
—Mira a tu alrededor —dijo el de las alas entreabiertas—. Aquí todo tiene una función. ¡Todo! Ese muro sostiene a la hiedra, ese estanque recoge el agua, aquella encina nos trae a los recién llegados… Nosotros vigilamos y archivamos. Él —señaló al Alborista con el pico a regañadientes. Todavía les costaba acostumbrarse a él— lo ordena todo. Si tú no sabes qué haces aquí, ¿quién lo va a saber?
—Y lo más importante, ¿para qué nos sirves? —añadió Kael.
El muchacho agachó la mirada, pero no parecía avergonzado, al contrario. Sus ojos se encontraron con una grieta entre las piedras del suelo. De ella asomaban dos hojillas diminutas, recién abiertas. Se agachó para mirarlas más de cerca, extendió los dedos y los estiró sobre ellas, sin llegar a tocarlas.
—No sé qué hago aquí —repitió, con voz más baja—. Pero me alegro de estar.
El cuervo del medio se inclinó hacia adelante.
—Eso sigue sin ser una respuesta —dijo—. Eso es una sensación, nada más.
—Sí —dijo el joven—. Es lo único que tengo de momento. ¿Por qué no es suficiente?
Se hizo el silencio. Los tres cuervos se miraron con incomodidad y empezaron a murmurar entre sí.
—Estimados amigos —intervino el Alborista de pronto—. ¿No es acaso maravilloso no saber algo por primera vez?
—Pero… pero… —protestó Orven, aunque su tono había perdido dureza—. No está bien.
El cuervo Sethar bajó de la barandilla y se acercó al recién llegado. Lo rodeó una vez, despacio, como había hecho Kael a veces con otros, y lo midió con paciencia fingida.
—Dices que no sabes qué nos traes —dijo al fin—. Dices que te alegra estar aquí. ¿No ves la contradicción?
El joven levantó la cabeza.
—No la veo —dijo—. Puedo alegrarme por algo aunque no sepa nombrar el porqué.
—¡Eso sólo lo dicen los insensatos! —replicó el cuervo—. Aquellos que luego resultan ser restos de algo que ya conocimos, meras ilusiones, paparruchas. ¿Cómo sabemos que no eres uno de… esos?
El muchacho pensó sus palabras, pero no demasiado. No daba la impresión de estar buscando la respuesta ingeniosa que esperaba su audiencia, sino una honesta.
—No podéis saberlo aún —respondió, esbozando una amplia sonrisa—. Tendréis que esperar. Esperaremos juntos y lo descubriremos, o quizás no, pero será maravilloso de todas formas.
El cuervo lo miró con incredulidad, después se apartó unos pasos y alzó el vuelo para posarse junto a los otros.
—Habla como si tuviera razón —murmuró, casi para sí.
—Es inaceptable —dijo Orven.
—Es una anomalía —añadió Kael.
—Ya tendréis tiempo de comprobar si dentro de sí aguarda algo valioso o no —intervino el Alborista, con voz calmada—, pero lo que trae no lo han traído los otros, en eso estaréis de acuerdo. Los otros siempre lle- gan exigiendo un lugar en el que exponer todo su cono- cimiento. Este no pide nada. Sólo está.
—Eso no es precisamente ninguna garantía —observó el cuervo del medio—. Es impredecible.
—Sí —admitió el Alborista—. Pero es una diferencia, y sabéis muy bien los tres que eso es exactamente lo que buscamos para no repetir los errores del pasado.
El joven se había quedado otra vez mirando las dos hojas que asomaban por la grieta. Se inclinó más y, esta vez sí, rozó una de ellas con la punta de los dedos. Lo hizo con cuidado, sin miedo a romperla, pero sin poner a prueba su resistencia. La hoja cedió un poco y luego volvió a su sitio. Él retiró la mano con una expresión extraña; era una mezcla de tranquilidad y sorpresa.
—Esto es nuevo —dijo.
—¿Nuevo? Qué tontería —replicó Sethar—. Son simples brotes. Últimamente siempre salen, los condenados.
—No para mí —aclaró el muchacho—. Yo no lo había visto antes.
Los cuervos se quedaron callados. El Alborista lo miró, serio esta vez.
—¿Y qué sientes cuando lo ves? —preguntó.
—Siento que me basta —dijo al fin—. No necesito nada más que estos brotes ahora mismo.
Kael bajó al suelo también.
—Te basta una simple hoja —dijo, con cierta incredulidad—. ¿Y pretendes que te tomemos en serio?
—No pretendo nada —replicó el joven—. No he venido a que me toméis en serio. Sólo digo lo que siento.
—La gente que sólo dice lo que siente suele complicarlo todo —gruñó Orven.
—¿Y acaso la gente que se lo calla no lo complica todavía más? —intervino el Alborista, mirándolo a él esta vez—. Vosotros más que nadie deberíais saberlo, amigos míos.
Los cuervos fruncieron las plumas, molestos por los recuerdos.
El Alborista se agachó al lado del muchacho, quedando a su altura.
—¿Por qué te basta esa hoja? —preguntó, sin ironía.
El joven se encogió de hombros.
—No lo sé… Está viva, supongo. Eso es suficiente.
El cuervo central giró la cabeza hacia el Alborista.
—Eso es poca cosa —dijo—. Que algo esté vivo no quiere decir que merezca un lugar aquí.
—Es cierto —concedió el Alborista—. Pero pensadlo, amigos míos, que esté vivo ya es de por sí una novedad por aquí. Y una novedad implica que tenéis algo nuevo que archivar.
El joven seguía mirando la grieta, con una atención casi afectuosa.
—Ellos se preocupan por si yo encajo aquí —dijo, sin enfado—. Yo sólo siento que este sitio es… tranquilo. Que puedo respirar. Me gusta eso. No sé si eso se alinea con vuestro trabajo, pero es todo lo que puedo ofreceros por ahora.
Kael soltó un pequeño chasquido.
—Hablas como si supieras de qué va esto —dijo—. Sin haber visto ni la mitad del reino de la Emperatriz.
—Y estaré más que encantado de que me lo mostréis. Sin embargo, creo que no hace falta verlo todo para saber que se está bien en un lugar —respondió el muchacho—. Es como cuando te sientas en un jardín acompañado de unos amigos y una copa de vino y, aunque no sepas muy bien qué va a pasar, sabes que estás en el sitio correcto.
—¿Copa de vino? —inquirió Kael—. ¿No conoces los brotes pero sí el vino? Vaya con el nuevo.
—Qué osadía —graznó Sethar.
—¡Qué descaro! —exclamó Orven.
—Al mirar los brotes lo he recordado… —se justificó el joven.
—El vino sólo sirve para acallar a las voces, lo sabemos muy bien —afirmó Kael.
—¡En absoluto! —exclamó el recién llegado—. Es para darles alas a las buenas.
Los cuervos guardaron silencio.
Un rayo de luz alcanzó la hilera de laureles y las hojas relucieron por un instante. El joven giró la cabeza hacia allí. Algo en su expresión se ablandó todavía más.
—Eso también me basta —dijo.
—¿Qué? —preguntó Sethar, irritado por la insistencia del joven en desarmar su forma de ver el mundo.
—Esa luz —contestó—. Podría quedarme mirándola mucho rato.
Los cuervos se miraron entre ellos, negando con sus cabezas azabache.
El Alborista se levantó.
—Ya le habéis oído —dijo—. No viene a prometer nada, ni a arreglar nada, ni a reclamar sitio alguno. Sólo nos trae esto. Que le basta estar aquí. Que le basta una hoja, un rayo de luz. Que puede respirar. Aprended de él y, al igual que con los brotes, dejemos que crezca.
El cuervo central caminó hasta el borde del estanque. Sobre el agua cristalina, que ya se había descongelado prácticamente del todo, pudo ver pequeñas partículas en suspensión que brillaban con el contacto de la luz. Volvió la vista hacia el muchacho.
—¿Tú qué crees que somos nosotros? —preguntó de pronto.
El joven levantó la mirada, sorprendido por la pregunta.
—No lo sé —dijo—. Parecéis preocupados y atentos, como si todo dependiera de que no se os escape nada.
Uno de los cuervos emitió un sonido corto que esta vez sí era risa.
—No va del todo desencaminado —murmuró.
—¿Te damos miedo? —insistió el primero.
—No —dijo el muchacho—. Me imponéis un poco. Pero no tengo miedo.
—¿Y él? —señaló al Alborista con el pico.
El joven dudó un instante.
—Él… —empezó—. Él creo que hace que este sitio por fin tenga sentido. No sé explicarlo mejor.
El Alborista desvió la mirada hacia el agua para disimular una emoción que no venía a cuento en ese momento.
Los cuervos se apartaron a un lado y dejaron libre el camino que seguía hacia el interior del jardín en construcción.
—Muy bien —dijo Kael—. De momento no te vamos a clasificar, pero que sepas que no es una concesión. No hacemos concesiones. Te miraremos de cerca y, si resultas ser una sinrazón, lo sabremos. Si no lo eres, también.
El joven asintió con seriedad.
—Está bien. Haced lo que tengáis que hacer. Yo intentaré no estorbaros. Sólo tengo una petición… —El muchacho esbozó una cálida sonrisa—. Ayudaros a construir el jardín.
—Por supuesto —dijo el Alborista, poniendo una mano en su hombro—. Pero aún hay mucho que ver. Vosotros, archiveros, acompañadle en su tarea.
—Sí, Maestro —dijeron los tres al unísono.
Se apartaron del estanque y, mientras caminaban, el muchacho sintió el impulso de volver la cabeza. Lo hizo. Vio entonces una ramita muy fina saliendo de un hueco entre las ruinas del muro, con tres hojas nuevas, pequeñas, de un verde tan claro que casi dolía mirarlo. Se le escapó una leve sonrisa. Nadie la vio, salvo uno de los cuervos, pero no dijo nada. Sólo tomó nota en una libreta minúscula que llevaba debajo del ala.
Más adelante, tras la siguiente hilera de árboles, esperaba otra zona del reino menos salvaje, más construida.
II/
Dejaron atrás el mirador y siguieron caminando por un sendero. Estaba rodeado de arbustos con grosellas negras que recorrían un riachuelo que llevaba a un pequeño lago oculto entre las sombras de los árboles. El muchacho se detuvo e inspiró ampliamente para deleitarse con su aroma, pero los cuervos le instaron a que les siguiera con premura. Justo antes de que emprendiese de nuevo la marcha, un cisne blanco emergió de las aguas oscuras y le hizo una leve inclinación de cabeza. Él se la devolvió, resistió las ganas de bañarse en aquel lugar precioso y empezó a correr detrás de los cuervos. No quería perderse del todo.
Después de un rato llegaron a un camino de losas de piedra que conducía a un palacio que se divisaba a lo lejos.
Era el Palacio de la Luz, y su belleza cortaba la respiración. Se elevaba sobre la roca clara y sus muros eran de un mármol blanquísimo que parecía filtrar la luz en lugar de reflejarla. Altas torres con ventanas de arco apuntado, vitrales abstractos que jugaban con los tonos del amanecer y una cúpula ancha remataban el conjunto. Pero no era sólo lo que se elevaba lo que capturaba la mirada. Justo debajo se reflejaba la silueta oscura y opresiva de su gemelo invertido, el Palacio Carmesí. Sus torres se alzaban a lo bajo y sus muros de oscuridad contrastaban con la blancura radiante de arriba. Las estrechas ventanas brillaban con un fulgor color vino que dejaba adivinar el aura extraña de su interior. Un palacio no podía existir sin el otro; la Luz, en su pureza, arrojaba una sombra tan profunda que había tomado forma de piedra y deseo.
—Por aquí, recién llegado —le dijo Kael, interrumpiendo el asombro del muchacho y sobrevolando la verja de los dominios del Palacio de la Luz.
Altas columnatas de mármol blanco, parcialmente en ruinas pero elegantemente cubiertas de glicinias, enmarcaban parterres geométricos donde crecía lavanda, salvia y romero. Bancos de hierro forjado, con remates de lechuzas y libros, se alineaban junto a fuentes bajas donde el agua corría lentamente. En el centro había un templete con suelo ajedrezado en blanco y negro cuyos muros estaban repletos de rosales trepadores de color blanco y azul celeste. La luz era difusa, dorada y tamizada por una bruma perpetua de polen que respiraba nostalgia.
En las cornisas de los balcones, sobre las columnas y encima de las estatuas de eruditos olvidados, estaban los búhos. Eran criaturas de plumaje pardo y gris, con grandes ojos ambarinos que lo observaban todo con una calma distante. Llevaban pequeños anteojos sujetos con cadenillas de bronce y, algunos, tenían minúsculos pergaminos atados a sus garras.
Los tres archiveros se tensaron visiblemente al entrar en este territorio. Kael, caminando ahora a poca altura del suelo, carraspeó.
—Zona de influencia buhonil —murmuró—. Precaución.
No habían avanzado ni diez pasos cuando un búho grande bajó de su pedestal y se posó en el camino, bloqueándolo.
—Los archiveros en el Palacio de la Luz —dijo. Su voz estaba cargada de una ironía glacial—. Qué rareza esta. ¿Habéis venido a clasificar el perfume de la glicinia, tal vez? ¿O a archivar el ángulo de la luz de la tarde?
—Cumplimos una orden del Alborista, Strix —replicó Kael, manteniéndose firme—. Conducimos al recién llegado.
El búho, Strix, giró lentamente su cabeza hacia el muchacho. Sus ojos de ámbar se dilataron levemente.
—Ah, la novedad. Ya nos ha llegado la noticia. El que no sabe. —Su tono no era abiertamente hostil, pero sí profundamente escéptico—. ¿Y qué traes tú, que no sea tu propia incertidumbre?
—Ya se lo preguntamos —intervino el cuervo Sethar—. Dice que le basta una hoja.
Strix ululó suavemente.
—¿Qué clase de afirmación es esa? —preguntó sin ironía, con genuino interés.
El muchacho lo miró, frunciendo el ceño levemente.
—No sé a qué te refieres.
—Claro que no —asintió Strix, casi con dulzura—. Pero podrías saberlo. Cuéntanos, nosotros no te juzgaremos. —Volvió su mirada ámbar hacia los cuervos.
—No traigo respuestas —dijo al fin—. Ni planes. Tampoco una explicación de por qué estoy aquí. Sólo sé que, cuando me detuve a mirar esa hoja, no sentí que me faltara algo. Estaba ahí, viva, y yo podía verla. Eso me bastó.
Strix ladeó la cabeza, atento.
—Creo que no es necesario comprenderlo todo para no sentirse perdido —continuó el joven—. Cuanto menos se intenta abarcar, más claro se vuelve lo que se tiene delante. Por ejemplo el frío, la luz, una hoja, este lugar… no me hacen daño. No me exigen nada y, en esa quietud… no existe el miedo.
Los cuervos guardaron silencio, aunque negaron con la cabeza, aún resignados a asimilar sus palabras.
—No digo que no exista el dolor —añadió—. Lo he sentido, aunque no sepa de dónde viene, pero también he notado que no está aquí ahora. Y, mientras no lo esté, no veo por qué debería anticiparlo. Me basta con no desear lo que no tengo, ni temer lo que aún no ha llegado.
Alzó la vista hacia la bóveda luminosa.
—Si mañana descubro algo que me falte, ya lo sabré entonces. Hoy no. Hoy puedo respirar.
—Qué interesante, una novedad verdadera —asintió el búho, colocándose sus gafitas en el pico. Luego señaló con su ala a los tres cuervos—. Vosotros lo queréis clasificar como «anomalía», ¿no? ¡Pues nosotros lo ponderamos como «potencial filosófico»!
—Así será —ulularon varios búhos al unísono.
Kael se irguió, picoteando el aire.
—Vuestra ponderación es absurda. Vosotros coleccionáis sabiduría y la ordenáis en estantes bellos, lo que resulta ser otro tipo de archivo. Nosotros registramos lo que es. Vosotros, lo que debería significar.
—Te equivocas —dijo el búho suavemente—. No coleccionamos sabiduría, cultivamos la reflexión. La sabiduría no es un objeto, es un proceso, como ese jardín. —Señaló con un ala el invernadero distante donde la Cuentacuentos leía—. Tu recién llegado es una semilla. Vosotros queréis disecarla y clavarla con un alfiler en un catálogo. Nosotros queremos ver qué tierra prefiere, hacia qué luz se inclina.
Un segundo búho, que había permanecido en lo alto, habló por primera vez.
—El Alborista lo sabe. Por eso lo envía aquí. No quiere que lo clasifiquéis, sino que lo dejéis crecer, lo sabemos. Porque lo que este lugar atesora no es sólo conocimiento; es la praxis también. Y para practicar la filosofía que está intentando compartirnos, hay que conocer la naturaleza del deseo en su estado más… crudo.
Strix asintió lentamente.
—Tiene razón. El muchacho debe ver la otra cara, no sólo la luz que ordena, sino la oscuridad que ansía. Debe ir al Palacio Carmesí.
Los cuervos se crisparon al unísono. Kael dio un paso adelante.
—¡Es demasiado pronto! No tiene defensas, no tiene memoria que lo ancle. Allí todo está envuelto de distorsión, lo devorará.
—¿O lo definirá? —replicó Strix—. El conocimiento puro, sin el contrapeso del deseo, de ansiar aplicarlo, es estéril. Y el deseo, sin el contrapeso del conocimiento, es destructivo. Él es un punto medio maravilloso. Tiene un apetito que no está enfocado a objeto alguno. ¿Qué mejor candidato para pasear por el Palacio Carmesí y no romperse?
—Es una crueldad —murmuró el cuervo.
—¿Crueldad? ¿Y lo dices tú? No me hagas reír. Será un aprendizaje —corrigió el búho.
Kael miró al muchacho, luego hacia el invernadero distante, donde la figura de la mujer que tiempo atrás había luchado con la Emperatriz ahora respiraba paz, absorta en su libro. Recordó su propia transformación, de archivero despiadado a cuidador de brotes. Respiró hondo y emitió un sonido áspero.
—Está bien, lo llevaremos —dijo con resignación.
El muchacho había escuchado el intercambio de palabras en silencio. No entendía todos los términos, pero captaba la esencia.
—¿Debo ir? —preguntó, para asegurarse.
Kael bajó la cabeza. Cuando la alzó de nuevo, en sus ojos de azabache había un destello de algo que podía ser pesar o, tal vez, un pálido respeto.
—Es el camino —dijo—, pero debes saber que allí no habrá razón que te proteja. Sólo el hambre que llevas dentro y la voluntad de mirarla a la cara sin dejar que te consuma. Busca a la Vampira, ella será a la que tengas que convencer.
Al muchacho le bastó con pensar en ese lugar, en lo que aguardaba al otro lado, para que algo cambiase en el aire y, sin que mediara una orden ni una señal visible, los tres cuervos y él mismo se dieron la vuelta a la vez y emprendieron el camino en silencio hasta la verja del Palacio Carmesí.
Era alta, de hierro negro, con puntas que imitaban lágrimas solidificadas.
—Aquí nos separamos —dijo Kael con una voz extrañamente cálida—. La razón no tiene cabida más allá de este punto. Sólo el anhelo y el horror que lo acompaña. Que tu ignorancia te sirva de escudo, muchacho. A veces, no saber es la única forma de atravesar ciertos fuegos.
Los cuervos dieron media vuelta y se perdieron entre los jardines claros del otro lado.
III/
El muchacho empujó los barrotes, que cedieron con un chirrido agonizante.
El camino hacia el palacio estaba flanqueado por estatuas de figuras andróginas de una belleza perturbadora, con los cuellos arqueados, como ofreciendo la yugular. De sus gargantas de mármol brotaba una sustancia oscura y espesa que manaba lentamente y se acumulaba en charcos carmesí y brillantes a sus pies. El aire olía a hierro, a vino y almizcle.
En los capiteles de los pilares que sostenían las antorchas, cuya llama era fría y de un negro profundo y estrellado como un agujero negro, había gárgolas. Sus labios pronunciaban palabras entrecortadas, fragmentos de poemas prohibidos, de confesiones nunca hechas, de deseos tan íntimos que quemaban al ser pronunciados.
—…su piel bajo la luna no era suya, era el mapa de mi locura…
—…anhelo el vacío que deja el diente al hundirse…
—…todos mienten, incluso yo, sobre todo yo…
El muchacho pasó entre ellas, escuchando sin detenerse, pero permitiendo que las palabras se enraizaran en su mente.
La puerta principal del palacio era un enorme portal de ébano, tallado con una vorágine de rosas con espinas, grosellas negras, lunas, estrellas, serpientes y murciélagos. Se abrió antes de que él la tocara.
Dentro había un gran vestíbulo y, al fondo, se vislumbraba un pasillo interminable y abovedado. El muchacho sabía que debía dirigirse hacia allí.
Las paredes del corredor estaban decoradas con tapices palpitantes que mostraban escenas, recuerdos y fantasías. En todos ellos salía representada la misma figura andrógina. Mientras caminaba, una de ellas se desprendió de la pared.
Era «A.», la anomalía que había hecho tambalear los cimientos del reino. Sus ojos, de un ámbar cegador, tenían la profundidad de un pozo en el que se había arrojado todo un océano de anhelos.
—Tú no deberías estar aquí —dijo «A.». Su voz era suave, pero cargada de una autoridad extraña y territorial—. Este pasillo… es mío. Soy el núcleo de su hambre, el único. Nadie más puede recorrerlo sin… contaminarlo.
El recién llegado lo miró, sintiendo por primera vez un cosquilleo de incomodidad por la abrumadora intimidad del lugar.
—Me han enviado aquí —dijo el muchacho.
—Lo sé —cortó «A.»—. Los búhos, en su inmensísima sabiduría, han pensado que podrían enviar a un inocente a domesticar a la fiera. Pero la fiera aquí no es ella. La fiera es esto. —Hizo un gesto amplio, señalando a las paredes.
«A.» se acercó. Su presencia no le resultó amenazante, sino abrumadora, como si estuviera demasiado cerca de un fuego que quemaba sin llama alguna.
—Tú, que no sabes nada, que te basta una hoja, o eso dicen… ¿Qué puedes entender de un lugar que es, en esencia, la negación de la suficiencia? Esto se construyó porque nada fue suficiente. Porque yo no fui suficiente, o porque Ella creyó que no lo era y creó todas estas versiones irreales de mí hasta atraparme en los confines de este palacio infame.
El muchacho respiró el aire cargado. No podía negar la potencia del lugar. Era como si cada célula de su piel reconociera la fuerza primaria que lo habitaba. Sin embargo, aquella figura le parecía dolorosamente real, tanto, que aún estando acostumbrado a dejar a un lado esa sensación, le costaba estar cerca de él.
—A mí me pareces… real —observó.
—Te equivocas —respondió «A.», con amargura—. Porque aquí soy perfecto. Soy el amante, el héroe, el esclavo, el dios que ella necesitaba en cada momento de soledad. Afuera, sólo soy un hombre que cargó una Estrella e intentó calmar su invierno.
—Puede que no parases el invierno del todo, pero bien podrías ser una de las razones de su posible verano. —Lo miró directamente. «A.» entrecerró los ojos hasta que eran dos finas líneas afiladas, se pasó la mano por su cabello castaño y suspiró.
—La Vampira te está esperando, Ella te está esperando. La versión de sí misma que se atreve a ser el monstruo de sus propios apetitos. Ve.
«A.» dio un paso atrás y comenzó a desvanecerse, pero sus ojos, esos ojos ambarinos y profundos, permanecieron un instante más fijos en el muchacho, como advirtiéndole de algo o, tal vez… deseándole suerte. Luego, se reintegró en el tapiz, convirtiéndose en una figura más que contemplaba, desde la pared, el vacío del pasillo con anhelo infinito.
El joven siguió avanzando hasta llegar al Salón Carmesí. Sus paredes estaban formadas de una especie de carne y venas palpitantes, por las cuales fluía un líquido espeso que se desparramaba por las bocas de unas gárgolas colocadas en las esquinas. En el centro, sobre un trono hecho de raíces que rebosaban el mismo líquido sangriento, estaba la Vampira.
Vestía sólo con sombras y reflejos carmesíes que se adherían a su forma, y sus ojos no eran grises, sino del mismo tono que el de las paredes.
—Un recién llegado en mis dominios —dijo ella. Su voz era múltiple; la de una mujer, la de un hombre, la de otra cosa, latiendo en la sala—. ¿Vienes a intentar saciar mi obsesión? ¿O a demostrarme, como todos, que la saciedad es otra mentira?
El muchacho se adentró más en la sala, hasta estar cerca del trono.
—No vengo a darte nada —dijo, y su voz sonó temblorosa—. Sólo… a observar.
—¡Mira, entonces! —exclamó ella, extendiendo los brazos. Las paredes respondieron, contrayéndose y expandiéndose—. ¡Mira el deseo en su estado puro! Esto es lo que queda cuando se rasga la piel de la razón: el hambre. Hambre de entendimiento, de unión, de posesión, de ser poseída. Hambre de que el mundo entero se pliegue a la forma de mi voluntad. ¿Tu estúpida hoja verde puede competir con esto?
—No… compite —logró decir, luchando por mantenerse en pie—. Lo que tienes aquí… es un circuito cerrado. Te deseas a ti misma deseando. Deseas a «A.» porque es una extensión de tu propia necesidad. —Hizo una pausa, buscando las palabras correctas en medio del calor opresivo—. Pero el deseo… no tiene por qué ser un bucle. Puede ser… una oportunidad para abrirse.
Ella se irguió en el trono. Un destello de ira, o de interés herido, cruzó sus ojos rojos.
—¿Abrirme? ¿A qué?
—A lo que es, sin pertenecerte —dijo el muchacho—. Tú deseas a «A.» para completarte. Yo… vi un brote y me sentí completo al reconocerlo, no al poseerlo. Tu deseo es asfixiante, obsesivo, como un puño cerrado. El mío… es como una mano abierta, que deja que la luz se pose en la palma. La luz o la oscuridad no son tuyas. Nunca lo serán. Pero están ahí para ti.
—¡Tonterías sentimentales! —rugió Ella, y las paredes se estremecieron—. ¡La mano abierta se queda vacía! ¡El puño, al menos, sostiene la ilusión de tener algo!
—¿Y eso no es más triste? —preguntó el muchacho, con una compasión súbita que pareció calmar por un instante la tormenta carnal—. Sostener sólo la ilusión… cuando fuera está la hoja real.
Las palabras cayeron en el salón como gotas de rocío sobre las brasas de un fuego a punto de extinguirse. La Vampira pareció encogerse un instante.
—Estás diciendo… que mi deseo es una prisión —musitó, y en su voz había un deje de horror, como si acabara de ser consciente de una verdad innombrable.
—No sé qué es esa palabra —dijo el muchacho—. Sólo digo que estás tan enamorada de tu propio hambre, que te has olvidado de saborear las cosas. «A.» está ahí, en el pasillo, latiendo con el eco de lo que querías. Pero «A.» también es. Existe fuera de tu deseo. Y el brote existe. Y la luz existe. Y todo eso… es hermoso sin necesidad de que lo devores. Es hermoso porque no lo devoras. Porque puedes verlo ser libre.
Ella bajó del trono. Sus pasos eran inestables. Se acercó a una de las paredes y la tocó. La carne palpitante se calmó bajo su tacto.
—¿Estás sugiriendo… que el verdadero placer no está en la acaparación de todas las cosas? —preguntó ella.
—El placer está en no sufrir por lo que no se tiene —dijo él con sencillez—. Y en alegrarse por lo que se tiene frente a los ojos.
La Vampira miró sus manos, luego las paredes de su creación. Un sollozo, seco y áspero, se le escapó del pecho. No transmitía tristeza, sino un agotamiento monumental, el de una lucha que había durado eones.
Al hacerlo, el Palacio Carmesí comenzó a transformarse. El rojo pasional tornó a un color granate de vino añejo. Los latidos se hicieron profundos y regulares, como los de un corazón en reposo. Las formas carnosas perdieron su aspecto voraz, redondeándose, suavizándose. Del techo comenzaron a caer pétalos de rosas y hojas de grosella. El trono de raíces se cubrió de musgo y nació una pequeña flor de color blanco. Era un nardo.
La Vampira se vio a sí misma cambiando también. El aura devoradora se desvaneció, dejando solamente la figura andrógina de belleza poderosa pero ya no terrible, con ojos que recuperaban un atisbo de su castaño oscuro original.
—Debes irte ahora —dijo la Vampira, con una voz que era casi tierna—. Esta lección… necesita del reposo para echar raíces. Y tú… debes seguir tu propio camino. Pero gracias por recordarme que incluso en el corazón del infierno del deseo… puede brotar una flor. Y que a veces, basta con eso.
El muchacho no dijo nada más. Dio media vuelta y caminó hacia la salida, que ahora era un arco de enredaderas carmesíes en flor. Al cruzar, sintió que una mano, suave y cálida, se posaba por un instante en su espalda, en un gesto de gratitud y despedida. Entonces supo que «A.» podía por fin descansar, liberado de la terrible carga de ser perfecto y simplemente poder ser.
IV/
El muchacho cruzó de nuevo la verja de hierro negro.
Los cuervos aguardaban donde lo habían dejado, junto a la grava del paseo, sin acercarse demasiado a la línea donde los búhos tenían leyes propias. Kael dio un paso hacia él y se detuvo. Aquella precaución era fruto de la cautela, como si temiera que el joven hubiera sido corrompido.
—Has vuelto —dijo Sethar, casi a la defensiva.
—¿Entero? —murmuró Orven con tono sarcástico, aunque debajo hubiera un filo de alivio.
El muchacho asintió despacio.
—He vivido muchas cosas —dijo, esbozando una amplia sonrisa de satisfacción.
Kael le echó una mirada larga. Luego ladeó la cabeza.
—¿Y… la Vampira?
—Estaba cansada —dijo el joven—. Pero ya está en paz.
Orven chasqueó el pico, descontento.
—Eso no es un informe completo.
—Es lo que he visto —replicó el muchacho—. Y también he visto otra cosa: que el hambre per se no es un enemigo. Es un animal que, al mirarlo de frente, si lo nombras tal cual es, deja de gobernar tu corazón.
Sethar abrió un poco más las alas, como si se preparara para escapar de aquellas palabras.
—¿Y no sucumbiste? ¿No te gobernó?
El muchacho negó con suavidad.
—Lo intentó —admitió—. Pero… en mitad de todo aquello pensé en la hojilla. En lo pequeña que era. En que no me prometía nada. Y aun así me seguía bastando. Me agarré a esa idea y lo demás… perdió fuerza.
Los cuervos se miraron entre sí, incómodos. No sabían si aquello era una victoria o un fallo del sistema.
—Vamos —dijo Kael, y esta vez no sonó a una orden sino a camaradería genuina—. El Maestro querrá verte.
Atravesaron de vuelta los claros entre los cipreses. El camino parecía el mismo, pero en el suelo había cambios mínimos, como si el reino hubiera empezado a florecer mientras ellos estaban ausentes.
En el recodo donde el joven había encontrado la grieta entre las piedras, las dos hojillas seguían allí. El muchacho se agachó y las rozó apenas con la yema de los dedos.
El Alborista los aguardaba junto al estanque y se giró cuando los oyó acercarse. Sus ojos se posaron en el muchacho primero, y luego en Kael, analizando lo que no decían.
—Recién llegado —dijo, esbozando una sonrisa amable—. Has vuelto de una pieza.
El joven se detuvo frente a él. Sus ojos, de color miel, ahora contenían la profundidad del atardecer.
Kael, el cuervo, carraspeó desde una rama.
—Informe preliminar: la variable «recién llegado» muestra una desviación estable. No se ha fragmentado. No se ha… simplificado. Parece haber… esparcido sus conocimientos por el sistema con éxito.
—Gracias por el informe, Kael —dijo el Alborista suavemente—. Espero que también hayáis aprendido.
—La observación sin categorizar es mero ruido. Pero… este ruido es armonioso. Hace tiempo que no oíamos algo así.
—Muy bien, podéis marchar a hacer vuestras tareas.
Los tres cuervos asintieron y alzaron el vuelo en dirección al roble del pabellón oeste.
El muchacho se sentó junto al Alborista y jugueteó con el agua del estanque, que ya no estaba nada helada.
—No pensaba traer respuestas —dijo—. Sólo te traigo lo que he visto. Que el hambre más feroz es sólo miedo disfrazado. Miedo a que el momento siguiente esté vacío. Pero el momento siguiente… siempre trae algo. Un sonido, una sombra, un olor. A veces dolor, sí. Pero a veces… esto. —Señaló el claro, el estanque, el cielo que ya no era tan gris—. Y aferrarse al hambre por miedo al dolor… es perdérselo todo.
El Alborista asintió, como si todas aquellas palabras confirmaran algo que llevaba mucho tiempo sabiendo en silencio. Se agachó y, con los dedos, hizo un pequeño hoyo en la tierra húmeda al borde del estanque y plantó una semilla.
—¿Y ahora? —preguntó, mirando al muchacho—. ¿Qué hace el que ha visto que el deseo y el miedo son dos caras de la misma moneda, y decide no lanzarla al aire?
El recién llegado miró la mano del Alborista sobre la tierra.
—Ahora —dijo—, hay que regar lo que ya está plantado. Observaremos lo que ya está creciendo, dejaremos de cavar en busca de tesoros y apreciaremos el color de la tierra en las uñas.
Al pronunciar esas palabras, bajo la mano del Alborista, la tierra se movió. Un fino y verde tallo serpenteó hacia arriba, rodeó sus dedos arrugados con suavidad y, en el extremo, desplegó un capullo pequeño y cerrado de color marfil.
Después, como si el jardín entero hubiera estado conteniendo el aliento y ahora, al fin, pudiera soltarlo, los rosales en las ruinas echaron flores blancas, rosas, carmesíes… De las enredaderas de glicinia nacieron nuevos racimos lilas, las matas de romero se cubrieron de minúsculas flores azules y el césped se pintó de margaritas y tréboles. El aire se llenó de un perfume complejo y vivo, que arrastró consigo el último vestigio del olor a ceniza y hielo quemado.
Los cuervos alzaron el vuelo a lo lejos, graznando con una especie de asombro áspero y alegre. Uno de ellos, Orven, se posó en el borde de una fuente y comenzó a beber, olvidándose de archivar por una vez.
El Alborista se levantó, dejando que el tierno brote se erigiera en libertad. Miró al recién llegado, sabiendo que él también había aprendido. Hizo un gesto hacia la explosión de vida a su alrededor.
—De todos los conocimientos que han llegado desde el Apocalipsis, sin duda has sido el más significativo. Puedes estar orgulloso. Serás el jardinero de este reino, que buena falta hace.
El recién llegado asintió. No tenía nada más que añadir. Se sentó en la hierba, junto al brote que había nacido de la mano del Alborista. Un petirrojo, atrevido, se posó a un metro de él, inclinando la cabeza.
El Alborista se sentó a su lado. Los dos hombres, uno viejo y sabio en el dejar hacer, otro joven y sabio en el no saber, observaron en silencio cómo el reino florecía a su alrededor.
En el centro de todo, un simple brote verde se inclinaba suavemente buscando la última luz del día, creciendo sin prisa hacia la nada en particular. Y era, por el momento, más que suficiente.
1 comentario
La cuentacuentos
Seguro que será/es un jardín hermoso y… suficiente