«Acunada por la bruma, en el punto exacto de la encrucijada de infinitos caminos, se alza la Biblioteca de los Perdidos».
Himno
de los
Perdidos
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7 de diciembre de 2025

La Emperatroz

Custodio:

I. CERRADO INDEFINIDAMENTE

El viento en la base de la montaña soplaba con fiereza y traía consigo el olor a pino quemado y tierra helada. La caseta de control era una estructura baja de madera carcomida por el tiempo, con una ventanilla sucia detrás de la cual se adivinaba la silueta de un hombre encorvado. Al acercarme, vi un cartel oxidado que se balanceaba emitiendo un chirrido constante. Rezaba: «Registro de Elevación».

Al entrar, noté el ambiente cargado y recalentado por una estufa de leña que chisporroteaba en un rincón. El hombre, de piel cetrina, llevaba puesta una gorra grasienta del revés y miraba fijamente una televisión diminuta que sólo reflejaba franjas blancas y negras. No levantó la cabeza cuando me acerqué.

—Motivo de la Elevación… —murmuró con palabras huecas.

—Llegar a la cima.

Chasqueó la lengua.

—Como todos, chaval. Como todos.

La mochila me hundía los hombros. Dentro guardaba la Estrella, envuelta y protegida. ¿Cuánto tiempo lograría mantenerla intacta? ¿Y si se rompía antes de llegar?

—Sendero —me dijo, sin apartar la vista del parpadeo de la pantalla.

Con un dedo ennegrecido señaló hacia tres aperturas en la ladera. A la derecha, un camino ancho, bordeado de postes de madera, ascendía con regularidad. El central, estrecho y pedregoso, se internaba en un bosque espeso. El de la izquierda apenas era una grieta húmeda y oscura entre rocas cubiertas de musgo.

Señalé el de la derecha.

—Ese.

Por fin me miró, aunque sus ojos, desvaídos, parecían vacíos de todo interés.

—A mí me da lo mismo. Yo sólo marco el sendero.

Arrancó un papel de un talonario y me lo tendió con un bolígrafo mordido que evité tocar lo máximo posible. Firmé donde me indicó.

—Buen viaje, charlatán —dijo con sorna, y volvió a la pantalla, como si ya no estuviera allí.

Sentí un vacío extraño. Había esperado otra cosa. Una advertencia, al menos, o algún gesto más grandilocuente. Alguna señal de que lo que iba a emprender tenía sentido. Sólo encontré indiferencia.

¿Y si todo este ascenso no fuera más que eso, la nada? ¿Y si lo que busco en la cima no existe ya?, me pregunté.

Me ajusté las correas de la mochila y me dirigí hacia el sendero de la derecha. El más claro, el más seguro.

Al principio todo fue sencillo. El suelo era firme, la pendiente suave. Mis botas crujían sobre la grava y el viento se deslizaba entre los abetos. El ritmo constante me devolvía cierta calma.

Llegué al fin a lo que parecía ser el principio del sendero y, antes de que pudiera dar un paso más, lo vi.

Un gato estaba sentado sobre una piedra cubierta de musgo. Su pelaje era gris, con las rayas apenas visibles. El rostro, en cambio, era una mancha deshecha. No tenía ojos, ni hocico, ni bigotes siquiera, sólo un borrón donde debían estar sus facciones.

Se estaba lamiendo una pata lentamente, flexionando la palma para pasar la lengua entre sus garras. Me detuve y el gato levantó la cabeza hacia mí.

No podía verme, pero supe que me había reconocido.

—Cerrado. —Su voz era ronca y gastada.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué?

—El sendero, humano. Está cerrado. Indefinidamente.

Miré el camino. Estaba abierto, despejado, sin obstáculos a simple vista.

—No veo nada que cierre el paso.

El gato se incorporó.

—Indefinidamente, he dicho —repitió.

Saltó hacia la espesura y se desvaneció entre las ramas sin dejar rastro.

Me quedé quieto, con el eco de sus palabras en mi cabeza. Cerrado. ¿De verdad podía aceptar eso? ¿Era posible que el futuro que había imaginado estuviera bloqueado sin explicación alguna, sin motivo?

El sendero seguía delante de mí, claro y limpio, pero sentí un frío extraño en los huesos. No era una cuestión de poder entrar. Era una cuestión de tener permiso. Y no lo tenía.

Nunca he sido un tipo obediente, eso es cierto, pero esto iba más allá de permisos literales. Había una fuerza invisible que me impedía mover cualquiera de mis pies.

Volví atrás con un nudo en el pecho.

El hombre de la caseta no levantó la vista cuando pasé de nuevo frente a su ventanilla.

Sólo me quedaban dos opciones: la grieta oscura a la izquierda o el sendero pedregoso del centro. Respiré hondo, pensé en el objeto que cargaba y avancé hacia el sendero central.

Era la única puerta que quedaba por la que estaba dispuesto a pasar.

II. EL ANCIANO

Al avanzar, el sendero central me engulló de golpe. Las ramas entrelazadas formaban una bóveda húmeda que filtraba la luz en jirones pálidos. El aire era espeso, frío y cargado del olor a tierra mojada. La humedad me calaba hasta los huesos, distinta al filo seco que dejaba la nieve. Este sendero me estaba resultando más lento, pegajoso, interminable. Conforme avanzaba el suelo se convertía en un surco irregular, hecho más de barro que de piedra, y los troncos cubiertos de musgo me seguían con una inmovilidad inquietante. Me había parecido ver los mismos pedazos de madera podrida repetirse una y otra vez.

Sólo escuchaba mis pasos hundiéndose en la hojarasca y el pulso de mi corazón en la sien. La advertencia del gato sin rostro seguía enredada en mi cabeza. 

«Indefinidamente».

Estuve caminando durante lo que me parecieron días. El paisaje no cambiaba, y la monotonía me mordía la determinación. La parte buena era que allí el hambre no parecía existir, ni el sueño siquiera; sólo un cansancio pegajoso que estaba a punto de derrotarme.

La mochila tiró de mis hombros. Dentro, la Estrella, frágil y vulnerable, me obligó a seguir.

A veces me sorprendía preguntándome si no estaba loco por cargar con algo que podría deshacerse en cualquier momento.

El olor a humo me llegó de improviso. No parecía provenir de hierbajos quemados, ni de algún incendio peligroso; era el aroma del hogar. Salí del camino, apartando las ramas de abeto que se cerraban a mi paso, hasta toparme con un claro de belleza improbable en aquel páramo interminable.

En el centro había una cabaña baja de troncos oscuros, con el tejado adornado por una cantidad copiosa de nieve perfecta. De la chimenea salía un hilo de humo pálido que se fundía con el cielo azabache adornado de astros. Una lámpara encendida iluminaba el cristal empañado de una ventana. Por un instante me quedé quieto, desconcertado. En mitad de ese bosque ignoto, aquella visión rozaba lo imposible.

Golpeé la puerta con una aldaba de hierro que tenía forma de copo de nieve y, al percatarme, no pude evitar esbozar una leve sonrisa que no llegó a mis ojos.

—Pasa, pasa, viajero —dijo una voz grave al otro lado—. La noche no siempre es buena compañera.

Al abrir me golpeó una oleada de calor. Dentro, el fuego crepitaba en la chimenea, vivo; el aire olía a pino ardiendo, a masa de jengibre, a ropa de lana húmeda puesta a secar. En un cojín junto al hogar, un gato gris de rayas dormía profundamente y, a juzgar por el ritmo de su respiración, lo hacía apaciblemente.

En un sillón de terciopelo rojo, con el fuego de frente, estaba el anciano. Era grande, de barba blanca hasta el pecho y manos que parecían haber trabajado demasiado tiempo en silencio. Me miró a través de sus pequeñas gafas ovaladas con unos ojos azulados, claros pero cansados, y sonrió apenas.

—Siéntate —dijo, señalando un taburete bajo—. Se nota que el frío ha hecho mella en ti.

—Gracias, muchas gracias —le dije con sinceridad—. No sé qué habría sido de mí si no hubiera sido por usted.

Me dejé caer frente al fuego, frotándome las manos entumecidas.

No pude evitar mirar a mi alrededor.

En un rincón, un abeto pequeño adornado con piñas y esferas de vidrio que reflejaban la luz de las llamas. Algunas tenían estampados los clásicos motivos navideños, pero otras, las más bonitas, albergaban en su interior pequeños animales del bosque tallados.

—¿Vive solo aquí? —pregunté al cabo de un rato, sin apartar la vista del árbol—. ¿No tiene mujer, o alguien que le acompañe?

El anciano se removió en el sillón. Durante un momento pensé que no iba a responder.

—La tuve. —Habló con voz más baja—. Una mujer buena, que llenaba esta cabaña y me ayudaba en mis proyectos. Pero desde que La que guarda todos los cuentos se olvidó de ella… desapareció.

Lo miré en silencio. No necesité que me diera más detalles.

—Así que se quedó usted solo —dije.

—No del todo —replicó, señalando al gato que dormía junto al fuego—. Mientras haya alguien que te recuerde, aunque sea un gato, no se está completamente solo.

—¿Y ese árbol? —pregunté, con media sonrisa—. ¿No le parece un poco egocéntrico? Es como si Dios llenara su casa de crucifijos, ¿no?

El anciano soltó una carcajada profunda, haciendo que su barba temblara.     

—Vaya manera de decirlo, muchacho. Nunca lo había pensado así. Pero a ese no me lo menciones, que yo al menos existo, ya lo ves. Al menos aquí.

  —Pues piénselo. Encender un árbol en medio de este páramo… ¿Para quién lo hace?

—Para nadie —dijo, todavía sonriendo—. O para mí mismo, que a veces es peor.

—Exacto. Lo sabía. Un auto-homenaje.

El anciano negó con la cabeza, divertido.

—Eres un cínico, chico. Y lo digo con cariño.

—Y usted tiene fama de ser un sentimental incorregible —respondí, acercándome un poco más al fuego—. Pero admito que este rincón tiene encanto. Lo había imaginado justo así, como en aquel cuento del guardabosques.

—Encanto, sí —repitió, saboreando la palabra—. Esa es la trampa de los símbolos, que, aunque te burles de ellos, funcionan igual.

—No se confunda —dije, arqueando una ceja—. Yo no me burlo, ya no. Sólo intento entender qué sentido tiene colgar bolas brillantes en un sitio como este si Ella ya no va a verlo.

El anciano se inclinó hacia mí, con un destello cómplice en los ojos.

—El sentido está en el gesto de hacerlo. En plantar un recordatorio de que la luz existe, aunque fuera no haya nada más que sombras.

—O sea, que es ponerle parches a la oscuridad.

Él rió de nuevo, satisfecho.

—Llámalo como quieras. A mí me basta con que brille.

El silencio volvió, pero no era incómodo. El gato junto al fuego seguía respirando lentamente. Yo miraba las llamas y pensaba, con cierta desgana, que quizás ese viejo tenía razón. Aunque fuera un símbolo vacío, daba calor sólo con estar allí. Y yo lo sabía, maldita sea, lo sabía. O más bien, lo había aprendido.

De Ella.

Ese pequeño paseo interminable por el bosque parecía haber bastado para nublar mi mente e intentar confundirme, pero no iba a permitirlo.

—Llevas algo contigo que, irónicamente, no va a resistir este frío. —El anciano habló de nuevo.

—Una Estrella —respondí sin rodeos—. Es para Ella.

Asintió despacio, como si lo hubiera sabido desde el principio.

—La Emperatriz. La que cree que descifró el truco final del universo y al hacerlo sólo encontró vacío.

No supe qué contestar. El fuego me absorbía. Pensé en sus ojos oscuros ahora apagados, en la cima, en lo que me esperaba allí arriba.

—El camino del futuro está cerrado —continuó él—. Ahora caminas por el presente. Pero hay otro.

—¿Un atajo?

—El sendero del pasado. Es directo, pero te lo advierto: te va a doler, no es para todo el mundo.

Y menos para mí, pensé.

Respiré hondo. El presente se me antojaba interminable. El futuro, inexistente. El pasado, al menos, ofrecía una salida. Menos era nada.

—Muéstremelo.

El viejo se levantó, apartó una estantería repleta de libros y frascos, y señaló una puerta baja de madera oscura.

—Ahí está. Cruza y lo verás. Pero recuerda lo que te he dicho… Y cuando salgas —añadió— giras a la izquierda y sigues avanzando. Bajo ningún concepto te pares. Y cuando llegues ahí arriba, evita el suelo limpio que brilla demasiado. El hielo que presume, cede. El que no dice nada, aguanta. Y… —hizo una pausa breve— si te asusta el silencio, canta bajito. Valen melodías sin nombre todavía. Puede que los otros, los que están tristes por Ella, las reconozcan y te acompañen.

—¿Hay alguien más ahí fuera? —pregunté—. ¿La señora de los cuentos… por ejemplo?

—Siempre hay alguien más arriba —dijo—. A veces eres tú dentro de dos horas.

—¿Y si no?

—Pues te cruzas contigo dentro de dos días. No hay prisa. —Soltó una risotada de las suyas—. Toma estos guantes de lana, que te harán falta.

Me incorporé levemente para cogerlos y el cuerpo se quejó por obligación, pero lo perdoné rápido y me los guardé en el forro del abrigo. 

—Gracias por todo, en serio. No sólo por lo de hoy. En mi casa eres famoso, más famoso que en la de los demás, quiero decir —digo.

—No hay de qué. La deuda, si es que la hay, te la cobras tú cuando te toque ser la casa de otro. O de otra, más bien. —Alzó las cejas. Yo esbocé una media sonrisa.

Me puse en pie y me ajusté la mochila. Toqué el pomo de la puertecilla y estaba helado, incluso dentro de la cabaña. Dudé un instante.

—Por cierto, ¿cómo sigue en pie tras el Apocalipsis? —le pregunté sin mirarlo—. ¿Esta casa, este calor, aquí? Precisamente usted. Pensaba que sería el primero en caer después de todo.

Él volvió a hundirse en el sillón, con una paz serena.

—¿Todavía no lo sabes? A Ella no le gusta esa palabra, pero por más que le pese, existe. ¿Si no por qué llevas lo que llevas en esa mochila?

Asentí.

No añadió nada más. El gato levantó uno de los párpados levemente y volvió a dormirse.

—Hasta otra, anciano —me despedí.

Abrí la puerta. Al otro lado no había ninguna estancia ni pasillo, sólo oscuridad y un aire gélido que me cortó la respiración. De lo hondo llegó una risa infantil, breve, que se apagó enseguida.

Inspiré, me aseguré la mochila contra la espalda y crucé. La puerta se cerró tras de mí con un golpe seco y la luz cálida de la cabaña quedó atrás, enterrada en la memoria.

III. TE VA A DOLER

La oscuridad detrás de la puerta no era simple ausencia de luz; era una sustancia viscosa y gélida que se aferraba a mi piel y se colaba en mis pulmones con cada respiración. Avancé a ciegas, con las manos extendidas, hasta que mis botas pisaron algo que crujió. Hojarasca.

El olor a tierra húmeda y descomposición se intensificó, reemplazando el aroma a galletas y leña de la cabaña. Poco a poco, una luz gris fue abriéndose paso entre la niebla negra, lo suficiente para mostrar un bosque muerto. No escuchaba pájaros, ni animales salvajes, ni siquiera el sonido del viento. Los árboles se alzaban desnudos, con las ramas secas levantadas hacia un cielo cubierto de ceniza. Todo estaba inmóvil y en silencio, como si el tiempo hubiera dejado de importar en ese rincón del mundo.

Miraba al suelo, ya que la alfombra de hojarasca estaba húmeda y resbaladiza, y de entre las hojas emergieron dos raíles oxidados, hundidos en la tierra, que se prolongaron hacia la bruma en línea recta. Decidí seguirlos. Conforme caminaba, la mochila tiraba más y más hacia abajo. Era la Estrella, latiendo en su interior, reaccionando a ese territorio desconocido.

Recordé las palabras del anciano: «te va a doler». No sabía todavía a qué se refería, pero tenía un nudo en el estómago, y cada metro que avanzaba no hacía más que enredarlo más.

Fue entonces cuando se formó una figura a lo lejos, entre la niebla.

Una niña estaba de pie sobre uno de los durmientes de las vías. Llevaba una chaqueta azul turquesa, que resaltaba en aquella penumbra gris. Su pelo rizado y dorado le caía hasta los hombros, y tenía un brillo que ninguna luz de las que había visto antes habría podido emitir. La sonrisa ancha le iluminaba el rostro de tal forma que desentonaba con todo lo demás. Frente a ella, arrodillado, había un hombre que sostenía una cámara antigua entre sus manos.

Me quedé clavado en el sitio. No necesité acercarme más porque la reconocí de inmediato. Era Ella. Ahí no estaba la emperatriz de hielo, la mujer derrotada en su trono vacío, sino la niña que había sido, con sus ojos oscuros tan abiertos y llenos de curiosidad genuina que parecían contener toda la vida que ese lugar había perdido.

Alzó la mano y le enseñó al hombre una piedra blanca y lisa, que guardaba un resplandor perlado y diminuto en el centro.

—¡Mira! —exclamó con una voz cristalina—. ¡Es mágica, brilla por dentro!

El hombre soltó una carcajada breve, grave, que me estremeció por lo cálida que resultaba.

—Es para espantar a los mostros. —Hizo un gesto con las manos, imitando a un fantasma. Ella emitió una risotada sincera mientras se echaba hacia atrás, tapándose la boca—. Venga, posa con tu tesoro.

La cámara disparó un destello, atrapando ese instante perfecto. La niña sonrió aún más, con una alegría tan pura que me resquebrajó la caja torácica. Las lágrimas me nublaron la vista sin que pudiera contenerlas más. Estaba contemplando un recuerdo intacto, una chispa que parecía imposible después de todo lo vivido. ¿En qué momento dejó de creer en esto? ¿Quién le convenció de que la magia era sólo un truco barato?

La mochila vibró contra mi espalda. La Estrella se agitaba, como si quisiera salir y fundirse con aquel recuerdo.

De repente el hombre arrodillado empezó a deshacerse en un humo gris, en ondas que ascendieron hasta perderse en la nada.

—No entiendo… —dijo ella, y la palabra salió rota, distorsionada.

La cámara se derritió como si estuviera hecha de cera y se hundió en el suelo. Un viento helado atravesó el claro y levantó una nube de hojas convertidas en ceniza que se le pegaba a la piel, a su chaqueta, al pelo.

Entonces el brillo de su cabello rubio se fue apagando hasta volverse opaco, y su tono dorado tornó color ceniza. La piedra blanca se ennegreció, y ella torció el gesto, como si le doliera sostenerla.

Levantó la vista hacia mí, pero ya no había asombro en sus ojos, sino un desconcierto que me heló la sangre. Intentó gritar, pero lo único que salió de su boca fue un chorro de polvo oscuro.

Vi cómo su cuerpo se fragmentaba y se disolvía en el aire, reducido a una nube gris que se deshizo en la nada. 

El claro, que un momento antes había brillado con una luz imposible, se había convertido en un erial. Lo único que quedaba eran aquellas vías oxidadas que atravesaban el suelo como una cicatriz. El olor a quemado se me quedó agarrado en la garganta y empecé a toser.

Caí de rodillas. Un gemido se me escapó del pecho, y las lágrimas calientes se abrieron paso por mis mejillas hasta derramarse sobre mis manos.

Hasta el recuerdo más limpio, el más luminoso, había terminado por ser corrompido, reducido a mero polvo. La conocía. Sabía que aquello no se había desvanecido de forma orgánica; había sido profanado y desfigurado hasta quedar irreconocible.

No sé cuánto tiempo permanecí allí, temblando, con el rostro hundido en las manos.

La Estrella seguía palpitando en la mochila, y cada uno de sus latidos me recordaba que aún me quedaba camino por recorrer, aunque no quisiera dar un paso más.

Un sonido lejano me sacó de ese estado. Era el chirrido metálico de unas ruedas sobre el hierro. Un tren se acercaba por las vías.

Me puse en pie con esfuerzo, limpiándome el rostro con la manga del abrigo. Las vías, ahora, no conducían a un claro, sino a un andén decrépito lleno de telarañas, claramente abandonado.

El tren se detuvo emitiendo un quejido oxidado. Aquella máquina era una reliquia de otro tiempo, con vagones de madera desconchada y ventanillas sucias. Las puertas se abrieron de golpe y pude ver el interior.

Dentro, el espectáculo era grotesco. Los vagones estaban abarrotados de hombres obesos, vestidos con trajes con las costuras a reventar. Sudaban profusamente, y el aire que salía del interior era una mezcla nauseabunda de almidón rancio, grasa corporal y un olor agrio a ansiedad. No hablaban entre sí, se gritaban, y sus conversaciones eran un torrente de números y ecuaciones; una cacofonía matemática carente de todo sentido.

—¡La velocidad de desplazamiento es inversamente proporcional a la masa en un sistema de fricción cero! —bramó uno, escupiendo saliva.

—¡Animal! —le gritó otro—. ¡Olvidas el coeficiente de arrastre en un entorno no newtoniano! ¡El fluido es el tiempo mismo!

—¡La variable «x» representa la esperanza! ¡Su valor tiende a cero!

—¡Demuestra eso! ¡Demúestralo con números, maldito fantoche! —bramó mientras le sujetaba por las solapas de la americana.

—Ehmm… —Carraspeé, para hacerlos conscientes de mi presencia—. Perdonen, ¿saben a dónde se dirige este tren?

Uno de ellos, con los ojos inyectados en sangre y un cuello que desaparecía entre sus rollos de grasa, me miró desde la puerta.

—¡Sube y lo sabrás, pero no nos interrumpas! ¡Estamos discutiendo el Teorema de la Inevitabilidad!

Un escalofrío me recorrió el cuerpo, pero accedí y subí justo antes de que las puertas se cerrasen. Reconocí aquel recuerdo, tiempo atrás me lo había contado partiéndose de risa.

Sacudí la cabeza. No podía perderme allí yo también.

—Voy a la cima —confesé con una voz que intenté que sonara firme.

La noticia corrió por el vagón como un reguero de pólvora. Todas las cabezas, sudorosas y grotescas, se volvieron hacia mí.

—¡La cima! ¡Va a la cima, dice!

—¡Será absurdo!

—¡Y mentecato!

—¡No como nosotros!

—¡No señor!

—¡Cuidado! ¡Lleva una anomalía! —aulló uno de pronto, señalando mi mochila.

—¡Una variable no cuantificable! —espetó otro, tapándose la boca con la mano con un gesto exagerado.

—¡Es la «y»! ¡La maldita «y» que rompe la gráfica!

—¡Arrojadle números! ¡Ahogadle en la lógica pura!

Los cuerpos empezaron a apretarse aún más entre sí, a rozarme con sus manos húmedas y a empujarme contra las paredes desconchadas. El aire era ya irrespirable. 

El tren se sacudió como si de un caballo se tratase y empezó a avanzar, directo hacia la niebla. Bajo las ruedas ya no había tierra, sino un vacío insondable.

Avancé entre la multitud como pude hasta que vi algo que me paralizó.

En medio del último vagón, incrustada en la pared, había una cabina de teléfono de cristal, con un teléfono a cada lado y un espejo al fondo. Dentro estaba Ella. Ya no era tan niña, tendría unos 11 años como mucho, con su pelo aún rizado y la cara iluminada por la emoción de estar contando algo importante reflejándose en el espejo. El auricular blanco estaba pegado a su oído.

—Entonces… si el tren recorre trescientos kilómetros a tal velocidad… —decía con entusiasmo.

En la cabina de al lado estaba El Artífice. Con el mismo auricular en la mano, sonriendo, pero no había reflejo alguno.

—Sí, eso es correcto. Pero… ¿Y qué pasa si ese tren está lleno de obesos? —rió, y su voz vibró en las paredes.

Ella rió también, sincera, con esa alegría tan pura que me provocó un nudo en la garganta.

Pero de repente las paredes del vagón empezaron a contraerse, y al fondo pude ver una llama verdosa que se aproximaba peligrosamente hacia el tren.

—Si… si está lleno de obesos… entonces… entonces… —La voz del Artífice sonó distorsionada.

Las frases comenzaron a repetirse, a superponerse entre sí, y los números que ella recitaba perdieron todo el sentido. La risa de la niña se quebró cuando escuché el chillido metálico. El auricular se derritió en su mano.

El vagón entero tembló. Los cuerpos obesos a mi alrededor empezaron a chillar, pero sus gritos seguían siendo fórmulas, series infinitas de dígitos que se escupían los unos a los otros.

La cabina de teléfono acabó por estallar y un fogonazo esmeralda emergió de ella. Se arrastró por todo el tren, devorando en silencio el aire, el sonido, la memoria. Los gritos se apagaron al instante y los hombres se desinflaron, derritiéndose en charcos de sudor oscuro.

Me encontré de pie en medio de ese infierno verde, con las llamas rodeándome sin tocarme. No me quemaban, pero un hueco estaba empezando a formarse en mi pecho y el suelo me resultaba completamente inestable.

Era otra purga más, lo sabía. El recuerdo de aquel juego matemático, tan inocente y luminoso en su origen, convertido ahora en veneno. Ella había elegido quemarlo.

El tren se sacudió de nuevo hasta que descarriló. Los vagones se partieron en dos, desmoronándose en la oscuridad. Caí al vacío, mientras trozos de madera y cristal me golpeaban antes de convertirse en cenizas.

Abrí los ojos. Estaba tumbado junto a las vías, en el mismo bosque esquelético de antes. El tren había desaparecido. Sólo quedaba el silencio, más denso que nunca, y el olor persistente a quemado.

Me levanté tambaleando.

El atajo había cumplido su promesa. Había dolido. 

Con el sabor de la ceniza todavía en la boca y el frío de las llamas verdes aún en mi piel, seguí adelante. No me quedaba otra cosa que caminar, arrastrando el peso de lo que había sido y no volvería a ser jamás.

IV. ELEGIDO

El silencio que siguió a la desintegración del tren mientras caminaba sin rumbo era más pesado que cualquier estruendo anterior. No se trataba simplemente de la ausencia de sonido en sí, sino de una presencia activa, una sustancia opresiva que se colaba en mis oídos y me presionaba los tímpanos. 

El olor a memoria calcinada se había fundido con el aroma a tierra húmeda y el óxido, creando un perfume funerario que impregnaba cada partícula del aire.

Caminaba junto a las vías, que ahora parecían más desgastadas, más tristes, como si compartieran mi duelo por lo perdido.

La nieve había dado paso por completo a un suelo de hojarasca negra y fangosa, y los esqueletos de los árboles se apiñaban más juntos, con sus ramas entrelazadas formando un dosel que bloqueaba lo poco que quedaba de luz.

Fue entonces cuando el susurro comenzó.

Al principio era un sonido apenas perceptible, como el que producen las patitas de un insecto contra una ventana. Luego otro. Y luego otro más. Provenía de las bolsas sedosas, blancas y algodonadas que colgaban de las ramas de los pinos.

 Procesionaria.

—Oh, no… —murmuré aterrado. 

Me dieron ganas de salir corriendo, sin embargo me quedé ahí plantando, contemplando cómo las bolsas palpitaban suavemente. De ellas surgía una voz múltiple, un coro de miles de larvas minúsculas que hablaban al unísono.

«Elegido…».

Me quedé paralizado, con la piel de gallina y el vello de punta.

«Elegido…». Surgió otra voz de otro árbol a mi izquierda.

«Elegido, elegido, elegido…».

El bosque entero parecía susurrar ahora aquel mantra espeluznante que se repetía en un eco infinito, multiplicándose hasta llenar el espacio por completo. La palabra, que una vez fue un halago, ahora era una aguja envenenada que se clavaba una y otra vez en mi mente. Era la etiqueta que se me había impuesto, la carga que ahora rechazaba con toda mi alma.

—¡No lo soy! —grité, y mi voz se apagó en la espesura, devorada por los susurros.

Comencé a correr aunque no hubiese un camino claro, imbuido únicamente por la necesidad instintiva de huir de aquel sonido, de aquel recordatorio corrupto de un afecto que ahora me parecía una mera cadena. Mis botas se hundían en el fango, salpicando barro negro, y los susurros se intensificaron, volviéndose más grotescos, más burlones.

«ELEGIDO, ELEGIDO, ELEGIDO».

De pronto, mientras continuaba mi huida, de las bolsas sedosas, de las agujas de los pinos y de la propia corteza de los árboles, comenzó a brotar un líquido. No era agua, ni savia; era espeso, negro y brillante, moviéndose con una viscosidad antinatural. Olía a combustible, a maquinaria industrial, a algo profundamente ajeno a este bosque de pesadilla.

Petróleo. 

El líquido goteó primero poco a poco, pero luego empezó a formar pequeños regueros que se unían entre las raíces. Después los regueros se convirtieron en un arroyo, y el arroyo, en un río negro y reluciente que fluía con decisión, siguiéndome, rodeándome. Corrí con todas mis fuerzas, jadeando, con el corazón golpeándome en las costillas. La mochila con la Estrella se sacudía contra mi espalda; era un recordatorio absurdo de mi misión en medio de aquella locura.

El río de petróleo se movía más rápido que yo, era imposible escapar de él. Por si no fuese suficiente, de sus profundidades emergieron formas, tentáculos informes hechos de la misma sustancia pegajosa y negra. Uno de ellos me enganchó del tobillo y caí de bruces contra el fango, tragándome un grito. El líquido era frío, sorprendentemente frío, y se adhirió a mi piel con la tenacidad de un parásito.

Me arrastró hacia atrás. Otro tentáculo se enroscó alrededor de mi brazo, otro alrededor de mi cuello. No me apretaban con fuerza bruta simplemente, sino con una presión insidiosa, asfixiante, como si intentaran reemplazar el aire de mis pulmones con su propia esencia oscura. El olor a petróleo llenaba mis fosas nasales, mi boca, mi garganta. Tosí, escupí, luché por liberarme, pero la sustancia era como un aceite espeso que se adhería a todo, cegándome, ahogándome.

«ELEGIDO…», susurraban las voces, ahora justo en mis oídos, mientras el negro absoluto empezaba a invadir mi visión. 

La presión en mi pecho se volvió insoportable. Ya no podía toser. Sólo podía forcejear débilmente, mientras la oscuridad viscosa trepaba por mi cuerpo como una hiedra letal. Mi mente, nublada por la falta de aire, empezó a flaquear.

¿Es esto el final? ¿Ahogarme en el significado corrupto de una simple palabra?, me pregunté.

Entonces vi un destello plateado moviéndose rápidamente en los bordes de mi visión borrosa. Algo pequeño y ágil saltó desde una rama baja y se abalanzó sobre el tentáculo que me oprimía el cuello.

Un chillido agudo, no de dolor, sino de furia, rasgó el aire. Era lo que provocaban unos dientes diminutos pero afilados, hundiéndose en aquella sustancia negra.

Era el gato gris de rayas de la entrada del otro camino, que mordisqueó y arañó el petróleo con una ferocidad inesperada. Donde sus garras tocaban la negrura, esta parecía retroceder, como si temiera su contacto, dejando a su paso un parche de piel limpia, aunque magullada.

Fue el estímulo que necesitaba. Con un último esfuerzo desesperado, y aprovechando la distracción, me debatí con una fuerza renovada, dispuesto a sobrevivir. El tentáculo del cuello se aflojó lo suficiente como para que pudiera tragar una bocanada de aire putrefacto pero vital. Me liberé del brazo, luego del tobillo, y rodé por el suelo fangoso, lejos del río principal de crudo.

Me puse en pie tambaleándome, cubierto de una capa pegajosa y negra que me picaba y ardía. El gato estaba a mi lado, lamíéndose una pata con desdén, como si acabara de espantar a una mosca molesta y no de salvar mi vida. Sus ojos, ahora claramente visibles y de un azul celeste, me miraron con una expresión que no era de amistad, sino una especie de fastidiosa caballerosidad.

El río de petróleo se había detenido en el borde de un claro, agitándose con frustración, pero sin atreverse a cruzar una línea invisible. Los susurros de la procesionaria se habían apagado, reducidos a un leve y resentido crepitar cada vez más lejano.

Sin mirarme siquiera y sin pronunciar palabra alguna, el gato se dio la vuelta y desapareció de nuevo entre los árboles.

Yo me quedé allí, jadeando y temblando, embadurnado de la sustancia de mis propias cadenas corruptas. El bosque, aunque silencioso, era una trampa que podía activarse en cualquier momento. El atajo del pasado no sólo mostraba recuerdos, sino que los convertía en armas. A pesar de todo, sabía que tenía que seguir adelante, arrastrando el peso del «Elegido» y la frágil esperanza de una Estrella que, milagrosamente, seguía intacta en mi mochila. La cima me parecía más lejana que nunca.

V. LA CUENTACUENTOS

Tras caminar una eternidad más, el bosque de pinos, con sus susurros venenosos y su suelo empapado de pesadilla, finalmente comenzó a ceder. Los árboles se espaciaron, el fango negro se secó formando costras sobre mis botas y mi ropa, y una luz cenicienta, más amplia, empezó a filtrarse desde arriba. El aire, aunque aún frío, perdió su cualidad opresiva, volviendo a oler a tierra húmeda y a musgo.

Tenía el cuerpo todavía dolorido y el eco de esa infame palabra todavía resonando en mi mente, pero debía seguir caminando, aunque fuese como un autómata.

Finalmente dejé atrás el bosque y emergí a lo que parecía ser una llanura alta y rocosa, un páramo gris bajo un cielo del mismo color. La cima, sin embargo, seguía pareciéndome una idea abstracta, una aguja de hielo distante clavada en las nubes bajas. Al menos sentí que ya había cruzado el umbral de la corrupción.

Fue entonces cuando la vi.

Sentada en una roca plana, como si fuera parte del paisaje, había una mujer de mediana edad. Su cabello, corto y rizado, era de un gris puro que poco contrastaba con la grisalla circundante.

Llevaba un vestido holgado con el estampado de flores ya gastado, y sus manos, que descansaban sobre su regazo, estaban cubiertas de una miríada de pequeñas cicatrices blancas.

A su alrededor, el paisaje estaba tomado por un caos de objetos, como si el bosque hubiera sido invadido por una casa en ruinas. Libros abiertos y sin cubierta, apilados unos sobre los otros; fotografías descoloridas clavadas en la tierra húmeda; una flauta torcida enredada entre raíces; tazas agrietadas que aún guardaban restos de ceniza; trozos de tela bordada colgando de las ramas bajas… Había también muñecos sin ojos, cartas arrugadas, recortes de periódicos, zapatos de niño, un reloj parado, y hasta un manojo de llaves oxidadas que tintineaban al menor soplo de aire.

Nada seguía un orden.

Todo ese desorden me transmitía un desasosiego extraño, como si hubiera entrado en la mente de alguien que ya no sabía qué conservar y qué dejar morir.

No levantó la vista hasta que estuve a apenas un par de pasos.

—Te contaré una historia —dijo, sin mirarme todavía. Su voz era ronca y apagada—. Había una niña que miraba las estrellas. Su madre le dijo que eran soles lejanos. Fin.

Me quedé en silencio, esperando que continuara. No lo hizo.

—Otra: un pájaro construyó un nido con hilos de plata. Puso un huevo de luz. Se rompió. No salió nada. Fin.

Alzó la mirada hacia mí. Sus ojos eran de un color meloso, con un reflejo verdoso. En ellos no había ternura ni autoridad, sólo un tedio profundo, casi doloroso.

—¿Qué le ha pasado en las manos? —le pregunté.

Ella señaló a la montaña de libros con el mentón, pero no dijo palabra alguna.

—Usted es la que sabe todas las historias —dije. Mi voz sonó más seca de lo que pretendía—. La que las guarda todas, ¿no es así?

Ella inclinó la cabeza lentamente.

—Sí, las sé. Todas. Los finales felices y los trágicos. Los giros, las moralejas. Pero olvidé por qué las contaba. Ya no me importa, realmente. Al final son sólo sonidos que se pierden en la nada.

Suspiré ante esa afirmación que desde luego no correspondía a la persona que tenía frente a mí. Di un paso más. Era crucial hacerle entrar en razón e impedir que siguiera en ese bucle extraño de apatía, antes de que hubiera consecuencias irreparables.

Sabía lo que tenía que decir, y la Estrella en mi mochila empezó a titilar. Me senté junto a ella en otra piedra musgosa, apartando un montón de portavelas tallados con lunas moradas de encima.

—Ella la necesita —le confesé—. La necesita ahora más que nunca.

Frunció apenas el ceño.

—¿Ella? —preguntó, como si le costara dar forma al pronombre—. ¡JA!

—Sí, ella. ¿En serio le sorprende?

La mujer respiró hondo, pero no respondió inmediatamente. Volvió la vista hacia un montículo de fotos esparcidas a su lado.

—Nunca supo pedirme nada —susurró—. Nunca lo ha hecho. Yo siempre era la que ofrecía ayuda, la que me adelantaba. Pero ya me he cansado, que se apañen solos todos.

—¡Ella no pide nada porque no sabe cómo! —le espeté, incapaz de contenerme—. Pero ahora la necesita. La necesita de verdad. Y usted está aquí, rodeada de basura, convencida de que le da igual.

Un temblor cruzó su boca, apenas perceptible.

—Siempre fui la blanda —dijo al fin—. La que escuchaba, la que se callaba, la que aguantaba. Y al final… nadie me sostuvo a mí. Ni una sola vez.

Me agaché y recogí una fotografía arrugada. Una niña con una blusa roja sonreía haciendo una mueca hacia alguien fuera de plano. Se la tendí.

—Entonces no lo haga por usted. Hágalo por ella. El Artífice… usted lo sabe. Nunca estuvo allí realmente. Era humo, un mero espejismo. Ahora que ella lo ha visto, lo ha perdido de golpe. Y si también la pierde a usted…

Me detuve. La emoción me apretaba la garganta.

La mujer cogió la foto, la miró un segundo y luego la dejó caer al suelo, como si pesara demasiado.

—Ya no sé cómo querer —dijo en un susurro—. Todo me aburre. Incluso su cara, incluso la mía. He olvidado el sabor de la ternura.

—Entonces recuerde lo que la salvaba —dije. Una palabra surgió de mí casi sin pensar—. Magia.

Sus ojos se abrieron con un destello extraño.

—Magia… —Repitió la palabra en voz baja, como probándola en su lengua.

El aire alrededor vibró. La roca sobre la que estaba sentada pareció crujir. Ella se llevó una mano al pecho, como si algo le ardiera por dentro.

—Eso era lo que yo intentaba darle —dijo, con la voz quebrada—. Magia. Cuando señalaba el cielo y le enseñaba el significado de los dibujos del firmamento y cómo cambiaban según la estación. Cuando inventaba historias de hadas y duendes en los caminos, y ella las escuchaba fascinada. Era magia, sí. Y ahora no queda nada.

—Claro que queda —repliqué con fuerza—. Ella aún la recuerda. La necesita para seguir viva.

La mujer se levantó con dificultad. Sus huesos crujieron como ramas, pero se mantuvo erguida. Sus ojos, que antes estaban apagados, ardían con una luz que ya no era humana.

—Ella nunca lo dirá —susurró, como pensándoselo mejor—. Nunca pedirá ayuda. Siempre se tragará las palabras, ¿verdad?

—Por eso estoy yo aquí —dije—. Para decirle que usted no puede borrarse del mapa. Que si lo hace, la deja huérfana del todo.

Ella inclinó la cabeza, y un destello húmedo cruzó sus pupilas. Luego cerró los ojos. Su cuerpo se sacudió con un espasmo. Cuando los abrió de nuevo, ya no eran miel, sino brasas encendidas de color esmeralda.

Su piel se oscureció, tornando a un verde profundo que relucía con vetas doradas. Sus brazos se alargaron, se doblaron, y de su espalda surgieron membranas inmensas que se desplegaron de pronto. Sus ropas se habían hecho jirones, ahora sustituidas por escamas brillantes. Donde antes había una mujer hastiada, ahora se erguía un dragón majestuoso, de mirada ardiente y lomo coronado por una cresta ósea.

Me quedé paralizado. El aire ahora olía a tormenta.

La bestia bajó la cabeza hasta quedar a mi altura.

—Sube —rugió, y su voz era un trueno.

Trepé por su cuello sin dudarlo ni un segundo y me aferré a las escamas duras como la piedra. Cuando dio el primer impulso con sus patas traseras y se elevó, sentí que el suelo entero quedaba muy abajo, con todo su caos y sus objetos muertos. El viento me golpeaba el rostro y me arrancaba lágrimas.

Volamos directamente hacia la cima, hacia la negrura que ahora distinguía claramente como una corona de hielo sucio alrededor del pico. La dragona abrió sus fauces, pero no lanzó fuego. De su garganta surgió una esfera de luz dorada y cálida que contenía un recuerdo: dos tumbonas de jardín, verdes y desgastadas, bajo un manto de estrellas. Se oía la risa de una niña y la voz tranquila de una mujer señalando la Osa Mayor. Era un recuerdo puro, no corrompido. La esfera voló como un cometa hacia la cima.

Desde la oscuridad, un proyectil de hielo negro surgió, interceptándola. La esfera de luz se estrelló contra él y estalló en un millón de chispas doradas que se dispersaron en la nada.

—¡Esta niña no aprende! —aulló.

—¡No te rindas! —le imploré—. ¡Ella sigue ahí!

La dragona rugió enfurecida y lanzó otra bola. Esta vez era el sonido de un cuento leído a la luz de una lámpara tenue y unas luces de Navidad sobre la estantería. La voz susurraba imitando a pequeños duendecillos traviesos que no querían irse a dormir.

Ahí iba otra esfera de luz. Y otro misil de hielo la destruyó.

Una tercera. El sonido de un piano desafinado, tocado con dedos torpes y pequeños pero llenos de entusiasmo. Destruida.

Una cuarta. La curiosidad en unos ojos oscuros infantiles pero afilados, diciendo que «porque no» no es una contestación válida. Aniquilada.

Cada recuerdo puro era rechazado, negado por la voluntad férrea de la Emperatriz.

Entonces, la dragona se tensó y un estremecimiento la recorrió, como si una fuerza externa intentara tomar el control de sus actos.

Sus ojos, por un instante, se nublaron, volviéndose vacíos como los de la mujer de la piedra. De su garganta, contra su voluntad, surgió una quinta esfera. Esta no era dorada. Era de un rosa pálido, casi enfermizo. En su interior había un ramo de flores, atado con una cinta fucsia. Una voz decía: «Ahora ya eres una mujer». Otra, de quince años, estallaba en gritos de ira. Podía percibir la vergüenza y la rabia, la sensación de que ese símbolo impuesto de adultez  y de feminidad era no deseado.

—¡No! —grité, agarrado a su cuello—. ¡Ese no! ¡Ese recuerdo lo odia! ¡Ese lo usará para corromper su idea de ti!

La esfera rosa se dirigía implacable hacia la cima, pero esta vez no hubo misil de hielo que la interceptara.

La emperatriz lo aceptaría.

Lo usaría como prueba de que siempre había estado sola realmente, incomprendida.

La dragona emitió un sonido gutural mientras presenciaba una lucha interna visible en el temblor de sus músculos escamosos. Había lanzado inconscientemente el recuerdo que la emperatriz más despreciaba, el que mejor servía a su narrativa de desencanto, y si no hacía algo vendrían otros igual o peores.

—¡Recuerda! —le grité de nuevo, con todas mis fuerzas—. ¡Recuerda quién es usted! ¡La de todas las historias, no la de los sonidos vacíos!

Sacudió su enorme cabeza, como despejando una niebla mental, y sus ojos recuperaron el fuego. Con un rugido que hizo temblar hasta a la misma montaña, se lanzó hacia delante, alcanzando su propio proyectil corruptor. Lo embistió con el hocico, desviándolo violentamente de su trayectoria. La esfera rosa se estrelló contra un espolón de roca y estalló en un polvo amargo que el viento dispersó.

Se volvió entonces hacia la cima, mirando fijamente a través del hielo negro, y dos puntos de luz fría, los ojos de diamante de la Emperatriz, brillaron con desdén.

—No va a dar su brazo a torcer, hay que seguir —le dije.

—Como si no la conociera. —Empezó a descender—. ¡Bájate! No puedes hacer nada por ella aquí, sigue tu camino, yo la contendré.

Dio una sacudida poderosa y me desprendí de su lomo, cayendo en un banco de nieve blanda a medio camino de la cima. 

—¡Esto no ha terminado, hija mía! —rugió la dragona. Su voz era un vendaval de determinación—. ¡Tu batalla es conmigo ahora!

Desde el suelo, la vi ascender, enorme y terrible, hacia la negrura, escupiendo ahora esferas de recuerdos como bolas de fuego, desafiando la tormenta de hielo que desde la cima se desataba contra ella.

La batalla entre la dragona y la oscuridad de la cima era una imagen que congelaba la sangre. Bolas de recuerdos incandescentes chocaban contra lanzas de hielo negro, iluminando la ladera con destellos efímeros de un pasado que se negaba a morir. El sonido era atronador: rugidos que desgarraban el cielo y estallidos sordos que resonaban en mi caja torácica. Desde mi posición, semi-enterrado en la nieve, donde la bestia me había dejado caer, me quedé unos minutos contemplando aquel espectáculo dantesco y hermoso, la encarnación de la memoria luchando contra el olvido activo para salvar el alma de la Emperatriz.

Me levanté jadeando, mirando hacia arriba todavía. La batalla en el cielo era sólo el preludio. Mi parte me esperaba más arriba.

Con la imagen del dragón luchando contra el hielo todavía en mi mente, seguí caminando a mi destino, llevando todavía conmigo la última chispa de magia hacia el corazón de la tormenta.

VI. EL LABERINTO

El último tramo se elevaba ante mí. Era una empinada cuesta de nieve y roca desnuda, lisa y traicionera, que conducía directamente a la meseta de la cima. No había sendero alguno, sólo la pendiente implacable y la certeza de que lo que me esperaba arriba era el fin, de una manera u otra.

Comencé a trepar y mis dedos, entumecidos, buscaron grietas invisibles. Mis botas resbalaban en el hielo oculto bajo un manto de nieve reciente. El aire era tan fino que tenía que hacer un esfuerzo consciente para dar cada inhalación. Era una lucha por robarle al vacío suficiente oxígeno para mantener a mi corazón latiendo.

Avanzaba centímetro a centímetro, con la mirada fija en el borde de la meseta, ya tan cerca y tan lejos. El estruendo de la batalla aérea era ya un zumbido lejano, amortiguado por el esfuerzo colosal de mi ascensión.

Si seguía así no iba a llegar de una pieza, tenía que descansar como fuese.

Fue entonces cuando, en un pequeño saliente donde pude apoyarme por un momento para recuperar el aliento, lo vi.

Sentado tranquilamente, como si estuviera en el alféizar de una ventana, estaba el felino que me había salvado antes. El gato gris de rayas me observaba con sus ojos azules e impasibles. No parecía afectado por el frío, ni por el viento, ni por la batalla cósmica que se desarrollaba sobre nuestras cabezas. Su pelaje estaba impecable.

—Está siendo una subida bastante patética —dijo, sin preámbulos. Su voz no surgió del aire esta vez, sino que era una voz clara, ligeramente áspera, que llegaba directamente a mi mente.

—No… he venido… a impresionarte —jadeé, apoyado contra la roca.

—Eso está claro —respondió, lamiéndose una pata con desdén—. Vienes a salvar a la Emperatriz. Un gesto grandioso y condenado al mismo tiempo. Los humanos siempre sois tan teatrales.

Su cinismo era un bálsamo extraño después de tanta intensidad.

—¿Y tú? ¿Qué haces aquí? ¿Y cómo has recuperado el rostro?

—¿Mi rostro? Qué extraño, no sabía que lo había perdido. —Se pasó una pata por su hocico, pensativo—. Respondiendo a tus otras preguntas… Bueno, simplemente observo. Es lo que hago. Aparezco, observo, y me voy. Es un trabajo menos agotador que el tuyo. —Hizo una pausa y me miró fijamente—. Y te recuerdo cosas. Por ejemplo, que una vez me besaste la cabeza mientras dormía tranquilamente.

La memoria me golpeó con la fuerza de un puño. Hacía años, en su casa, él dormía bajo un rayo de sol. Se le veía tan pacífico, tan vulnerable… Me incliné y le di un beso rápido en la cabeza. Fue mi primer beso gatuno. Ella se rió. «Cuidado, no le gustan las muestras de afecto no solicitadas».

—Eso —dijo el gato, cortando el recuerdo—, no vuelvas a hacerlo. Tienes que pedir permiso. Soy un ser, no un peluche. Aunque ahora esté perdido en este laberinto, aún recuerdo mi autonomía.

—¿Laberinto? —pregunté, confundido, mirando la ladera desnuda.

—Esto —dijo él, con un gesto que abarcaba la montaña, el cielo, la batalla—. Todo esto. El laberinto de sufrimiento que os construís unos a otros y a vosotros mismos. Subir, bajar, tropezar con los mismos recuerdos afilados, perderse en los mismos pasillos de dolor. Es bastante tedioso de observar, la verdad.

Sus palabras, frías y lúcidas, resonaron en un lugar profundo de mi ser. No era sólo esta montaña. Era la vida con Ella, era vivir con sus sombras, era mi obstinación, era la búsqueda interminable de significado en un mundo que ella insistía en que no lo tenía.

—¿Cómo se sale? —le pregunté, y la pregunta sonó a súplica—. ¿Cómo salgo de este laberinto?

Silver se quedó quieto, con su cola moviéndose lentamente. Sus ojos azules parecían mirar a través de mí, a través de la roca, a través del tiempo mismo.

—Esa es la pregunta que te hizo ella, ¿no? La que se hizo también el general en su último viaje, rodeado de su propio río y su propia fiebre. —Hizo una pausa y, por primera vez, su voz perdió un ápice de su ironía—. Nadie te puede decir cómo. Ni siquiera yo, que aquí siempre seré perfecto. No hay un mapa del laberinto, sólo paredes. Algunos se pasan la vida chocando contra ellas, otros se sientan en el centro y deciden que el laberinto es su hogar. Y unos pocos… unos pocos se dan cuenta de que la única manera de salir es dejar de intentar escapar de las paredes y empezar a entender por qué estaban ahí en primer lugar.

Miré hacia arriba, hacia la cima.

—¿Y eso qué significa?

—Significa —dijo, levantándose y estirándose con una elegancia exasperante—, que tal vez no estés aquí para sacarla del laberinto. Tal vez estés aquí para sentarte con ella en el centro y recordarle que las paredes, por muy altas que sean, no llegan hasta el cielo.

Sus palabras me dejaron sin aliento, más que la presión de la altitud. Nunca se había tratado de obtener la victoria, ni de un rescate heroico. Se trataba de ofrecerle compañía. De estar. De aceptar el laberinto y, al hacerlo, negarle su poder para aislarse.

—¿Y la Estrella? —pregunté, tocando la mochila.

—Un recordatorio —dijo Silver—. Un pedazo de belleza que existe a pesar de todo. No es la llave. Es… una ofrenda. Una forma de decirle: «aquí estoy, y te traigo esto para que esté contigo, incluso dentro del laberinto».

Se volvió para irse, preparándose para saltar a una grieta invisible.

—¿A dónde vas? —inquirí, sintiendo una inexplicable punzada de soledad.

—A observar desde otro ángulo. Este ya me aburre. —Me lanzó una última mirada—. Me gustó ese beso, humano. Recuerda que fui el primero.

Dicho eso saltó, sin darme oportunidad para responderle.

Me quedé solo, con su filosofía felina resonando en mi mente. ¿Cómo salir de este laberinto de sufrimiento? No había una respuesta, sólo un cambio de perspectiva. La batalla arriba parecía menos importante ahora. No se trataba de ganar, sino de estar.

Me ajusté la mochila, sentí la frágil promesa de la Estrella contra mi espalda y reanudé la Elevación. Ya no trepaba hacia una victoria, sino hacia un encuentro. Hacia el centro del laberinto. Y, por primera vez, el peso que llevaba no me pareció una carga, sino la razón en sí misma para dar cada paso.

VII. LA CIMA

La cima no era un pico, sino un mar infinito solidificado hecho de papel. Montañas de documentos se alzaban como acantilados pálidos, formando un laberinto cuyos muros estaban compuestos de palabras, cifras y gráficos.

El viento allí era el sonido de un millón de hojas siendo pasadas al mismo tiempo, y, entre esos cañones de papel, se movían incontables criaturas, algunas de ellas volando. Agudicé la vista y me di cuenta de que eran cuervos, enfundados en minúsculas túnicas grises que les llegaban hasta las patas. Sus cabezas emplumadas, negras y brillantes, asomaban por las capuchas, y sus ojos, como cuentas de azabache, todo lo veían, todo lo catalogaban. Sus picos afilados no dejaban de mover pilas de hojas, apilando, clasificando, archivando. Sus graznidos se habían refinado hasta convertirse en susurros lógicos.

—Caso 8.441: demostración de la correlación inversa entre expectativa y resultado. Archívese en «Verdades Fundamentales».

—Análisis 22.307: la sonrisa es un mero espasmo neuromuscular. Reclasifíquese de «Emoción» a «Reflejo».

—¡Prioridad! ¡Sección «Afectos Pendientes de Deconstrucción» necesita refuerzos!

Me adentré en aquel paisaje demente. Los cuervos no me prestaron atención inicialmente, absortos en su tarea cósmica de construir la biografía definitiva del desencanto. Pisaba sobre hojas sueltas que crujían bajo mis botas como huesecillos de insectos. Algunas tenían tachones, otras gráficas descendentes, otras simplemente la palabra «FALSO» estampada en rojo.

Uno de ellos, posado en lo alto de una pila inestable de papel, por fin reparó en mí e inclinó la cabeza antes de abrir el pico.

—Anomalía detectada en el sector 7. Variable no catalogada —graznó en un susurro ronco a otro más cercano. 

El mensaje se propagó como un reguero de pólvora en un suspiro, y el crujir de papeles cesó. Cientos de cabezas negras se giraron hacia mí desde las alturas de sus montañas. Sus ojos diminutos y brillantes me observaban con una curiosidad fría, clínica.

—¿Motivo de la intrusión? —preguntó uno, volando y posándose en una pila de papeles a mi altura.

—Llegar a la Emperatriz —respondí con voz ronca por el polvo y el esfuerzo.

El cuervo emitió un graznido seco y una risa digna de un oficinista cualquiera. 

—Todas las rutas conducen a la Emperatriz. Es el centro del sistema, pero primero debe ser pesado y clasificado.

—No estoy aquí para ser clasificado.

—Todo debe ser clasificado —replicó otro, a mi espalda—. Es el protocolo. La Emperatriz lo decretó. Todo entra en una categoría: «Decepción», «Dolor», «Pérdida» o «Espejismo».

Se acercaron más, formando un círculo a mi alrededor. No había agresividad en sus movimientos, sólo la eficiencia burocrática de un sistema perfecto que ahora identificaba una pieza suelta en el engranaje.

—Sujeto A —dictaminó el primero—. Posible «Espejismo». Resistencia a la clasificación inicial. Protocolo de carga incremental.

No entendí del todo sus palabras, pero sí su intención. No iban a atacarme. Iban a intentar archivarme.

Uno de ellos, más pequeño, alzó una pata delgada. Sostenía una sola hoja de papel que arrojó hacia mí. No me golpeó, simplemente flotó y se adhirió a mi pecho como una placa de hielo. Sentí un escalofrío. No era a causa del frío físico, sino por el eco de la decepción al haber llegado tarde a un encuentro del pasado.

—Carga inicial: «Expectativa Fallida 0.1» —susurró el cuervo.

Otro arrojó otra hoja. Se pegó a mi brazo.

—Añádase «Promesa Vencida 4.7».

Y luego comenzó el diluvio de papel. No era violento en absoluto, era metódico, implacable. Los cuervos, desde sus pilas, arrojaban hojas que volaban hacia mí y se adherían a mi cuerpo.

—«Traición Calculada 12.3».

—«Silencio delator 8.5».

—«Fragilidad Identificada 2.1».

Cada una de esas hojas era un ladrillo en el muro de su lógica, una razón perfecta para rendirse, para dejar de creer en mí. Me cubrían los brazos, las piernas, el torso.

El peso no era físico, sino existencial. Era el peso de su verdad, de su mundo perfectamente desmontado y catalogado como un mecanismo sin alma.

—Coeficiente de resistencia elevado —graznó uno, consultando un cuaderno minúsculo—. Incrementar a protocolo «Carga Máxima».

Las hojas que caían ahora eran más densas, más oscuras.

—«Evidencia de Abandono Inminente».

 —«Hipótesis del Amor como Error Lógico».

Me costaba respirar por la presión de tanta verdad fría y despiadada. Cada hoja era un «te lo dije». ¿Cómo luchar contra eso? ¿Cómo argumentar frente a un archivo perfecto del dolor?

Un cuervo se posó en mi hombro. Su peso era insignificante, pero su presencia agobiante. 

—La variable «A» presenta una desviación. La Emperatriz hipotetiza: bajo carga suficiente, la desviación se corregirá. O se extinguirá. Como todas las variables no viables —susurró directamente en mi oído—. ¡Arrojadle los futuribles, rápido!

—«Seis meses de habitación sin recoger».

—«Montañas de ropa acumulada hasta cubrir el suelo».

—«Recaída número 476».

—«Ciclo confirmado: ilusión, derrumbe, culpa, repetición».

—«Variable asociada: convivir con las sombras como destino irreversible».

—«Comparativa proyectada: otras vidas posibles, más ligeras, más felices».

Ahí lo entendí todo. Esto no era un castigo. Era un experimento. Ella, desde su trono de hielo y razón, estaba probando su teoría final: que yo era una anomalía, y que como tal, bajo el peso suficiente de la realidad que ella había documentado, o me rendiría o me desvanecería. Creía que mi persistencia era un error en la matriz, y estaba dispuesta a inundar el sistema de datos hasta que el error se corrigiera solo.

El peso era insoportable. Mis rodillas flaquearon. El frío del papel me calaba hasta los huesos. Cerré los ojos y, por un momento, la tentación de aceptar su verdad, de rendirme a la evidencia, fue abrumadora. Sería tan fácil. Asentir. Darle la razón. Irme a vivir mi vida en paz.

Pero entonces, bajo las capas de papel congelado, sentí el leve, tenue, pero persistente latido de la Estrella en mi mochila. No era un dato. No era una evidencia. Era un acto de esperanza, y nunca me ha gustado depender de la esperanza. Todo lo que tenía era un frágil «a pesar de todo».

Tenía que bastar.

Abrí los ojos. Los cuervos me observaron, expectantes, con sus picos listos para anotar mi capitulación en sus registros.

Con un esfuerzo que me desgarró por dentro, enderecé la espalda. Las hojas crujieron, pero no se cayeron. Me dio igual, las llevaría puestas. Eran su armadura, y yo las usaría como mi propia piel.

El cuervo de mi hombro graznó, alarmado.

—¡La anomalía persiste! ¡La desviación se mantiene!

Miré hacia adelante, a través del pasillo que los cuervos habían formado. Al final, la meseta continuaba, y a lo lejos, apenas visible, distinguí una silueta sentada en un trono de hielo negro, de espaldas a mí, rodeada por una tormenta de papel más espesa.

—No pienso irme —dije. No era un desafío, sino un simple hecho, una nueva variable que su sistema no podía computar.

Di un paso adelante. Luego otro. Arrastrando el peso de todo su dolor, pero sin dejar que me detuviera. 

Los cuervos graznaban, confundidos, revoloteando a mi alrededor, añadiendo más hojas, más cargas, desesperados por hacer que su mundo, su terrible y perfecto mundo, volviera a tener sentido.

ÚLTIMO. LA EMPERATRIZ

El mar de papel finalmente cesó. Los cuervos-túnica se habían quedado atrás, graznando en voz baja, confundidos por mi persistencia. Había llegado al centro exacto del laberinto. No había una fortaleza, sólo un círculo de nieve y, en su centro, un trono de hielo negro. Sentada con la espalda curvada estaba la Emperatriz.

No me miraba. Su mirada estaba fija en sus propias manos, que yacían sobre su regazo, haciendo leves gestos con los dedos para producir las lanzas de hielo que seguían en el cielo. Llevaba un vestido gris, del mismo tono que el cielo y las montañas de papel. Su cabello estaba recogido en un moño revuelto que parecía apretarle no sólo el cabello, sino la piel del rostro. No había corona, ni cetro. Su autoridad no provenía de símbolos, sino de la absoluta, aplastante certeza de su vacío.

El sonido de mis pasos al acercarme fue absorbido por la nieve. Me detuve a unos metros de ella. Podía ver el vapor fino que se escaba de su aliento, un mísero signo mecánico de vida en un ser que parecía hecho de porcelana y hielo.

—Has llegado —dijo. No me sonó a acusación pero tampoco a bienvenida. Era una mera constatación.

—Sí —respondí.

—Los archiveros han intentado clasificarte. —Su voz era plana, sin inflexión. El sonido de una piedra cayendo en un pozo sin fondo.

—Lo han intentado.

—Su informe preliminar indica una anomalía persistente. Un valor atípico que se resiste a la categorización. —Por fin alzó la vista. Sus ojos grises me atravesaron, pero no me vieron. Vieron datos, variables, un problema lógico por resolver—. ¿A qué atribuyes esta resistencia?

No era una pregunta emocional. Era una mera entrevista.

—A que no soy un dato. Soy una persona.

—La personificación es una construcción neuronal. Un conjunto de patrones y reacciones bioquímicas. —Sus palabras eran cuchillas afiladas por años de autopsias emocionales—. Todo lo que eres, todo lo que sientes, puede reducirse a una serie de ecuaciones. Incluyendo esta obstinación inútil.

Miré a su alrededor, al páramo blanco y gris.

—¿Y esto? ¿Esto te parece más real?

—Es transparente. No hay ruido. No hay interferencias de sentimientos absurdos. Sólo la frialdad de las cosas tal y como son.

Retiró una mano de su regazo y señaló vagamente el espacio entre nosotros.

—Lo que tú llamas «magia» era sólo ruido. El ruido de un sistema imperfecto tratando de encontrar patrones donde no los hay. El Artífice era ruido. La cuentacuentos también. El amor es ruido. Y el ruido, al final, siempre se desvanece, dejando sólo el silencio. Yo he elegido el silencio de antemano.

Su frialdad era más dolorosa que cualquier grito. Había logrado lo que siempre quiso: desmontar el universo y encontrar que, en efecto, detrás no había nada. Me negaba a que su alma fuera un cero absoluto.

—He traído algo —dije, ignorando su diatriba. Mi voz sonó áspera, gastada.

Me quité la mochila con un movimiento lento, ritual. Los dedos me dolían, casi no los sentía. Desabroché las cintas y saqué el paquete de seda.

Ella observó el proceso con una curiosidad distante, pero al fin y al cabo curiosidad.

Desdoblé las capas finales. Allí, intacta y perfecta, estaba la Estrella de Nieve. Sus seis brazos cristalinos capturaron la luz difusa de la cima y la devolvieron en un tenue brillo interno, un pálido fuego fatuo atrapado en el hielo.

Se la extendí en la palma de mi mano, protegida por el guante de lana que el anciano me había dado.

Ella miró la Estrella con indiferencia.

—Cristalización hexagonal de agua. Formada alrededor de una partícula de polvo en la atmósfera a una temperatura de aproximadamente quince grados bajo cero. Una estructura hermosa, sin duda. Pero sólo una estructura. No hay intención detrás. No hay significado. Es un accidente de la física. —Su análisis fue rápido, implacable.

—Pero un accidente precioso —añadí suavemente—. Es la prueba de que el universo, en su fría mecánica, es capaz de producir belleza. Belleza inútil, efímera, que se deshace al tocarla. Como un suspiro. Como una lágrima. Como este momento. Como todos lo harán.

Ella negó con la cabeza. Fue un movimiento leve, casi imperceptible.

—No siento nada. Miro esta… forma… y no me evoca nada. Es sólo un objeto. Un bonito objeto.

Sus ojos se encontraron con los míos y, por primera vez, vi algo más allá de la lógica: un destello de desesperación, tan profundo que había dejado de ser emoción para convertirse en otro hecho.

—He cartografiado cada rincón de mi mente. He buscado el fallo, el interruptor que se apagó. No hay nada. Sólo el humo de lo que una vez creí que ardía —me dijo.

La vi entonces, no como una Emperatriz, sino como una niña perdida en una fortaleza vacía que ella misma había construido bloque a bloque con cada decepción. La niña del claro, la que sostenía la piedra mágica, había sido enterrada dentro de esos muros de certezas.

No me acerqué más. No intenté tocarla. Sostuve la Estrella entre nosotros; un puente de hielo sobre un abismo de silencio.

—No necesitas sentir la magia —dije. Cada palabra era una losa que colocaba con cuidado, un nuevo fundamento para un mundo que se había derrumbado—. No necesitas creer en ella. Sólo tienes que aceptar que existe, a pesar de todo. A pesar del dolor, a pesar del Artífice que se desvaneció, a pesar de la lógica que te dice que todo es un espejismo.

Hice una pausa, conteniendo el temblor de mi propia voz.

—Tú no has perdido la magia. Has cerrado los ojos. Y has decidido que, porque no puedes verla, ya no está.

Sus ojos, fijos en los míos, parpadearon. Fue un acto reflejo, no una emoción. Pero fue un movimiento. Un dato inesperado.

—La magia —susurré, y mi voz era ahora tan frágil como la Estrella que sostenía—, no está en el truco final, ni en el cometa, ni en esta frágil geometría de hielo.

La miré a los ojos, a esa niebla gris que todo lo velaba, y lancé mi última y más vulnerable verdad, la que había atravesado montañas y recuerdos para entregarle.

—La magia está detrás de tus ojos, aunque ahora no puedas verlo.

El silencio que siguió fue diferente. No fue el silencio del vacío, sino el silencio de algo que ha sido plantado y espera a germinar bajo la nieve. Ella no se movió. No rompió a llorar. No sonrió. Siguió sentada, con su mirada perdida ahora en un punto indeterminado entre mi rostro y la Estrella.

Pero algo cambió. No en el mundo a nuestro alrededor, sino en la calidad del aire entre nosotros. La presión absoluta de su desesperación pareció ceder una fracción de milímetro. No era un final feliz, lo sabía, pero era un alto el fuego. Un solo latido de tregua en una guerra eterna.

Ella bajó la mirada hacia la Estrella, y luego, muy lentamente, hacia sus propias manos.

Yo me quedé allí, sosteniendo el frágil universo de seis puntas, en el centro del laberinto, sabiendo que no había ganado nada, pero que tal vez, sólo tal vez, había logrado plantar una sola semilla de duda en el yermo perfecto de su certeza.

Y a veces, esa semilla es todo lo que se necesita para que la vida, contra todo pronóstico, encuentre la manera de abrirse camino.

¿Algo que decir, Viajero?

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