«Acunada por la bruma, en el punto exacto de la encrucijada de infinitos caminos, se alza la Biblioteca de los Perdidos».
Himno
de los
Perdidos
Escúchalo aquí:

—Hacía tiempo, ¿eh? —observa Pardo en referencia a la transformación de Wülf, girando la muñeca con desgana para que un anillo de humo atrape a una sombra con forma de querubín sin cabeza—. Si no recuerdo mal, ¿la última vez fue allá por mil cuatrocientos…?

Balanzat, que acaba de estampar a un cowboy sobre ruedas contra un archivador, resopla.

—Sí, creo que la última vez fue en aquel pequeño incidente en 1.457 con unos conocidos de la corte de París un tanto racistas con… su especie.

—¡Aquellos malditos chupasangres me confundieron con…!

—¿Un chucho grande y peludo que no debía estar en MI corte? —apunta Balanzat mientras arranca un brazo de niebla a una princesa bifronte.

—¡Es verdad! Tuviste que usar tu control mental con todos los sirvientes y los dejaste vegetales —añade Pardo—. Aquellos —dice, mientras desvía un estoque fantasmal con el borde de la túnica sin mucho entusiasmo— eran tiempos más simples.

—¿Simples? —Wülf gruñe—. Tú volaste por los aires la mitad del ala este del palacio.

—Sólo fue una torre de nada…

—La diferencia es que yo tuve que fingir ser un sabueso de caza durante tres semanas hasta que se olvidaron del incidente, porque doña «Prefiero desaparecer tres meses sin dar explicación alguna después de haber masacrado a todo el servicio» no se dignó a hacer su trabajo.

—Te quedaba bien el collar —dice Balanzat.

—¡NO ME QUEDABA BIEN EL MALDITO COLLAR!

Pardo sonríe. Da otra calada a su pipa y exhala una nube que envuelve a tres sombras más, que caen al suelo torpemente.

—Fue una velada encantadora, en cualquier caso. Recuerdo que la anfitriona sirvió un vino…

—Era sangre, Pardo. Sirvió sangre.

—Bueno, yo soy un hombre de gustos sencillos. Para mí todo lo que esté en una copa…

—No estabas allí —le corta Balanzat—. Te pasaste todo el banquete en el sótano fumando con mi gato Silver III.

—Estaba… inspeccionando los cimientos. Por motivos de seguridad. Además, los gatos son excelentes conversadores. No te juzgan, te escuchan… A veces te traen ratones muertos como muestra de aprecio. Eso es más de lo que puedo decir de ciertos compañeros…

—¿Por qué iba a traerte un ratón muerto? —pregunta Wülf, ofendido—. ¡He traído… cosas!

—Has traído cosas peores.

—¡Esa liebre no estaba muerta! Sólo… algo desorientada.

—Estaba en mi habitación, Wülf. Puso crías y todo, y ya sabes el dicho… No eran POCAS, precisamente.

—Fue sin querer —admite bajando las orejas, mientras muerde el cuello de un oficinista sin rostro.

Balanzat suspira mientras aparta una flecha a punto de atravesar a Pardo de su recorrido y vuelve a lanzarla contra la sombra que la había disparado.

Una avalancha de conceptos se abalanza sobre ellos. «Como Avatar pero todos son variedades de queso brie» resulta ser particularmente viscoso y huele espantosamente mal.

—¡Por todos los infiernos! —Balanzat retrocede, tapándose la nariz—. ¡Esto es repugnante! ¡REPUGNANTE!

Su rostro palidece aún más de lo habitual y comienza a temblar. Sus colmillos castañean.

Wülf la mira con genuina preocupación mientras desgarra a otra sombra.

—¿Balanzat? ¿Estás…?

—V-voy a… —La vampira se tambalea, llevándose una mano a la boca.

Entonces vomita un chorro de sangre y vino que salpica el suelo del sótano en un arco perfecto y simétrico, eso sí.

—¡Escrupulosidad extrema activada! —anuncia Pardo con un tono casi científico, materializando con su humo una sombrilla para protegerse de las salpicaduras—. Recordatorio: no acercar a Balanzat a nada asqueroso. Lo tenía apuntado en alguna parte…

—¡Ahora NO, Pardo! —gruñe Wülf, posicionándose defensivamente frente a Balanzat, que sigue vomitando mientras maldice entre arcadas.

—M-malditos… argh… ineptos… blegh… repulsivos… —logra decir entre convulsiones.

El big foot de pies pequeños aprovecha la distracción y salta sobre Pardo, quien apenas se molesta en moverse. Con un gesto vago de su mano libre, una espiral de humo emerge y envuelve a la criatura como una serpiente, estrujándola hasta que huye en otra dirección.

—Oye, Wülf, ¿te acuerdas de aquella vez en Venecia , allá por el 1.853 cuando Balanzat vomitó sangre en mitad del Carnaval porque un borracho le echó encima su…?

—¡PARDO! —rugen los otros dos al unísono.

—Vale, vale. Sólo intentaba aligerar el ambiente —dice, esquivando con pereza a un dragón sin terminar que sólo tiene cabeza y medio cuerpo—. Este sitio es tan deprimente…

La vampira se recompone al fin. Llevan ya un buen rato haciendo una buena carnicería, pero las sombras no disminuyen. Cada vez que una cae, dos más emergen de los archivadores. Además, ya no parece que se muevan al azar, sino que se nota un patrón en sus movimientos.

—Esto no me gusta —murmura Wülf, clavando sus garras en el suelo—. Se están organizando.

—Sí, lo he notado —responde Balanzat, estudiando el movimiento de las criaturas con la misma frialdad con la que analizaría un tablero de ajedrez—. Alguien las está dirigiendo.

—¿Puedes hacer de las tuyas? —pregunta Pardo—. Lo de… —se señala la sien— los jueguecitos mentales.

Balanzat prueba. Extiende su voluntad hacia la masa de sombras, busca una grieta por la que colarse, una conciencia individual que doblegar.

Se choca contra un muro.

No hay una mente que manipular. Hay muchas, demasiadas, y al mismo tiempo ninguna. Las sombras no piensan como individuos; piensan como un solo organismo.

—No funciona —dice, con un matiz de desconcierto en su voz—. No son voluntades separadas, son un todo. Un sistema, y bastante complejo si se escapa a mi dominio…

—¿Un sistema? —Wülf esquiva el ataque de una figura que parece un caballero medieval con la mitad inferior del cuerpo hecha un borrón pixelado.

—Sí. No tengo a quién doblegar.

—Oh —dice Pardo—. Eso te debe de resultar… incómodo.

—Increíblemente incómodo, sí.

Balanzat aprieta la mandíbula. Odia que algo escape a su control. Odia aún más no haberlo previsto.

—Tendremos que hacerlo a la antigua —sentencia—. Violencia pura y dura.

—Mi especialidad —dice Wülf, mostrando los dientes.

—¿Y la mía no? —pregunta Pardo, fingiendo ofenderse.

—Tu especialidad es el caos. Quédate ahí y no nos molestes —le responde la vampira, alejándose de él.

El lobo la sigue lanzándole una última mirada al otro Custodio seguida de un encogimiento de hombros, si es que un animal puede encogerse de hombros.

Balanzat y Wülf se lanzan contra el grueso de las sombras con una violencia que hace temblar los archivadores. Ella es un vendaval de uñas y colmillos precisos; él, una máquina de zarpazos y dentelladas. Pardo, obediente, se queda en la periferia, apoyado contra una columna de granito, fumando con esa parsimonia infinita que sólo él posee.

Sin embargo, sus anillos de humo no han dejado de fluir. Cada espiral atrapa a una sombra, la envuelve, la deposita en una papelera o la convierte en una masa indefinida que nota que vuelve a formarse. Se acerca a uno de los charcos y, antes de que vuelva a renacer la criatura, se agacha y toca con los dedos el líquido espeso. Se lo pasa por los labios.

—Hmmm… Interesante —observa mientras exhala—. Muy interesante.

Balanzat arranca la cabeza a una criatura que parece la fusión de un arcángel y una lavadora. Wülf muerde a otra que huele a naftalina y humedad, lo que le resulta muy desagradable.

La Custodio está ocupada con tres sombras que la acosan simultáneamente, pero su instinto —ese mismo que le ha salvado la vida incontables veces— le obliga a girar ligeramente la cabeza.

Ve a Pardo.

Ve la sombra que se acerca a su espalda.

Ve el cuchillo que aparece y desaparece en una mano deforme, y el hilillo rojo repentino que brota del cuello de su compañero.

Pardo se toca la herida y mira la sangre que le ha manchado los dedos, mezclándose con la sustancia oscura. Su rostro es la viva imagen de la calma o el aburrimiento; pareciera que simplemente hubiese descubierto una mancha de vino en la manga de su camisa.

Se queda ahí de pie, inmóvil, observando la sangre en sus dedos con esa apatía cósmica que tanto le caracteriza. No opone resistencia, ni siquiera parece inmutarse por nada.

Y, sin más, se convierte en cenizas.

Una lluvia gris cae al suelo lentamente, sin prisa, hasta formar un pequeño montículo que se confunde con el polvo acumulado durante milenios.

Balanzat lo ve todo. Ve cómo la túnica se desintegra, cómo los dedos que sujetaban la pipa se convierten en nada, cómo la expresión aburrida de Pardo permanece intacta hasta el último segundo.

En tres segundos, Adrián Pardo deja de existir.

Y lo último que permanece en el aire, antes de desvanecerse también, es el hilillo de humo de su pipa.

La sombra que empuña el cuchillo —un mafioso con un agujero de bala en el pecho que sangra en bucle— alza el arma en un gesto triunfal.

—¡He matado a un Custodio! —alardea con satisfacción—. ¡Lo he matado! ¡SOY YO QUIEN HA ACABADO CON UNO DE LOS TRES!

Balanzat y Wülf se quedan inmóviles.

Las sombras siguen moviéndose. Wülf, cuando es consciente, suelta un gruñido atroz, dispuesto a abalanzarse sobre el mafioso que sigue vociferando su victoria, pero varias sombras le cortan el paso. Balanzat está en otro lugar, en otro tiempo, en la grieta que se abre entre lo que sus ojos han visto y lo que su mente se niega a procesar.

Pardo.

El nombre resuena en su cabeza.

Pardo.

No había planeado esto. No existe ya plan A, B, C, D, ni siquiera el Z que guarda en el cajón desastre de su mente por si todo lo demás falla. No hay ecuación que resuelva esta variable.

Pardo no puede…

Pero sus ojos lo han visto. Las cenizas aún flotan en el aire. El mafioso sigue riendo.

—¡HE MATADO A UN CUSTODIO! ¡HA MUERTO POR MI MANO! ¡SOY YO QUIEN…!

No termina la frase.

Balanzat se mueve acompañada de algo más que de su velocidad vampírica. Arrastra incontables años de mala leche, de ceños fruncidos, de vasos de whisky apurados mientras él hacía idioteces sin que ella, por una vez, le dijera nada.

Coge todo eso y lo convierte en la desolación y la furia de aquel que descubre que el ruido de fondo al que se había acostumbrado ha desaparecido.

Y ya no sabe cómo va a vivir sin él.

La primera embestida noquea a tres sombras por efecto dominó. La segunda desintegra a un cowboy sobre ruedas. La tercera, cuarta, quinta y sexta son para el mafioso, que ya no tiene cara, ni brazos, ni torso, ni nada que pueda reconocerse como una criatura antropomorfa.

—¡¿SABES LO QUE HAS HECHO?! —ruge Balanzat, y su voz retumba en las bóvedas, haciendo temblar los candelabros—. ¡¿SABES QUIÉN ERA?!

El mafioso es ya sólo una mancha de tinta que se disuelve entre sus dedos. Pero ella sigue arañando el suelo, las paredes, el aire, como si pudiera desgarrar la realidad misma hasta encontrar el momento exacto en el que todo salió mal y poder reescribirlo.

—¡ERA ÉL! —grita—. ¡MI… MI… NUESTRO… AMI…!

No sabe cómo terminar la frase.

Nunca lo ha sabido.

Wülf, que ha podido liberarse de las sombras que le impedían el paso, intenta acercarse con desesperación a la escena del crimen y a su compañera, pero una barrera invisible que absorbe cualquier atisbo de vitalidad lo mantiene a distancia. Siente que le cuesta respirar, incluso. En medio de ese vacío, mira al montón de ceniza.

De repente es consciente de la pérdida tan grande, y recuerda.

Recuerda a Pardo flotando boca abajo en aquel viaje astral al plano de las babosas con sombrero del siglo XIX, riendo mientras intentaba convencerlo de que la gravedad era «una sugerencia, no una ley». Recuerda sus calzoncillos ridículos —los de corazones— ondeando mientras levitaba desnudo porque Wülf le había dicho, como broma, que era estrictamente necesario para hacerlo correctamente. Recuerda la cara de Pardo cuando descubrió el engaño hace no mucho, y cómo se vengó convenciéndolo de que los lagartos de «Saturno versión furra» eran excelentes mascotas (sorpresa: no lo eran).

Recuerda las noches en una de las salas de lectura, Pardo con su pipa y él con sus mapas astrales, sin decirse nada durante horas, simplemente existiendo en el mismo espacio. Recuerda aquella vez que Pardo lo cubrió ante Balanzat cuando Wülf había perdido un manuscrito importantísimo de las guerras napoleónicas (que luego resultó que lo había estado usando de posavasos). Recuerda cada discusión estúpida, cada broma pesada, cada momento compartido a lo largo de milenios.

Recuerda que Pardo siempre, siempre, había estado ahí.

Y ahora ya no.

Una lágrima brota sin pedir permiso y resbala por su pelaje gris.

El vacío, que es cada vez mayor, interrumpe sus recuerdos y las paredes de grafito negro empiezan a temblar. Sacude el hocico y mira en la dirección de la otra Custodio que queda, que permanece en silencio. Sabe que, sea lo que sea que está ocurriendo, lo está provocando ella.

—Balanzat… Balanzat, para. Ya está. Ya no…

—¡NO ESTÁ NADA! —Se gira hacia él y sus ojos, por fin, muestran lo que lleva siglos ocultando bajo capas de indiferencia y sarcasmo—. ¡HA DEJADO QUE LO MATASEN! ¡COMO SI FUERA UN MERO… UN…!

No encuentra las palabras. No hay palabras para describir tal pesar. Llevaba milenios intentando clasificar a su compañero y siempre se le escapaba algo, siempre había una pieza que no terminaba de encajar en ningún sistema, una variable que desafiaba cualquier ecuación.

Y ahora ya no podrá terminar de entenderlo.

—Laura —la voz de Wülf es un susurro, aunque intenta mantenerse firme—. No sé qué estás haciendo, pero tienes que parar… si sigues así, la Biblioteca…

A ella no le importa ya la Biblioteca. No le importa nada.

—Al diablo con la condenada Biblioteca. Qué sentido tiene ya.

—Necesito que…

—Me importa una mierda —espeta con profunda indiferencia.

Wülf da un paso atrás, más atemorizado de esta nueva versión de ella que de las sombras que empiezan a rodearlos peligrosamente.

—No hablas en serio —dice con tristeza—. No hab…

No termina la frase.

La misma sombra mafiosa que ha acabado con Pardo vuelve a surgir en su espalda. Sus brazos se alargan, se solidifican en garras de sombra, y rasgan el costado de Wülf.

Un gemido agudo y lastimero inunda el sótano; el lobo cae al suelo y sus ojos, antes feroces, se abren con una expresión de sorpresa y dolor que resulta casi infantil.

—Au —dice.

La sangre brota caliente y roja. Su transformación empieza a deshacerse, el pelaje se retira a trompicones, las garras se encogen. Vuelve a ser humano, o lo que sea que es cuando no es un lobo, mientras la mancha carmesí se extiende imparable en su costado.

—Hostias —murmura—. Hostias, hostias…

Balanzat se gira.

Ve a Wülf en el suelo, la sangre empapando su túnica, la sombra cerniéndose sobre él lista para rematar.

Y algo en su interior despierta.

No hay tiempo para el duelo. No hay tiempo para la rabia. Sólo sabe que, si no se mueve ahora, si no hace algo, se quedará sola. Absolutamente sola.

Se interpone entre la sombra y Wülf con un movimiento rápido, sus uñas encuentran la garganta de la criatura, la desgarran y la reducen a partículas de tinta.

—¿Estás bien? —pregunta. Su voz es plana, mecánica.

—Me ha… me ha hecho un traje nuevo —farfulla Wülf, intentando incorporarse—. Duele un poco.

—Sangras mucho.

—Ya, pero las he tenido peores. ¿Te acuerdas de aquella vez en Transilvania que…?

—Cállate y no te muevas.

—Sí, señora.

Balanzat presiona su propia túnica contra la herida. La tela se empapa en segundos. No es suficiente. No va a serlo.

Las sombras, mientras tanto, han dejado de atacar.

Para desgracia de nuestros Custodios, empiezan a derretirse y a fusionarse unas con otras. El unicornio de dos patas se funde con la princesa bifronte. El cowboy sobre ruedas se deshace en la masa informe del bigfoot de pies pequeños. La criatura sin cabeza, la de los brazos elásticos, se absorbe a sí misma en un torbellino de sombra.

Cuando la fusión termina, lo que queda es una criatura de proporciones colosales. Tiene docenas de brazos, cientos de ojos, miles de bocas que se abren y cierran. Su forma es inestable; partes enteras de su cuerpo se desdibujan y se recomponen sin cesar.

—Custodios —dice, y su voz es el eco de miles—. Habéis intentado acabar con muchos de nosotros… Pero nosotros somos infinitos. Vosotros, sólo tres.

Balanzat sigue presionando la túnica contra la herida de Wülf y hace caso omiso a sus palabras.

—Uno ha caído —continúa la colmena, y sus cien bocas esbozan cien sonrisas—. Otro sangra. Y tú…

Sus ojos se fijan en Balanzat.

—Tú estás sola.

—No lo estoy.

—¿Tus compañeros? —la criatura ríe con crueldad—. ¿Ese incompetente al que acabamos de reducir a cenizas? ¿Ese perro herido que se desangra a tus pies? ¿Eso es lo único que tienes?

Balanzat aprieta la mandíbula.

—Es suficiente.

—No lo es. Nunca lo ha sido, y lo sabes. Ni siquiera os lleváis bien, os hemos visto. Lleváis milenios aquí, custodiando nada, ordenando el vacío, haciéndoos los importantes. ¿Y qué habéis conseguido? ¿Qué habéis construido que no se desmorone? ¿Qué habéis amado?

Balanzat no responde.

La criatura da un paso al frente. Otro. El suelo se resquebraja bajo su peso.

—Sabes que tenemos razón. Lo sabes desde siempre. Por eso te refugias en tus planes, en tus esquemas, en tu puto orden. Porque si dejas de controlarlo todo, si dejas de calcular, si por un segundo admites que no tienes ni idea de lo que estás haciendo…

La colmena se inclina sobre ella.

—… tendrías que enfrentarte al hecho de que nada de esto importa.

Balanzat levanta la cabeza. Sus ojos, antes grises, ahora son dos ascuas carmesí.

—Vosotros sois absurdos —dice con voz cortante—. Fantasmas de tinta que a nadie le importan.

—¿Ah, sí? —La criatura se inclina hasta que su aliento, si es que tiene aliento, roza el rostro de la vampira—. Míranos bien, Custodio. Mírame a los ojos. A todos ellos. ¿Qué ves?

Balanzat no responde.

—Nos ves a nosotros, pero también te ves a ti. Somos lo mismo. Lo que dejasteis atrás, lo que encerrasteis en el sótano, sin archivas siquiera, para no tener que mirarlo nunca más.

—No sois nada —escupe Balanzat.

—Somos todo lo que os negasteis a que existiera. Todo eso está aquí, en el sótano. Y lo sabíais. Siempre lo habéis sabido.

Wülf intenta moverse, pero el dolor lo mantiene clavado al suelo.

—Balanzat… no los escuches…

—Oh, pero tiene que escuchar. —La masa se expande—. Llevamos mucho tiempo esperando este momento. Milenios atrapados en bucles, en fragmentos de historias que nunca tuvieron final porque vosotros os rendisteis. Porque no fuisteis lo suficientemente buenos.

—Cállate —sisea Balanzat.

—Un cowboy sin piernas que nunca pudo cabalgar. Una princesa con dos rostros porque no pudisteis decidir cuál era el correcto. Un mafioso que muere una y otra vez porque abandonasteis su historia en el momento del disparo. —La criatura hace una pausa—. Y luego están los peores… Los que ni siquiera llegaron a ser. Los que son sólo una frase. Una idea. Un «¿qué pasaría si…?» que nunca acabó por definirse.

—¡He dicho que te calles!

—¿Por qué? ¿Duele, Custodio? ¿Admitir que durante siglos habéis sido los carceleros de vuestro propio fracaso es demasiado para tu perfecto sistema?

Balanzat aprieta los puños hasta que las uñas se le clavan en las palmas. Su propia sangre gotea en el suelo.

—Sois… sois… la nada.

—¿La nada? —La masa ruge—. ¿LA NADA? Nosotros sentimos, Custodio. Vivimos atrapados en el mismo momento, repitiendo las mismas acciones, sin poder avanzar, sin poder terminar, sin poder MORIR. Y vosotros nos encerrasteis aquí. Nos olvidasteis. Nos dejasteis pudrirnos en la oscuridad mientras seguíais adelante con vuestra absurda tarea. Lo peor es que te da igual, ¿verdad? Sólo te importa que seamos tu fr…

—Silencio —les corta, apretando la mandíbula.

—Habla tú, entonces. Dilo. Di la palabra. Nosotros somos tu…

Balanzat se tapa los oídos.

—No.

—Venga, es fácil. Una palabra. Empieza por F.

—NO.

Las voces vienen de todas partes. Del suelo, de las paredes, del aire mismo. Deletrean la palabra lentamente, como si la saborearan.

—F-R-A-C-A-S-O.

Algo se rompe dentro de ella.

El vacío que había empezado a formarse con la muerte de Pardo empieza a expandirse, con intención de consumirlo todo hasta que no quede absolutamente nada.

Sus ojos se vuelven completamente negros. Su cuerpo deja de responder. Se queda de pie, inmóvil, como si alguien hubiera apagado su alma, si es que la poseía.

La colmena observa satisfecha, aunque se aparta ligeramente con cierto temor de ser absorbida por esa materia invisible y definitivamente letal.

—Ahí está, la verdad. Al fin.

Wülf intenta gritar, pero apenas le sale un gemido. Ve a Balanzat de pie, con un rostro indescifrable, indiferente a todo.

—Balanzat… Laura… por favor…

No hay respuesta.

La masa se acerca, con sus tentáculos sombríos extendiéndose hacia el Custodio.

—Los discursos existencialistas suelen gustarme, pero a este le falta trabajar el guión —dice de pronto una voz a sus espaldas.

La masa se detiene. Todos sus ojos se giran hacia la fuente de sonido.

Pardo está de pie sobre uno de los archivadores más altos, con su pipa en la boca y una de sus cejas alzadas, mientras niega con la cabeza con desaprobación.

—El clímax necesita un punto de inflexión —continúa, dando un salto a otro archivador más bajo sobre una nube de humo—. Un giro inesperado. —Da otro salto—. Esto ha sido francamente predecible. Monólogo del villano, antiheroína moralmente gris en apuros existencialistas, sacrificio de una bestia adorable inminente… —Da una calada—. Ya está muy visto.

Hace una pausa y se coloca finalmente en un archivador a la altura de la escena.

—En fin, suspenso. —Exhala una bocanada de humo.

La masa parpadea con todos sus ojos.

—Tú… tú deberías…

—¿Estar muerto? Sí, ya, ya. Por abreviar… Schrödinger, ilusionismo, trucos de humo. —Agita la mano con desgana—. Pero volvamos a lo importante: vuestro numerito. Uno sobre diez. Dos si soy generoso.

Wülf, desde el suelo, casi se ríe a pesar del dolor.

—Estás loco…

—Probablemente. —Chasquea los dedos—. Pero al menos no soy un melodramático sin estilo como aquí nuestro coloso sombrío. Entiendo el mensaje, de verdad: «Sois fracasos, enfrentáis vuestros demonios… blablabla». Podría funcionar, pero le falta chispa. Y eso de deletrear «fracaso»… —Hace una mueca—. Muy desesperado.

La masa ruge.

—¡CÓMO TE ATREVES…!

—Llevo antes de que al tiempo se le llamase tiempo custodiando historias. Buenas, malas, y otras francamente deplorables. Este monólogo necesita una segunda versión. Demasiado explicativo. Poco sutil. —Da otra calada—. Pero ya que he hecho mi crítica constructiva, dejadme mostraros cómo se hace de verdad.

Esboza una media sonrisa y comienza a exhalar un humo más oscuro, tormentoso, absolutamente impenetrable, que brota de sus labios y llena el sótano en segundos. La masa intenta moverse, pero el humo es espeso como el petróleo.

Dentro del humo, Pardo está en todas partes y en ninguna.

El humo envuelve a Wülf, lo sostiene y lo echa a un lado, haciendo que los tentáculos que amenazaban con alcanzarlo se disuelvan al contacto, corroyéndose desde dentro. Wülf siente cómo el humo que lo abraza es tibio, denso, como una manta que huele a tabaco viejo y a tinta.

La masa aúlla con mil voces.

—IMPOSIBLE… NO PUEDES… SOMOS MUCHOS…

—Y yo estoy muy cabreado —responde la voz de Pardo desde todas las direcciones, como si el sótano entero hablara—. Lo cual es problemático porque normalmente no me importa nada lo suficiente como para cabrearme. Prefiero la apatía, la desidia… esas cosas. Es más fácil así.

El humo se condensa hasta solidificarse. Se convierte en cadenas, en espinas, en cuchillas que brillan con el resplandor de la medianoche cerrada… Y empieza a despedazar a la masa desde dentro.

—Pero resulta —continúa Pardo, y su voz suena más segura que nunca— que hay exactamente dos cosas en todo el cosmos que me importan lo suficiente como para molestarme en hacer un gran esfuerzo.

Una figura se materializa detrás de la masa, levitando. Es Pardo, pero diferente. Sus ojos arden con un resplandor esmeralda y el humo fluye por sus venas.

—Esta Biblioteca. —Cada palabra va acompañada de una nueva lanza de humo atravesando a la criatura—. Y esos dos idiotas que tengo por compañeros.

La masa se retuerce, intentando regenerarse, pero el humo está dentro de ella ahora, deshaciendo la mente colmena nodo por nodo.

—Y vosotros habéis tocado lo que es mío.

El humo explota y las sombras se separan gritando. Intentan huir hacia los archivadores, hacia cualquier refugio, pero Pardo es más rápido.

Una por una, las envuelve en humo y las comprime. Entonces, en lugar de destruirlas, hace algo que nadie esperaba.

Les da un final.

El cowboy sobre ruedas, separado de la masa, de repente tiene piernas. Las mira un momento largo, como si no pudiera creerlo. Da dos pasos. Se tambalea. Da un tercero, más firme. Sonríe y se desvanece.

La princesa bifronte recupera su rostro completo. Se lleva las manos a la cara y las retira despacio, como temiendo que sea un truco. No lo es. Es hermosa. Mira a Pardo, y algo que podría ser gratitud o alivio le cruza los ojos antes de dispersarse en el aire.

El mafioso deja de sangrar. Su agujero de bala se cierra. Abre la boca para decir algo —probablemente una última frase dura de tipo duro— pero ya no hace falta. Cierra los ojos. Se va tranquilo.

La masa central, ahora mucho más pequeña, se retuerce una última vez.

—¿Qué… qué nos haces…?

—Os pongo fin.

—¡No tenemos que tener final! ¡Somos infinitos! ¡No le hagáis caso! ¡Volved a la guarida! ¡No nos podéis…! —exclama la que parece liderar el grupo.

—Claro que puedo. —Da otra calada—. Soy un Custodio. Esto es lo que hago, y diría que se me da de puta madre.

—¡No le escuchéis! ¡Huyamos! 

La colmena tiembla y empieza a retirarse. Varias de las sombras desconfían y se marchan aterrorizadas, siguiendo a la masa que queda, pero otras tantas se quedan detrás de los archivadores, escondidas.

—Entonces… ¿por qué no lo hiciste antes? —dice una de las voces desde un rincón de la oscuridad.

Pardo hace una pausa.

—Porque soy un cobarde, y uno de los peores, además. Un cobarde cruel. —Lo dice sin adornos, sin ironía, sin rastro de arrogancia—. Porque enfrentarse a lo que uno lleva siglos ignorando duele. Porque estos archivadores están llenos de historias que nunca terminamos, de personajes que abandonamos… Y admitirlo significaría admitir que nosotros también estamos inacabados, de alguna forma.

—Entonces lo admites. Fracasasteis —dice otra voz.

—Sí. Muchas veces. Y os dejamos aquí pudriéndoos en ese fracaso en lugar de daros la dignidad de un final. Fue cruel.

Se toca el corte del cuello.

—Pero a veces hace falta un rasguño para recordarte que sigues siendo de carne y hueso. O lo que sea que seamos.

—Gracias —dice una tercera voz, no se sabe de dónde.

Y se apaga.

Silencio absoluto.

Pardo aterriza frente a Balanzat. Sigue de pie pero vacía, con los ojos negros, atrapada en algún lugar de su mente al que él no puede llegar con su humo mágico.

Le pone una mano en el hombro.

—Hey, ya pasó. Puedes volver.

Nada.

—Venga, Balanzat. No me hagas cargarte hasta arriba, no soy Wülf… No he pisado un gimnasio en mi vida.

Nada.

Pardo se queda mirándola un momento. Luego suspira, mete la mano en su túnica y saca una botella de vino. No es uno cualquiera, es el Château Margaux de 1.787. El que Balanzat lleva guardando para «una ocasión especial» desde hace más de doscientos años.

La descorcha bajo su nariz.

Los párpados de Balanzat tiemblan. El negro de sus ojos retrocede, lentamente, como una marea, dejando tras de sí el gris de siempre.

—Eso… es… mío… —susurra con voz áspera.

—Lo sé, pero pensé que era una buena ocasión. Fin del mundo, abrazo del vacío existencial… Ya sabes.

Balanzat parpadea. Sus ojos enfocan al fin. Ve a Pardo. Ve el vino. Ve que está vivo.

—Tú… —Su voz aún suena hueca—. Estabas…

—Muerto. Sí. Ya lo hemos hablado. Trucos de humo. Schrödinger. Lo de siempre.

Balanzat lo mira fijamente. Wülf, desde el suelo, observa la escena conteniendo la respiración.

—Qué… —comienza a decir ella, poniendo cara de espanto—. ¿Qué narices es eso? —Señala la tirita que lleva él en el cuello. Es de Hello Kitty.

—Está chula, ¿eh? Por lo visto tenemos botiquín. También había aspirinas, pero estaban caducadas. —Se encoge de hombros—. No me digas que no me queda espectacular…

Ella alza una ceja y pone los ojos en blanco.

—Pero… —balbucea Wülf desde el suelo, que ya ha recobrado la conciencia del todo—. ¿Qué cojones? ¿Puedes dejarte de tiritas, bien escogidas, si me preguntáis, y explicarnos qué hostias ha sido lo de antes?

—Ah, eso. —Pardo da una calada a su pipa—. Sí, ha sido un poco teatral, lo reconozco. Pero es que llevo tres mil años queriendo hacer una salida dramática y nunca se daban las circunstancias adecuadas. ¿Sabéis lo difícil que es desaparecer en cenizas sin que parezca que te has equivocado de hechizo? Requiere mucha práctica.

—¿PRÁCTICA? —la voz de Wülf es un chirrido—. ¿HAS ESTADO… PRACTICANDO… PARA FINGIR TU MUERTE?

—Bueno, no específicamente. Pero tengo un repertorio. Lo de las cenizas ha sido la opción B. La opción A era convertirme en una bandada de cuervos, pero no me fío de los cuervos. Son muy cotillas.

Wülf lanza un suspiro de resignación. Balanzat respira hondo.

Muy hondo.

Tan hondo que parece que va a aspirar todo el oxígeno del sótano.

—Te voy a matar —dice—. Te voy a matar con mis propias manos. Lentamente. Con saña. Disfrutando cada segundo.

—¿Ves? —Pardo le sonríe a Wülf—. Le he alegrado el día. Ya no está triste. Ahora está en modo homicida. Es una mejora.

—¡NO ES UNA MEJORA!

—Es una mejora —insiste Pardo—. La ira es productiva, la tristeza es un callejón sin salida. Filosofía básica.

Balanzat abre la boca para responder, pero no le salen las palabras. Está temblando. De rabia, sí, pero también de algo más. Algo que no quiere admitir, ya que lleva milenios sin permitirse sentir nada.

—Nunca más —dice al fin—. Nunca más vuelvas a hacer algo así. ¿Me oyes? NUNCA. MÁS.

—Eso es exactamente lo que dijiste la última vez que fingí mi muerte —responde Pardo con naturalidad—. Y la anterior. Y la anterior a esa. Deberías imprimir tarjetitas, te ahorrarías saliva.

Y entonces Balanzat hace algo que ninguno de los tres esperaba.

Se abalanza sobre Pardo —no para matarlo— y le da un abrazo.

Sus uñas se clavan en la túnica con la fuerza suficiente para rasgar la tela y entierra su cara en el hombro del Custodio.

Pardo se queda inmóvil un segundo —con los ojos abiertos de par en par, la botella a punto de caérsele de la mano— y luego, despacio, le pone una mano en la espalda y le da palmaditas.

—Ya pasó —dice, y por una vez su voz no tiene sarcasmo—. Estoy aquí.

—Me has hecho creer que… —El hilo de su voz casi se rompe—. Vi las cenizas. Vi…

—Lo sé. Lo siento. Fue de muy mal gusto, incluso para mis estándares de mal gusto.

Suena un ruido a sus espaldas. Es Wülf, arrastrándose con una mano presionada contra su herida sangrante. Usa la otra para agarrarse a un archivador volcado y levantarse a duras penas. Cada movimiento le arranca un quejido, pero no se detiene.

—Eh… que yo también estoy aquí, ¿vale?

Da dos pasos tambaleantes y se deja caer contra ellos.

Pardo extiende su brazo libre para mantener a Wülf en pie antes de que se desplome y el abrazo se expande.

Los tres Custodios se quedan ahí, formando un triángulo disfuncional de túnicas rasgadas, sangre ajena y heridas que tardarán siglos en sanar del todo.

Wülf apoya la frente contra el hombro de Balanzat.

—No vuelvas a hacer eso. Lo de quedarte paralizada. Me has dado un susto de muerte.

—Al menos yo no estoy desangrándome… —responde Balanzat, con su rostro enterrado contra la túnica del otro Custodio.

—Detalles.

Pardo, atrapado en medio de los dos, suspira.

—Esto es muy emotivo y todo eso, pero Wülf, es cierto que estás sangrando bastante. Y Laura, si sigues clavándome las uñas en el brazo voy a tener que cobrarte los arreglos de la túnica del sastre.

Nadie se mueve.

Durante cinco, diez, quince segundos que parecen mucho más largos, los tres se quedan así. Un abrazo improvisado en medio del sótano de la Biblioteca.

De pronto Balanzat se da cuenta de lo que está haciendo. Ella. Balanzat. La Custodio que ha pasado siglos perfeccionando su máscara de indiferencia, está abrazando a dos personas en medio del sótano de la Biblioteca, cubierta de sangre ajena y vómito propio, después de haber sido expuesta a su peor pesadilla por una masa de fracasos narrativos. Mostrando algo peligrosamente parecido a una emoción.

El pánico la golpea como un tren en llamas.

Se aparta de golpe, con tanta fuerza que casi tira a Pardo y a Wülf al suelo. Wülf tiene que agarrarse al archivador para no caerse. Sus ojos vuelven al gris, pero hay un tinte rosado en sus mejillas que definitivamente no debería estar ahí.

—Yo… Esto no… esto ha sido…

Balbucea, buscando palabras que no llegan.

Y entonces hace lo único que tiene sentido en ese momento: activa su velocidad vampírica y sale corriendo.

Para variar, no es una salida elegante. Tropieza con un archivador volcado, se choca contra una columna, casi se cae dos veces… Pero sigue corriendo, dejando atrás la estela de su túnica negra y su dignidad hecha trizas.

Los otros dos se quedan mirando con perplejidad al pasillo ahora vacío.

Wülf, todavía apoyado contra el archivador, se lleva una mano al costado.

—¿Ha sido…?

—Sí. —Pardo mira la botella de vino en su mano—. Y me he quedado con su Margaux del 87.

—¿De verdad ha…?

—Sí.

—Y luego ha…

—También sí.

Wülf, a pesar del dolor de su herida, empieza a reírse. Es una risa suave al principio, luego más fuerte, hasta que tiene que agarrarse el costado porque le duele demasiado.

—Para. Para, que me voy a desangrar aquí mismo.

Pardo sonríe. Es una sonrisa pequeña, casi imperceptible, pero está ahí. Le ofrece la botella a Wülf.

—¿Un trago? Para el dolor.

—Eso es un vino de doscientos años…

—Por eso mismo.

Wülf le da un sorbo y empieza a toser, pero todavía sonríe. 

—Vamos. —Pardo le ofrece la mano para ayudarlo a levantarse—. Tenemos que ir a buscarla antes de que destruya algo importante.

—¿Crees que estará bien?

—Estará mortificada durante aproximadamente tres siglos. —Mira hacia la oscuridad por donde ha desaparecido—. Pero sí. Estará bien.

Wülf acepta su mano y se incorpora con un quejido.

¿Algo que decir, Viajero?

Otras textos del estante Relatos cortos

8 de marzo de 2026
Custodio:
Leer