de los
Perdidos
El puerto de Black Harbor, durante aquellos años, había sido un lugar tan monótono como miserable. Los barcos balleneros regresaban con las bodegas vacías, los marineros malgastaban sus pocas monedas en tabernas infectas y el hedor a pescado podrido y brea se adhería a la piel como una segunda mortaja. Yo mismo, aprendiz de aparejador, pasaba las jornadas en los muelles bajo una llovizna perpetua, enroscando cabos y maldiciendo la neblina que lamía los postes de amarre como lenguas fantasmas.
Mi ánimo se había vuelto cenagoso, tan gris como el cielo invernal de Nueva Inglaterra. Reñía sin motivo con los grumetes, bebía ron a escondidas en el pañol de velamen y, aunque me avergüenza confesarlo, había empezado a pasear al anochecer por el puerto, allá donde los muelles se pudren y los faroles ya no alumbran; en una contradicción enfermiza entre la búsqueda de soledad y compañía.
Todo cambió hará cosa de tres semanas, durante una noche de tormenta que parecía desgarrar el cielo con fauces de luz.
Fue en uno de esos paseos nocturnos cuando vi a la primera.
La noche era cerrada, sin luna, y la brisa marina arrastraba jirones de niebla que se enganchaban en los palos de los bergantines como sudarios rotos. Caminaba por el malecón viejo, aquel que nadie reparaba desde la gran tormenta del 42, cuando distinguí una forma recortada contra el débil resplandor de un farol moribundo. Creí que era un mendigo, o quizá una prostituta de las que frecuentan el puerto en busca de marineros bisoños. Pero al acercarme, mi sangre se heló.
La figura estaba de espaldas a mí, vistiendo un vestido de épocas pasadas, con la crinolina hinchada y la cintura imposiblemente ceñida. Su cabeza temblaba con un leve movimiento oscilatorio, como la de un autómata al que se le hubiera dado cuerda en exceso. Di un rodeo para verle el rostro y casi grito: no tenía facciones. Sólo una máscara lisa, como de porcelana agrietada, sobre la que alguien hubiera pintado una sonrisa amable con pincel torpe. Sus brazos, largos y delgados como remos, se alzaron lentamente y comenzaron a dibujar una pantomima: una mujer que ofrece su mano a un caballero. La invitación era tan clara como obscena.
Me quedé paralizado, apretando la botella de ron contra el pecho. Algo dentro de mí, el último rescoldo de sensatez que mi padre, que Dios le bendiga, se empeñó en inculcarme, me susurró que no diera un paso más. Di media vuelta y eché a correr, tropezando con los adoquines, escuchando a mis espaldas el chasquido seco de unos dedos que se abrían y cerraban al despedirme.
No pegué ojo en toda la noche. Pero por la mañana, con el sol acariciando las aguas plomizas del puerto, me convencí de que había sido una alucinación. El ron, la falta de sueño, la miseria de mi oficio. Eso me repetí mientras enroscaba cabos y maldecía al contramaestre.
La noche siguiente, sin embargo, volví.
No sé explicar por qué. Esa necesidad enfermiza de regresar al lugar donde el miedo me había herido. Me oculté entre dos barricas de arenque y esperé. La niebla volvió a levantarse como un telón, y con ella aparecieron las siluetas. Esta vez eran dos: una con uniforme de oficial británico, la otra vestida de monja. Bailaban juntas una danza absurda, inclinándose y girando en círculos, sus movimientos copiados de algún manual de etiqueta leído por un demente.
Pero no fui yo quien cayó esta vez.
Un marinero, lo reconocí por su chaqueta de bayeta azul y su paso vacilante, salió de la taberna del Cazador de Ballenas y se encaminó tambaleante hacia el malecón. Llevaba una botella en la mano y canturreaba una canción de cuna irlandesa. Al ver las figuras, se detuvo. Yo contuve la respiración, esperando que, como había hecho yo la víspera pasada, huyera. Pero el infeliz sonrió, alzó la botella en un saludo y dijo algo que el viento no me permitió oír.
Una de las marionetas, giró sobre sí misma con un chirrido húmedo de huesos astillados y comenzó a señalar hacia el interior del puerto, más allá de los muelles abandonados. Su dedo, demasiado largo, se curvaba como un anzuelo. El marinero, fascinado, la siguió. Caminaron entre las sombras, ella deslizándose sin rozar el suelo, él arrastrando los pies. Me levanté sigilosamente y los acompañé a distancia, escondiéndome tras los montones de redes y viejos cavos.
Así llegamos al almacén.
Era una mole de madera podrida y tejas de pizarra, con las ventanas tapiadas y la puerta principal herrumbrosa. Pero la marioneta no se detuvo ante la puerta: se deslizó a través de ella como si la madera fuese niebla. El marinero, ebrio y valiente, la empujó y esta cedió con un gemido de ultratumba.
Esperé unos minutos, temblando bajo mi chaqueta, y luego me asomé.
El interior era más vasto de lo que las paredes exteriores permitían suponer. Hileras de pilares desaparecían en una penumbra aceitosa. Y en el suelo, iluminado por una luz que no provenía de ninguna fuente reconocible, yacía el marinero. No estaba muerto, su pecho se alzaba con la respiración, pero sus ojos miraban fijos al techo, y sus labios se movían formando palabras que no lograba articular. Alrededor de él, media docena de marionetas se inclinaban como enfermeras sobre un herido. Una le acariciaba la frente con dedos de trapo. Otra le susurraba al oído con una boca que era solo una raya pintada. Una de ellas, la más horrible, se arrodilló junto a él y comenzó a imitar a un niño que llora: sus hombros se sacudían convulsivamente, pero de su boca no salía gemido alguno, solo el chasquido seco de una mandíbula que se desencajaba al abrirse.
El marinero sonrió. Una sonrisa beatífica, idiota, mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas.
Debí huir. Cualquier hombre sensato habría huido. Pero el miedo me había nublado el juicio y una curiosidad malsana, me empujó a seguir. Continue adentrándome en la estructura, y en lugar de las aberraciones que había dejado atrás, encontré otra, y otra más, todas danzando en la penumbra con movimientos que parecían saludos, súplicas, gestos de auxilio.
Seguí aquel macabro teatro durante lo que se me antojaron horas, descendiendo por escaleras de piedra que no recordaba haber pisado nunca, internándome en una cripta que olía a salmuera y a algo más antiguo que la sal. Los gestos se multiplicaban: una anciana que ofrece una taza vacía, un marinero que saluda desde una horca invisible, un padre que abraza a un hijo que no está. Todas las pantomimas eran incorrectas. Las proporciones fallaban. Los codos se plegaban al revés. Las sonrisas duraban demasiado.
Hasta que al final, en la última cámara, la vi.
La criatura reposaba en un lecho de algas negras y huesos de ballena, su cuerpo informe más próximo al rape abisal que a nada que hubiese surcado la superficie. Su boca era una grieta vertical que palpitaba lentamente, y de ella emergían hilos de carne que se retorcían adoptando formas humanas. Una hilera de marionetas colgaba de su mandíbula superior, cada una gesticulando una súplica distinta: la del ahogado que tiende la mano, la del náufrago que grita, la del niño perdido que llama a su madre.
Y en el centro de todas ellas, reconocí con horror que una de las figuras me imitaba a mí.
No a mi aspecto presente, sino a mí tal como sería si descendiera un paso más. Su rostro era el mío, pero consumido por una espera de siglos. Abría la boca en un gesto que quería ser una advertencia y era, en cambio, una invitación.
Las pantomimas comenzaron a converger hacia mí. Sus pasos eran falsos, sus brazos demasiado largos. Comprendí entonces que nunca había seguido a las figuras: ellas me habían conducido. Y lo que vi en los ojos vacíos de mi doble fue la certeza de que aquel cebo no había sido creado para otro pez sino para mí, para mi soledad, para mi aburrimiento, para mi apatía.
Logré escapar. No pregunten cómo. Arrastrándome, mordiendo, olvidando la mitad de mi cordura en aquellas escaleras. Pero ahora, mientras escribo esta carta a la luz de un cabo de vela en la posada más ruin del puerto, sé que la criatura no necesita perseguirme. Sabe que volveré.
Ya estoy escuchando, allá abajo, el chirrido de sus marionetas ensayando una nueva pantomima, aguardando a un nuevo integrante para su endiablada troupe.