«Acunada por la bruma, en el punto exacto de la encrucijada de infinitos caminos, se alza la Biblioteca de los Perdidos».
Himno
de los
Perdidos
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8 de marzo de 2026

Grávitas

Custodio:

Volaba la piedra, desafiante ante su grave condición.

Saltaba sobre la superficie del agua y, en cada salto, cientos de ondas perturbaban la quietud del lago. Siete saltos esta vez. Lucio nunca había conseguido tantos.

—No tiene sentido —observó—. Lo he hecho… siete saltos. Aun así, después de tantas veces, de saber a ciencia cierta cómo lanzar para conseguirlo, no lo entiendo. ¿Cómo puede una piedra tocar el agua sin hundirse?

—Son muchos los misterios que escapan a nuestro entendimiento, joven Lucio. A veces, con el tiempo, conseguimos comprenderlos; otras, no… Pero, al final, hemos de procurar aceptar esos misterios como parte de la vida. Es así más serena y, contra todo pronóstico, más emocionante. Más lúcida.

Lucio asintió, pero no entendía. Ayudó a su padre a incorporarse. Sostuvo su brazo curtido en mil batallas, antaño firme, aquel que tantas vidas había segado en las Guerras Cántabras de Hispania, y caminaron despacio de regreso a su hogar.

A ambos lados del sendero de grava, los brotes tiernos asomaban ya en las ramas de los árboles y el cortante chillido de un ave de presa se escuchaba en la distancia: la primavera se hacía presente. Mientras, Lucio rumiaba un hondo pesar que a Máximo no le pasó desapercibido.

—Dime, hijo mío, ¿qué te preocupa?

—Las lluvias —respondió Lucio—. Se demoran demasiado. La cosecha será peor que la del año pasado. Seguro.

Máximo sonrió para sus adentros; conocía a su hijo mucho mejor que a sí mismo.

—Vamos, Lucio, he preguntado de forma sincera… No me vetes tu confianza. Dime qué te preocupa de verdad —insistió, conociendo la respuesta de antemano, como solo un padre puede saber.

—Ayer llegó una misiva. El hielo se funde en el paso de los Alpes… Pronto tendré que partir a la guerra.

La mano de Máximo tembló más de lo habitual sobre su bastón, pero la serenidad de su voz no se vio perturbada.

—Así que ha llegado la hora —el padre miró al firmamento, implorando a los dioses que protegieran la vida de su hijo en la guerra venidera, pero solo encontró la imponente silueta de un águila imperial en el despejado cielo de primavera.

Continuaron por el sendero. La villa se vislumbraba a lo lejos. Máximo comenzaba a perder el equilibrio; la fatiga hacía mella en él. Aquellos paseos, tan beneficiosos para su inexplicable condición, también le dejaban exhausto. Lucio se percató y pararon en un banco de piedra a descansar, a la sombra de un imponente ciprés.

—Cuando eras joven y te llamaron a filas… —prosiguió Lucio—, ¿tuviste miedo?

—Terror —confesó Máximo.

—No es eso lo que dice Tito Agrippa. Siempre cuenta que fuiste el mejor soldado de la Legio VI Victrix.

—Tito Agrippa tiene mucha lengua y poca memoria. Y mala, además.

—¿No fuiste tú quien salvó la retaguardia, quien trabajó con los zapadores sin descanso? ¿Aquel que mantuvo el estandarte, el águila, en alto hasta el final?

—También intenté huir en muchas batallas. Maté inocentes. Amigos, hermanos, perecieron a mi lado. Allí nada se cultiva; solo se siega. Terror. Eso es la guerra. Y quien la sobrevive, un alma manchada para siempre… Cualquiera que crea que hay un ápice de valentía en ello es que no entiende la desesperación. La necesidad de supervivencia de los hombres. La necesidad de dar una explicación a lo que no la tiene…

—¿Qué he de hacer?

—Tienes que hacer todo lo que esté en tu mano. Ejercitar cuerpo, pero también mente. Como ya has hecho, como ya te he enseñado. Eso es lo que depende de uno. Lo demás: caprichos de la Fortuna… Y, aunque nunca debemos olvidar que el destino del guerrero está en las manos de Marte, bien sabes que este siempre favorece a los preparados. Más aún a los audaces…

Pasado un rato, Máximo recobró las fuerzas y continuaron la marcha. A pesar de que no era un anciano, a sus treinta y ocho años, Máximo caminaba con dificultad. Padecía rigidez y temblores que las decenas de médicos que lo habían visitado no podían explicar y, a veces, para preocupación de su esposa y su hijo, tenía vívidos sueños en los que enfrentaba enemigos invisibles. Aquello, además, parecía empeorar…

Lucio era consciente de la situación. Temía por la salud de su padre, especialmente cuando llegaron los primeros y más visibles síntomas. Las historias de las batallas en Hispania las había escuchado, pero la lucha de Máximo contra su particular maldición la vivía a diario a su lado. Sin duda, era una admiración profunda la que sentía por él. Lucio había visto en su padre cómo un hombre era capaz de sobreponerse a lo inexplicable una y otra vez.

—Partiremos en un mes a la castra legionis.

—Es poco tiempo —admitió Máximo—, pero no me preocuparía en demasía. Tu preparación es la adecuada. Tu madre y yo nos hemos asegurado de ello. Además, estaré a tu lado hasta tu partida.

—Lo sé —Lucio jamás había dudado de su padre; aquellas palabras le reconfortaron.

—Pero hay algo más, ¿verdad?

—Sí. Temo dejaros solos, a ti y a madre…

—Me siento orgulloso de que pienses así, hijo mío. Pero si yo aún tengo fuerzas, muchas más tiene tu madre. Por eso, podrás partir en paz. No debes inquietarte. Estaremos bien.

Era cierto. La vida de Máximo había cambiado radicalmente con la llegada de la enfermedad. Su fuerza, a ojos de los demás y los suyos propios, se había visto mermada. Sin embargo, Lucio había observado cómo su padre había adquirido una fuerza distinta, verdadera. Ya no podía llevar una vida frenética como antaño, cuando a diario practicaba equitación o incluso el violento pankrátion.

Ahora hacía lo que nunca hubiera imaginado: largos paseo en los que reflexionaba sobre la poesía de Virgilio; ejercicios en la palestra, seguidos de un buen baño termal; el dominio experto del Latrunculi; las visitas espontáneas de los amigos; la cálida compañía de la familia… Placeres sencillos que había descubierto, quizás obligado por las circunstancias, sí, pero que colmaban su cuerpo y su espíritu.

Se aproximaron a los campos de cebada recientemente sembrados que rodeaban la villa. Su hijo debía ser paciente: aún había tiempo. Máximo sabía que las lluvias a veces se mostraban tímidas. Habían trabajado bien la tierra. Paciencia y fe: era todo lo que se necesitaba en adelante.

Subieron por el camino empedrado, atravesaron los muros encalados de la villa y se dirigieron hacia el atrium. Livia les esperaba allí, tejiendo al sol de la tarde, concentrada en una paenula en la que llevaba trabajando semanas. Para sorpresa de Lucio, Máximo se detuvo un momento antes de entrar al atrium.

Observó a Livia: su candor, su fuerza; sus rizos de un cobre que se transformaba en bella plata a cada estación que pasaba; su expresión serena mientras tejía la prenda que acompañaría a su hijo en la guerra y lo protegería de los gélidos vientos en el inclemente paso de los Alpes. Ella lo había sabido antes que nadie. Como solo una madre sabía.

—Padre… ¿ocurre algo? —preguntó Lucio.

—No, nada, hijo mío —dijo Máximo, contemplando a su mujer, con la sonrisa de un hombre aún enamorado—. Necesito descansar, eso es todo. Tú también deberías hacerlo; mañana saldremos con las primeras luces del día a completar tu entrenamiento. No esperes miramiento alguno. Cualquier concesión que yo te haga será un regalo para los enemigos de Roma.

—No te defraudaré.

—Nunca podrías. Acércate.

Lucio obedeció. La mano de su padre se posó en su hombro. Casi no temblaba.

—Eres un hombre bueno. La guerra pondrá a prueba tu espíritu. Verás horrores inimaginables que te perseguirán hasta la muerte. Pase lo que pase, no debes dejar que te destruyan. No desesperes. Sé tú mismo; protege ese espíritu a toda costa. ¿Lo has entendido?

Lucio asintió con la mirada baja. Las manos de Máximo le enmarcaron el rostro: una fuerza insondable en los ojos de su padre como jamás había visto.

—Recuerda el amor de tu madre. Recuerda el amor de tu padre. Si lo haces, nada tendrás que temer.

Máximo besó la frente de su hijo. Después vio cómo el joven se retiraba meditabundo hacia su cubiculum. El águila surcaba el cielo de la villa; pasó sobre su cabeza.

«Júpiter, guarda a mi hijo. Sus padres le estarán esperando en su hogar.»

¿Por qué la piedra volaba sobre las aguas del lago? ¿Por qué una desconocida enfermedad se cebaba con él? ¿Por qué un hombre bueno debía partir a la guerra? Eso Máximo no lo sabía. Pero sí entendía las confidencias de un padre y su hijo, el esfuerzo puesto en los cultivos que desafiaba la climatología más inclemente, el valor de una promesa, la paciencia del maestro, el cariño de una madre en cada puntada de lana…

Se había empeñado en no caer, por muchas veces que estuviera a punto de hundirse. Porque había entendido la única fuerza, el único misterio que importaba: el amor era imperativo.

Con ello, el temor perdía peso. Ya casi no tocaba el agua. Había comenzado a elevarse.

Pasaron las estaciones. A pesar de que nunca olvidaría el infierno de Teutoburgo, el cariño y las lecciones de su familia preservaron la vida y el espíritu de Lucio.

A su regreso, el joven ya era un hombre. Al fin, también entendió.

Guardó el gladius y paseó de nuevo junto a su padre por los campos dorados.

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7 de abril de 2026
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