de los
Perdidos
Un bostezo levanta las sábanas y se abren dos soles. Yo sonrío, de nuevo lo veo: hay belleza en tu aire destartalado. En tu pelo revuelto, en tu zapatilla sin su par (que espera como un perro abandonado tus pies), en tú manía de esperar a qué sea yo quién prepare el café… Ya sé, ya sé. Se está a gusto en la cama. Y, total, son solo cinco minutos más, lo prometes.
El sol parte cada estancia de la casa en geometrías de luz. La habitación es un triángulo y el salón una penumbra trapezoidal que cruzan dos rayas. La cocina, no puede ser de otra manera, es de un blanco fluorescente que me ciega: Uno, dos, tres golpes de blanco con sus inseparables «clink, clink, clink».
Me apresuro a hacer el café: sé que no acudirás hasta comprobar que ese olor ya está impregnando el aire de la casa, que es parte de tu aire destartalado. Tenemos muchas tazas, pero la que te gusta, la de la pequeña grieta en el borde, está por lavar. Su interior, ya limpio, se llena de café. Noto tu abrazo. «Anda, has hecho café». Sonrío para mis adentros, te beso y salimos al balcón.
Es una de esas mañanas inconscientes de una caducidad inminente, en la que todo transcurre naturalmente lento: Una mañana de domingo. Pocos coches pasan a nuestros pies, y pasan con otro aire, parecido al que tú tienes. Nada que ver con la urgencia absurda de los días de labor. El café dura más, la ciudad nos engaña y parece bella. Los edificios grises anhelan tener color.
Te quitas la única zapatilla que tienes localizada (¿La otra te la dejaste en casa de tus padres o está debajo de la mesa del comedor?) y apoyas los pies descalzos sobre la barandilla del balcón. Observas la mañana transcurrir en silencio, como si el mundo se descubriese ante tí por primera vez. Respiras hondo a pesar de que sabes la alergia no tardará en llegar y en media hora me hablaras con voz de pitufo. No me atrevo a romper el hechizo con típico e inoportuno comentario sobre las preocupantes noticias que trae la prensa del diaria.
Me boicoteo, como siempre hago, y pienso que mañana habrá que ir a trabajar. Que la semana nos cambia. Que tendré que esperar unos días para verte así de nuevo: sonriendo, con el café en las manos, custodiando algún pensamiento bonito, espectando la primavera con emoción. Yo siempre pienso más allá. Una sutil sombra me cruza el pecho y la sangre fluye algo más espesa. Algún día aprenderé a no pensar en ello, en lo que viene. Algún día, no es nada probable, el dinero y el tiempo sobrarán y no sabremos que hacer con ellos.
Todo se deja para el domingo. Los demás días le dejan todo a deber: la limpieza de la casa, la visita a la familia, el mueble nuevo que había que montar ya hace un mes… Entras en la casa de nuevo como lo hace el sol y me propones un paseo guiñándome el ojo. Lo demás, sea lo que sea que quede pendiente, tendrá que esperar.
Se mueve alegre tu ancha chaqueta vaquera llena de remiendos. El aire es fresco, el sol amable y el camino parece pintado por Monet. Estornudas por primera vez frente a un platanero. Nunca llevas pañuelos, te ofrezco uno. Me pides perdón por tu descuido. Continuamos y observo tu aire destartalado mientras acaricias a un gato callejero.
El día avanza inexorable. Se hace tarde y todo tiene que volver a su sitio antes de que llegue el lunes. Pero nos resistimos un poco más. La puesta de sol en el puente no pasa tan a menudo. No tan a menudo podemos verla juntos. No así, como hoy.
Ya en casa te encargas de preparar la cena. Pruebas una nueva receta: hay algo medio quemado y algo medio crudo. Te convences de que está buena. Y yo también. Te beso y tomamos una copa de vino mientras la canción de fondo nos engaña fingiendo que el domingo no está a punto de terminar.
A las diez de la noche el día se acelera de nuevo. Como si se cobrase toda la quietud, la paz que hemos disfrutado juntos. Todo son cosas por hacer. Hay que poner el despertador temprano, preparar la ropa, dejar los tuppers en la nevera para el día siguiente (¡Cuántas películas hacen que nos olvidemos de ellos!) y buscar un libro antes de dormir.
Nos acurrucamos en la cama y cada uno tiene su lectura, su ritual propio antes de cerrar los ojos. No podrían ser más distintos. No podríamos ser más distintos en tantas cosas… Me preguntas por algo de la novela que tengo entre mis manos. Algo que, en realidad, no te importa. Te respondo y me sonríes. Y, de repente, importa.
Tardo en conciliar el sueño, desesperado por quedarme en este domingo de primavera, inquieto por no ser capaz de dormir a la una de la madrugada a pesar de tener que levantarme temprano. Tú hace rato ya que estás con Morfeo. Quiero imitarte pero no puedo. No sé cómo pasa, pero me termino durmiendo pensando en tu aire destartalado.
El corazón me sale despedido por la boca cuando suena la alarma. Sé que también te despierta, pero nunca me lo haces saber. Permaneces con los ojos cerrados, con cara de concentrada, aprovechando hasta que tenga que salir por la puerta. Tropiezo con tu zapatilla perdida al entrar al baño. Es lunes y todos las quimeras del fin de semana quedan al descubierto.
No me da tiempo de preparar café. Las habitaciones no evocan formas geométricas, no salgo al balcón a ver un nuevo día (aún falta una hora para que salga el sol). Tú te quedarás aquí y yo cogeré el coche. Diez horas y, con suerte, si no surge nada que en realidad no es tan urgente, te volveré a ver.
Meto los tuppers en la tartera. Me cambio en la habitación con ruido atronador (al final no dejé la ropa preparada para no molestarte…). A estas alturas el estropicio ya te ha despertado por completo. Esperas un beso. Te lo doy. «Qué tengas buen día, avísame cuando llegues». Sonríes con tu pelo enmarañado, con tu aire destartalado intacto.
Salgo por la puerta. Cojo el coche. El tráfico es el que tiene que ser en un lunes: asfixiante y deprimente. Vuelven a mí mente las deudas, los asuntos pendientes sin resolver que me esperan en el trabajo. El semáforo se pone en rojo cuando no debe. Me preocupa llegar tarde, aunque nunca lo hago.
La gravedad de la rutina me ancla al asiento del coche. Sin embargo, el sol asoma ya tímido en el horizonte. Pongo la canción que escuchamos juntos anoche. Se está a gusto aquí. Total, son cinco minutos más. Cinco minutos antes de volver al lunes, lo prometo.
Abro la ventanilla y sopla tu aire destartalado.