de los
Perdidos
He aceptado el puesto por hambre.
También por dinero, sí. No voy a fingir una pureza que, desde luego, no me financia las cenas en La Dama. Estoy obsesionada con el sonido del iPhone al pasar la tarjeta, con el email de confirmación de una reserva de hotel, con el alivio feroz al pagar sin mirar. Quien desprecia el dinero suele tenerlo o, en todo caso, se casa con él.
El prestigio también me interesa, aunque menos. Exige tener demasiada gente a tu alrededor, demasiadas sonrisas forzadas. Demasiados señores explicándote lo que es el liderazgo en un desayuno, con cruasanes resecos del Manolo Bakes.
El puesto me acerca a la mujer a la que llevo años mirando a través de un espejo, dentro de un ascensor. Ella es más seca, más rápida, está mejor vestida. Entro en una sala y localizo en diez minutos al sumiso, al jefe, al pelota, al que presume de contactos y al que se va a delatar en cuanto le pongan un gintonic en la mano.
Me han aceptado en la compañía de mis sueños y no se lo he dicho a nadie. ¿Para qué? ¿Para que alguien lo convierta en una charla de sobremesa banal? ¿Para escuchar a la amiga de una conocida decir que conoce a alguien allí, que le han dicho no sé qué, que cuidado, que esas empresas son muy tóxicas? La gente toca un deseo ajeno y lo deja lleno de grasa.
Me guardo la información como una foto indecente o las últimas gotas de un perfume descatalogado. Las cosas buenas pierden valor cuando pasan por demasiadas bocas; yo quiero poco en público y mucho en privado. Me parece una forma bastante más elegante de vivir.
En mi mesilla tengo un cuaderno negro de un mercadillo medieval de Carcassonne, un lápiz Caran d’Ache, una piedra que cogí en una playa fea y una muestra de Blanche Bête, que es demasiado indecente para llevarla fuera de las sábanas.
Para ir a la nueva oficina me pondré Iris Silver Mist, de Serge Lutens, ya lo tengo planeado. Es la mezcla perfecta entre la limpieza y la autoridad: iris, vetiver, cedro e incienso. Ahora que ya se acerca el verano todo el mundo empieza a oler a Philosykos; su fama me produce un hastío indescriptible. Me da la impresión de que presumen de saber pronunciar su nombre, como si llevar una hoja verde en la muñeca bastara para tener vida interior.
En la entrevista me hablaron con fervor de transparencia, ahora veo que se referían a colocar mamparas de cristal en lugar de separadores opacos. Me hace gracia. Los espacios abiertos esconden mucho, realmente, aunque no para mí. Nunca para mí. Desde mi mesa veo a los directores encerrarse en su guarida acristalada, mover los labios, levantar la barbilla y asentir ante gráficos con estudiada devoción. También veo a los becarios ensayar su entusiasmo. Qué edad tan mala, la de creer que una empresa multinacional premia la alegría.
Veo a mujeres de treinta y pocos con su nuevo bolso de mal llamado «lujo silencioso», con sus caras de poder estar siempre disponibles para todo. Pueden entrar en una reunión que no tenían programada, responder a un correo de un cliente cretino con exclamaciones de más, pedir perdón por un retraso ajeno y organizar una cena que sin duda detestarán. Todo antes de las siete, sesenta minutos después de su hora de salida. Veo a hombres que confunden la prudencia con la sabiduría. Hablan bajito, visten de azul marino y dejan que las frases se les mueran a mitad, convencidos de que la tibieza tiene algo de prestigio intelectual.
Yo simplemente observo. Afilar el lápiz entre mis dientes me mantiene ocupada y evita que intervenga antes de tiempo.
Circulo entre todos con discreción agresiva. Mi trabajo consiste en analizar, evaluar, detectar tensiones en el equipo, seleccionar a los mejores para el proyecto y dirigirlos dentro de los márgenes que se me permiten. Acepto el encargo con gusto. Espiar a personas adultas me parece mejor que aburrirme con ellas. Además, la empresa me paga por algo que hago gratis desde niña: leer la habitación antes de que la habitación me lea a mí.
Me asqueo al pensar en que seré para mis compañeras la nueva «siren de la oficina», como verán en esos reels de Instagram un mes después que en TikTok. Mis compañeros destacan mi elegancia, pero también me hacen saber lo intimidante que les resulté al principio. ¿Y ahora no? Mentirosos. En lenguaje de oficina, intimidante significa que sonrío sólo cuando me apetece, que contesto los correos cuando me viene bien y que ocupo los espacios sin pedir perdón por la superficie de mi cuerpo. Me divierte la cobardía de esos adjetivos. Nadie dice: «Me incomoda tu libertad». Dicen: «Tienes mucha presencia». Qué expresión tan útil. Sirve para halagar y señalarte sin mancharse las manos.
LinkedIn me da exactamente igual. Está llena de gente compartiendo sus nuevos «retos», sus etapas «apasionantes», sus comunidades «maravillosas». Nadie escribe las frases que importan. «Me han contratado porque sé tragar con todo.» «Me voy por dinero y rencor.» «Llevo tres años fingiendo vocación y lo único que me separa de tirarme desde la azotea es el café mediocre de cápsulas.»
La oficina es un acuario lleno de peces que se felicitan los unos a los otros sólo por respirar; pero un día sales de tu arrecife y te enteras de que otro más ha desaparecido y nadie se había dado cuenta.
La fiesta anual ha caído en jueves, porque es más barato. Hotel caro pero no mucho, barra libre, pianista versátil pero limitado, bandejas de canapés preparados para ser fotografiados. Me visto despacio. Elijo un vestido color petróleo, ceñido a la cintura, de satén, resbaladizo, con un brillo de escama bajo la luz artificial. Quiero parecer recién salida del agua y, aun así, perfectamente capaz de negociar un proyecto millonario. ¿Por qué conformarse con menos?
Los zapatos rematan el asunto: Blumarine negros, tacón fino, con un bordado floral, absurdamente preciosos, con ese aura de hada caída en desgracia que tanto caracteriza a la firma. Piden acabar tirados en el borde de una piscina privada bajo el sol italiano, llevar manicura carmesí y los labios pintados solamente con el jugo de las fresas. Por desgracia no será hoy.
Pienso en Parthenope. Sorrentino entiende la belleza igual que yo.
Siempre calculo los minutos exactos que voy a llegar tarde. Doce minutos, esta vez. La mala educación requiere de las matemáticas para adquirir estilo.
Entro en el salón y recibo el olor a muchedumbre de golpe: champagne barato en copas caras, sudor sin excusas físicas, base de maquillaje en exceso y caducada, Baccarat Rouge 540 pagado a plazos para intentar demostrar algo que no se sabe muy bien el qué, ambición infantil y desodorante de AXE. En espacios cerrados, algunos aromas ejercen la violencia.
En una sala con comida debería regir una ley sencilla: piel limpia, ropa limpia, boca cerrada y cero imitaciones de ámbar gris. El sufrimiento de los cachalotes, en este caso, es una virtud que no se tendría que haber empezado a ver con malos ojos. ¿Pero quién lo ve con malos ojos? El pueblo, claro; las élites sólo pondrán mala cara en público, cuando en privado esconden varios frascos olvidados en el tocador de su enésima propiedad.
En menos de veinte minutos ya tengo el ambiente totalmente analizado.
El director financiero habla demasiado cerca de una de marketing recién llegada. La antigua favorita de dirección bebe deprisa; ha perdido el brillo de su mirada y todavía no es consciente de que los demás lo saben. El becario aparece en todas las fotos porque alguien ha decidido que conviene tenerlo atado con correa y encima agradecido. Dos socias se besan en la mejilla con sequedad, sin afecto, sin saliva, sin peligro de ser descubiertas. La mujer de recursos humanos reparte muestras de cariño entre grupos pequeños. ¿Existe algo más inquietante que una señora de recursos humanos tocándote el brazo?
Bebo una copa de vino blanco mediocre y dejo los canapés intactos. El hambre rara vez se sacia con la comida que tienes disponible.
En la terraza, los fumadores forman un grupo aristocrático provisional. Me gustan más allí que dentro. Un analista reconoce que está harto de su vida, una jefa de proyecto admite que odia a su equipo. Alguien habla de Bali con una desgana y una tristeza que por fin parece suya de verdad.
La ciudad se extiende debajo de nosotros, llena de ventanas encendidas y oficinas que siguen abiertas a esas horas. La escena tiene una obscenidad bastante italiana. Cuerpos jóvenes empaquetados en ropa cara, adultos con responsabilidades agarrados a la noche eterna, música grandilocuente, humo, cristal, una azotea demasiado alta y una mujer con tacones imposibles mirando la calle desde arriba.
Yo, por si alguien pregunta.
¿Quién iba a ser?
Una mujer se acerca a mí. Lleva el pelo recogido, los labios brillantes color granate y Lost Cherry en exceso. Se atreve a mirarme fijamente, pero sé que ha ensayado la frase que me va a decir.
—Tú siempre pareces saber algo que el resto desconocemos.
Me gusta. También me cansa.
—A veces sólo sé irme de las fiestas a tiempo —contesto.
Sonríe antes de entenderme. Cree haber recibido una invitación. Me pasa mucho. Una frase bien puesta y la gente ya ve una puerta donde sólo hay una pared de gotelé que te araña los codos hasta sangrar.
Me voy sin despedirme. He convertido las bombas de humo en un arte que consiste en: recuperar mi chaqueta, bajar en ascensor —quitándole el puesto a una embarazada, esto es importante—, cruzar el vestíbulo con el cigarrillo ya preparado en los labios, alcanzar la calle al fin.
En la acera, la brisa de la primavera me muerde los tobillos y los Blumarine empiezan a cobrar lo suyo. Ese dolor me gusta. Un zapato hermoso debe exigir algo a cambio. La comodidad absoluta ha destruido más el estilo que la pobreza.
Pido un taxi y miro mi reflejo en la ventanilla durante el trayecto. El cristal me devuelve una cara afilada, pómulos marcados, labios rosados, la mirada de aquellas criaturas que han llegado a la zona abisal y por eso mismo conocen el precio de volver a la civilización.
Pienso en las sirenas, las de verdad, anteriores a Disney y a la papelería con purpurina. Cantaban para hundir barcos. Medían la debilidad de cada hombre sólo de oído. Antes de la cola y del bikini tuvieron alas, garras, hambre. La cultura hizo lo de siempre: ablandó el peligro y lo tiñó de rosa para vendérselo a las niñas y a los cerdos.
Yo he cantado así más de una vez.
Hubo un hombre gay.
Se enamoró de mí. Lo digo así porque ocurrió así. Tenía una vida ordenada y la ironía muy bien cultivada. Había diseñado el mapa de sus deseos a la perfección, pero yo logré adentrarme en una zona en blanco, todavía por descubrir; él tardó demasiado en admitir que se había perdido.
Al principio me escribía con soltura. Mensajes breves, ingeniosos, ensayados. Yo contestaba tarde. Contestaba cuando la espera ya había hecho su trabajo. Le mandaba una página de Céline, una foto del diseño maravilloso de un escaparate a oscuras, una canción de Ethel Cain, una frase inspirada en Clarice Lispector cuando quería subir la temperatura sin hacer mención a los cuerpos. Las referencias intelectualoides cumplían una función sencilla: le daban permiso para desearme sin sentirse vulgar.
Él empezó a responder cada vez con menos defensas. Sus mensajes se alargaron, preguntaba más, corregía una frase y luego enviaba otra peor, pero más verdadera. Eso me interesó durante un tiempo. Cuando alguien pierde el control empieza a decir cosas útiles.
Una noche me mandó un mensaje muy largo. Lo leí en la cama, con el móvil apoyado sobre las sábanas. Hablaba de deseo, de miedo, de una vergüenza que no había sentido jamás. Hablaba de mí sin ironías. Aquello tenía algo de verdad. También tenía consecuencias.
Leí el mensaje dos veces. Luego dejé el móvil boca abajo.
A la mañana siguiente lo bloqueé. Me preparé un café, me lavé la cara y seguí con mi vida. Él se enamoró. Yo me fui.
Después vino el aliado performativo.
Lo llamo así por higiene mental y porque todo en él era falso y absurdo: las uñas pintadas, el fular granate, la cabeza inclinada fingiendo interés, el fetiche por los billetes de tren. Viajaba desde otra ciudad para verme. Yo alargué aquella liturgia más de lo razonable. Le daba nombres de bares, calles, horas, un banco junto a una iglesia, una pastelería donde vendían éclairs mediocres. Eso debería estar penado.
Él llegaba siempre a la hora.
Yo aparecía algunas veces. La mayoría lo miraba desde la distancia.
La peor vez lo cité en un café antiguo con espejos manchados y barra mugrienta. Le di la dirección, la hora, la mesa del fondo, incluso el detalle que estaba impreso en las servilletas, que se pegaban a los dedos al primer roce y te cortaban los labios.
Yo llegué primero. Crucé la calle, me senté en la terraza de enfrente y me puse las gafas de sol. Lo vi entrar. Miró el móvil. Se quitó el abrigo y lo dobló a la perfección sobre el respaldo de la silla. Ese gesto me molestó. Conservaba demasiada dignidad para alguien que iba a ser humillado.
Esperó cuarenta y siete minutos. Luego se marchó.
A veces vuelvo a esa imagen. Me interesa más que me avergüenza. La culpa es aburrida. Se inventa un castigo, permitiendo al culpable sentirse algo más limpio después de su atroz escena. Yo, en cambio, quiero saber cuánto rastro deja el daño en alguien cuando nadie lo está mirando. Qué queda en la mesa después de una espera inútil. Qué hace un hombre con las manos al comprender que ha cruzado una ciudad para nada.
Sé ser tierna. Eso complica el retrato. Mi crueldad nunca ha poseído la corona en exclusiva. A ratos se me cuelan gestos decentes, y entonces toda la puesta en escena pierde eficacia.
La anciana del otro día pertenece a esa categoría.
La veo algunas mañanas en la cafetería de enfrente de mi casa. Lleva un chal de seda y guantes a juego, chaqueta de ante, medias buenas, zapatos de tacón. Pertenece a una generación que todavía se arregla para salir a la calle y que desconoce lo que son unos leggins, aunque sólo vaya a comprar pan o a discutir con el farmacéutico.
Una mañana perdió el equilibrio al subir el bordillo de la acera. La sujeté del brazo. Pesaba poco, incluso para mí. Olía a crema de manos de rosas de Damasco.
Cuando recuperó el paso, se disculpó.
—Ay, hija. La edad, que no perdona.
—Pero ganamos muchísimo estilo —respondí sin pensarlo.
La anciana soltó una carcajada breve, un poco rota, pero muy vivaz. Se le arrugaron los ojos y se apretó el bolso contra el costado, encantada de que alguien hubiera apreciado su chaqueta, los guantes, el esfuerzo. La frase acertó de lleno. A cierta edad, que te llamen estilosa vale más que otra mano de tantas para sujetarte.
El resto del día me acompañó una satisfacción extraña, más intensa que la de muchas conversaciones brillantes. Había ayudado a alguien y había salido indemne, sin dar nada de mí. Qué alivio. A mí me interesa retirarme antes de que alguien me convierta en buena persona. Al fin y al cabo, el altruismo no existe, más allá del concepto.
Al volver a casa, pido sushi. Luego me arrepiento nada más abrirle la puerta al repartidor. Trae consigo una nube de perfume dulzón, quizá el infumable One Million. El olor entra en la bolsa y contamina el atún rojo crudo.
No me lo acabo, ya no me sabe a sangre.
Me quito los Blumarine y dejo que el dolor de los pies me suba por las piernas. Me lo he ganado. Enciendo la lámpara del rincón del baño, junto a un cenicero de concha que compré por ser bonito y que uso para dejar horquillas.
Me miro.
Los demás ven misterio. Yo veo cálculos, sueño atrasado y una boca que aprendió pronto a cerrarse. En mi caso, la versión pública arregla a la privada antes de sacarla a la calle: le peina el pelo, le corrige el pintalabios, le tapa los defectos imperdonables.
Abro el libro Contra la interpretación. Subrayo una frase que ya subrayé otra vez. Me gusta Sontag por su impaciencia ante la debilidad, por jamás diluir una idea para hacerla simpática. Habría despreciado muchos de mis pequeños teatros. También los habría entendido demasiado bien.
La inteligencia, convertida en estética, puede acabar sirviendo de coartada para todo.
El móvil vibra.
—¿Sigues viva? —me pregunta un amigo.
Contesto cuatro horas después.
—Conceptualmente.
La respuesta me parece aceptable durante diez segundos. Luego me molesta. Me resulta demasiado fácil. Ese es uno de mis problemas: a veces elijo la frase ambigua antes que la conducta decente. Mis contestaciones me permiten marcharme antes de dar explicaciones.
Pienso en el idiota sentado frente a una silla vacía. Pienso en el hombre del mensaje largo, en la pantalla encendida sobre mis sábanas. Pienso en la mujer de la terraza, la de Lost Cherry, que quizá sólo quería hablar con alguien que no llevase ya media noche fingiendo.
La gente vuelve a mi cabeza cuando deja de servirme. Mientras ocupan una categoría —admirador, víctima, colega, amenaza, anécdota— puedo manejarlos. Cuando recuerdo su cara, sus atuendos, su espera, el frío en sus manos… algo me obliga a hacer algo más difícil que juzgarlos.
Esa dificultad me cansa.
Prefiero el buen gusto. Prefiero el criterio. El gusto decide qué entra en una habitación; el criterio decide qué se queda. Una persona sin gusto estropea una mesa, un vestido, una conversación. Una persona sin criterio estropea vidas enteras y luego encarga flores para disculparse.
Yo tengo bastante de ambas cosas. También tengo hambre, vanidad, crueldad, miedo a depender de alguien y una facilidad peligrosa para reducir mis defectos únicamente a lo que mide mi cintura.
Saberlo no me exime de nada, ni me salva.
Son las cuatro y media de la mañana. Me levanto y abro la ventana. La calle huele a lluvia, gasolina y pan. Enfrente, una pareja discute bajo un portal. Él mueve las manos demasiado; ella mira el suelo y aprieta las llaves dentro del puño. Los dos tienen cara de haber dormido poco y de haberse querido mal durante demasiado tiempo.
Esa torpeza me parece más verdadera que la fiesta entera, en la cual todo era una farsa mediocre. Bajo el portal, en cambio, dos personas intentan salvar algo, romperlo o dejarlo para mañana. Lo hacen sin un público que les sirva para sacar provecho. Sin buen gusto.
Sentiría envidia si supiera cómo.
Yo he aprendido a volverme difícil de tocar. Pueden desearme, temerme, contratarme, invitarme, citarme, fotografiarme. Pueden escribirme confesiones imprudentes a las dos de la mañana. Poca gente llega al sitio donde guardo lo que de verdad quiero. Yo tampoco entro mucho. Cuando lo hago, miro alrededor, me invento alguna excusa y salgo antes de tocar nada importante.
Vuelvo al cuaderno negro y escribo:
«Ser vista exige perder autoridad.»
Debajo añado:
«Ser invisible sale carísimo.»
La segunda frase me interesa más.
La autoridad puede fingirse si te pones unos pocos accesorios. La invisibilidad cuesta más. Te deja transitar la vida sin recibir demasiados golpes, pero también te quita testigos cuando algo se rompe o prende dentro de ti. Nadie ve el incendio si uno ha dedicado años a construirse un búnker.
Pienso en la empresa de mis sueños. Ahora la frase me suena infantil y un poco hortera. La empresa de mis sueños. Qué desdén me producen las épocas de la vida en las que te crees capaz de todo por una oferta laboral y encima llamarlo ambición. Aun así, quiero ese puesto. Lo quiero sin excusas.
Quiero entrar. Quiero ascender. Quiero memorizar el tablero. Quiero acceder a las reuniones en las que la gente decide cuánto valen las cosas, las horas, los cuerpos, las ideas. Quiero saber si el poder me volvería más auténtica o sólo más cruel todavía.
El hambre sigue ahí.
Apago la luz. En la oscuridad, me fijo en los Blumarine tirados junto a la puerta, preciosos, con la suela marcada por la suciedad de la calle. Los miro antes de acostarme. Mañana volveré a ponérmelos si la ocasión lo merece.
Antes de cerrar los ojos pienso en la anciana, en su frase sobre la edad. Ella se los pondría. También en mi respuesta. Me gustaría sacar de ahí una conclusión elegante. Perder equilibrio, ganar estilo. Algo así. Nada, demasiado fácil.
Por una vez, dejo la frase sin mejorar.
En el móvil hay un mensaje nuevo, enviado a las 4.57 h. desde un número que no reconozco.
«He soñado que me llamabas desde debajo del agua.»
El hambre vuelve.
Por suerte, estoy famélica.