de los
Perdidos
Yacía entre la hierba con la majestuosidad de un príncipe caído. El sol le caía de lleno sobre la frente, los pómulos y la garganta todavía húmeda. Recibía aquella claridad sin apartarse, entregado a ella y, al mismo tiempo, protegiendo una parte de sí mismo que nada había conseguido doblegar todavía. ¿No es esa la forma más honda de orgullo? ¿Aceptar la ruina sin rebajarse a ella? Había en su abandono un resto de grandeza, la sombra de una estirpe arruinada que todavía sabía ofrecer el rostro aun cuando ya no quedaba nadie para mirarlo.
Llevaba el pelo empapado, y algunas hebras, de un verde tan oscuro que se hubiera jurado negro, se le adherían a las sienes y al cuello, mientras otras se derramaban sobre la camisa abierta, de lino crudo, todavía calada en los puños por el agua del río. Acababa de salir de allí no hacía mucho, pero la luz del río seguía prendida en su cuerpo. Le contorneaba el pecho y los hombros, dibujándole cada una de las líneas de sus músculos. Recordaba a aquellas imágenes sagradas de muchachos mártires, de una lozanía tan perfecta que uno sospecha enseguida que existe algún acuerdo secreto entre la pureza y la podredumbre.
Cerró los ojos un instante. El jardín seguía respirando. Lo hacía de una manera tan regular, tan antigua, que le irritaba sobremanera. Las ramas filtraban la luz en fragmentos dorados. El río corría a su lado, manso en apariencia, con ese murmullo inocente que sólo conservan las corrientes capaces de tragarse un cuerpo sin alterarse. Olía a hierba caliente, a barro húmedo, a rosas pasadas. Todo estaba en su sitio. Todo parecía limpio. ¿Y por qué no iba a estarlo? El mundo nunca ha tenido reparos en seguir brillando por encima de lo abyecto.
En su rostro dormía una dureza temprana, impropia de los seres que todavía no han agotado sus dones; y en su boca, apenas entreabierta por la fatiga del baño o por la costumbre del desdén, se insinuaba esa leve inflexión cruel que adopta el labio cuando ya ha aprendido a despreciar aquello mismo que codicia. Algunos lo habrían llamado bello, otros, peligroso. Las criaturas de su especie, cuando aún merecía ser contado entre ellas, habrían usado un término menos indulgente.
Se llamaba Ivrán, y pertenecía a un linaje ya casi extinto, el de aquellos varones del verdor fluvial que nacían donde el agua demoraba su curso y donde las raíces, embriagadas por la humedad propicia, confundían su sed con una forma rudimentaria de conciencia. Ni dioses ni demonios, aunque los hombres, tan inclinados a otorgar rango divino a cuanto los excede, les consagrasen a veces altares de musgo, guirnaldas o plegarias pronunciadas con más miedo que fe. Ejercían de custodios menores de la fecundidad, pastores de savia, testigos interesados del comercio perpetuo entre las vidas que ascienden y las muertes que abonan. Ivrán había figurado entre los más poderosos. Bajo sus pies prosperaban los juncos, el musgo se ceñía con más belleza a las piedras, y los peces nadaban por la corriente acompasados a su respiración. El crecimiento lo reconocía, la humedad le rendía obediencia, y el jardín, en otro tiempo, hubiera consentido en proclamarlo señor.
El privilegio, huérfano de disciplina, degeneró en él en una curiosidad impía; y la curiosidad, alimentada de sí misma, acabó tornándose en soberbia. Ivrán quiso saber demasiado. A diferencia de la hoja, que participa de la rama sin interrogarla, o de la espuma, que acata su servidumbre a la corriente, él quiso entender el mecanismo, descorrer la cortina, palpar la tramoya, hundir los dedos en el barro originario del que brotan las formas. Mientras los otros seres de su casta se dejaban gobernar por el pulso de las estaciones, él se entregó a escudriñar, minucioso, cada tránsito y cada descomposición. Observó cómo la podredumbre alimenta a la flor, cómo la carne muerta robustece la raíz, cómo el esplendor del verano se incuba en el pudridero del invierno; y en ese ciclo, que a una inteligencia humilde le habría infundido respeto, él sólo vio una humillación hasta ese momento escondida. Le repugnó que la hermosura precisara del desperdicio; le ofendió que la fecundidad se alzase siempre sobre alguna carnicería. En el fondo, ya entonces, padecía la enfermedad más antigua de los espíritus refinados: no toleraba que la realidad fuese real.
Luego llegaron los hombres, y acabaron de alterarle el juicio. Durante siglos los observó desde la orilla, primero con curiosidad, luego con ironía, más tarde con una mezcla abyecta de envidia y desprecio. Veía que la bestia devora porque tiene hambre, y que el hombre, además de devorar, se inventa una teoría que justifique el banquete y erige un monumento a su propia necesidad. Aquella vileza laboriosa lo embelesó. Halló en el corazón humano una abundancia de grietas que jamás encontraría en ninguna raíz: rencores hereditarios, apetitos sin objeto, vanidades de alcurnia, agravios imaginarios, codicias capaces de vestirse con los ropajes del deber… Y comprendió enseguida que la voluntad del hombre obedece, dócil y miserable, a cuanto la halaga o la hiere en el punto exacto. Bastaba una insinuación, una sospecha, dejar caer una frase en su conciencia como cae una semilla en el surco, y lo demás lo hacía la víctima por sí sola, oficiando su propia ruina.
Así es como empezó su corrupción, o quizás simplemente empezó a manifestarse al fin. Descubrió que podía retorcer una emoción, espesar un recelo, volver incurable una humillación, y el hallazgo le procuró un placer intelectual más hondo que el de la sangre o el de la lujuria. Se entregó a sus experimentos con tamaña obsesión. A una muchacha que bajaba sola al río le insinuó sueños febriles y un tedio creciente hacia el novio que le habían impuesto; a un labrador testarudo le contagió la codicia hasta que convirtió su cosecha en un altar donde inmolar a sus hijos; a un clérigo de aldea le dejó alojada en la conciencia una sola pregunta, menuda como una espina, que bastó para que la duda le royese la fe hasta vaciarle la mirada… Pero ninguna de esas victorias, por refinadas que fuesen, llegó a saciar su altanería. Ambicionaba una obra mayor, un alma virtuosa del todo, algo digno de ser destruido hasta dejar sólo las cenizas.
La halló en el señor de aquellas tierras.
Era un hombre viejo, dueño de viñas, de un molino y de aquel mismo jardín, trazado con una geometría austera que restaba belleza hasta a los rosales. Su mayor singularidad residía menos en la hacienda que en cierta nobleza que los necios confundían con bondad y que Ivrán, más perspicaz, identificó enseguida como una forma rara y ofensiva de querer gobernar sobre uno mismo. Aquel hombre sabía callar, sabía renunciar a placeres inmediatos, sabía controlar sus impulsos igual o mejor que un abad. Esa disciplina, más que cualquier riqueza, lo irritó hasta el agravio, pues le pareció intolerable que un mortal, amasado en el mismo barro vicioso que los demás, hubiese alcanzado una paz que los espíritus del agua y del árbol apenas conservaban ya.
Entonces eligió al hijo.
Era el instrumento perfecto: joven, resentido, ávido de reconocimiento, susceptible y sin grandeza. Ivrán se tomó su tiempo, porque siempre se lo tomaba. Comenzó por agrandar en aquel pecho las pequeñas punzadas de la comparación: le enseñó a leer en los consejos del padre una corrección constante; en su serenidad, una humillación; en cada silencio, un juicio. Después añadió el veneno más pútrido de todos: la sospecha de ilegitimidad, la mancha en el apellido. El muchacho dejó de dormir, espió papeles, escuchó tras las puertas, se dio a la bebida; confundió su avidez de dignidad con un heroísmo tardío, y esa confusión, tan humana y tan ridícula, resultó ser la argamasa perfecta para el crimen. Un mediodía, en aquel mismo jardín, junto a aquel mismo río, acompañó al padre hasta la escalinata de piedra. Discutieron poco; apenas hizo falta. Bastó un empujón, la nuca contra el canto, y después el agua.
Lo que había embriagado a Ivrán de aquella muerte era la perfección de la maniobra, la limpieza con la que una conciencia había sido retorcida hasta ejecutar por su propia mano la ruina que otro había compuesto; el golpe, en sí, fue breve, seco, de una simplicidad grosera, y al cadáver lo arrastró la corriente, ecuánime, indiferente por igual al héroe y al idiota. Todavía ahora, tendido entre la hierba, el recuerdo le procuraba una mezcla de soberbia y náusea.
En eso pensaba mientras el jardín respiraba a su alrededor, plácido hasta la humillación. Los sauces cernían la luz en jirones dorados. Cualquiera hubiera llamado hermoso a aquel paraje. Ivrán, cuya conciencia malograda sólo servía ya para envilecer cuanto tocaba, sabía que la hermosura evidente encubre a menudo un amasijo de destrucción imperceptible; y sin embargo, aún él hubo de reconocer, quizás por vez primera, que lo que había hecho pertenecía a otra especie. El bosque mata para vivir, y el río arrastra cadáveres sin mancharse de la intención; él, en cambio, había entrado en un alma a sabiendas, había hecho del entendimiento un instrumento de infección y se había regodeado, por añadidura, en la elegancia del método usado. Aquella elegancia lo condenaba.
Entonces cayeron los primeros pétalos.
Uno vino a posarse en su hombro; otro, en su clavícula; otro, leve como una caricia, en el nacimiento de su garganta. Eran blancos, menudos, frágiles. Ivrán alzó los ojos: sobre su cabeza se extendía un árbol que hubiera jurado ausente al llegar. Los pétalos siguieron descendiendo despacio, ceremoniosos, y al rozar su piel mudaban de color: el blanco se corrompía al instante, un rojo espeso brotaba desde el centro y se extendía hasta empaparlos enteros.
Siguieron cayendo sobre su camisa, sobre su pecho, sobre su vientre aún húmedo, sobre la hierba, sobre las piedras de la orilla. Cada pétalo enrojecía al tocarlo a él o al tocar la tierra, y pronto el jardín entero empezó a cambiar: los setos se mancharon, las flores de la ribera parecieron abiertas en canal, y el río, al recibir aquella lluvia, la devolvió multiplicada, espesándose de color carmesí hasta adquirir la apariencia viscosa de una herida muy grande. Un olor ferroso inundó el aire; los lirios se doblegaron; los juncos se peinaron con sangre. Ivrán contemplaba, con estupor, que el castigo había encontrado por fin la forma exacta de su culpa.
Quiso incorporarse, pero las raíces se le ciñeron a los tobillos, firmes, sin prisa. Sintió en el costado una punzada justo donde los de su especie llevaban el vínculo con su árbol tutelar, un lazo que él había profanado hacía siglos y que ahora regresaba a cobrarse la deuda. El árbol se alzó a su espalda sin violencia. Era alto, severo, formado de especies diversas y anterior a todas ellas, y reunía en su corteza la memoria completa del agua y de la raíz. Ivrán comprendió que ningún dios lo juzgaba, que ningún demonio acudía a reclamarlo. Lo juzgaba el orden mismo del que había desertado.
Los pétalos seguían cayendo, la sangre le corría por el cuello y por las muñecas, y las raíces le trepaban por las piernas, por el vientre, por el pecho, despacio, restituyéndolo. Sintió que la sangre se le espesaba bajo la piel, que los dedos se le endurecían, que el pelo se le confundía con filamentos vegetales negros y verdes. Lo estaban devolviendo a la tierra.
Quedaría allí, incorporado al jardín, despierto en la madera, condenado a durar; vería pasar los años por la crecida del río, por la podredumbre de las hojas, por las bodas, los pleitos y los entierros de los hombres; escucharía sus rezos torpes, sus ambiciones heredadas, sus vilezas repetidas con nombres nuevos; presenciaría la continuación del mundo sin poder ya deslizar en él una sola palabra venenosa.
Antes de que el cambio se consumara del todo, alzó todavía los ojos hacia el cielo que se abría entre las ramas, y le sorprendió la belleza, incluso entonces, sobre todo entonces. Comprendió, ya sin rebeldía, que aquella belleza no iba a absolverlo esta vez.
Los últimos pétalos cayeron sobre su frente. Luego el jardín empezó a serenarse: el río arrastró el rojo hacia un recodo lejano, las piedras reaparecieron, el olor a hierro fue cediendo, y un pájaro cantó desde la otra orilla, ajeno a todo. Ivrán ya ignoraba si seguía respirando como respiran los cuerpos independientes; quizás respiraba por las raíces, quizás por la mera continuidad del agua junto a la orilla. Quedó allí, injertado en el árbol, mientras la tarde proseguía su curso, ajena, verdadera.
Y dicen —porque los hombres siempre terminan fabricando una leyenda donde antes hubo una culpa— que en cierto jardín junto al río crece un árbol oscuro cuyas flores blancas, al desprenderse en los días de más calor, enrojecen antes de tocar el suelo. Los aldeanos hablan de un crimen antiguo, de un señor ahogado, de un hijo impío, de un espíritu del agua que hace enloquecer a los paseantes. Casi todo es falso; casi todo roza, sin saberlo, una verdad.
En cuanto a Ivrán, allí sigue. Oye la luz filtrarse entre las ramas, mide el tiempo por la humedad del musgo y por la ruina periódica de las hojas, y ha aprendido por fin lo único que su arrogancia se negó a admitir mientras anduvo libre: comprender el mal mejor que nadie no ennoblece, sino que te acaba atando con más saña a la sustancia misma que quieres destruir.