de los
Perdidos
—¿Dónde estamos? —preguntó Mendoza, secándose la frente con un florido pañuelo de seda.
—En el sexto nivel, sire —respondí.
—¿Aún? —preguntó indignado— ¡No lo soporto más! ¡Sácame de aquí ahora mismo!
Mendoza había aguantado relativamente bien, tan solo algún aspaviento ocasional, hasta ese punto. La mayoría de los clientes sucumbían mucho antes, en el segundo o tercer círculo, pero, ya que el señor había llegado hasta ahí, consideré que ese no era el destino que el señor deseaba para sí. La única forma de salir de los nueve círculos era completarlos en su totalidad.
Cualquier otro atajo suponía una estancia eterna. Y el señor Mendoza tenía muchos negocios y vicios que atender. Me permití recordarle, no sin cierta brusquedad, la declaración responsable que había firmado, mucho más convencido y altanero que en aquel momento, por supuesto, como requisito sine qua non para embarcarse en la expedición. Al fin y al cabo, por estrambótico que sea nuestro negocio, somos una empresa seria y con amplia experiencia en el sector que cumple con la legalidad vigente.
—Imposible, señor. Hay que seguir, es la única forma.
—¡Sácame! ¡Ya!
—Hay que seguir.
—No puedo más… Estoy exhausto, sofocado… ¡Y no desaparece ese maldito olor a azufre que todo lo impregna! —se quejó el señor tapando su faraónica nariz con el sudado pañuelo de seda.
—Hay que seguir —repetí cargando con los casi cuarenta kilos que componían todas las pertenencias del Señor Mendoza. Había apurado al máximo nuestro límite de carga astral, pero para él todo era imprescindible… «¡Y eso que me dejo cosas que son fundamentales en mi día a día!» había dicho en la oficina antes del ritual de entrada.
Entre las cosas «imprescindibles» para el señor Mendoza se contaban: cinco trajes completos de algodón y lino con sus camisas y mudas correspondientes, una mesita de higiene diaria completamente equipada con tres peines diferentes para peinar su fino bigote, una mesita exclusiva y aún más equipada para el rapé, doce juegos de bastones, veinte juegos de monóculos, un pesado conjunto de perfumes, una caja de plata con delicias turcas, su colección especial de grabados pornográficos… Y otras tantas otras cosas al servicio de sus vicios irrenunciables.
Por supuesto, había intentado componer imágenes astrales de otros objetos en nuestra travesía. Como cuando súbitamente había querido materializar la ropa interior de su última amante, por ejemplo. Pero nada más cabía ya en la mochila dimensional. Además, cuarenta kilos de proyección astral era un límite que rozaba lo temerario incluso para un experimentado sherpa infernal como yo.
—¡Te daré lo que quieras! —dijo el señor Mendoza, en un nuevo y desesperado intento por detenerme. A su alrededor el paisaje desolado vomitaba apestosos efluvios de color rojizo. Los gritos de agonía de los condenados en la lejanía tampoco contribuían a la serenidad del señor Mendoza.
—Hay que seguir —me limite a repetir.
Comencé a andar y retomé el único camino posible: el único que nos sacaría de aquel endemoniado atolladero.
Mendoza quedó atrás, lloriqueando, por supuesto. Giré la cabeza un momento y, de entre las enormes lenguas de fuego que emanaban de los cráteres del sexto círculo, pude ver, no sin algo de insana satisfacción, su rostro deshecho y su figura acongojada. Decidí continuar, únicamente unos pocos pasos. Lo suficiente como para que el Señor Mendoza tomase la conciencia cierta de que podía quedar solo y desamparado en aquel terrible lugar y que, si se daba el caso, jamás saldría de él por sus propios medios.
—¡Espera!
La súplica fue inútil. Continué, inmutable, en dirección al pantano que separaba el sexto del séptimo círculo. La fuerte explosión de un furibundo géiser se escuchó a mis espaldas, pero esta vez no giré la cabeza para comprobar el estado de Mendoza. Me concentré, en cambio, en bajar de forma segura la abrupta y quebrada pendiente de roca negra que conducía al pantano.
—¡Me cago en todo, para de una maldita vez!
Ya satisfecho con los niveles de angustia que el Señor Mendoza estaba experimentando, paré. Sin embargo, enfoqué la vista en el horizonte donde una masa líquida de color rubí me aguardaba. Identifiqué el único paso seguro a través del pantano, una fina línea de tierra calcinada en cuya anchura apenas cabía una persona de pie, y comencé a visualizar en mi mente cómo saldríamos no ya de «aquel», si no del mismísimo Infierno.
Se escucharon pesados pasos y quejidos de dolor. Mendoza finalmente me alcanzó, me agarró por los hombros y me confrontó. Su cara se mostraba como podría haber sido la explosión del géiser que antes había tenido lugar: ardiente vapor a presión expelido por sus fosas nasales y hollín disparado en toda la superficie roja de ira de su rostro. Me apuntó con su dedo enjoyado, amenazante.
—¡Si te digo que pares, paras!
—Si, señor —respondí sin alterarme en lo más mínimo. Íbamos con retraso, el polvo de Dante se acababa; nuestra presencia en el Infierno ya no pasaba desapercibida.
—¡Yo pago, yo mando!
—Si, señor.
—Bien. Ahora vamos a descansar… Vamos a descansar un rato… —dijo visiblemente agotado.
—Si, señor.
Entonces, ignorándolo por completo, comencé a bajar la escabrosa pendiente con sumo cuidado. La concentración debía ser máxima, un paso en falso y me despeñaría. La carga a mi espalda era pesada y se balanceaba a cada paso. «Una roca, un hombre de roca…» repetí el mantra de mi maestro. No había dolor, solo tensión en mis piernas, en cada uno de mis músculos que sostenían cuarenta kilos de carga en una pendiente de un desnivel que se sentía casi vertical, como si bajase andando la pared de un muro.
Atrás, los gritos de Mendoza se apagaban a cada zancada de descenso hasta que, por fin, alcancé la base y dejé de oír sus penosos lamentos. Habíamos perdido demasiado tiempo con sus paradas, sus quejas y sus caprichos infantiles… Hacía rato que yo había dejado de temer por la vida del Señor Mendoza, que sabia prácticamente condenada dadas las circunstancias, ahora solo pensaba en salvar mi alma y salir de aquel fallido viaje astral al inframundo… ¡Ningún curro debería exigir tanto! «Venga, continúa, esto los has hecho cientos de veces» me dije, alentándome. «Unos pocos círculos más y quizá llegue a casa a tiempo para cenar junto a Dolma. Ella me estará esperando junto a nuestra preciosa hija con un rico puchero de garbanzos y berza…»
Sin embargo, y contra todo pronóstico dado su modo de vida autodestructivo, Mendoza apreciaba su vida. Se lanzó desesperado por la pendiente tras de mí, casi rodando, entre gritos de dolor por los golpes de su cuerpo contra la roca y rasgándose su elegante chaqué por las mangas y las piernas. Al principio no se movía, permaneció tendido en la base de la pendiente. Me pareció que se había matado.
Aunque técnicamente ninguno de los dos podíamos «morir» en aquel lugar. Únicamente en la Tierra, en el mundo de los mortales, podía morir nuestro cuerpo físico. Sin embargo, eso era improbable pues Makala se encargaba de vigilar cada ritual que acontecía en la sala de viajes de Dante´s Sherpas S.A. Lo que si era más plausible, pues había ocurrido en alguna que otra desafortunada ocasión, era perder el conocimiento en la travesía por el infierno. Si eso ocurría, y no había ningún avezado sherpa en las proximidades que te pudiera socorrer, a la larga las hordas demoniacas darían con tu alma y la reclamarían irremediablemente para su señor…
—¿Está usted bien, sire? —pregunté.
Mendoza pareció reaccionar a mi pregunta, pues su cuerpo se revolvió entre el polvo hasta levantarse torpe y agitado.
—He… ¡He cambiado de idea! ¡Sácame de aquí, rápido!
—Pensé que quería descansar… ¿Cuál es el motivo de esta premura, sire?
—¡Ese bastardo de ahí! —dijo señalando a lo alto de la pendiente, desde dónde nos observaba sonriente un demonio menor.— ¡Me ha ensartado un tridente en el trasero!
—Comprendo… —reflexioné, ocultando mi preocupación. —Es imperativo darse prisa sire. Sígame y no se separe de mí.
***
—¿Lo han encontrado? —quiso saber Lucifer, inquieto en su trono.
—Sí mi señor, Izkik los ha avistado cruzando el pantano hacia el séptimo círculo.
—Excelente… Y no dejéis que Kiran se escape otra vez… ¡Esto no es un maldito parque temático! —exclamó el señor infernal aplastando un cráneo entre sus garras.
CONTINUARÁ…