de los
Perdidos
Dos maneras diferentes de abordar el colapso de la civilización.
En esta época de hiperopinión en la que vivimos, convendría pararse no sólo a analizar qué decimos, sino desde dónde pensamos. Algunos se dedican a construir relatos; otros a analizar sus grietas. Algunos buscan convencer; otros, entender.
Todo marco es, en el fondo, una cárcel. El primer paso para salir de ella es darse cuenta de que todos somos corruptibles.
La eficacia del discurso barato
Los ingenieros del relato se mueven en un marco lógico propio que disfrazan de razón. Su pensamiento es lineal, su crítica monótona, su retórica simplista al servicio de un claro objetivo: deslegitimar al adversario ideológico mientras blindan a sus aliados. Su inteligencia es táctica, reactiva, estratégica. Saben hilar un discurso, lanzar acusaciones, generar engagement… pero rara vez se paran a pensar. Rara vez dudan. Rara vez piensan de verdad sobre sí mismos.
Muchos de ellos se creen disidentes. Se presentan como faros de lucidez en un mar de borregos manipulados por «los medios», «la agenda» o «el sistema». Se agrupan en torno a relatos de resistencia heroica, aunque repitan los mismos eslóganes en bucle. Se nutren de la fantasía de la conspiración constante, de una guerra imaginaria contra entes vagos pero omnipotentes. Creen exponer sus teorías con serenidad y análisis, pero la realidad es que todo su argumentario nace de la visceralidad alimentada por la necesidad de recibir dosis constantes de indignación cada pocas horas. Si no, no sienten que están pensando. Cada día necesitan un escándalo nuevo, una prueba más para gritarles a todos que tenían razón. ¿Pero esa razón existía en primer lugar?
Su fidelidad es a la inmediatez, al click rápido, a la narrativa inmadura. La verdad no les interesa si no les es útil. El matiz les incomoda. La contradicción, la descartan. Quieren ser «el que ha visto la luz», el que «te avisó», el que «ha salido de la matrix».
Pero, ¿realmente han salido? ¿O sólo han cambiado una programación por otra más llamativa, más tribal y más intoxicada por la necesidad de reafirmarse en sus razones a toda costa?
Se hacen notar en el presente, sí; pero jamás dejarán huella en el futuro.
Cuando el intelectual no siempre encuentra las fuerzas
Pensar, hoy, es un acto casi antisocial. No puedes pedir calma y espacio para la reflexión, ni lanzar preguntas, ni por supuesto resistirte a los estímulos constantes. Por eso algunos estamos cansados; no de pensar, sino de tener que hacerlo en un entorno que premia lo contrario. Cada idea matizada es una carga. Cada intento de comprender algo antes de opinar de inmediato sobre ello se convierte en una forma de exilio social, acabando dentro de cajas que no nos corresponden. El hecho de dudar ya es una afrenta porque la sociedad exige tomar partido, no hacerse preguntas.
Sin embargo, hacen falta más intelectuales cansados. Urgentemente. Porque sólo quienes aún se atreven a pensar sin consignas y a observar el mundo sin buscar el confort, podrán ser conscientes de que el pensamiento jamás debería ser una mera marca personal, sino una muestra más de dignidad humana.
Entre el orden y la intemperie
El ingeniero del relato piensa para reafirmarse en su modo de ver el mundo.
El intelectual cansado piensa porque no puede dejar de ver cómo ese mundo se pudre.
Si algún día el pensamiento vuelve a importar más que la opinión, no será por quienes ganaron más clics o más aplausos. Será por quienes, incluso agotados, no dejaron de mirar y de pensar mientras todo ardía.