de los
Perdidos
La espiral ha vuelto.
Tengo una nube cargada de rayos a punto de explotar en mi cabeza. Me impide escribir la cosa que quería escribir. «Lo bueno», no «la décima cosa autocomplaciente y amarga.»
He aspirado la casa. He derramado un bote entero de una esencia obscenamente cara por accidente, por todo el suelo de la cocina. La obra de una simple amateur con ínfulas de alquimista. Ahora todo huele a grosellas negras, y eso que el catarro me impide aspirarlo en profundidad. Mezclado con el arenero del gato huele a veneno.
Me fundo con el sofá. A lo lejos suena una canción de los Smiths. Morrissey es gilipollas, pero me tiemblan las piernas. Ahí está mi yo de veinte años, sentada en la cama, escribiendo incesantemente con el móvil a las tres de la mañana. Hay más poesía en los mensajes que le mandas por WhatsApp después de leer El lobo estepario que en el resto de todas las cosas, querría decirle.
La araucaria.
¿No hay acaso más verdad en eso que en esta anestesia posmodernista? ¿Sólo queda la añoranza de los mal llamados «tiempos mejores»? ¿Cuándo era más lista? ¿Entonces, cuando creía haber solucionado el problema? ¿O ahora? Trece años después, releyendo los mismos clásicos, atrapada en la espiral. 13, 20, 33. Hice un pacto con la nada para, cada siete años, ser la más bella en esta carcasa performativa.
Sólo soy un señor de ochenta y cinco años.
Todo da vueltas. ¿Soy yo la que se mueve o quizás sea esta habitación infame que he convertido en mi prisión particular?
Pero no, espera, no es sólo la habitación. Es todo el edificio el que gira, y todos dentro, girando también, creyéndose estables. Yo puedo verlo. Desde esta decrepitud de los casi treinta y tres, desde este cansancio de espíritu de ochenta y cinco —porque se pueden tener veinte años en la sangre y ochenta y cinco en la mirada—, yo puedo verlo. Ellos no. Suben las escaleras, los oigo desde aquí. Arrastran los pies hacia ese ático que les promete la luz. Suben hacia Él. Con una fe que me da náuseas, porque yo no puedo subir. Yo sólo puedo seguir girando mientras observo.
¿Cuando asciendan se darán cuenta de que él no los amaba y abrazarán la nada? No podrán darse cuenta. Sin conciencia no te das cuenta de nada. Qué bien se vive así, pensando que uno es el centro de todo el universo y no una mera mota de polvo absurdamente finita, sin posibilidad de conquistar todas las verdades y misterios del cosmos. Da igual. Se alzarán y se creerán libres por haberlo amado, por creer que estará ahí. Y después de cuarenta años, cuando la recesión acabe y vuelva el relativismo moral salvaje, cuando «todo esté permitido» y renieguen de él, el ciclo volverá a repetirse.
Sólo aquellos sin identidad necesitan de ídolos que les expíen sus pecados y les den sentido a su vida.
El haz de luz de la lámpara del rincón me ciega. Entrecierro los ojos y todo se difumina. Alargo el brazo derecho, estiro los dedos y un destello dorado me inunda.
Huele a verano.
—No se le pueden pedir peras al olmo, Laurita.
Llevo un palo en la mano derecha. Lo arrastro por las barandillas de metal pintadas de negro, descascarilladas, y araño la pintura con la uña. Un trozo se me clava en el dedo pulgar y la sangre empieza a brotar. Ahogo un quejido, ahogo la fascinación también.
—Bueno, a ver… —le digo mientras me chupo el dedo—. Pedir se le pueden pedir. Otra cosa es que nos las dé, ¿no? —Sonrío con una suficiencia poco infantil.
Él se ríe con esos dientes perfectos de dentadura postiza, aunque yo prefiero la de la corteza de melón.
La tarde pasa a cámara rápida, parpadeo y vuelvo a estar en el paseo que lleva hasta el parque. Es otro día. Hace menos calor. Huele a tormenta. Volvemos a pasar por el olmo, después de los columpios.
—¡Dame peras, señor olmo! —le exijo, dándole con el palo en el tronco.
De repente, unas peras aterrizan a sus pies. Le ofrezco una sonrisa sincera a mi abuelo. Qué menos, por el tamaño de ese truco.
Pero ya no se le pueden pedir peras al olmo.
Quiero fundirme con la funda de sofá y darles una alegría a las polillas. Para que puedan devorar al fin esta carne harapienta, llena de agujeros que no parecen querer cerrar. No los dejo. Si se cerrasen, ¿qué pasaría? ¿A dónde iría todo ese despair intermitente que le da sentido a estos lamentos miserables, que luego son gasolina para las ideas?
¿Me quedaré sin ideas? Si todo esto se va, ¿me quedaré sin ideas?
Me erigiré sobre toda la carroña de cuerpos apilados y masacrados de mis otras yo. El pasado no importa. ¿No era así? Hasta alcanzar la estrella lejana que me guía.
Debe guiarme.
Si no me guía, ¿qué queda? Nunca pude idolatrar a nadie, porque siempre estuvo ella. La que nunca podré ser.
No tengo Demian. Mi Demian soy yo.