«Acunada por la bruma, en el punto exacto de la encrucijada de infinitos caminos, se alza la Biblioteca de los Perdidos».
Himno
de los
Perdidos
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Adiós, brazo, adiós

Lo arrancan entre los dos, después lo arrastran por el suelo, cogen una larga cadena metálica y lo atan al radiador del BMW serie 3 tuneado a modo de trofeo.

Y, oye, no queda del todo mal, ahí, desprendido al fin de su ingrato dueño, listo para recorrer el barrio; aportando unos centímetros más al cruzar la línea de meta en carreras ilegales, intimidando con su presencia a bandas rivales, contaminado por el espeso humo del tráfico del lugar más masificado de la ciudad, salpicado por los charcos alquitranados del asfalto al pasar a toda velocidad…

No me puedo mover, pero mi ojo, el ojo que se ha salido de su órbita y está enfocando hacia ese punto concreto, lo ve: no queda del todo mal mi brazo en ese BMW tuneado. A decir verdad, ha pasado a formar parte de una carrocería más agradecida que la anterior, dadas las circunstancias.

El resto de mis extremidades, aunque unidas todavía a mi tronco, han corrido peor suerte: fracturas múltiples, laceraciones, astillamientos… Una persona viva, no lo estaría con semejante parte médico. Sería, más bien, la detallada lista de hallazgos de un examen forense.

—Joder, joder. Ha quedao guapo, ¿eh? —dice el menos avispado.

No hay respuesta. Tan solo se oye la brisa nocturna que mece unas bragas tendidas en un balcón cercano. El pandillero restante se rasca la cabeza. Me mira con genuina preocupación.

—Lo has comprobado, ¿no? No me jodas, Erik. —responde, demostrando que de los dos es el que tiene más neuronas conectadas.

—¿Qué? ¿En serio te vas a rallar ahora, Marcus? ¡Que sí, joder! El muerto hijo de puta está seco, cien por cien. Míralo macho, lo hemos hecho caldo —dice el tal Erik con orgullo, después escupe sobre mi maltratado cuerpo cadavérico — ¡Esto es por Jules y por…! Espera, ¿Cómo se llamaban los otros?

—Joder, ¿Cómo quieres que lo sepa? Anda, hazle una foto y mándasela a Orson. Que vea que hemos cumplido.

Foto vertical para un despojo horizontal. Salta el flash. La pupila de mi ojo desprendido se contrae ligeramente.

—Cojonudo, ¿vamos?

—No sé…

—Eh, ¿Qué te pasa, Marcus? Ya hemos hecho bastante el capullo. Hay que pirarse o tendremos problemas con los Slums.

—No me fío. Orson dijo que los chicos le pegaron varios tiros y nada… Hay que rematar la faena. Pilla la gasofa, será rápido. Luego nos largamos cagando leches de aquí.

Me empapan bien. Cinco litros de gasolina deberían ser suficientes. Seré una buena antorcha en esta noche interminable.

—¿Llevas fuego?

—Toma.

—¿No tienes zippo o una cerilla? Esto es una puta mierda tío, nos vamos a quemar.

—¿Zippo? ¿Crees que soy marica?

—Joder. Tira un chorrillo por ahí, anda. Le doy, corremos al coche y nos piramos.

A la orden: se forma un simpático caminito de gasolina que va desde mi cuerpo hasta los ineptos pandilleros.

—Vale, ya está. Dale.

Espero con cierta ilusión mi brillante y acalorado final. Pero nada pasa.

—Mierda. Me voy a quemar, es que lo veo, ¡Que me voy a quemar, hostias!

—Sabes que la gasofa se evapora, ¿no? ¡Dale gilipollas! ¡Rápido! ¡Préndelo!

Sombras. Mi ojo las ve con claridad proyectadas por los faros xenón del BMW en las sucias paredes de ladrillo que rodean el descampado. Las sombras se acercan sigilosas, está claro que pertenecen a gente mucho más competente que los imbéciles que pretenden hacerme arder. Ellos continúan discutiendo, ajenos a su acechante presencia.

—Hazlo tú. Yo ya he conducido, siempre hago todo. Estoy harto de ser el puto alfa del grupo.

—¿Alfa? Joder… Solo me sacas un año, loco. Anda trae…

Se escuchan varios intentos por prender un mechero que debe ser el más barato del estanco. O el premio más cutre de la barraca de feria.

—Tápame, hace mucho aire.

—¿Ves? Esto es una mierda.

—¡Pero si lo has dicho tú!

—Espera, espera. Tengo un par de trapos en el coche, les prendemos fuego y luego se los tiramos a este hijo de puta. —dice el tal Marcus, después se dirige hacia el BMW y comienza a buscar los trapos por la guantera. Mi ojo lo pierde de vista, pero las sombras toman forma.

Si pudiera avisarles, si quisiera, les diría: “Oh, chicos, no os centréis en mí. Estáis demasiado concentrados en prender fuego a un muerto viviente como para ver que tres miembros de los Slumrats vienen a por vosotros.” Pero mi mandíbula cuelga como las bragas tendidas que se mecen al viento en el tendedor del balcón más cercano.

Algo me dice que mis dos matones favoritos están en serios problemas…

—Vaya, vaya… un cachorrito perdido… —se oye un marcado acento de Europa del Este a espaldas del pandillero que me acompaña— ¿Qué hacemos contigo? ¿Lo llevamos a la perrera, Dimitri?

—Ah… No sé, no sé… Parece que tiene la rabia o algo peor… Será mejor sacrificarlo aquí mismo.

Una recortada, una nueve milímetros y una navaja de mariposa apuntándote adiestran rápido a cualquiera: el «perrito» comienza a ladrar con las manos en alto, suplicando por su vida.

—¡No! No me disparéis. Orson está al tanto. —informa Erik, como si ese dato fuese una especie de salvoconducto.

—¿También está al tanto de que uno de sus Dogstown está en nuestro territorio?

Silencio. Erik, el Dogstown en cuestión, esconde la mirada. La brisa ya es un fuerte viento. Las bragas se desprenden del tendedor y planean sin un rumbo claro por encima de nuestras cabezas.

—Ah… ya veo… No estás solito, ¿verdad? ¿Hay alguien más contigo, cachorrillo?

La expresión aterrada de Erik responde por si sola.

—Te lo dije Sorin, había otro. —dice el tercero de los Slums.

Un sonoro derrape seguido de una densa nube de humo. Los 500 caballos del motor relinchan con furia, sin embargo, varios disparos alcanzan la carrocería del BMW antes de que desaparezca en la noche. El tal Marcus abandona la escena, dejando a su colega a merced de los Slums.

Adiós, brazo, adiós.

— ¡Futu-i! —jura Sorin en su rumano natal— Vamos, todos al puto coche, tengo que informar a Mihai. En la puta cara…. ¡Joder!— el cabecilla de los Slumrats se muerde el puño con rabia.

Las bragas sobrevuelan mi cabeza, ajenas a cualquier disputa entre bandas callejeras.

—¿Qué hacemos con este, Sorin? —pregunta Dimitri, señalando al Dogstown restante.

—Se viene con nosotros. Aún no sabemos que hacían por aquí… —un puñetazo seco en el estómago y el temible agarre del brazo de Dimitri hacen que el Dogstown colabore sin rechistar.

Se van tan rápido como han venido. Los Slumsrats suben con su rehén a un discreto Dacia Logan y abandonan el lugar.

Al fin, solo.

Las bragas voladoras, aterrizan suavemente sobre mi cara.

Sea cual sea, la fuerza que me ha mantenido consciente hasta ahora se va desvaneciendo lentamente, la suave cortina de polialgodón rosa de mercadillo se va cerrando… pero ningún aplauso se oye en la sala. Quizá sea bueno, quizá sea la muerte que todavía no he probado, la «muerte muerte», esa con la que tanto he fantaseado. Un descanso real, no sé ya si merecido, para un engendro como yo.

Pero sería pedir demasiado.

Por el momento, mi ojo deja de retransmitir, las luces se apagan y saboreo la fantasía de que todo ha terminado.


Sirenas policiales, cada vez más cerca. Un zumbido familiar.

—¡Despierte, jefe! ¡Hay que abrirse! —una pequeña patita de insecto me abofetea el rostro— Mierda… ¡No se mueve! No creo que se pueda mover…

—Joder… Lo han dejado muñeco —dice con sorpresa una delicada voz femenina.

Por Dios, que alguien me quite las condenadas bragas de la cara.

—¡Hijos de puta! —pequeñas lágrimas salpican mi pabellón auditivo— No se me vaya jefe… No así…

—Bah, yo no lo veo tan muerto… —una terrible luz incide en mi ojo extracorpóreo.

Al fin, Diana retira las bragas de mi rostro. Normalmente no lo diría, pero dadas las circunstancias, me alegro de verla.

—Tan pervertido como siempre, ¿eh? — me reprocha, apuntándome con una enorme linterna—Necesitarás esto— dice encajando mi ojo en su cuenca— Espera… ¿Y tú brazo?

—¡Lo han desmontado como a un Lego! —clama Seth.

Las sirenas policiales se aproximan.

—¡No hay tiempo! —grita Diana— Hay que subirlo a la furgo, ¡Rápido!

—Tienes razón, hay que abrirse — dice Seth, secándose las lágrimas con un pequeño pañuelo de topos rojos.

Diana arrastra lo que queda de mi cuerpo por la sucia grava del descampado y lo introduce en la parte trasera de su furgoneta. 

—Te hubiese ayudado a cargarlo —se disculpa Seth— pero arrastro un lumbago de mesotórax malísimo.

—Ya, claro, tienes suerte de que seáis mis clientes favoritos. Vamos, anda.


No sé cuánto tiempo ha transcurrido desde que abandonase aquel descampado. Lo primero que veo es una apolillada cabeza de ciervo de siete puntas que flota sobre la superficie de una pared ocre. Después un armario de herramientas y una gran mesa de acero sobre la que descansan varios frascos de formol.

Una mujer que rondará la treintena me mira llena de fascinación, preocupante fascinación. Su cabello pelirrojo y rizado envuelve su pálido rostro pecoso. Sonríe orgullosa de su obra, le falta un incisivo a su dentadura mellada. Una mosca revolotea inquieta a su alrededor. Noto tensión en todo mi cuerpo, excepto en mi brazo derecho.

—Pero, ¡Mira que bien le queda! No tienes ni idea Seth.

—Al jefe no le va a gustar… Nunca ha sido de pestañas postizas y ese gloss no pega nada con su tono de piel…

—¿Qué? ¡Pero si está super kawaii!

Diana agita las manos, emocionada.  En mi indefenso estado soy su último juguetito. Y tiene muchas ganas de jugar.

—Mira, este sombrero se lleva mucho ahora. Una hermosa hortensia completará la estampa.

—Ay… Si tú lo dices… —Seth da una larga calada su diminuto puro y se lleva una de sus patitas a la frente— Yo lo que quiero es que me asegures que se va a poner bien, eso es todo.

—A ver… Seguro seguro no hay nada en esta vida. Bueno, una cosa si es segura.

—¿Cuál?

—¡Que está arrebatador!

Seth entorna sus ojos compuestos. Su paciencia infinita por fin parece acercarse a un límite.

—Vale, vale… A ver… Revisemos el parte… —Diana repasa sus notas en un maltratado bloc, lleno de manchas de un color sanguíneo natural—. Primero lo obvio: le falta un brazo. La última vez que salisteis de aquí lo tenía. No sé que habéis hecho con él, porque sois un absoluto desastre… Por otra parte, presentaba siete costillas rotas, dos nuevos agujeros de bala, mandíbula desprendida, un ojo reventado que he podido salvar de milagro y otro fuera de su cavidad natural…

Seth se limpia el sudor de la frente, se prepara para lo peor.

—También fractura en espiral de fémur izquierdo, fractura de hueso frontal y de pelvis… glúteos desprendidos… —Diana pasa un par de páginas—  Veamos… Sí, mal gusto para vestir y signos avanzados de descomposición… pero eso siempre lo ha tenido nuestro querido Frank. Un cuadro, vamos.

—Entonces, ¿se pondrá bien?

—Teniendo en cuenta las características de un muerto viviente, sí. Creo que se pondrá bien.

—¡Dios santo, gracias!

—Pero ya casi no queda más sitio para poner alambre. He gastado media bobina en la cabeza y una entera en la pierna. Si se rompe, Frank se caerá como un castillo de naipes, y dudo que pueda recomponerlo ¿entendido?

Seth asiente.

—Gracias Diana, eres la mejor.

—Lo sé. —contesta ella con suficiencia.

Diana heredó la tienda de su padre, el mejor taxidermista de toda la ciudad. El viejo hacía trabajos muy finos para las mafias quitando las huellas dactilares de las sangrientas manos de los sicarios. Cuando murió, Diana heredó el negocio. Desde hace un tiempo, me ofrece sus servicios de taxidermia y de reconstrucción a cambio de dejarle experimentar con mi cuerpo cadavérico y mucho menos dinero del que merecen sus honorarios.

La primera vez que la visité, huyendo de los prejuiciosos médicos mortales de esta condenada ciudad, quedó fascinada por la idea de experimentar con un muerto viviente. Jamás me ha rechazado ni juzgado por mi aspecto, aunque hace bien por juzgarme en todo lo demás. Es una mujer de total confianza.

Y ya sabéis lo que dicen: la confianza da asco.

—¡Ajá! Este lacito le pega, te lo dije.

—El jefe no va a estar contento Diana…

—¡Lo estará cuando vea el descuento que le hago por dejarme usarlo de maniquí!

Intento articular palabra, pero el alambre de la mandíbula está tan apretado que apenas puedo abrir la boca.

—Ey, creo que quiere decir algo.

—Oh, perdona Frankie, me he debido exceder. — se disculpa Diana, después afloja el nudo del alambre con unos alicates. — A ver… Prueba ahora. Habla.

—Traedme un espejo. —digo, temiendo el resultado final de la macabra cirugía estética.

Ante mi un rostro cada vez más irreconocible. Apenas queda carne adherida al hueso, la poca que queda tiene un aspecto verdinegro, cercano al color del moho, con brochetazos de maquillaje barato. Dos jirones de mi pelo original sobresalen de la ridícula peluca rubia que me ha puesto Diana y sobre la que descansa un sombrerito azul adornado con un lazo rosa. ¿Quién es este monstruo, este estrafalario ser en descomposición?

—Joder, estoy horrible. —digo pasando mi mano huesuda por la peluca. —¡Me encanta!

—¿De veras? —pregunta Diana, sorprendida.

Se me llevan los demonios.

—¡No! ¡Claro que no!

—Te lo dejo con un descuento del ochenta.

Nada mal. Hay que bailarle el agua.

—¡Me encanta! Es fantástico, gracias de veras… Pero necesito parecer… Bueno, más humano. Ya sabes, tengo un negocio y clientes que esperan que no les atienda un cadáver putrefacto.

—Si… —Diana me mira de cerca, admirando mi absoluta fealdad. Se ajusta sus enormes gafas redondas, parece comprender— Eso es cierto, pero no justifica que no tengas que ir un poco decente. Tengo piel de cerdo vietnamita en el frigo… Algo podremos apañar… ¿Te puedes creer que la gente tiene a esos bichos como mascotas? ¡Puagh!

—Ya lo creo —respondo— Hasta moscas, imagínate.

—¡Eh! No se pase, jefe. Que esta mascota tiene sentimientos. Por cierto, me alegro de verle de vuelta. —dice emocionado— Esos Dogstown le jodieron pero bien, ¿eh? Habrá que darles su merecido.

Seth boxea con el aire, suelta varios ganchos de derecha y un terrible uppercut. Parece que ha estado entrenando el muy cabrón.

—Tienes razón… La venganza llegará. Pero a su debido tiempo. En mi estado poco puedo hacer. Por el momento nos conviene que piensen que estoy muerto. Muerto de verdad quiero decir.

Diana rebusca en un enorme armario de latón, saca una caja de herramientas que contiene en su interior hilo y cosméticos y la deposita sobre su mesa de trabajo.

—Como decía, algo podremos apañar en tu cara. Pero hará falta mucho, mucho maquillaje. —dice con un brillo maniaco en los ojos.

—Está bien… Haz lo que haga falta. —digo mientras reviso de nuevo mi terrible faz.

He visto rostros de cadáveres en mejor estado… El esbozo de una idea comienza a nacer. ¿Y si…?

—Respecto a tu evidente falta de brazo… Puedo ofrecerte una prótesis, pero tendré que cobrártela aparte. Y esta vez más vale que me pagues o ya puedes irte despidiendo de mis servicios. Te lo juro por la memoria de mi padre, Frank.

Increíble, lo he conseguido: he terminado por agotar la paciencia una de las personas más bondadosas y desinteresadamente friki que he conocido.

Joder, ya no sé ni cuanta panoja me queda. Rebusco con mi única mano disponible en los bolsillos de la gabardina y constato, sin sorpresa alguna, que esos pandilleros hijos de puta me han quitado hasta el último dólar. La desesperación hace germinar de forma definitiva la idea en mi mente. Una idea cojonuda, económica y audaz. Pienso que quizá… Quizá no sea tan urgente arreglar mi terrible aspecto.

—Lo he pensado mejor, nada de eso será necesario. Ya he abusado suficiente de tus cuidados Diana. Me las apañaré.

Su cara de incredulidad lo dice todo: cree que he perdido algo más que el brazo. Pero no, mi cabeza está mejor que nunca. ¡Cómo no se me habrá ocurrido antes!

—Eh… ¿Estás seguro Frank? Si la gente te ve así no durarás mucho por estas calles —dice con más razón que una santa.

—Totalmente seguro. Vamos Seth, tenemos trabajo que hacer —digo incorporándome torpemente.

—¡Pero jefe! —exclama Seth escupiendo el puro de su boca al suelo—. En su estado tiene que reposar o acabará hecho compost.

—Cierto, tengo que ir con más cautela, ese ha sido mi error: ser un imbécil impulsivo sin un plan. Pero ya tengo uno para encontrar de una vez por todas al Jinete Nocturno y al hijo puta de James Cross. Un plan cojonudo que solucionará todos mis problemas de un plumazo… ¿Tenemos todavía la dirección del desgraciado que compró a Richie el móvil de Cross?

—Claro. El 150 de la calle 11 —responde Seth—. Espere jefe, ¿No estará pensando en…?

Sí.

Un plan cojonudo y divertido.

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7 de noviembre de 2025
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