de los
Perdidos
Estoy sentado en la taza del váter. Es temprano, demasiado temprano para aparentar ser una persona. Concentro la mirada en un punto hasta que la vista se me va. Todo se difumina, se deforma, pierde su sentido. Me pasa a menudo. Cuando intento enfocar demasiado fuerte, la realidad se me escapa. Parpadeo. Aprieto los ojos. Insisto.
Nada.
Entro en la ducha sin gafas. Siempre sin gafas, a pesar de mis casi ocho dioptrías de miopía. El suelo es un campo de nubes. El desagüe es un agujero negro. El vapor sube rápido y sé que el espejo empieza a empañarse. Me gusta este momento del día; envolverme en este borrón antes de que el mundo empiece a tomar su forma habitual.
Entonces la veo.
Una mancha. En la esquina izquierda de la ducha.
Me acerco. El esfuerzo por enfocar me fatiga. El agua ardiendo me golpea en la nuca. Siento la presión que tan bien conozco detrás de los ojos. No veo nada.
Salgo de la ducha. Me seco rápido y mal. Me pongo las gafas y vuelvo.
Por fin la veo. Es fina. Irregular. Nace cerca de la esquina y avanza unos centímetros, haciendo una ligera curva. Me agacho. En uno de los extremos hay una mancha oscura, muy pequeña, marrón rojiza. Paso el dedo por encima.
Óxido.
Me limpio en la toalla. Me quedo de cuclillas, mirando la esquina. Siento una ansiedad absurda, una especie de alerta corporal que no encaja con la magnitud de tal hallazgo. El corazón me late muy rápido. Mi cuerpo reacciona antes que la cabeza, para variar. ¿Cuánto tiempo lleva ahí? ¿Por qué ahora?
Vivo en un piso de alquiler en un bloque anónimo. Todo aquí está diseñado para no dejar huella. Muebles blancos. Paredes beige. Tarima flotante que cruje en el mismo punto cuando voy al baño de madrugada. Pago el alquiler siempre a tiempo. Contesto al casero con educación. Separo el vidrio del plástico. Mi vida cabe en una maleta de cuatro ruedas y un portátil corporativo con VPN.
Trabajo en consultoría desde hace nueve años. He aprendido a no reaccionar a lo que no está dentro del plan. Nada existe hasta que entra en una diapositiva perfecta. Nada importa hasta que alguien lo menciona en una reunión.
Aun así, esa mañana, mientras reviso un documento a las siete y media, pienso en el óxido.
Pantalla dividida. Excel a la izquierda. PowerPoint a la derecha. El correo abierto en una esquina. Café frío ya. Me escriben desde Londres preguntándome si el modelo aguantará un escenario adverso. Contesto que sí. Siempre aguanta. Ajusto unas cuantas cosas y añado un par de comentarios para que los junior se sientan útiles.
«Risk mitigated», respondo.
En la daily alguien dice que el cliente está nervioso. Otro propone una call adicional. Me cago en su estampa internamente. Siempre internamente. El socio entra quince minutos tarde y pregunta por el deadline. Le decimos que no habrá problema. Sonríe. Dice que confía en nosotros. Que somos una familia. Se va.
Me quito las gafas un momento. La pantalla se vuelve una mancha luminosa. Me quedo así unos segundos. Me gusta. Luego me las pongo y sigo.
Vuelvo a casa tarde. Dejo el portátil en la mesa. Entro directo al baño. Me siento en la taza. Bajo la vista sin gafas. El suelo es un borrón. Parpadeo. La grieta tarda en aparecer. Cuando lo hace, siento una breve sacudida en el pecho. El óxido se ha extendido. No mucho, pero lo suficiente como para alterarme.
Abro el grifo. Dejo correr el agua. El óxido se diluye y luego vuelve a brotar, lento, obstinado. Me apoyo en la pared. Respiro hondo. Me mareo.
Esa noche duermo mal. Me pongo a leer. Me quito las gafas y el techo se convierte en una superficie sin límites. Pienso en líneas. En márgenes. En desviaciones pequeñas que acaban jodiendo modelos enteros. Me despierto varias veces.
Al día siguiente entro en la ducha y ya estoy buscándola. La encuentro enseguida. El óxido sigue ahí. Me perturba más que ayer. Me ducho rápido. Salgo con una sensación pegajosa en el cuerpo.
En el trabajo todo va bien. Demasiado bien. Los junior me dicen que soy muy de fiar. Que transmito calma. Que da gusto trabajar conmigo. Asiento. Sonrío. Me pregunto cuándo dejé de sentir orgullo por esas palabras y en qué momento empezaron a sonarme a condena.
En una reunión con el cliente hablo de lo eficiente que es nuestro programa. De los euros que le va a ahorrar al mes en personal. De que lo dejen todo en nuestras manos. El cliente asiente y mira el móvil. El socio sonríe. Yo sostengo el relato. Tengo un puntero láser en la mano. Señalo un gráfico. La grieta aparece sobre la diapositiva. Me quedo un segundo de más mirando el borde de la pantalla. ¿Estoy perdiendo el hilo? ¿Se nota? ¿Me estoy hundiendo por una mancha insignificante?
Paso por una ferretería al salir. Compro un kit para sellar grietas. El dependiente me explica cómo usarlo. Le escucho fingiendo prestar atención mientras asiento con la cabeza. Será un señor en Youtube con camisa a cuadros y barba el que me dé una explicación demasiado entusiasta que me exasperará, pero soy incapaz de escuchar al hombre de la tienda. Como cuando me presentan a alguien y al segundo se me ha olvidado cómo se llamaba. Pago y salgo con la bolsa apretada en la mano.
Cierro la puerta del baño. Como si viviese con alguien. Me arrodillo. Rasco el óxido con cuidado. Sale fácil. Limpio. Seco. Aplico la pasta despacio. El olor a químico se me sube a la cabeza. Me mancho los dedos. Me tiemblan un poco las manos. Cubro toda la línea. La dejo lisa. Uniforme.
Me siento en el suelo. Respiro. Me noto cansado. Aliviado.
Durante dos días la grieta desaparece. Entro en la ducha y la pared vuelve a ser neutra. Trabajo mejor. Me concentro. Cierro tareas. Mando correos con frases escritas por ChatGPT que imitan la cercanía mejor que yo. Duermo del tirón.
El tercer día, al quitarme las gafas, noto algo raro incluso antes de enfocar. Una sombra bajo la pasta. Me acerco. El óxido vuelve a salir, filtrándose por debajo. Más espeso. Más oscuro.
Me arrodillo. Paso el dedo por encima. La pasta está blanda. El óxido brota con facilidad. Siento una rabia inesperada. Aprieto la mandíbula.
Esa noche no trabajo. Me siento en el sofá sin gafas. Todo se emborrona. Me dejo estar. El móvil vibra. No lo miro. Me levanto y voy al baño.
La grieta me espera.
Empiezo a rascar con la uña. Sale óxido. Rasco más fuerte. La uña se me levanta. Siento un pequeño pinchazo. Lo ignoro. Sigo. La sangre se mezcla con el óxido. El color es casi el mismo. Me río.
Rasco con la otra mano. El dolor llega tarde. Me noto la respiración entrecortada. Sigo rascando, pero algo cambia. Hay algo más debajo. Un murmullo.
Me detengo.
Escucho.
La voz es baja. Cercana. Familiar.
—Vas bien.
Me incorporo. Me mareo. Me apoyo en la pared. Me río otra vez. Me digo que estoy cansado. Me agacho de nuevo.
—Siempre cumples —dice la voz—. Nunca das problemas.
Rasco más fuerte.
—Te adaptaste rápido. Aprendiste el lenguaje. Entendiste cómo funciona esto.
El óxido brota sin parar. El plato de la ducha empieza a llenarse. Resbala. Me cuesta mantener el equilibrio incluso de rodillas.
—¿Qué quieres? Estoy demasiado agotado para estas mierdas —pregunto en voz alta.
—No dramatices —dice—. Todo el mundo está cansado. Es lo que hay.
Me sangran todas las uñas. Sigo. Me arden los dedos. La voz se vuelve más clara.
—Podrías haber dicho que no. No lo hiciste. Eso también fue una decisión.
Me dejo caer dentro de la ducha. De espaldas. El suelo está frío. Estoy empapado de agua, óxido y sangre. Respiro mal. Toso.
Vuelvo a incorporarme. Sigo rascando, pero no se calla.
—Quieres seguir —dice—. Quieres aguantar. Quieres que te aplaudan.
Me río con una carcajada seca. Me rasco la frente. Siento el óxido en mi piel.
—Quieres un fin de semana libre —dice—. Quieres dormir sin pastillas. Quieres mirar algo sin convertirlo en una tarea.
Me levanto. Me acerco al agujero. Meto el dedo índice dentro. Me quema. Rasco por dentro. Arranco un trozo de baldosa. Hay cemento detrás. Y metal. Gris. Húmedo. El óxido brota de ahí. No para. No va a parar.
Pienso en mi vida y sólo veo capas. Capas de corrección. Capas de sonrisas neutras. Capas de «estoy bien». Capas de «sin problema». Capas de «lo conseguiré». Capas de trajes que pican. Capas de pequeñas renuncias que no cuentan hasta que lo cuentan todo.
—Mira lo que has conseguido —dice—. Un sueldo neto envidiable. Un perfil sólido en Linkedin. Un sitio en el que te valoran.
Me gustaría escupir. No tengo saliva.
Mis manos vuelven a la carga.
Arranco más trozos de baldosa. Araño. Escarbo. Saco pedazos de cemento. El agujero crece. El óxido me llega hasta los codos. El baño se llena de polvo, sangre y esa costra rojiza que se rehace a sí misma en bucle.
La voz ya no es una sola. Es un coro. Es un dolor de muelas. Es mi mandíbula apretada durante años.
Me desplomo. Me golpeo la espalda contra la pared opuesta. Resbalo hasta quedar medio tumbado, con las piernas extendidas, alrededor del desagüe. Estoy agotado. Vacío. Mis manos destrozadas reposan a los lados. El blanco ya no es blanco. El baño es un desastre. Yo también.
En el bolsillo del pantalón llevo un paquete de tabaco. Un vicio que escondí bajo capas de corrección. Lo saco. El paquete está empapado. El cartón se deshace sólo con tocarlo. Saco un cigarro. Está húmedo. La punta se desmorona. Me lo pongo entre los labios. Busco el mechero.
Lo enciendo no sé cómo.
La primera calada es un horror. El tabaco mojado chisporrotea. Sale poco humo. Toso. Me sabe a ceniza, metal, sangre. Es repugnante. Me quedo con ese sabor en la boca y me tranquiliza. Al menos es real.
Me reclino contra la pared, fumando el cigarro ruin, mirando el agujero oscuro que he hecho. Del agujero sigue saliendo saliendo ese rojo terroso obstinado. Le pego una patada. Con ganas. Siento que sale algo más, pero no me importa. No quiero palabras. Quiero silencio.
Huelo algo distinto.
Un olor dulce y penetrante. Me entra por la nariz y se queda conmigo. Gas.
Me quedo inmóvil. Levanto un poco la cabeza. El olor crece. La caldera está en la cocina. Es vieja. El piso está lleno de chapuzas pequeñas. Todo aquí es provisional. Me imagino una junta floja. Me imagino una tubería. Me imagino al casero diciendo que «eso no estaba antes». Me imagino un correo. Me imagino un parte del seguro. Me imagino la burocracia.
—Ya no hay parches que valgan para esto —susurra la voz.
Miro el cigarro húmedo. La brasa tiembla. Es un punto naranja en un mundo borroso. Me lo acerco a los ojos. Sin gafas todo es mejor.
Debería sentir miedo, pero siento cansancio. Siento que me rindo. Siento paz.
Exhalo el humo hacia el agujero.
—Toma —digo—. Toma tu puto feedback.
Dejo caer la mano. La colilla cae al suelo mojado, junto al desagüe. Se apaga con un siseo. El olor a gas sigue ahí. El óxido sigue brotando. Mis manos siguen sangrando.
Cierro los ojos.
Estoy muy cansado.
Y esta vez dejo que el mundo sea borroso. Esta vez no intento enfocarlo.