«Acunada por la bruma, en el punto exacto de la encrucijada de infinitos caminos, se alza la Biblioteca de los Perdidos».
Himno
de los
Perdidos
Escúchalo aquí:

Resumen: Los Custodios se dirigen al sótano de la Biblioteca de los Perdidos en busca del origen de las anomalías…

—Queridos camaradas, nos enfrentamos a lo desconocido… En esta hora difícil, quizá la más fatídica de nuestra historia, quiero hacer llegar a los hogares de todos mis súbditos, tanto en la patria como en ultramar, este mensaje que les expreso a todos con la misma emoción profunda que si cruzara su puerta y les hablara personalmente a cada uno…

—¡Corta el rollo, Wülf! Atravesemos la puerta y acabemos con esto de una condenada vez —dice Balanzat sacando una gran llave de la manga de su túnica. Ante los custodios el gran portón que guarda la entrada al sótano de la Biblioteca de los Perdidos.

—Jo… —se lamenta Wülf como si fuera un cachorro abandonado. Sabedor de que su más que convincente y, con toda certeza, mucho más ensayada de lo razonablemente conveniente, imitación del rey Jorge VI de Inglaterra ha llegado a su fin.

—Es… ¿Necesario? Tengo un poco de sueño —susurra Pardo soltando volutas de humo en forma de zetas que crecen en tamaño conforme más se alejan de su preciada pipa.

—Imperativo —replica bruscamente Balanzat—. Es la hora de demostrar que no somos un absoluto desastre. Aunque quizá ya sea tarde…

—Coincido con Balanzat: es la hora de luchar. ¡Lucharemos en las playas, en los aeródromos, los campos y las calles….!

—Dios… —Balanzat pone los ojos en blanco.

—Perdón. Me he dejado llevar de nuevo por la emoción de estar los tres juntos en esta empresa como antaño…

—A mí el toque Churchill me ha parecido inspirador. Un poco impostado el acento británico, eso sí. De haberlo sabido te hubiera dejado algún puro; para meterte más en el papel, ya sabes… —comenta Pardo.

—Gracias, la verdad que me ha costado lo mío… Llevo un tiempo ensayando en un grupo de recreación histórica por correspondencia y…

—¡Silencio! —grita Balanzat, ansiosa por conocer cara a cara a sus enemigos.

La puerta de entrada al sótano es de proporciones gigantescas. Está compuesta por miles de láminas de metal que imitan las páginas arrancadas de libros de toda índole: incluso de numismática de divisas de Orión y, más allá, también hay una página metálica que detalla cómo decorar puertas de forma misteriosa para sótanos… El lector se puede hacer a la idea: páginas de libros de toda índole.

La cerradura del portón está llena de telarañas. Si alguna vez fue abierta fue hace mucho tiempo. Balanzat se acerca al imponente portón, introduce la llave y, al primer giro, se escucha un grito aterrador.

—¡BuaaaaaaAAAAAAAayayayayyayayyyyyyy!

—¿Qué ha sido eso? —pregunta un preocupado Wülf.

—Es similar al grito que emito yo todas las mañanas al levantarme y caer en la cuenta del vacío existencial que nos asedia… —responde Pardo—. Tampoco hay que exagerar.

—Au… ¡Qué poca delicadeza! Hubiera sido todo un detalle avisar antes de retorcerme de esa manera. Mi mecanismo ya no es lo que era… Seguro que me habéis provocado una contractura.

—¿Wülf? —Balanzat interroga con una mirada inquisitiva a su compañero custodio.

—Ah, sí… Se me había olvidado por completo. Bueno, en aquel momento poner una cerradura que habla en la puerta del sótano me pareció muy oportuno…

—También molesto. ¡Ábrete de una vez! —exclama mientras aporrea la puerta—. Tenemos prisa.

La cerradura responde con el silencio. Balanzat pone los ojos en blanco, se cruza de brazos y mira a sus compañeros con visible impaciencia.

—Que no sirva de precedente, pero puede que nuestro teatrero amigo tenga razón… —dice Pardo— ¿Ha visto usted alguna presencia extraña por aquí últimamente, señor cerradura? ¿Algo fuera de lo normal?

—¿Normal? ¡Nada de lo que ocurre por aquí es normal! ¡Y me llamo Francis! ¡No señor cerradura! —responde airada la cerradura.

—Cierto —concuerda Wülf—. ¿Pero algo más anormal de la anormalidad habitual?

La cerradura parece hacer memoria.

—Hace unos días… Los que están aquí dentro… Algunos salieron… Después algunos volvieron a entrar… ¡Aunque fueron bastante más delicados que vosotros conmigo!

—Exagerado… —bufa Balanzat.

Wülf chasquea los dedos.

—Estábamos en lo cierto… Es aquí definitivamente. Gracias señor cerradura.

—Me llamo Francis.

Wülf ya no escucha a Francis. Cuando la aventura llama el custodio no tiene oídos para nadie más.

—Procede, Balanzat —ordena embriagado por el misterio—. Ehmm… Bueno, procede si tú quieres, claro… —dice comprendiendo que Balanzat jamás aceptará una orden.

—Será todo un placer… —responde la custodio relamiéndome los colmillos.

El gran portón se abre de par en par después de bruscos giros de llave y gritos de cerradura. Los tres custodios atraviesan al fin el umbral y se introducen en la penumbra asfixiante del sótano… El único punto de luz es el contenido incandescente de la pipa de Pardo.

—¿Alguien recuerda dónde está el interruptor? —pregunta Pardo.

—No es necesario un interruptor cuando tienes visión nocturna vampírica…

—Ey, ¡creo que lo he encontrado! —exclama Wülf, triunfal.

Un «click» de encendido resuena en los techos del sótano, activando un complejo sistema de candelabros a gas repartidos por toda la estancia de los que brotan cientos de lenguas de fuego de color azulado.

Ante ellos se descubre el sótano de la biblioteca. Se trata una megaestructura de granito negro y techos abovedados de estilo gótico que alberga en su interior todo aquello que los custodios han ocultado a lo largo de los eones: muebles horteras cuya estética ofendía a Balanzat, recuerdos vergonzosos de las escapadas nudistas de Pardo, sentimientos de culpa de Wülf por su oscuro secreto… Un absoluto desorden, vaya.

—Este sitio siempre me ha resultado repugnante y de lo más aburrido —señala Pardo, con la cara ligeramente hinchada por su alergia al polvo—. Regresemos a torturar al viajero. Ha pasado ya demasiado tiempo desde la última vez…

—En circunstancias normales suscribiría todo lo que has dicho… —reconoce Balanazat—. Pero esta no la podemos dejar pasar…

—Cierto, la Biblioteca está en grave peligro. Y no hacer nada no ha resultado como otras veces… ¿Por dónde empezamos?

—Está bien… Tenia que intentarlo… —dice Pardo suspirando dos chorros de humo por sus fosas nasales, con la cara tan hinchada que parece una tetera de tabaco—. Supongo que deberíamos empezar por el… ¿ala norte? ¿Podéis recordarme qué narices había ahí, por cierto?

—Hmmm… —Balanzat frunce el ceño, intentando recordar—. Lo cierto es que lo he olvidado, pero si ese es el caso es porque no tendría ninguna importancia. Avancemos, el ala norte me parece bien, huelo a hierro… —Sus ojos tornan carmesí.

—Vamos, no me fío de dejar tanto tiempo solo al viajero… No conoce mi refinado método de catalogación y seguro que el muy insensato ha aceptado el té del cuervo… —dice Wülf.

Conforme los custodios se adentran en las entrañas del sótano, se suceden fenómenos atmosféricos de todo tipo: de las bóvedas llueven ríos de tinta, remolinos huracanados de hojas sueltas entorpecen el avance y hay desprendimientos de estanterías por doquier.

—Ah, qué tiempo más agradable —exclama Pardo, después abre la boca de par en par para saborear las gotas de tinta que caen del techo.

Wülf, bajo un paraguas de topos rojos, repasa mentalmente cada rincón del sótano. Se lamenta por no haber bajado antes. No tuvo éxito al intentar convencer a Balanzat y Pardo de la utilidad de su «Plan de limpieza centenario V.01». Además, nada de lo que ve tiene un reflejo en sus recuerdos. Algo no anda bien, el lugar mismo parece rechazar la presencia de los custodios.

—Creo que ya hemos llegado… a alguna parte —indica Balanzat.

Ante ellos se descubre una larga estancia repleta de cientos de filas de archivadores de oficina cuyo fin es imposible de vislumbrar. Innumerables escritos desordenados rebosan por todas partes.

—¡Burocracia! —dice Pardo dando dos palmaditas de alegría—. Puedes estar contento, Wülf.

—Estoy a mil jodidas millas de estar contento… ¡Esto es un caos absoluto! —el clamor de Wülf retumba en las altas bóvedas del sótano.

—Bah… Aquí está claro que no hay más que basura. Nada que merezca mi tiempo ni mi esfuerzo. Sin embargo… —Balanzat agudiza su vista sobrehumana—, es un sitio ideal para ocultarse y conspirar…

Un brillo febril se enciende en los ojos de Pardo.

—Uh… Podríamos quemarlo… Sería tan hermoso… Además, prender fuego a todo es muy práctico a la hora de resolver problemas…

—Demasiado sencillo —replica Balanzat—. Nuestra venganza debe ser la máxima expresión de lo maquiavélico. He preparado una cámara de tortura para la ocasión y sería una pena desperdiciarla…

—Empecemos por revisar las páginas de los archivadores —señala Wülf—, quizá en los relatos haya alguna pista…

—¿Por qué das por hecho que son relatos? Podrían ser cientos de facturas atrasadas o las nóminas del cuervo… —protesta Pardo, tras lo cual agarra una página amarillenta y partida por la mitad de uno de los archivadores. Se aclara la garganta.

—«Érase una vez un tipo que vivía en un sitio y le pasaban cosas. Fin.»

—¿Veis? Ya sabía yo. Relatos. Aunque sí que os concedo que hicimos bien en descatalogarlo, visto lo visto.

—Escuchad —dice Balanzat. Cuando se hace el silencio comienza a leer otro relato—. «Era la hora del duelo final. Vida o muerte. Gloria u olvido. El caballero bajó la visera de su maltrecho yelmo, listo para cargar contra el dragón… Entonces sucedió algo asombroso e inesperado…»

—¿Qué? ¿Qué pasó? —pregunta Pardo, ansioso por conocer el final de la historia.

—¡Dínoslo! —suplica Wülf.

—Nada. No sucedió nada. Este relato está inconcluso… Creo que aquí hay un patrón. Sigamos buscando —dice Balanzat con convicción.

Los custodios, entes omniscientes, revisan los miles de relatos acumulados en los archivadores en cuestión de segundos.

—Tienes razón —admite Wülf—, todas las historias están incompletas de un modo u otro: falta el título, el autor, el principio o el final… Las descripciones de los lugares y personajes son vagos en general… No hay una línea narrativa clara ni las explicaciones mínimas para seguir la historia… ¿Cómo… ¿¡Cómo he dejado el orden en vuestras manos!? Esto es un desastre, ¡un completo desastre! ¿¡No os da ni una pizca de vergüenza!? —exclama, los otros dos ignoran su bronca.

—La ortografía también parece inacabada. Es pésima. ¡Y no usan las comillas latinas! Esto sí que es imperdonable —subraya Balanzat.

—Yo no puedo juzgar eso… —dice Pardo, encogiéndose de hombros.

Los diarios intercomunicadores vibran en el interior de las túnicas de los custodios. Wülf es el primero en leer un preocupante mensaje.

—Tenemos un problema. ¡Mirad vuestros diarios! —exclama con exasperación.

«Ayuda. Stop. Sombras. Stop. Biblioteca en peligro. Stop.» ¿Por qué diablos escribe con «stops»? —se pregunta Balanzat.

—Me pareció divertido. Le dije que era necesario para establecer la comunicación entre su diario y los nuestros. Por cierto —dice Pardo, con un puñal en la garganta pero sin dejar de dar caladas a su pipa con total parsimonia—, creo que tenemos compañía.

La sombra que amenaza a Pardo provoca a los custodios con una alargada sonrisa. Su forma parece la de un lagarto o una serpiente pero con brazos y un gorrito con aspas en su cabeza.

—Dios, es horrendo. Rompe con toda la estética que tanto me he esforzado en mantener en esta sagrada biblioteca. Acabemos con su miseria —sentencia Balanzat.

El puñal que sostiene el agresor aparece y desaparece sin patrón alguno en su mano reptiliana. Como si perteneciera y no perteneciera al mismo tiempo a ese plano de la realidad.

—Aquí acaba vuestra investigación, cretinos inútiles —susurra la sombra al oído de Pardo—. Vamos a ver si la ortografía es tan pésima cuando os raje el puto cuello… Lo vais a pagar bien caro…

De los interminables pasillos de historias descatalogadas e, incluso, del interior de los archivadores, emergen cientos de oscuras figuras: un cowboy con ruedas en vez de pies, una princesa con la mitad del rostro hermoso y la otra horrenda, un mafioso cuyo pecho es atravesado por una bala en bucle, un unicornio de dos patas, un big foot de pies pequeños…

También conceptos e ideas sin concretar, materializados en deformes figuras, para una exitosa novela: «Como Avatar pero todos son variedades de queso brie.» o «Como Romeo y Julieta pero en una ferretería, es decir, hay dos familias de ferreteros del mismo barrio que están enemistadas… Sus hijos se enamoran al recoger un pedido de clavos del siete al por mayor (Nota: revisar, idea provisional).»

Todas ellas son las llamadas sombras del sótano, una representación física de lo incompleto.

El desfile de personajes grotescos e inacabados es interminable. Todos ellos miran con cara de pocos amigos a los custodios…

—Quizá debería transformarme para la ocasión… —dice Wülf, mientras viaja astralmente al paisaje de un relato colmado por una deslumbrante luna llena. El iris de sus ojos se torna negro y sus pupilas brillan emitiendo una pálida luz. La transformación es inminente.

—A mí nadie me llama inútil… Cretina lo puedo dejar pasar, lo veo incluso necesario de vez en cuando para el espíritu, pero ¿¡INÚTIL!? Eso sí que no. Adelante, Wülf, acabemos con esto. Pero sin prisas… Lo quiero disfrutar. —Balanzat esboza una sonrisa maquiavélica, se eleva ligeramente del suelo y se abalanza sobre las sombras, exhibiendo sus afiladas uñas.

—¡Auuuuuuuuuuu! —aúlla un aterrador licántropo entre los archivadores.

Pardo exhala una nube de humo y emite un suspiro de resignación.

¿Algo que decir, Viajero?

Otras textos del estante Relatos cortos

7 de febrero de 2026
Custodio:
Leer