«Acunada por la bruma, en el punto exacto de la encrucijada de infinitos caminos, se alza la Biblioteca de los Perdidos».
Himno
de los
Perdidos
Escúchalo aquí:

Pardo está sentado en su taburete de siempre del bar de la biblioteca, con el codo apoyado sobre la barra, fumando con absoluta tranquilidad. El humo de su pipa se eleva en espirales perezosas que se disuelven bajo la luz mortecina de las lámparas.

Frente a él, tras la barra, está el viajero, que bebe de un cocktail monstruoso.

El líquido cambia de color a cada sorbo. Pasa de un fucsia nuclear a un verde bilis, del verde a un azul eléctrico, y del azul a un dorado cegador. La copa es exageradamente enorme, coronada por dos pajitas, una sombrillita rota y una brocheta de frutas.

—Te va a dar algo —murmura Pardo.

—Creo que una sobredosis de azúcar será mejor que cualquiera de las cosas que me han sucedido aquí —responde el viajero con resignación.

Las puertas del bar se abren con un leve crujido y dos figuras atraviesan el umbral envueltas, esta vez sí, en sus túnicas de siempre.

Balanzat entra primero y Wülf camina tras ella con paso torpe, recolocándose la manga con evidente molestia, como si hubiera tenido que ponerse la túnica a toda prisa.

Ambos se detienen al ver la escena.

Pardo alza la vista.

—Ah. Ya estáis de vuelta.

Balanzat se cruza de brazos.

—¿Yo trabajando y vosotros borrachos? —pregunta alzando una de sus afiladas cejas. Luego pone una mueca de horror al percatarse de la bebida del viajero—. ¡Y encima con semejante brebaje grotesco!

—A mí no me mires, esto es whisky —dice Pardo, dando una calada—. Aunque lleva ginger ale.

Wülf entrecierra los ojos y emite una risita que llama la atención del otro Custodio. El maestro del humo huele el aire y frunce el ceño.

—…Wülf.

—¿Sííí? —responde él, muy tranquilo.

—Hueles a maría.

Wülf parpadea muy despacio.

—Puede.

—¿Estás fumado?

—Un poco.

—Comparte.

—Luego.

Balanzat los fulmina con la mirada.

—¿Acaso tengo que recordaros el incidente del 17 de octubre de 1923?

Se produce un silencio automático y ambos tragan saliva.

—El… de las cortinas —dicen al unísono.

—Las de mi salón favorito, concretamente —corrige ella—. Donde casi os volatiliza una entidad extradimensional porque alguien decidió apestarlas de porro asqueroso.

Wülf pone los ojos en blanco.

—¿Ahora hablas en tercera persona?

—Habrá una CUARTA —remarca— persona menos en esta sala si luego, cuando vayamos a mi salón, no te has quitado esa peste de encima —sentencia Balanzat.

Pardo suspira.

—Otra vez no, por favor.

El viajero levanta la mano.

—Perdón, ¿por qué vamos a ir a un salón?

Balanzat sonríe.

—Por esto.

Saca el paquete de su túnica y lo pone sobre la barra con un golpe seco.

El viajero lo mira, parpadea y se eleva medio palmo del taburete mientras lo señala con el dedo

—¿Qué hay en la caja? ¿QUÉ HAY EN LA CAJA? ¡¡¡¿¿QUÉ HAY EN LA CAJAAAAAA??!!?! —grita como un poseso.

Los tres Custodios se quedan de brazos cruzados mirándolo.

Ni una risa ni media.

Ni siquiera una tos por educación para llenar el silencio.

—…Es una referencia —aclara él, incómodo—. De una película. Seven. De Fincher. Muy famosa. La caja, ya sabéis. El…

—Lo sabemos —interrumpe Balanzat con hastío—. Ha sido utilizada en exactamente ochocientas cincuenta y siete historias distintas. Con variaciones mínimas. Todas igual de predecibles.

Wülf asiente.

—Ochocientas cincuenta y nueve, si contamos las dos recreaciones checas con marionetas.

Balanzat ladea la cabeza.

—Además —añade—, Zodiac es mejor.

El viajero se deja caer derrotado en el taburete.

—Perdón por intentar socializar…

Pardo señala el paquete con la pipa.

—¿Habéis ido de compras?

Balanzat suspira.

—Sí, claro, al antro de Candela. Lo próximo que haré será ponerme unos pendientes de aro de oro —responde con sarcasmo.

—Ah. La bruja aquella. Estupendo. Muy bien todo. ¿Con qué nos ha obsequiado esta vez el cosmos?

—No lo ha abierto —añade Wülf—. Dice que tiene una marca chuuunga.

—¿Y acaso no la llevamos todos? —remata Pardo.

—Volviendo al tema del paquete… —prosigue Balanzat—. Como os dije, ese duendecillo asqueroso robó un conocimiento prohibido, me llegó la notificación al cuaderno.

—¡Yo no tuve nada que ver! ¿Verdad, Adrián? —le pregunta suplicante el viajero.

—¡Eh! ¿Qué confianzas son estas? —exclama el Custodio—. Porque te haya llevado de paseo a la Universidad de Salamanca y hayamos compartido un viaje interdimensional con una distancia que debo señalar minúscula entre nosotros no quiere decir que ahora te refieras a mí por mi nombre directamente, sin el protocolo que se merece una entidad de mi altura y categ…

—Como decía —lo interrumpe Balanzat—. ¡Un conocimiento prohibido ha sido sustraído! ¡Y no creas que me he olvidado de ti, mortal!

—Yo… yo… —balbucea.

—Tíiia… déjalo que camele. Fue el zanahorio, ¡si este es más tonto que mis cojones! 

Balanzat pone los ojos en blanco una vez más, se acerca al viajero peligrosamente, lo señala, clavándole una uña en su mejilla y finalmente dejándolo en paz.

—Está bien, no te daré más importancia de la que tienes, que es exactamente el valor de un límite cuando x tiende a la nada absoluta —dice con una sonrisa venenosa.

El viajero parpadea.

—¿Eso es… mucho?

—Es menos que nada, si puede ayudarte a entenderlo.

—Volviendo al paquete… —redirige la conversación el otro Custodio—. La última vez que abrí uno apareció un ser de lo más interesante. Y atractivo, debo añadir. Vestía un atuendo ceñido, de un verde cegador. 

—Tíiio… yo también lo vi… flipas.

Balanzat le da una bofetada sin miramiento alguno.

—¡Céntrate y deja ya de estar fumado!

Wülf sacude la cabeza y vuelve en sí.

—Disculpad mis formas. —Carraspea—. Abrámoslo.

Todos miran al paquete.

Durante un segundo.

Dos.

Tres.

—Bueno —dice Pardo al fin—. ¿Vamos a abrirlo o a fulminarlo con la mirada muy fuerte hasta que explote?

El viajero mira su bebida, que en ese momento adopta una tonalidad entre el ámbar y el verde moco.

Balanzat suspira con cansancio existencial.

—Vamos al salón. Ahí, al menos, si esta cosa explota, estaremos rodeados de clase y no de esa —señala al cocktail— aberración. Wülf, pásate por el baño y date una ducha. NO es una sugerencia.

El Custodio suspira, pero no protesta. Le vienen los recuerdos de la última vez que mancilló ese salón, recuerdos tan desagradables que no mencionaré en estas líneas.

El resto se dirige a la estancia favorita de la Custodio a paso de mortal y, tras un tiempo demasiado extenso, llegan.

Nada más cruzar el umbral de la puerta del salón, la chimenea despierta con un crepitar suave y las llamas se alzan en un tono dorado perfecto.

Las cortinas de terciopelo verde esmeralda caen pesadas desde lo alto de las ventanas francesas, tras las cuales la nieve sigue cayendo despacio, en copos gruesos. Fuera todo es frío, pero dentro todo es excesivamente acogedor, casi sospechoso.

Las paredes están cubiertas de un papel de estilo victoriano, recargado hasta el delirio. Las estanterías se alzan hasta el techo, repletas de libros que nadie recuerda haber leído pero todos suponen importantes. Dos butacas verde esmeralda, a juego con las cortinas, lucen estampados florales y, en un rincón, un piano toca una melodía fantasmal.

El viajero parpadea, atónito.

—Sigo diciendo que este sitio es obscenamente precioso —murmura Pardo.

—Y yo sigo diciendo que no volváis a fumar esa cosa putrefacta aquí jamás —responde Balanzat, esbozando una sonrisa maquiavélica.

Wülf aparece levitando de la nada y aspira el aire con nostalgia.

—Huele a trauma antiguo…

Balanzat se dirige a su mueble bar particular, abre una puerta secreta que no estaba antes ahí y extrae dos botellas de vino que emiten un leve resplandor burdeos.

—Esto no es para los débiles —advierte.

—Nunca lo es —dice Pardo.

Sirve cuatro copas. Al viajero, contra todo pronóstico, también.

—Para que luego te quejes de nuestra hospitalidad —le dice enseñando los colmillos.

—Esto… —Carraspea—. ¿Gracias…? —Luego mira el paquete sobre la mesa de café—. ¿Qué creéis que hay dentro? ¿El conocimiento prohibido ese que os robaron? ¿Un demonio? ¿Un libro con dientes? ¿Un concepto que no debería existir o algo así?

—O un artefacto —dice Wülf—. O una llave. O una advertencia. Pueden ser muchas cosas.

—O un objeto aburridísimo —añade Pardo—. Como una grapadora. Esas son las peores.

—Sea lo que sea —dice Balanzat—, lidiaremos con ello.

El viajero se frota las manos.

—Vale, venga. Abridlo. Total, ya estoy muerto por dentro.

Wülf se acerca con cuidado, con unos guantes de goma puestos, y desata la cuerda. Al retirar el papel, este se repliega emitiendo un susurro desagradable, como si no quisiera ser separado de lo que protege.

Todos contienen la respiración.

Dentro… no hay nada. Bueno, exactamente nada, no.

Sólo hay una nota doblada, escrita con una tinta tan negra que parece absorber toda la luz a su alrededor.

Wülf la desdobla con cuidado.

—«¡Habéis picado!» —lee en voz alta.

El viajero parpadea.

—¿…En serio?

Pardo se inclina.

—¿Todo este circo para una putísima broma?

Balanzat no responde.

Sus ojos están fijos en el reverso de la nota.

Se acerca un poco más y entonces lo ve.

Una marca obsidiana con forma de espiral.

—Esto no es una broma cualquiera —dice. Todos la miran expectantes—. Es de una de las sombras del sótano. Ese condenado duende asqueroso no mentía.

Wülf traga saliva.

—Genial.

—Fantástico —añade Pardo—. Nuestro club de fans particular ha despertado.

El viajero se deja caer en el respaldo del sofá.

—Lo de la caja era mucho mejor en la película.

Balanzat dobla la nota con cuidado, ignorando su comentario.

—Y esto sólo puede significar una cosa.

—¿Cuál? —preguntan los tres.

Ella esboza una sonrisa afilada, peligrosamente vivaz.

—Que nos querían fuera de la biblioteca. Y hay que averiguar por qué. —Se levanta de un respingo de la butaca y se pone a dar vueltas por el salón con el resultado esperado—. ¡Ah, un misterio emocionante al fin! —grita entusiasmada desde el suelo, descorchando una botella de champagne francés que se ha materializado de la nada bajo su túnica.

—¿Llamamos al cuervo a ver si ha visto algo? —pregunta Pardo.

—Eso, que para algo le pagamos —añade Wülf.

—Y además habrá que aplicarle la correspondiente revalorización salarial conforme al IPC antes del cierre del ejercicio… que ya sólo queda exactamente un mes —murmura mientras exhala el humo.

—Maldito convenio de cuervos mayordomos… —protesta el otro Custodio.

Balanzat abre los ojos de golpe.

—¡Maldita sea! —exclama levantándose de un respingo—. ¡Tú! —Señala al viajero—. Ve a por las bolas, vosotros dos empezad a montarlo. Qué desastre, ¡qué completo desastre!

—¿Bolas? ¿Montarlo? —pregunta con horror.

—¡El árbol, maldito mentecato mortal! ¡Ya es diciembre!

Wülf se pasa la mano por el pelo con resignación, Pardo se encoge de hombros y empieza a escribir algo en su cuaderno.

—Cuervo avisado de que traiga el árbol y las luces —dice.

—Perfecto, perfecto. Mortal, digo… —se corrige a regañadientes—. Viajero. La decoración está en el pasillo de las vitrinas cambiantes, tercera bifurcación a la izquierda, luego todo recto hasta que el suelo deje de ser recto —dice Balanzat con naturalidad—. El armario está entre un paragüero que llora sangre y una armadura que te juzga si vas demasiado borracho y necesitas apoyarte en ella para no caerte.

—¿Puedes repetírmelo, por favor? —pregunta con temor.

—Toma. —Le da un cuaderno—. He tenido la extraña cortesía de escribírtelo. Anda y ve. ¡Diciembre no espera! —exclama mientras agita su copa con entusiasmo.

El viajero se dirige a la salida del salón pero, antes de cruzar la puerta, se detiene y mira atrás. Todo es… absurdamente normal de repente. Asquerosamente acogedor.

Y, por algún motivo que no termina de entender, están contando con él por primera vez.

—Vuelvo ahora —murmura, sacudiendo la cabeza.

Sigue a rajatabla el recorrido escrito con una letra más que cuestionable y, cuando llega al pasillo correspondiente, las vitrinas efectivamente cambian de lugar cuando no las mira. El paragüero llora discretamente, la armadura parece decepcionada con él sin ni siquiera conocerlo y, entre ellos, se encuentra un armario de madera oscura con un cartel torcido que reza:

«DECORACIÓN NAVIDEÑA (NO ABRIR SIN ILUSIÓN)». Con un dibujo muy mal hecho de un Papá Noel acompañado de una vampira, un lobo y un mago con gorros navideños.

Dentro hay cajas con notas torcidas: «bolas», «guirnaldas», «espumillón maldito (NO TOCAR, ES DEL CHINO)», «estrella provisional»…

Decide coger la de las bolas, las guirnaldas y la estrella, cierra el armario y vuelve sobre sus pasos.

En ese momento, una voz espectral susurra a su espalda suavemente, lejana pero muy cerca al mismo tiempo.

—Déjalos…

Se le eriza el vello de la nuca al ver cómo varios bloques de piedra de uno de los muros empiezan a desaparecer. Tras ellos, unas escaleras descienden hacia la oscuridad más insondable.

—Tu lugar no es con ellos —continúa la voz, al fondo—. Sólo te traerán problemas. Ven conmigo. Yo te mostraré la salida.

El viajero aprieta las cajas contra su pecho.

—Aquí nunca estarás a salvo…

Cierra los ojos un segundo.

Piensa en el paquete.

En el salón.

En Balanzat descorchando champagne tirada por el suelo.

En Pardo con su pipa y su whisky.

En Wülf flotando, capaz de estar fumado pero indignado por el desorden.

En la chimenea.

En la nieve.

En que, por primera vez en muchísimo tiempo, no se siente completamente perdido.

Abre los ojos.

—Ya… —susurra—. Pero ahora mismo estoy ocupado.

Y sigue caminando.

La voz no insiste.

Cuando entra de nuevo en el salón, la escena es un absoluto disparate navideño.

Pardo lleva unos cuernos de reno torcidos, colocados con dignidad sobre su cabeza, mientras intenta desenredar una ristra de luces que claramente no quiere ser desenredada.

—Esto no es físicamente posible —gruñe.

Wülf está repleto de ramas, literalmente hasta el cuello.

—¡Si me ayudases con esto en lugar de ponerte con las malditas luces! —protesta—. ¡Hay que seguir un orden!

—Estás hecho un árbol —le dice Pardo.

—¡Pero un árbol con criterio!

Balanzat observa la escena desde la butaca junto al fuego, con su copa de vino en la mano.

Sonríe, pero esta vez no es con malicia ni con ironía.

Sonríe de verdad.

—¡No peleéis! ¡La directora de arte del árbol os lo ordena!

—No pidas imposibles —protesta Wülf, con una rama entre los dientes, levitando para colocar las de más arriba—. Nos odiamos.

—El odio está a un paso del amor, querido —se burla Pardo mientras da vueltas alrededor del árbol para enroscar las luces, también levitando. Esta vez con pantalones.

El viajero deja las cajas sobre la mesa.

Nadie se lo agradece, pero nadie le dice que sobra.

Y, por ahora, eso es suficiente.

¿Algo que decir, Viajero?

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7 de enero de 2026
Custodio:
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