«Acunada por la bruma, en el punto exacto de la encrucijada de infinitos caminos, se alza la Biblioteca de los Perdidos».
Himno
de los
Perdidos
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El sol de la mañana se filtra a través de los altos ventanales de la «Galería de los Mapas Posibles», un corredor aparentemente infinito donde los tapices, en lugar de mostrar escenas de antiguas batallas, muestra los relieves de reinos que no han sido, calles de ciudades oníricas y constelaciones borradas de todos los archivos. La luz cansada ilumina motas de polvo que tratan de imitar a los copos de nieve de la noche anterior.

El viajero despierta con un gemido. Se encuentra recostado contra la base de una columna de mármol negro surcado de venas doradas. Su espalda protesta y su cabeza es como un tambor siendo apaleado. A su lado, una copa vacía con algunos restos de líquido.

—¡Ah! —Exclama el custodio—. El mortal resucita.

Pardo se encuentra sentado en un taburete, fumando de su pipa con una placidez eterna. Frente a él, un pergamino de varios metros lleno de una miríada de símbolos en diferentes colores flota a media altura sujeto por pinzas invisibles.

—¿Qué… dónde…? —tartamudea el viajero, mirando a su alrededor. La Galería es inmensa, silenciosa y huele a cera vieja y papel seco.

—Galería de los Mapas —responde Pardo sin mirarlo, siguiendo una línea del pergamino con el índice—. Te caíste redondo después del cuarto villancico. Wülf te trajo aquí. Dijo que el polvo de los mapas ayuda a fijar la realidad, curar la resaca o algo así. Yo creo que no se fía de dejarte solo otra vez.

El viajero se incorpora con esfuerzo. A lo lejos, al final de la galería, otras dos figuras están inmersas en una discusión.

Balanzat, vestida no con su túnica sino con unos pantalones de corte impecable y una camisa blanca remangada, mira con exasperación un globo terráqueo que flota a la altura de su cintura. No es un globo normal. Los continentes se mueven lentamente, recomponiéndose en formas diferentes. En ese momento, dos continentes se arrastran perezosos en rumbo de colisión.

—¡No, no, no! —exclama Balanzat, golpeando suavemente el globo con un puntero de ébano—. ¡Esa es la configuración mono-continental, Wülf! ¡Todo el mundo odia esa configuración! ¡Concéntrate!

Wülf, enfundado en una bata de casa a rayas sobre su túnica, con unas pantuflas de lobo en los pies, flota boca abajo a un metro del suelo; hojeando un grueso códice encuadernado en piel de algo que respira.

—Lo siento, es que el índice creativo de este pasillo está un poco… alterado —dice bostezando—. Alguien celebró demasiado el solsticio y desajustó los ejes de simetría narrativa. —Lanza una mirada acusadora hacia Pardo, quien levanta su vaso de whisky, que ahora contiene café humeante, en un saludo irónico.

—No me mires a mí —dice Pardo—. Tú fuiste el que decidió «armonizar las vibraciones» con ese incienso de tus… hierbas especiales.

—¡Calla! Quiero decir… Era incienso de salvia y recuerdos de ballena. Muy respetuoso con el medioambiente.

—¡El ambiente ahora solo huele a negligencia y a arrepentimiento! —ruge Balanzat, pasando una mano por su cabello, que hoy lleva recogido en un moño severo que parece capaz de herir a quien se acerque.—. Y ahora tengo que cuadrar este informe de world building antes del mediodía solar, o nos podríamos enfrentar a una auditoría.

—Odio auditar… siempre me toca amonestarme… —se lamenta Pardo.

—Y tú. —Se gira de pronto Balanzat, apuntando al viajero con el puntero—. Despierto. Bien. Necesito que hagas algo útil.

El viajero se pone en pie, tambaleándose. El suelo de mosaico bajo sus pies muestra un mapa de una isla que se desvanece y reaparece cada pocos segundos.

—¿Útil? Yo… ¿Qué puedo hacer yo?

—Tu condición de mortal anclado a una línea temporal relativamente estable es, en este momento, una ventaja —explica Balanzat, como si estuviera hablando de una herramienta de medición aburrida y no de un ser humano—. Este maldito globo está captando resonancias de toooodas las referencias preexistentes. Necesito un punto fijo. Tú, en teoría, eres un punto fijo. O al menos más fijo que él. —Señala a Wülf, que ahora intenta quitarse una mota de polvo de la nariz flotando boca arriba.

—¿Y qué debo hacer?

—Pon la mano aquí —indica ella, señalando la gran masa oceánica del globo, que en ese momento es un hervidero de criaturas cartográficas mitológicas—. Y piensa… No sé, en tu año de nacimiento, por ejemplo. Con precisión.

—¿Mi año de nacimiento?

—¡Sí, el momento en que tu línea personal comenzó! ¡Es un ancla cronológica aceptable para filtrar el ruido!

Con cierto temor, el viajero se acerca. El globo emana una leve energía estática que le eriza el vello del brazo. Apoya la palma sobre la zona donde le ha indicado.

—Ahora, concéntrate —ordena Balanzat.

El viajero cierra los ojos e intenta pensar en su año de nacimiento. Pero la resaca es traicionera y por encima de todo está la niebla, una niebla espesa que lo distorsiona todo. En lugar del año, le vienen imágenes: la luz de una lámpara en su vieja habitación, el olor a lluvia en una calle concreta, el sabor de un pastel que su abuela hacía, un puente…

El globo emite un sonido grave y resonante. El viajero abre los ojos.

Los continentes han dejado de moverse, pero no están en su configuración esperable. Ahora, una única tira de tierra rodea el globo por su ecuador separando dos grandes océanos.

—¿Qué es eso? —pregunta Pardo, acercándose con interés.

—Eso… —dice Balanzat, inclinándose con una mezcla de fastidio y fascinación—. Es una proyección de nostalgia personal. Inútil de cara a extrapolaciones. —Suspira—. Pero, técnicamente, es un punto fijo y algo más original que un mundo Pangea al uso. Ha estabilizado esta capa. Bien hecho, supongo.

Wülf flota hasta quedar a la altura del globo.

—Oye, tiene su encanto. Podríamos ir, parece tranquilo.

—Está hecho de los recuerdos borrosos de un mortal con resaca, Wülf —replica Balanzat—. Probablemente los océanos sean de agua tibia con limón y los cocoteros den ibuprofenos.

—No suena mal —murmura Pardo, tomando un sorbo de su vaso, que misteriosamente vuelve a estar lleno de un café notablemente más ambarino.

El viajero retira la mano, un poco avergonzado, y aquel nuevo mundo comienza su particular baile geológico.

—Bueno, al menos ha servido para algo —concede Balanzat, anotando algo en una tablilla de cristal que aparece en su mano—. Ahora, el siguiente problema. El paquete.

El ambiente cambia. La luz de la galería parece oscurecerse un grado. Pardo deja su pipa a un lado. Wülf se endereza y aterriza suavemente en el suelo, despidiéndose de sus pantuflas de lobo, que caminan solas hacia la salida.

—¿La nota de las sombras? —pregunta Pardo.

—¿Los ratones de las cañerías conceptuales? —pregunta Wülf, arrugando la nariz.

—La misma —asiente Balanzat—. Mientras vosotros y el mortal os dormíais abrazados y espantabais a las musas con vuestros villancicos, hice algunas consultas. Esta nota no era una broma. Era una distracción. Muy elaborada. Querían que nos fijáramos en ella, que la investigáramos, que nos alejásemos de la Biblioteca. Eso ya lo hemos establecido. Pero, ¿para qué?

Pardo frunce el ceño.

—Para que no nos diéramos cuenta de otra cosa.

—Exactamente.

—¿De qué? —pregunta el viajero sintiendo que el dolor de cabeza se intensifica.

Balanzat lo mira y, por primera vez, ve algo parecido a la preocupación en sus ojos afilados.

—De que mientras estábamos ocupados… alguien ha devorado una sección entera del Catálogo.

Se hace un silencio pesado. Ni siquiera el globo susurra.

—¿Devorado? —pregunta Wülf—. ¿Literalmente?

—Como si nunca hubiera existido —confirma Balanzat—. La sección de «Misterios Domésticos Recurrentes». Desaparecida. Vacía. Los estantes están allí, pero los libros… son sólo sombras de libros. Se han llevado el concepto, no el objeto.

Pardo silba suavemente.

—Eso es… bastante atrevido por su parte.

—Es una declaración de guerra —sentencia Balanzat, dando un golpe con el puño encima del mapa—. La nota no era más que una cortina de humo. Una muy buena, hay que reconocerlo. Nos tuvo jugando a los detectives y abriendo paquetes misteriosos como idiotas.

El viajero recuerda la voz del espectro: «Tu lugar no es con ellos. Sólo te traerán problemas». Se estremece.

—¿Y qué hacemos?

Balanzat se cruza de brazos, mirando el largo pasillo de mapas imposibles. El sol ha subido un poco más, y ahora ilumina un tapiz que muestra un mapa estelar de un firmamento vacío.

—Nosotros —dice—, vamos a ir al subsuelo. A molestar a unos ratoncitos. —Luego mira al viajero—. Tú… tienes una tarea diferente.

—¿Otra?

—Sí. Alguien tiene que vigilar lo que queda de la Biblioteca, y necesito un par de ojos que no estén acostumbrados a ver los huecos. Los ojos de un mortal ven la ausencia de otra manera. Ven el vacío donde debería haber algo. Nosotros… a veces sólo vemos lo que esperamos ver.

—O lo que debería estar —apunta Wülf.

—O lo que queremos que esté —añade Pardo.

—¿Me estáis pidiendo que sea… un Custodio?

Un solemne silencio vuelve a adueñarse de la galería hasta que es destruido por unas inmisericordes carcajadas. Al rato, aún con lagrimas en los ojos, Wülf responde.

—Te estamos pidiendo que te sientes en el mostrador de recepción de la sala del catálogo principal y que observes —aclara—. Si ves que un libro está más… tenue, o que los títulos en los lomos empiezan a no tener sentido… aún menos sentido, quiero decir… Gritas. O mejor, usas esto —dice mientras le ofrece una de las libretas interconectadas.

—¿Y eso servirá de algo? La última vez…

—De la ultima vez hace mucho, deja el pasado en su sitio —responde Pardo—. Si ocurre algo escribes ahí que necesitas ayuda; usando una cantidad adecuada de signos de exclamación en función de lo urgente la situación, por supuesto; y acudiremos. En cualquier caso, lo de gritar tampoco está demás. A las sombras no les gustan los ruidos fuertes. Les recuerda que existen.

Wülf se estira, y su bata de casa se transforma en su túnica habitual.

—Bueno, al lío. Que se nos echa el tiempo encima. Y tengo hambre. A lo mejor en el Subsuelo pillamos alguno de esos hongos…

—Cállate y concéntrate —le regaña Balanzat. Luego se dirige al viajero—. La sala del catálogo está al final de este pasillo, gira a la derecha donde el mapa de la Ciudad de los Suspiros, todo recto hasta la puerta verde. ¿Serás capaz?

El viajero asiente, apretando la libreta contra su pecho.

—Sí. Puedo hacerlo.

—Bien. No toques los libros que tiemblan. Ni hables con el busto del filósofo llorón. Y si el Cuervo te ofrece té, di que no.

Antes de que pueda preguntar por qué, los tres Custodios se desdibujan. Esta vez no se esfuman, ni siquiera hacen un gesto dramático. Simplemente, un momento están allí y, al siguiente, la luz que cae sobre ellos parece doblarse, y ya no están.

El viajero se queda solo en la Galería de los Mapas Posibles. El globo, abandonado, empieza a girar lentamente por su cuenta, mostrando ahora un mundo perfectamente atravesado por un único puente de tierra.

Comienza a caminar por el pasillo, buscando la puerta verde. Por primera vez, no se siente un intruso, ni un espectador. Se siente… integrado. Es una sensación ridícula, dadas las circunstancias, pero es tangible.

Mientras dobla la esquina, una voz lejana susurra:

Al final, todos se convierten en custodios de algo…

El viajero no responde. 

¿Algo que decir, Viajero?

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7 de enero de 2026
Custodio:
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