«Acunada por la bruma, en el punto exacto de la encrucijada de infinitos caminos, se alza la Biblioteca de los Perdidos».
Himno
de los
Perdidos
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7 de enero de 2026

La ciudad

Custodio:

No recuerdo cómo he llegado, pero vuelvo a encontrarme en la ciudad. El recuerdo de este lugar es como un río de mercurio que se desliza entre mis dedos. Pero ahora que vuelvo a sentir sus adoquines ambarinos bajo mis pies. No puedo evitar sonreír.

Camino impaciente, merodeando sin rumbo bajo la atenta mirada de torres de porcelana azul que se retuercen en su camino hacia el firmamento. Las calles no son rectas, sino que fluyen como arroyos caprichosos, bifurcándose y uniéndose en glorietas donde los chorros de las fuentes de plateadas aguas danzan al compás de una melodía que se me escapa.

 La ciudad se alza a mi alrededor y yo sigo caminando hasta que por fin alcanzo el río. Aquella procesión de aguas turquesa se convierte en un horizonte onírico, únicamente interrumpido por las espinas de coral que son los siete puentes que lo atraviesan. Me quedo paralizado cuando el reflejo dorado de aquellas cupulas, hijas de una arquitectura imposible, me alcanza y entonces echo a correr eternamente agradecido por haber nacido.

Avanzo bajo el cielo claro y, poco a poco, mis pies van despegándose del suelo. Pronto seré uno con esta ciudad, pronto sus maravillas serán parte de mí. Pero entonces, antes de haber emprendido el vuelo, crueles trompetas de bronce y hollín rompen el aire con su estridente quejido y abro los ojos en mi cama.

El despertar es siempre una caída. Un desgarro. El quejido de las trompetas se transforma, sin piedad, en la estridencia metálica del despertador sobre la mesilla de noche. La luz de aquel sol compasivo se esfuma, reemplazada por el gris plomizo que se cuela por la rendija de la persiana, anunciando otro día en este páramo de cemento y alquitrán.

Aquí, en este lado de la vigilia, todo es ángulo recto y suspiro contenido. Mi vida es una coreografía de gestos huecos: la ducha con agua que nunca es bastante caliente ni bastante fría, el café amargo en la taza agrietada, el trayecto en el bus donde los cuerpos se apilan en un silencio cargado de cansancio y rencor. La oficina es un laberinto de falsos tabiques, iluminado por el resplandor glacial de los fluorescentes. Aquí, el aire no se bebe; se respira a duras penas, viciado por el olor a polvo, tóner y ansiedad rancia. Las torres que veo por la ventana no son de porcelana azul, sino de cristal y acero, y no se retuercen hacia el cielo; se yerguen, arrogantes y frías, como lápidas.

Odio la textura áspera de la realidad contra mi piel. Odio la previsibilidad asfixiante de cada hora, la forma en que los minutos arrastran los pies como condenados. Odio, sobre todo, el silencio. No el silencio musical de la ciudad, sino este: un vacío vasto y resonante, lleno del zumbido de los aparatos eléctricos y del eco de conversaciones intrascendentes. Aquí, no soy un espectador maravillado; soy un actor mediocre en una obra absurda cuyo guion he olvidado. Me muevo, firmo papeles, asiento con la cabeza, pero estoy muerto. Una muerte lenta, administrada en dosis diarias de gris.

Solo estoy vivo cuando mis párpados se cierran y consigo, por un milagro cada vez más esquivo, encuentrar el camino de regreso. Pero el puente se ha vuelto inestable. La ciudad se aleja, convertida en un destello dorado en el horizonte de la inconsciencia, siempre fuera de alcance. Las noches son ahora un campo de batalla. Me acuesto temprano, ansioso, deseando con cada fibra de mi ser el susurro de los adoquines ámbar. Pero mi mente, envenenada por el estrés del día, es una jaula de ruido. La imagino como una radio mal sintonizada, emitiendo cacofonías de preocupaciones, recuerdos banales, listas de tareas pendientes. Me quedo allí, tendido en la oscuridad, los ojos abiertos como platos, viendo cómo las sombras del techo no se transforman en paisajes oníricos, sino que se estancan, inertes.

El anhelo se convierte en desesperación. El sueño, ese pasaje fantástico, me está vedado. Y sin sueño, no hay ciudad. No hay torres de porcelana, ni río turquesa, ni sensación de pertenecer a algo vasto y hermoso.

Por eso, coma tantas otras noches, recurro a la llave química. El pequeño pastillero en la mesilla es mi salvoconducto, mi billete para un viaje clandestino. Tomar la pastilla es un ritual sombrío, una rendición. No es la entrada natural, maravillada, de antaño. Es un asalto forzado a las puertas de la percepción. Y ya no basta con una; hace mucho que no basta con una. Cojo un puñado de pastillas y las trago con un sorbo de agua que sabe a derrota, sabiendo que, a cambio de la visión entregaré mañana una porción de mi vitalidad, dejándome con una resaca de niebla mental.

Pero no importa. Nada importa excepto volver.

Me acuesto y espero. Siento cómo el fármaco empieza a surtir efecto, no como una caricia, sino como un hundimiento. La realidad se desdibuja desde los bordes, como una pintura a la que le echaran disolvente. Los sonidos del mundo se apagan, uno a uno. La ansiedad, al fin, se rinde, vencida por una fuerza química mayor. Es entonces, en ese intervalo viscoso entre la vigilia y el olvido, cuando siento el primer tintineo. Lejano, como una campanilla enterrada.

Me encuentro en un túnel forrado de terciopelo negro, y yo me deslizo por él a gran velocidad. Hay un momento de vértigo, de frío intenso, y luego… el olor.

Miel antigua. Brisa marina.

Mis pies, que estaban sobre las sábanas ásperas, encuentran de pronto una superficie firme y resonante. Abro los ojos, y el gris de la habitación se ha fracturado para dar paso al melocotón y al oro del cielo soñado.

No recuerdo cómo he llegado, pero vuelvo a encontrarme en la ciudad.

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