de los
Perdidos
La pasta me ha salido de puta madre. Limón, mantequilla, pimienta negra y parmesano. El vino, mejor de lo previsto para no haberlo elegido yo. Ha sido ella, le gustaba la etiqueta. Ha traído fresas y chocolate, una combinación que me parece francamente kitsch. No digo nada. Esta noche estoy intentando ser agradable de verdad, sin disfrazarlo de una performance casual.
Ella mira el móvil por debajo de la mesa.
Lo ha hecho tres veces en diez minutos. Baja la mirada, lee, bloquea la pantalla y vuelve a la conversación un segundo más tarde. Nadie parece darse cuenta. Yo sí.
—¿A qué hora te vas? —le pregunto.
—Ya, en realidad. Tengo el vuelo a las doce y diez.
—¿Cómo vas a ir?
—Cojo el bus del aeropuerto en Delicias.
Miro el reloj del horno. Las diez y media.
—Te llevo.
—No, no hace falta. Voy bien.
—Te llevo.
Ella sonríe y aparta una miga del mantel con la yema del dedo.
—De verdad, no te preocupes.
—No estoy preocupada. Vamos.
Los demás intervienen con frases que no ayudan a nadie. Que si le da tiempo, que si el bus tarda poco, que si qué ilusión París.
Ella termina por dejar que la lleve. Se levanta, coge el abrigo del respaldo de la silla y se lo pone mientras sigue escuchando a medias una anécdota que alguien ha empezado sobre una compañera de trabajo. Su maleta espera en el recibidor desde que ha llegado. Pequeña, negra, con una cinta azul atada al asa. La ha dejado junto a la puerta, orientada hacia la salida.
—¿Llevas el DNI? —le pregunto.
—Sí.
—¿Y la cartera?
—También.
—Bien.
—Qué control.
—Para eso me pagan, en otros contextos.
—Aún no me has dicho nada de tu nuevo trabajo…
—Luego.
Cojo las llaves. Desde el comedor alguien me pide que no corra. Otra dice que nos escriba cuando embarque. Ella contesta que sí a todo y sale conmigo.
En el ascensor se recoge el pelo. Está nerviosa. Pienso que París le importa de verdad, pero aparto la idea de mi mente enseguida.
Mi Audi A7 está delante del portal. Me gusta verlo ahí, esperándome como un corcel de ébano.
Abro el maletero, meto la maleta y subimos. Ella se sienta delante.
—Llegamos de sobra —dice, mirando el móvil.
—Sí.
El coche responde en cuanto piso el acelerador y salgo rápido de la calle. Me incorporo a la avenida principal y adelanto a una furgoneta del carril izquierdo.
Conduzco bien. Visualizo los espacios antes de que se formen, sé cuándo un conductor va a cambiar de carril por la manera de acercarse a la línea, freno a tiempo y con suavidad. La velocidad me despeja la cabeza. Ella no se queja. Confía en mí o prefiere llegar al aeropuerto. Me sirven ambas cosas.
—¿Sabes ya la puerta de embarque?
—Todavía no. Tengo que facturar.
—Entonces mejor no regalarles más minutos.
Le piso un poco más, pero me veo obligada a reducir. Luego freno. Nos quedamos paradas detrás de un coche blanco con una pegatina de bebé a bordo, frase que siempre me ha parecido una amenaza más que mera información.
Saco la cabeza por la ventanilla y miro hacia delante. Coches, luces rojas, vallas. Un carril entero cortado. Máquinas paradas al fondo. Conos. Tierra removida. El tramo del CaixaForum.
Ella abre el Maps.
—Marina.
Sigo mirando las vallas.
Me acordaba de las obras. Las vi el lunes. Alguien volvió a mencionarlas después y pensé que iban a dejar la avenida colapsada durante semanas.
Entonces, ¿qué coño hago aquí?
He mirado la hora antes de salir, he calculado el margen exacto que tenía, como siempre, pero he acabado metiendo el coche por la única ruta que no debería haber cogido.
El atasco me enfada. Mi despiste, bastante más.
—¿Cuántos minutos marca? —pregunto.
—Cincuenta y ocho hasta Delicias.
—No.
—Lo pone ahí, mira.
Lo veo. La pantalla carece de culpa, de modo que discutir con ella sería indecoroso.
Avanzamos apenas unos metros.
—¿Hay otra salida? —pregunta.
—Ahora no.
—¿Y si giras en la siguiente?
Vuelvo a mover el coche. Un metro. Dos. Paro.
Ella mira la hora.
—Igual debería haber salido antes…
—No.
—Marina…
—Has salido cuando tocaba. He sido yo la que ha elegido mal la ruta.
Dobla la esquina de una servilleta que se le ha quedado pegada al bolso desde la cena. La arranca, hace una bolita y la deja en el posavasos. Ese gesto me fastidia.
—Llegaremos —le aseguro.
—¿Seguro?
—Sí.
No lo sé todavía. Conviene que ella no lo note.
El tráfico avanza unos metros y aprovecho para adelantar a varios coches cuando se abre un hueco. Ella se agarra del asidero.
—Joder.
—Nos ha ahorrado medio minuto.
—Qué alivio.
—Las batallas se ganan con gestos pequeños.
La veo sonreír y respira algo más tranquila. Me vale.
Seguimos atrapadas. La llegada estimada sube: 23.24. 23.28. 23.31. Ella deja de consultarlo cada minuto y empieza a hacerlo cada veinte segundos. La pantalla le ilumina el rostro.
—Si no llego, me quedo en tierra…
—No me digas.
—No estoy para tu sarcasmo.
Se gira hacia la ventanilla.
Quizás me he pasado, pero tampoco la he llevado hasta aquí para hacer de animadora. Necesito que se mantenga en calma. La angustia de los demás ocupa mucho espacio y empeora la conducción, incluso cuando uno conduce de puta madre.
Veo por fin el final del embudo. Más allá de las vallas, la avenida se abre. En cuanto el coche de delante duda, cambio de carril y salgo antes que él. Piso el acelerador a fondo. El Audi responde con una rapidez que casi hace que me reconcilie con esta noche.
—Agárrate —le digo.
—Ya estoy agarrada.
Acelero más aún.
Las luces pasan rápidamente por el lateral, difuminándose. Adelanto a dos coches seguidos, tomo la rotonda sin perder velocidad, cambiando de marchas, y me meto por la salida correcta antes de que un SUV gris decida que también la quiere. Ni de puta coña me va a adelantar un SUV. Ella no dice nada. Se ha pegado al asiento y mira al frente.
—¿Te mareas?
—No.
—Bien.
—¿Vas a frenar un poco?
—No.
La carretera hasta Delicias se me queda corta. Querría cinco kilómetros más, una recta despejada, el tiempo suficiente para recuperar lo que he perdido por imbécil. La estación aparece al fondo, con sus luces blancas y su arquitectura de los 2000. Entro por el acceso de coches demasiado rápido, reduzco justo antes de acercarme y localizo un hueco junto a la entrada lateral.
No es una plaza. Me la suda.
Freno.
—Baja.
Ella se quita el cinturón. Yo ya he salido. Abro el maletero, saco la maleta y se la pongo delante.
—Vamos.
Cierra la puerta de un golpe y echa a andar conmigo hacia la entrada. La cinta azul del asa le golpea la muñeca a cada paso.
Dentro hace calor.
Ella va por delante. Conoce la parada. Ha hecho ese recorrido otras veces.
Llega al cruce de pasillos y se detiene.
—Era aquí.
Miro hacia arriba.
El cartel de BUS AEROPUERTO sigue colgado, pero la flecha está tachada con una franja negra mal pegada que cubre sólo una parte. Debajo todavía se adivina la dirección original.
Han añadido un folio plastificado que dice: PARADA MODIFICADA POR OBRAS, SIGA A LA DERECHA.
A mano, con rotulador azul, alguien ha dibujado otra flecha hacia la izquierda.
—Vamos —le digo.
Seguimos la flecha, por ejemplo. El pasillo conserva la luz blanca del vestíbulo durante unos metros y luego cambia. Los fluorescentes emiten un tono más verdoso. Uno parpadea junto a una puerta de mantenimiento. Otro parpadea sin apagarse del todo, emitiendo un zumbido agudo que atraviesa el corredor.
Al fondo, otro cartel del aeropuerto señala a la derecha.
Giramos.
La flecha lleva a una persiana metálica bajada.
ACCESO CERRADO
Ella mira el cartel, después la persiana, después a mí.
—¿Qué coño es esto?
Regresamos al vestíbulo. Pregunto en información. La mujer del mostrador lleva un auricular en una oreja y esmalte rojo descascarillado en el pulgar.
—La parada del bus al aeropuerto, por favor.
—Puerta central, luego a la derecha —indica con una voz de pito insoportable.
—Los carteles mandan a un pasillo cerrado.
—Ay, pues no sé, los estarán cambiando.
—¿Pero la parada funciona?
—Sí, claro. Bueno, no sé…
Mira la pantalla que tiene delante con desidia.
—¿Ha salido algún bus esta noche?
—Supongo.
—¿Es usted completamente incompetente o sólo retrasada?
La mujer levanta la vista. Me aguanta un segundo la mirada.
—Pregunte fuera, señorita.
Ella me toca el brazo. Por suerte no me llama cretina.
—Vamos.
Salimos por la puerta central. A la derecha, donde debería estar la marquesina del aeropuerto, hay más vallas, sacos de escombro, baldosas levantadas y una cinta blanca y roja atravesando el paso.
Un panel electrónico sujeto a un poste provisional alterna dos mensajes.
BUS AEROPUERTO
La pantalla se apaga.
PARADA ANULADA
Se apaga otra vez.
Vuelve el primero, pero la mitad de la palabra está incompleta.
BUS AEROPUE
Ella aprieta el asa de la maleta.
—Todo Zaragoza está en obras, no me lo puedo creer.
—Sí.
—¿Y ahora qué hacemos?
Miro a ambos lados. Nada indica una nueva parada. Ninguna flecha. No hay ningún grupo esperando. Ningún autobús acercándose.
—Cogemos mi coche y vamos directas.
—¿Nos da tiempo?
—Sí.
Esta vez tampoco lo sé, pero confío en mi conducción y, además, el coche está a treinta metros y la llegada al aeropuerto dejará de depender de empleados que contestan como si fuesen besugos.
Volvemos hacia la entrada lateral.
Camino más deprisa. Ella me sigue arrastrando la maleta. Las ruedas repiquetean de manera insoportable. El sonido se oye demasiado. La zona de acceso está vacía. Hace un minuto había gente entrando y saliendo; ahora sólo queda una máquina expendedora encendida detrás del cristal y un hombre de espaldas en el vestíbulo, quieto frente a las pantallas de llegadas.
Doblo la esquina.
El Audi ha desaparecido.
Me paro.
—¿Qué pasa? —pregunta.
Se coloca a mi lado y mira el hueco.
—Marina, ¿dónde está tu coche?
—Aquí, debería estar aquí.
—¿Se lo ha llevado la grúa?
Miro la calle de acceso. Vacía.
—En cinco minutos no, imposible.
—Igual…
—No.
La grúa habría tenido que entrar, maniobrar, cargarlo y salir sin que viéramos nada desde la puerta central. Tampoco hay pegatina en el bordillo, ni agente, ni aviso.
Se le acelera la respiración.
—¿Qué hacemos?
Miro a nuestro alrededor. Han dejado de llegar coches.
La parada de taxis está vacía también.
Una farola zumba sobre nosotras. Otra, unos metros más allá, se apaga y vuelve a encenderse.
Ella mira el móvil.
—No tengo cobertura.
Saco el mío. Tampoco.
Detrás del cristal de la estación, el hombre que miraba las pantallas ya no está.
—Marina.
—Estoy pensando.
Su vuelo. Aeropuerto. Transporte. Ahora.
Entorno los ojos, el mundo se vuelve borroso. De pronto soy consciente. A unos cincuenta metros, apartado de la parada oficial, junto al carril de salida, hay un taxi bajo la farola que parpadea. El luminoso está de color verde.
—Mira eso.
Gira la cabeza.
—¿Estaba antes?
—No lo sé.
Sí que lo sé. No estaba.
Vamos hacia él.
El conductor baja la ventanilla.
Tiene unos cincuenta años o lleva veinte durmiendo fatal, no lo sé. Cara cuadrada. Bigote fino. Pelo pegado a la frente por un brillo de sudor que no encaja con el frío que hace esta noche. La mira primero a ella, luego a la maleta, después a mí.
—Aeropuerto —digo.
—Claro, majas.
—¿Cuánto va a tardar?
—Llegan de sobra.
—Pero si no le he dicho la hora de salida… Le he preguntado que cuánto va a tardar.
—Lo suficiente.
—Maps marcaba veintiocho minutos.
—Maps no se sabe mis atajos.
El taxista desbloquea las puertas. El sonido de los seguros se oye en toda la acera.
Abro la de detrás y miro dentro. Los asientos están cubiertos de fundas de bolas de madera, de las antiguas, muy usadas. Del retrovisor cuelga un cascabel sin brillo atado a una bandera de España. En el salpicadero hay dos Vírgenes del Pilar color neón y una figurita del Belén del caganet.
—Qué fantasía —me susurra ella al oído. Odio esa expresión. Luego me mira, para que decida yo.
Vuelvo la vista hacia el hueco vacío de mi coche. Después hacia la estación. Después hacia la carretera sin tráfico.
—Sube —le digo.
Huele a ambientador de pino contaminado de puritos, al plástico recalentado de veranos infinitos a más de 40 grados, y a un matiz dulzón de colonia barata. Deja la maleta junto al bordillo y mira el maletero.
El taxista pulsa algo. La tapa se levanta.
—La meto yo, supongo —digo.
No me responde. Tampoco se mueve.
Meto la maleta. El maletero está vacío, salvo por una manta doblada con demasiado cuidado y una bolsa de supermercado anudada. Dentro se marca el volumen de algo rectangular. No la toco.
Cierro.
Ella se sienta detrás del copiloto. Yo me pongo a su lado, junto a la puerta, para verlo bien. Las cuentas de madera se me clavan a través del abrigo. El asiento huele peor de cerca.
—¿Por dónde va a ir? —le pregunto.
El taxista arranca antes de contestar.
—Pues por donde se llega, por dónde va a ser.
La frase queda amortiguada por el sonido del motor. El cascabel se mueve, pero no suena.
Salimos de la estación.
La primera rotonda está vacía. También la segunda. En los semáforos no espera nadie. Delicias queda atrás con sus cristales encendidos y, en cuanto cogemos la avenida principal, desaparece del retrovisor antes de lo que debería.
Ella abre Maps.
—Sigo sin cobertura.
—Déjalo —le digo.
—Quiero ver por dónde vamos…
—No te va a servir si no carga.
Lo deja abierto de todas formas. La pantalla está gris y el punto azul congelado encima de una cuadrícula sin calles.
El taxi gira a la derecha.
—Por ahí no es —le corrige ella.
—Hay obras —contesta el conductor.
—¿También?
—Ahora hay obras en todas partes, maja.
Me mira por el retrovisor al decirlo, pero enseguida aparta la mirada.
Atravesamos una zona de naves, juraría que es la carretera de Logroño. Las reconozco, o creo reconocerlas. Fachadas de chapa, letreros de recambios, persianas cerradas. A esta hora deberían quedar algunos camiones, o alguna luz encendida. Pasamos tres calles sin ver un solo vehículo.
Nada.
Ella lo nota también. Guarda el móvil.
—¿Seguro que vamos hacia el aeropuerto?
—Sí —dice el taxista.
—¿Por aquí?
—Sí.
—No me suena.
—De noche cambia, je je.
Me inclino un poco hacia delante.
—Las carreteras no cambian de noche.
—Algunas sí.
Le fulmino con la mirada, pero no parece importunarse. Tiene las dos manos apoyadas en la parte baja del volante, muy juntas. Conduce despacio. Demasiado despacio para alguien que nos ha asegurado que vamos a llegar. El coche flota sobre cada bache y chirría al bajar.
—¿Puede correr un poco más? —le exijo más que le pregunto.
—No hace falta.
—A ella sí le hace falta.
—Llegan de sobra, señoritas.
Ella se remueve en el asiento.
—¿Cuánto queda?
—Poco.
—¿Poco cuánto?
—Pues menos que antes.
Cierro la boca porque la discusión empieza a producirme una sensación física desagradable. La respuesta tiene forma de burla, pero él no sonríe. Mira hacia la carretera con una calma pegajosa.
Dejamos atrás las últimas naves.
Ahora a ambos lados aparecen terrenos sin construir, embarrados, cortados por zanjas. Al fondo deberían verse luces de polígonos, gasolineras; los márgenes de la ciudad. Sólo hay oscuridad.
El taxi gira por una carretera estrecha sin señalizar.
—¿Qué hace? —le pregunto.
—Un atajito.
—Déjese de putos atajitos —espeto.
—Qué mal humor… Ya estamos dentro.
Ella gira la cabeza hacia la ventanilla. El cristal devuelve su reflejo sobre el campo negro: su cara pálida, el pelo mal recogido, el puño cerrado encima del bolso.
—Marina…
—Ya me doy cuenta.
Conforme avanzamos las líneas de la carretera se borran. El haz de los faros descubre parches de asfalto, gravilla, ramas en la cuneta. El taxista reduce cada vez que una curva se cierra y acelera después sin pasar de sesenta. Me está poniendo de los putos nervios.
Saco el móvil. Sigue sin cobertura.
—¿Tiene usted emisora de radio? —le pregunto.
—No la uso, la música espanta a los peces.
—El dicho no era así… —murmura ella.
—¿Y GPS? —la corto.
—¿Para qué? Nunca me pierdo.
—Eso ya lo veremos.
El hombre sube un poco la barbilla. Por un segundo creo que va a contestarme algo. Se limita a carraspear, regurgitando una flema.
Repugnante.
Ella me mira de reojo. Yo miro al frente.
Después de otra curva aparece una casa.
Está pegada al borde de la carretera, sin acera ni valla. Fachada baja, yeso amarillento, persiana bajada hasta la mitad. Una lámpara de luz fría —el peor tipo de luz— ilumina el salón. A través de la rendija veo una mesa cubierta con un mantel de plástico y tres sillas colocadas alrededor. No hay nadie sentado.
La dejamos atrás.
Cincuenta metros después, otra.
Esta tiene un porche estrecho y una bicicleta infantil oxidada apoyada contra la pared. Una luz del piso de arriba, también fría, se apaga cuando pasamos.
—¿Hay un pueblo aquí? —pregunta ella, con voz temblorosa.
—Sí —dice el taxista.
—¿Cuál?
No responde.
—¿Cómo se llama? —insisto.
—Ahora lo verá.
Aparecen más casas. Al principio separadas, luego más próximas. Todas bajas. Todas con luz en alguna ventana. Unas tienen tejados de teja maltratada; otras, planchas de uralita. Hay jardines con somieres y colchones enmohecidos haciendo de verja, macetas rotas, una silla de plástico bajo una farola… Ni los Hamptons, oye.
De pronto, farolas altísimas; tanto, que me es imposible ver dónde acaban. Tiñen el asfalto de naranja y dejan huecos de completa oscuridad entre una y otra. La luz entra en el taxi a tiras. Ilumina la mejilla del conductor, las figuritas del salpicadero, su mano apretando el bolso.
En la quinta farola hay alguien parado.
Una mujer con bata marrón, en zapatillas, sostiene una bolsa de basura, pero no hay ningún contenedor a la vista. Mira el taxi. Tiene el pelo recogido en rulos y la boca abierta lo justo para enseñar el borde de sus dientes rotos.
Me sonríe y me saca la lengua, luego vacía la bolsa de basura sobre la alcantarilla, rebosada de vete a saber el qué.
—Esto no me gusta —me susurra.
—A mí tampoco, pero tranquila.
Tengo que mantener la calma. Siempre lo hago, ella no sabe.
El taxista sigue sin intervenir.
Entramos en una calle más estrecha. A la izquierda, una carnicería cerrada conserva el rótulo encendido: CARNES R. GIMÉNEZ. La luz roja del letrero tiembla sobre la persiana metálica. Debajo, una mancha oscura baja hasta el suelo y se pierde en la acera.
Al otro lado, una peluquería muestra en el escaparate tres cabezas de maniquí con pelucas de fiesta y bolsas de plástico sobre el rostro. Una lleva un gorro de ducha. Otra tiene los ojos pintados directamente sobre el plástico.
—Esto no lleva al aeropuerto, ¿verdad? —digo.
Chasquea la lengua.
—Necesitamos cambiar de coche… —responde, si es que eso es una respuesta acaso.
—Ni de puta coña.
—El mío no va a ir bien por la carretera nueva.
—Pues vuelva por donde ha venido.
—Eso es imposible, señorita. Ya no está.
Me incorporo en el asiento; me niego a mirar atrás y seguirle la corriente a sus majaderías, pero ella ya lo ha hecho y me aprieta el brazo.
—Pare.
El taxista sigue conduciendo.
—He dicho que pare.
—Ya paramos.
—Marina… —me susurra con pánico.
—Ahora.
—Ya paramos —repite, con un tono idéntico.
La calle desemboca en una pequeña plaza. Tres bancos. Una fuente seca. Un quiosco de música abandonado, rodeado por una barandilla verde oxidada. En el centro, una farola más alta aún que las demás se pierde en el firmamento.
El taxi cruza despacio.
—¿A dónde nos ha traído? —pregunta ella con miedo.
El taxista se mete por una calle junto al quiosco.
—A que las ayuden.
—No necesitamos que nadie nos ayude. Pare el puto coche.
—Pero usted pidió llegar.
—Al jodido aeropuerto.
—Ah, eso. Pues ahí les estoy llevando.
La calle termina en un edificio de una planta, más ancho que las casas, con un rótulo azul sobre la puerta:
CASA DE CULTURA
La tipografía blanca es una serif clásica de los años 90, blanco amarillento, ya cuarteada en los bordes. Debajo cuelga una guirnalda de bombillas de colores, algunas apagadas. A un lado de la entrada hay un tablón lleno de carteles deformados por la humedad.
El taxi frena frente a la puerta.
El motor continúa encendido.
—¿Qué hace?
—Aquí está, el aeropuerto.
—Esto no es un jodido aeropuerto.
—¿Cómo que no? —Ensancha la sonrisa y deja ver sus dientes podridos—. ¿Qué mayor aeropuerto hay que la casa de la cultura? Es así cómo se viaja, señoritas.
—Y ahora se pone poeta… —Me paso la mano por la frente con exasperación—. No me joda, hombre.
—Bajen un momento, venga.
—No vamos a bajar un momento. Siga.
El taxista apoya las dos manos sobre el volante. Tiene las uñas cortadas al ras, llenas de mugre.
—¿No querían que parara? Mi coche no pasa de aquí.
—Hace diez minutos llegaba hasta el aeropuerto.
—Hace diez minutos estábamos en otro sitio.
Ella se inclina hacia delante.
—Perdone, de verdad, tengo un avión. Si no puede llevarnos, dé la vuelta y volvemos a Delicias.
Él mira por el retrovisor y entorna los ojos. Primero a ella. Después a mí.
—Delicias ya queda lejos.
—Pues mejor arranque ya.
No mueve el coche.
Fuera, junto a la puerta de la casa de cultura, se enciende un fluorescente. Parpadea dos veces y se queda fijo.
—Marina —dice ella, muy bajito.
—Lo sé.
Abro mi puerta.
El aire huele a leña apagada y a barro. También a algo agrio que no identifico. Sale de la plaza o del coche o de la boca del conductor. A estas alturas ya da igual.
Ella sale del coche rápidamente.
—Mi equipaje —dice, asustada.
El taxista desbloquea el maletero. Ni siquiera se molesta en salir.
Lo abro, saco la maleta y cierro de un golpe. Cuando vuelvo a la ventanilla, él sigue con las manos en el volante.
—No esperará que le paguemos, ¿no?
—La deuda ya está saldada.
—¿Ya está qué?
—Pagado.
—¿Por quién?
El taxista mira la puerta iluminada de la casa de cultura.
—Entren.
—Mire, no sé qué película se ha montado, pero…
Arranca el coche.
El taxi avanza despacio, pasa junto a nosotras y gira hacia la plaza. Espero verlo cruzarla. Espero el brillo de los faros en la esquina, pero nada de eso ocurre.
La calle se queda vacía.
—No ha salido —murmura, patidifusa.
—Ya.
—¿Dónde se ha metido?
—Dentro de algún sitio que no nos concierne.
—Marina.
—Y yo qué coño sé —le respondo. No voy a fustigarme por perder la paciencia.
La luz de la casa de cultura tiembla sobre la puerta de cristal. Desde fuera se ven el vestíbulo y una pared cubierta de carteles. Más adentro, movimiento. Gente.
Miro la carretera por la que hemos llegado. Oscura. Sin un solo coche. Sin indicios sonoros de que haya autovía cerca.
Ella acerca la maleta a su cuerpo.
—¿Volvemos andando?
—¿A dónde? No hay nada. Será mejor que entremos —le digo mientras abro la puerta.
Al entrar, la calefacción central me golpea el rostro. El ambiente está cargadísimo, y debajo de ese tufo flota un perfume de señora mayor, denso, dulzón, mezclado con el olor a laca y a abrigo de paño húmedo. Es como si cientos de viejas la hubieran palmado aquí dentro. Me acuerdo de una peluquería a la que me llevó mi abuela una vez, de las revistas del corazón en una mesa baja, de una mujer arrancándose papel de plata del pelo mientras miraba a otra por el espejo. Aparto el recuerdo. No tengo tiempo.
La casa de cultura conserva los restos de una década que ya no existe.
Suelo de terrazo. Paredes color salmón descascarilladas. Un corcho con anuncios antiguos, algunos impresos en tinta ya verde: Curso de aerobic, Taller infantil de máscaras, Viaje a Benidorm, Fiestas patronales de 1997.
En una mesa baja descansa un Party & Co abierto. Las tarjetas ocupan el tablero, varias boca abajo, otras desparramadas por el suelo. El reloj de arena yace tumbado y conserva un residuo de polvo amarillo en la base. Cerca, un Pictionary con un bloc manchado de rotulador. Lo último que está dibujado son un montón de círculos concéntricos desiguales, con un diamante amarillo en el centro.
Al fondo, junto a una máquina de café apagada, hay una partida de ajedrez a medias. Las piezas se han quedado en una posición que no reconozco de un vistazo. El rey blanco está rodeado por sus propias piezas, amenazantes. La dama negra está fuera del tablero, subida a una taza con una bolsita de té de a saber cuándo. Le han pegado dos palillos a los lados, señalando la escena, como dirigiéndola.
El televisor de tubo de la esquina tiene una pantalla azul, sin sonido. Sobre él, tres cintas VHS: Festival de Navidad ‘95, Exhibición de gimnasia rítmica, Charla sobre las drogas.
Ella va detrás de mí, muy pegada.
Soy consciente de pronto de que hay unas quince personas en la sala.
Las cuento por costumbre. Dos junto a la mesa de juegos. Tres sentadas frente al televisor azul. Una mujer en el pasillo de los baños. Un hombre apoyado contra el marco de una puerta. Varias más al fondo, alrededor de una mesa con vasos de plástico.
No hay nadie hablando.
O hablan muy bajito, tal vez, porque mueven los labios pero el sonido no llega hasta nosotras.
Un hombre de traje marrón se acerca desde el ajedrez. Lleva una corbata ancha, granate, estampada de patos verde esmeralda y los zapatos cubiertos por una capa fina de polvo. Sonríe antes de llegar.
—Buenas noches, señoritas.
—Necesitamos un coche —le digo directamente—. El taxi nos ha dejado aquí sin preguntar.
—Sí. Me ha avisado.
—¿Dónde está?
—Se ha ido.
—Eso ya lo hemos visto.
El hombre dirige la vista hacia ella, luego hacia la maleta.
—París, ¿eh?
Ella tarda en contestar.
—Sí… ¿Cómo lo sabe?
—Bonita ciudad. —Por supuesto, no responde a la pregunta.
—Tengo que llegar al aeropuerto.
—Llegará, llegará.
Lo dice con una calma ensayada, la misma que usan algunos médicos antes de dar noticias desagradables.
—Pues organícese y hágalo —respondo.
Ella me mira de reojo. El hombre parece disfrutarlo.
—Claro, cómo no.
Se vuelve hacia la sala.
—¿Quién puede acercarlas? —pregunta con un tono rimbombante.
Nadie responde.
Una mujer sentada junto al Trivial se rasca el antebrazo por encima de la manga. Lo hace con los nudillos, de arriba abajo, varias veces. Tiene la nariz ancha y húmeda.
El hombre de la máquina de café gira la cabeza hacia nosotras. Está masticando un ramillete de lo que parece ser cilantro.
Otro, muy alto, se inclina para escuchar algo que le dice una anciana. Ella le responde con un murmullo y durante un instante el sonido se parece más a un resoplido que a una frase.
Miro mejor.
Tienen los ojos muy echados a los dos lados de la cara y sus mandíbulas son más largas de lo normal. Orejas escondidas bajo el pelo rizado que sobresalen demasiado. Ese mismo pelo rizado les baña sus nucas y hasta asoma por los cuellos de sus jerséis.
Ella me toca el codo.
—Marina.
—Ya lo estoy viendo.
El hombre del traje espera. Su sonrisa permanece igual, aunque ahora reparo en sus dientes. Incisivos grandes, planos, separados por una línea oscura.
—¿Nadie? —insiste.
Alguien arrastra una silla.
La mujer que se levanta desde el fondo de la sala es baja, ancha, con una melena de rizos claros que le cae por la chupa de cuero. Lleva mom jeans altos, lavados, ceñidos a una barriga prominente, y botas militares de cordones.
—Yo misma. —Su voz es ronca, como si se hubiera fumado cien inviernos.
El hombre del traje tarda en asentir.
—¿Vas a conducir… tú?
—Sí.
—¿Esta noche? ¡Anda!
—Sí —le corta sin elevar el volumen.
La mira a ella con una sonrisa amplia y siniestra. Después a mí. La boca le ocupa más cara de la que debería.
—Tengo coche, ¿no?
El hombre observa a alguien detrás de nosotras.
Me giro.
Junto a la puerta de entrada permanece una figura alta, delgada, también con chupa de cuero y mom jeans. No la he oído entrar. Tiene el pelo recogido en una coleta tirante, incapaz de sostener todos los rizos.
Sus orejas.
Largas. Cubiertas de pelo corto.
Son putas ovejas.
Mi amiga da medio paso hacia mí.
La mujer alta no dice nada. Mira a la otra. Luego al alcalde. Luego a nosotras.
—Ella se viene también —dice la bajita.
El alcalde baja la mirada un instante. Algo parecido a la duda le cruza la cara.
—Si vais las dos…
—Vamos las dos.
La alta sigue callada.
—¿Cuánto vais a tardar? Tengo que coger un avión… —pregunta ella.
La oveja baja ladea la cabeza.
—Poco.
—¿Poco cuánto?
—Lo que haga falta.
Ella traga saliva.
—No me sirve.
La oveja ríe.
—A mí sí.
Intervengo antes de que ella intente razonar con esta gente.
—¿Dónde está el coche?
La oveja señala la salida.
—Fuera.
—Pues vamos.
El hombre se aparta para dejarnos paso. Al pasar junto a él percibo un olor ácido bajo el perfume de la sala, a lana y leche agria.
—Llegarán mejor si no se empeñan en entenderlo todo —me dice muy cerca.
—Yo llego mejor entendiendo las cosas.
—Eso es lo que se cree.
Sigo andando.
El coche espera junto a la acera, bajo una farola que se enciende y se apaga cada pocos segundos. Es un Corsa viejo, naranja metalizado, con un alerón hundido y la luna trasera cubierta por pegatinas de festivales, gasolineras y una silueta de Mafalda medio despegada. Dentro se adivinan bolsas de comida, ropa, cajas, envases…
—Ese —dice la oveja baja.
Ella mira el coche. Después la casa de cultura. En la puerta, el alcalde y varias ovejas observan la escena sin cruzar el umbral.
—Conduce ella —digo, señalando a mi amiga—. Se marea —miento. Ella me mira extrañada, pero enseguida recobra la compostura.
La oveja baja tarda en responder. Mira a su compañera alta. Esta sigue callada.
—Pues vale.
—Yo iré detrás.
—Pues muy bien.
No parece importarle nada. Eso tampoco me tranquiliza.
Me acerco al maletero con la maleta.
—Abrid.
La oveja baja pulsa el mando. El portón se levanta a medias y se queda atascado. Ella le da un golpe con la palma y termina de subir.
El maletero rebosa mantas, una caja de herramientas, botellas de refresco, una bolsa de naranjas, un paquete de pan de molde abierto y dos abrigos tirados sin doblar.
—Metedla vosotras, si no os importa, pesa mucho y no quiero desordenaros vuestras… cosas —digo.
Las dos ovejas se acercan.
La alta sujeta el portón. La otra se agacha y empieza a apartar cosas para hacer hueco. Ella me espera junto a la puerta del conductor, pendiente de la carretera vacía, de la hora, de cualquier milagro que llegue desde la ciudad y nos evite esto.
—Ya está —dice—. Palante.
Cierra el maletero.
La oveja baja abre la puerta trasera derecha. La alta ocupa el asiento del copiloto. Ella se sienta al volante y se ajusta el asiento con movimientos rápidos, demasiado rápidos. Yo entro detrás, junto a la otra.
El interior huele a fruta pasada, cuero frío y lana húmeda.
La del asiento trasero se abrocha el cinturón y sonríe, mirando hacia delante.
—Arranca.
Ella tarda un segundo en obedecer. El coche protesta al ponerse en marcha; primero noto un temblor bajo los pies, luego el motor, que prende con una tos áspera y ronronea demasiado alto.
—¿Hacia dónde? —pregunta.
La oveja del copiloto levanta una mano y señala la calle por la que hemos llegado.
—Por ahí —dice la otra, sentada junto a mí—. Hasta que deje de ser por ahí.
Ella me mira por el retrovisor.
—Tira —le digo, intentando transmitirle seguridad.
Salimos de la acera y la casa de cultura se queda atrás.
Ella conduce siempre demasiado despacio. Hoy no es una excepción.
—¿Puedes pisarle un poco? —le digo.
—Estoy intentando acostumbrarme al embrague.
—Acostúmbrate deprisa.
La oveja de mi lado se vuelve hacia mí.
Tiene los ojos grandes, amarillentos en el borde, con la pupila horizontal clavada en medio. La lana le nace desde la frente y baja por las sienes hasta perderse bajo el cuello de la chupa. Lleva los labios pintados de un rojo con purpurina, extendido fuera del borde natural de la boca, o de la boca que tuvo antes.
—Tú mandas mucho.
—Y tú hablas demasiado.
—Hablar engrasa. Si una no habla, se le encostra el seso.
—¿Cómo te llamas? —le pregunta ella, con los ojos fijos en la carretera.
—Ahora, Murria.
—¿Ahora?
—A veces me llaman distinto. Depende de la boca que me nombre.
—Ya.
—No digas «ya» si no has entendido nada, bonita. Es una palabra muy de gente que quiere dar carpetazos a asuntos.
Ella aprieta el volante. Veo sus nudillos aclararse.
—¿Y ella? —pregunto, señalando a la copiloto.
La oveja alta no responde. Mantiene las manos sobre los muslos, en paralelo. Aún tiene dedos. Las uñas, gruesas y nacaradas, brillan bajo la luz de las farolas.
Murria acerca la cara al respaldo delantero.
—Ella se llama cuando hace falta.
—Una identidad muy práctica.
—La tuya también lo parece.
No contesto.
La calle desemboca en la plaza del quiosco.
Ella reduce sin querer.
—Sigue —le digo.
Murria tararea algo. Al principio sólo es un hilo de voz, tres notas repetidas. Después añade palabras.
—Séi varlú, séi parlú, lénver menórea…
—¿Qué ha dicho? —pregunta ella.
—Verlan, mon cherie.
Entonces caigo.
Verlan.
Oliver lo ha mencionado en la cena, que queda ya muy lejana. El verlan son palabras francesas abreviadas y vueltas del revés.
Murria no estaba allí.
—¿Has dicho verlan?
La oveja se inclina hacia mí.
—Varlú, parlú, lénver.
Hace un chasquido con la lengua.
—Eso no es verlan.
—Menos mal.
La copiloto deja escapar un sonido bajo. Murria se calla un momento y asiente.
—Tiene razón. Hablamos demasiado.
—¿Y por qué no pruebas a cerrar… el puto hocico?
—Qué hostilidad. Tú también puedes callarte, ¿lo sabías?
La calle se estrecha. Las casas quedan más separadas y al final desaparecen. Vuelven el campo y la carretera sin marcas. Ella acelera un poco. A partir de cincuenta, el coche empieza a vibrar.
—¿Esta carretera va al aeropuerto? —pregunta.
La oveja alta levanta la mano y señala hacia delante.
—Eso ya lo has hecho antes… —protesta ella. La noto cansada. Sólo tiene que aguantar un poco más. Sólo un poco más.
La copiloto baja el brazo.
Murria ríe, contenta.
—Le caes bien.
—Me alivia muchísimo.
—No te burles de quien decide por dónde amanece.
Ella traga saliva. Yo miro a Murria.
—¿Así que eso lo hace ella? Vaya, vaya.
—Hoy no. Hoy está descansando.
De pronto se enciende la pantalla del móvil de mi amiga, colocado en el hueco de las bebidas, sin que nadie lo toque. Sigue sin cobertura. La hora marca las 23.47 h.
Parpadea.
23.47.
Parpadea de nuevo.
23.12.
Ella lo ve. Aparta la mirada de la carretera durante un instante.
—¿Qué…?
—Los ojos en la carretera —le digo.
Vuelve a mirar al frente. Yo cojo el teléfono, pulso el botón lateral. La pantalla se apaga. Al dejarlo otra vez, vuelve a encenderse sola.
23.47.
No digo nada.
Murria me observa con atención.
—¿Te molestan los relojes cuando se sinceran?
—Me molestan los objetos mal hechos.
—Eso dijiste del mundo y aquí sigues.
La frase me crispa, y no porque sea particularmente ingeniosa, sino por lo íntimo. Suena a la continuación de una conversación que no recuerdo haber tenido.
—¿A qué os dedicáis? —pregunto, para apartar esos pensamientos de mi mente.
—¿Nosotras?
—No veo a nadie más aparte de nosotras dentro del coche.
—Antes cantábamos en bodas.
—¿Antes de qué?
—De que la gente aprendiera a grabar vídeos. Arruinó mucho oficio.
—¿Y ahora?
—Ahora acercamos.
—¿A gente?
—A quien lleva prisa.
La mira a ella al decirlo.
—No la distraigas —le digo.
—La prisa distrae sola, no necesita ayuda.
Se desabrocha un botón de la chupa. Debajo, sobre la camiseta blanca demasiado ceñida, hay letras rosas borradas por los lavados. Juicy es lo que pone. Podría decir cualquier otra cosa. La lana le asoma por el escote.
—Calor —murmura.
Se rasca el cuello. Primero con suavidad, después con más fuerza. La uña se le engancha en la piel bajo la mandíbula y tira de ella. Se abre una línea roja muy fina.
Ella lo ve por el retrovisor y pierde un poco la dirección.
—Recta —le digo.
Corrige.
Murria se lleva la yema al corte. La mira. La lame.
—Muy seca esta noche.
La oveja alta gira la cabeza un par de centímetros.
—Ya, ya. No hago teatro. Me cuido, tía —le dice.
Me apoyo en la ventanilla. El cristal está frío. Fuera no pasa nada. Esa ausencia ya pesa. Deberíamos habernos cruzado ya con algún coche, sin embargo seguimos avanzando por el mismo tramo, conducidas por una mujer que hace veinte minutos quizás tenía cara humana y otra que se raja la piel.
—¿Cuánto queda? —pregunta ella.
—Depende del equipaje —dice Murria.
—¿Del equipaje?
—De lo que llevas sin facturar.
Ella mira un segundo su bolso.
—Llevo lo normal.
—La gente llama normal a lo que le pesa desde hace años.
—¿Qué quiere decir?
—Que si no sabes qué llevas, te lo revisan.
—¿Quién?
Murria apoya la cabeza contra el respaldo y entorna los ojos. Su respiración huele a orejones.
—Quien guarda llave dentro del hambre paga doble al pasar.
Ella vuelve a mirarme por el retrovisor.
—No le hagas caso —le digo.
Murria abre los ojos.
—Eso dices muy bien. Tienes costumbre.
—¿De saber distinguir entre la conversación y el ruido? Sí.
—De encerrar lo que insiste.
No le contesto. Me molesta notar que entiende la clase de silencio que uso. Me molesta más que lo diga delante de ella, aunque ella no tiene por qué asociarlo a nada.
Murria se incorpora de golpe.
—Necesito que me hagas una cosa —le dice a mi amiga.
—No —respondo yo por ella—. Está conduciendo.
—Todavía no se la he pedido.
—Me ahorro el proceso.
—Dibújame un algoritmo en la espalda, anda, porfa plis —le vuelve a pedir.
Ella frunce el ceño.
—¿Un qué?
—Un algoritmo. Algaritmo de Sür. Cuatro entran, dos recuerdan, una se vuelve blandita, otra cobra. Es sencillo si no has estudiado demasiado.
—No llevo rotuladores —dice.
—Boli.
—Tampoco.
Murria alarga la mano hacia el hueco entre nuestros asientos. Palpa a ciegas en el suelo, entre bolsas, envoltorios y un paquete de galletas abierto. Saca una cuchara de plástico. La suelta. Saca una pulsera rota. La suelta también. Por fin aparece un bolígrafo azul con el tapón mordido.
—Mira.
Se lo ofrece.
—Qué previsora —le digo con sorna.
La oveja se gira en el asiento hasta quedar de costado. El cinturón le cruza el vientre. Se baja la chupa de un hombro y tira de la camiseta hacia arriba, dejando al aire una franja de piel clara cubierta de vello corto.
—Aquí.
—No.
—Entonces lo hago yo, pero saldrá peor.
Murria emite un bufido. Su mano izquierda dibuja a ciegas. La punta le raspa la piel, se atasca en el vello, vuelve a avanzar. Traza una línea torcida. Luego otra. Un círculo incompleto. Tres marcas cortas. Aprieta más.
La piel se enrojece.
—Sür, Sür, carril de luna, dentera de sal, volqui trema, volqui trema…
Ella pestañea varias veces. Sus manos empiezan a sudar sobre el volante. Lo veo por el rabillo del ojo.
—¿Te mareas? —le pregunto.
—No. Estoy bien.
No está bien. Le tiembla la rodilla derecha. Lo noto por los pequeños cambios de velocidad.
—Mantente a sesenta.
—Sí.
Murria aprieta tanto el bolígrafo que sale un chorro de sangre que le mancha la camiseta mugrienta aún más.
—Te estás haciendo daño —le dice ella.
Murria sonríe hacia el parabrisas.
—Tú también, guapa, y no voy interrumpiéndote.
La respuesta la deja callada.
La oveja alta mueve por fin la cabeza. Mira por la ventanilla, hacia el campo. Sus orejas se tensan. Después vuelve al frente.
Murria se baja la camiseta, se acomoda la cazadora y da dos golpecitos con el bolígrafo en su rodilla.
—Ahora una pregunta.
—No —le digo.
—Todavía no la sabes.
—No quiero saberla.
—Eso no impide que exista.
Murria se inclina hacia el espacio entre los dos asientos delanteros.
—El impuesto sobre bienes inmuebles. Dime para qué sirve, quién lo liquida y dos alternativas razonables si un ayuntamiento decide prescindir de él.
—¿Perdona? —pregunta ella.
—La pregunta está bien formulada. Responde.
—No tengo ni idea.
—Claro que la tienes. Todo el mundo habita algo. Hasta quien se arruina con alquileres merece pensar en la propiedad.
—No sé responderte.
—Inténtalo.
—Es… un impuesto municipal.
—Eso ya lo ha dicho el enunciado. Avanza.
—Financia… servicios.
—Qué servicios.
—No sé.
—Elige.
—Calles. Limpieza. Cosas así.
Murria asiente, seria.
—Las «cosas así» han sostenido civilizaciones enteras. Dos alternativas.
—¿Alternativas a qué?
—A que el ayuntamiento cobre ese impuesto. Si lo quitas, ¿de dónde sacas el dinero? Propón algo. Arriésgate a tener una idea y defiéndela aunque sea mediocre.
Ella niega con la cabeza, cada vez más pálida.
—No sé. De verdad que no lo sé.
—Sí sabes pensar. Te he visto.
—No sé qué quieres que diga.
—Algo que sea suficiente.
La oveja del copiloto baja la mano derecha hacia el lateral de su asiento, muy despacio.
La veo. Murria también. Lo sé porque una sonrisilla asquerosa asoma en su rostro.
—No pasa nada —dice Murria—. Sólo estamos conversando, pero a veces una conversación reclama consecuencias para poder mantener su forma.
Ella me busca en el retrovisor. Sus ojos ya han dejado de pedir que le transmita calma. Piden instrucciones.
—Venga. Dos vías de financiación. Si aciertas una, la otra la ignoraremos con benevolencia. Si no, buscaremos otro modo de entretener el trayecto.
—Podrían… subir otros impuestos.
—¿Cuáles?
—El de circulación. Tasas. No sé, Murria, ¿qué quieres?
—Precisión. Es una exigencia modesta.
—Carezco de precisión.
—La precisión se consigue pensando antes de hablar. Has tenido tiempo.
—No estaba preparada para hacer una oposición municipal en un coche.
Murria sonríe. Le gusta. Le gusta que ella se irrite, que alce un poco la voz, que intente recuperar una dignidad que ya están usando contra ella.
—Esa respuesta tiene más porte, pero sigue sin valerme.
La oveja del copiloto mueve la mano junto al asiento.
Murria inclina el cuerpo hacia delante, apoyando los antebrazos en el respaldo del asiento del conductor. Acerca su hocico al oído de ella.
—Otra oportunidad, mon cherie. Piénsalo bien. El municipio renuncia al IBI. Le queda la basura, las licencias, el cochecito de tu padre, la terraza del bar donde tomas vermut cuando te da por ser sibarita. ¿Qué haces? ¿A quién asfixias? ¿A quién perdonas?
Ella encoge el hombro para apartarla.
—Quítate.
—Contesta.
—Que te quites.
—Si la boca no paga, paga la carne —le susurra al oído.
—Ya estoy hasta los cojones —espeto.
Saco la pistola del bolsillo del abrigo y se la encajo bajo la mandíbula.
Mi amiga se asusta y el coche se le desvía un poco hacia el arcén.
—Recto —le digo.
Corrige sin preguntar.
Murria permanece quieta. La sonrisa se le ha quedado a medio camino, atrapada entre la sorpresa y el cálculo.
—Vuelve a tu asiento.
—Marina —me susurra ella.
—Tú conduce.
La oveja alta delantera mete la mano debajo de su pantalón. El cuero de su manga se tensa. Sus dedos se mueven con urgencia por primera vez en toda la noche.
—¿Buscas esto? —le pregunto.
Saco la navaja con la mano izquierda.
La hoja produce un destello en el retrovisor. La vi cuando metían la maleta. El borde asomó entre la chupa de la alta y la cinturilla de sus vaqueros. La otra llevaba uno más pequeño. Se lo quité al hacer hueco en el maletero, pegada a ella, mientras apartaba una manta con la mano derecha.
La copiloto se inmoviliza.
Murria baja la mirada hasta la navaja.
—Qué maña.
—Qué descuido.
—No era para ti.
—Ya.
—Ni para ella, si contestaba.
Ella emite un pequeño suspiro y se hunde un poco en el asiento.
Murria lo percibe y vuelve a sonreír.
—¿Ves? Ahora sabrá pensar con más viveza. El cuerpo aprende enseguida cuando alguien le presta atención.
Aprieto más el arma.
—Cierra la boca.
—Bura, bura, bura.
Su lengua choca contra sus dientes.
—La jefa trae hierro y cree que ha inventado el miedo.
—He dicho que cierres la puta boca.
—¿O qué? —pregunta con suavidad.
Quiere ver hasta dónde llega mi voluntad cuando la forma correcta de actuar deja de ser elegante.
Conozco esa pregunta.
Murria se mueve de golpe hacia ella.
Alarga la mano, rápida, y le agarra un mechón del pelo junto a la nuca.
Ella grita y da un tirón brutal hacia la izquierda.
Antes de que vaya a más, le clavo la navaja en el muslo a Murria.
Entra con resistencia primero, atravesando el vaquero grueso, y después cede. La hoja baja hasta el mango. La sangre tarda una fracción de segundo en salir; cuando lo hace, empapa el denim alrededor del acero y se extiende hacia todas partes.
Murria abre la boca y emite un berrido que no es humano. Suelta el pelo de mi amiga, se sacude contra el asiento, golpea la puerta con el hombro y aprieta los dientes hasta que le tiembla la mandíbula.
—Conduce —le digo.
Ella llora en silencio, pero mantiene el coche en la carretera.
Murria mira el mango de la navaja saliéndole del muslo. Lo toca con dos dedos, incrédula, y luego me mira a mí.
—Fendria… —jadea—. Fendria nal…
—Te queda otra pierna. Administra bien tus palabras, zorra.
Murria respira por la boca. El pecho le sube y le baja a tirones.
La oveja delantera gira la cabeza. Sus ojos pasan de Murria a la navaja, de la navaja a la pistola.
—Ni se te ocurra —le digo.
No contesta.
—Reduce —le digo a mi amiga—. Ya.
—¿Paro?
—Cuando te lo diga. Ahora baja a cuarenta.
Va frenando. La carretera sigue vacía, estrecha, sin farolas. Sólo los faros y el campo negro a los lados.
Murria deja escapar un quejido.
—Me has abierto.
—Esa era la idea.
—No sabes lo que haces.
—Sí. Lo he calculado muy bien.
—Se pudre la ruta si sangro en ella —murmura. Se inclina un poco hacia delante, pero el dolor la obliga a volver atrás.
—Qué pena.
La copiloto apoya una mano en el salpicadero. Los dedos le tiemblan.
—Murria tiene que bajarse —dice.
Su voz sorprende por lo limpia que es. Grave, sin el barro verbal de Murria.
—No te preocupes, vais a bajaros las dos.
—No aquí.
—Aquí mismo.
—Esta carretera no se queda quieta.
—Pues que aprenda.
Murria suelta una risa rota y enseguida se convierte en un gemido. Aprieta la mandíbula. El dolor le ha quitado algo de teatro. Sigue siendo peligrosa, pero ya no disfruta de cada segundo.
—¿Has oído eso, Vesta? —dice—. Quiere educar a la carretera.
La alta no aparta los ojos de mí.
Vesta. Por fin un nombre.
—En cuanto veas arcén suficiente, te metes. Sin frenar de golpe.
—Vale.
—Y no apagues el motor.
—Vale.
Murria se gira hacia la ventanilla. Su aliento empaña el cristal. Sobre el vaho dibuja un círculo desigual con el dedo. Después otro. La corto antes de que siga.
—La mano al regazo.
—¿Y cómo me entretengo?
—Te entretienes respirando mientras puedas.
Obedece. La mano vuelve a su muslo sano.
En la curva, a la derecha, aparece una entrada de tierra, ancha, quizá el acceso a un campo. Ella la ve al mismo tiempo que yo.
—Ahí.
Mete el coche. El motor sigue encendido. Los faros alumbran un trozo de terreno pedregoso y, más allá, la nada.
—Punto muerto. Freno de mano.
Ella obedece.
—Ahora escucha —le digo a Murria—. Voy a abrir la puerta. Vas a salir por tu lado, despacio. Vesta hará lo mismo, por el suyo. Os alejáis del coche y os quedáis donde pueda veros. Si una sola mano busca una sola cosa, te vuelo la puta cabeza, ¿queda claro?
Murria traga saliva.
—Eso te manchará.
—He tenido noches peores.
—Mientes.
—Qué te apuestas.
—No puede caminar —dice Vesta.
—Se las apañará.
—Le has perforado el músculo.
—Gracias por el diagnóstico, ahora salid del puto coche.
—Si retiras la hoja, perderá más sangre.
—Entonces dejadla donde está. Me gusta cómo le queda.
Murria cierra los ojos. Sonríe apenas, sudando.
—Qué mujer tan desagradable.
—Y aun así os habéis empeñado en subir conmigo.
Ella respira detrás del volante, muy rápido. La miro en el espejo.
—Tú tranquila. Sólo haz lo que te diga.
Asiente.
Abro la puerta con la pistola todavía pegada a la mandíbula de Murria. El aire frío entra de golpe. Bajo un pie al suelo, luego el otro. Me quedo junto al marco de la puerta, inclinada hacia dentro.
—Tu turno.
Murria mueve la pierna sana primero. Luego la otra y, al hacerlo, lanza un gemido áspero.
—Vral… vral… córtame el cielo, madre…
—Fuera.
Consigue sacar el cuerpo del coche. Al apoyar el pie herido, la rodilla le falla. Se agarra al marco de la puerta con las dos manos. La chupa de cuero roza la chapa. Durante un segundo creo que va a arrancarse el cuchillo.
—Murria —le dice Vesta.
La baja responde con un resoplido furioso.
—Ya sé.
—Baja —le ordeno a la alta.
Vesta abre la del copiloto y sale. Se coloca delante del coche, dentro de la luz de los faros. Su sombra sube por el campo y se pierde.
Murria da dos pasos torpes y se apoya contra el capó. La sangre le baja por el muslo hasta la bota.
—Más lejos.
—No puedo.
—Puedes. Te lo garantizo.
Murria me mira con odio. Por fin se ha quedado sin disfraz. Ya no habla como una anfitriona deforme ni como una profesora lunática. Me mira como miran los animales heridos que, aun en ese estado, siguen calculando, por puro instinto, la distancia para morderte el cuello.
Da otro paso.
Luego otro.
—Ahí —les digo.
Ambas quedan frente al coche, a unos tres metros. Murria ladeada, con una mano suspendida cerca del muslo pero sin tocar el mango. Vesta recta, atenta.
Yo cierro las puertas traseras sin dejar de apuntarlas con la pistola. Después abro la delantera de mi lado.
—Pasa al asiento del copiloto.
—¿Qué?
—Conduzco yo.
—Vale.
Le cuesta acertar con el botón para quitarse el cinturón. Luego cruza por encima de la palanca de cambios, torpe, encogida, sin apartar la vista de las ovejas. No se atreve a salir del coche.
Yo me siento al volante.
La postura me devuelve la calma. Pedales, volante, palanca de cambio. El coche tiene el embrague alto y el asiento demasiado cerca, pero no me importa. Ajusto lo justo.
—Cierra bien —me pide.
Murria se ríe desde fuera. Es una risa baja, sin fuerza.
—Te llevas mi coche.
—Te llevabas mi noche.
—El trato era otro.
Pongo primera.
—No he firmado nada.
Vesta se mueve un paso hacia el coche.
Levanto la pistola.
Sigue delante de los faros. No se mueve.
—Apártate.
—Ella sangra.
—Ya lo sé.
—Si la dejas aquí…
—Se os ha ocurrido un plan pésimo. Asumid las consecuencias en equipo.
Vesta mira a Murria. Murria le responde con un gruñido débil, irritado, pero sobre todo resignado.
La alta se aparta por fin.
—La resignación os sienta bien, ovejitas. Hasta nunca.
Piso el acelerador a fondo. El coche patina un segundo sobre la gravilla y luego sale de un tirón. En el retrovisor, los faros recortan a las dos ovejas durante unos instantes.
Después la oscuridad las borra.
Ella aguanta diez segundos.
—Para.
—¿Qué?
—Para, para, voy a vomitar.
Tiene la cara gris. Se tapa la boca con una mano. Con la otra aprieta su bolso hasta doblarlo.
—Aguanta un poco, todavía estamos cerca.
—No puedo.
—No abras la puerta.
Le piso más aún. 120.
—Marina…
140.
—No abras la puerta.
Reduzco, busco un margen suficiente y localizo una explanada de tierra junto a una señal oxidada. Meto el coche allí, freno, pongo los seguros antes de soltar el volante.
—Espera a que baje yo.
Ella asiente sin aire.
Salgo primero. El campo alrededor queda a oscuras salvo por los faros. Tierra removida, una cuneta baja, restos de cañas secas formando una estructura extraña junto a una alambrada. No veo movimiento. Tampoco oigo coches.
Rodeo el capó, abro su puerta y ella sale doblada sobre sí misma. Da dos pasos, se aparta del coche y vomita en la cuneta.
Le sujeto el pelo. La coleta se le ha aflojado durante el trayecto y varios mechones le caen sobre la cara. Los recojo con cuidado para que no se manchen.
—Respira.
Vuelve a tener arcadas. Escupe. Se seca la boca con el dorso de la mano y yo saco un paquete de pañuelos del bolsillo de su abrigo. Ella siempre lleva, yo jamás.
—Toma.
—Gracias.
La voz le sale rota. Acepta el pañuelo sin mirarme. Se limpia despacio, todavía inclinada hacia delante.
Pienso que debería impresionarme algo de esto. La noche, sin embargo, ha ido colocando cada barbaridad y estupidez a su tiempo y mi cabeza le ha seguido la corriente. Un atasco. Una estación que miente. Un coche que desaparece. Un pueblo de ovejas. Una criatura que intenta tocar a mi amiga. A partir de ahí, clavar una navaja pierde dramatismo.
—Lo siento —dice.
—¿Por vomitar?
—Por… todo.
—No has organizado tú el recorrido.
—Por reservar el vuelo.
—Ah, eso. Como mucho te caerán quince años, ocho si tienes buena conducta.
Se ríe una vez, apenas. Luego se le escapa un sollozo y lo corta enseguida, molesta consigo misma.
Me gustaría decirle algo que sirviera. No se me ocurre nada que no suene barato. Le paso la mano por la espalda, una vez, entre los omóplatos. El gesto, por lo que me cuesta, basta.
—¿Puedes seguir? —pregunto.
—Sí.
—Ve detrás. Túmbate si hace falta.
—¿Y el aeropuerto?
—Va a seguir ahí cuando lleguemos.
—Eso espero.
—Yo también.
La ayudo a incorporarse. Antes de volver al coche, mira la carretera por la que hemos venido. Sólo oscuridad. La negrura del asfalto se confunde con la de los campos hasta que los faros del coche dibujan el primer tramo.
—¿Crees que nos siguen?
—Ahora mismo creo en muchas cosas. Ninguna mejora si nos quedamos paradas.
Abro la puerta trasera para que entre. Se sienta, recoge las piernas y apoya la cabeza contra la ventanilla.
Cierro y vuelvo al volante.
Cuando me siento, el espejo central me devuelve su cara pálida detrás de mí.
Arranco.
El coche responde peor de lo que debería. Le falta fuerza al salir, luego se recupera de golpe. Ajusto la presión del pie, cambio a segunda, a tercera.
—¿Vas bien? —le pregunto.
—Sí.
Miente para ayudar. Lo acepto.
Acelero.
Conducir de noche exige algo de fe, pequeña y constante. El alcance de los faros basta para decidir tus siguientes movimientos; lo que queda más allá hay que resolverlo nada más llega. De día, el paisaje engaña con una abundancia de información que rara vez utilizamos. De noche, la atención se vuelve más directa. Curva. Arcén. Un poste. Una señal. Nada más.
Me gusta. Sobre todo ahora.
Pongo el coche a 120. Luego a 140. El volante vibra un poco entre mis manos. No me importa. La carretera se ensancha durante unos metros, vuelve a estrecharse, cruzamos un puente y al otro lado aparece una señal oxidada. El texto ha perdido varias letras, pero puedo leer:
AEROPUERTO 14
—Mira.
—¿Qué?
—Una señal del aeropuerto.
Se incorpora de golpe.
—¿De verdad?
—Sí.
—¿Cuánto falta?
—Catorce kilómetros, si alguien no ha decidido gastarnos otra broma.
—Llegamos.
Lo dice bajísimo. Se lo dice a sí misma antes que a mí.
—Sí.
La carretera mejora a partir de ahí. Un par de farolas solitarias anuncian una rotonda. La tomo rápido y salgo por la segunda salida siguiendo otra señal de aeropuerto.
Por fin veo una luz al fondo. Luego varias. Torres bajas, aparcamientos, la silueta rectangular de una nave, el resplandor frío de la terminal.
Ella se pone recta.
—Mira.
—Ya.
—Marina, mira.
—Lo estoy mirando.
El aeropuerto aparece del todo tras una curva.
Me relajo lo justo.
—¿Qué hora es? —pregunta.
Miro el reloj del salpicadero. Marca 23.38 h.
—No puede ser —dice.
—Tu móvil.
Ella lo saca.
23.38 h.
—Antes marcaba más.
—Antes estábamos en un coche con sangre y ovejas.
—Tengo tiempo —dice aliviada.
—Tienes tiempo.
Entro por salidas. Apenas hay coches. Un VTC descargando maletas, una furgoneta de mantenimiento, dos personas fumando junto a una papelera metálica. Nada más. Aparco en doble fila frente a la puerta principal.
—Corre.
Ella abre su puerta y sale. Yo bajo, voy al maletero y lo abro.
La maleta sigue dentro.
Eso me tranquiliza más de lo que debería. La saco y se la doy. Ella la agarra, pero no se va.
—¿Qué?
Me abraza.
Lo hace con fuerza, sin avisar. La maleta se queda ladeada entre las dos. Durante un segundo no sé dónde colocar los brazos; después la rodeo y aprieto también. Tiene la cara hundida en mi cuello. Respira todavía rápido.
—Gracias —dice.
—Ve.
—De verdad.
—Vamos, embarca.
Se aparta. Los ojos le brillan, pero ya no llora. Asiente y empieza a correr hacia las puertas. La maleta rueda tras ella, dando bandazos suaves.
—¡Disfruta de París! —le grito.
Se vuelve sin dejar de andar y levanta una mano. Sonríe por primera vez desde el atasco.
—¡Te escribo!
Cruza las puertas automáticas y entra en la terminal.
Me quedo junto al coche, mirándola avanzar por dentro. Pasa ante los paneles de salidas, luego va hacia la zona de facturación y desaparece un momento detrás de un grupo de turistas con mochilas. La vuelvo a ver al otro lado. Ya camina deprisa, con decisión.
—Señorita, ¿ese coche es suyo?
La voz llega desde mi derecha.
Un policía me observa a pocos pasos. Treinta y tantos, rostro cansado, chaleco reflectante sobre el uniforme. Mira primero el coche, luego a mí.
—¿Señorita? Soy la jefa del cuerpo. Un respeto.
Parpadea.
—Perdone, no la había reconocido.
—Nada. Una noche larga.
—No puede dejar el vehículo ahí… —me dice con miedo.
Putos burócratas.
—Lo muevo ahora.
—¿Es suyo? —me pregunta extrañado.
Miro la birria naranja que nos ha traído hasta aquí. La sangre en el asiento trasero no se ve desde fuera.
—Temporalmente.
El policía frunce un poco el ceño.
—¿Temporalmente?
—Así es.
No insiste de momento. Mira hacia la terminal, quizá esperando que yo también recupere el sentido administrativo de la realidad. Yo sigo buscándola tras el cristal.
La localizo junto a los mostradores. Ha llegado. Habla con una trabajadora de la aerolínea, le entrega el DNI, coloca la maleta en la cinta. Todo funciona. El mundo recibe sus documentos y los acepta. Luego desaparece.
Al fondo de la zona de facturación, detrás de los mostradores, una cortina de terciopelo granate empieza a descorrerse y deja ver un acuario gigantesco.
Agua de arriba abajo, azul verdosa, atravesada por haces de luz plateada que caen desde algún punto oculto. Peces iridiscentes giran en grupo cerca de la superficie y se dispersan cuando una pasajera se acerca.
Ella ya no lleva abrigo.
No sé cuándo se lo ha quitado.
Tampoco lleva jersey ni pantalón. Está en bikini negro, con los Blumarine puestos. Tacón fino, bordado floral, impecables.
La empleada le devuelve el DNI. Ella lo guarda. Luego camina hacia el agua.
—¿Está viendo eso? —le pregunto al policía.
—¿El qué?
No aparta la vista de mí.
Varios pasajeros se lanzan a la pecera. Una mujer mayor entra sentándose primero en el borde, como en una piscina municipal. Un chico se tira de cabeza. Un hombre con traje deja el maletín a sus pies y salta sin quitarse la corbata. Dentro, todos nadan. Se orientan con naturalidad hacia un fondo que no alcanzo a ver. No parece que necesiten coger aire.
Ella se detiene antes de entrar y se gira.
Me encuentra detrás del cristal.
Levanto la mano.
Ella sonríe. Es una sonrisa calmada, casi traviesa, que no le he visto en toda la noche. Luego se mete en el agua de cabeza. Siempre ha sabido tirarse de cabeza de maravilla.
Su cuerpo desciende entre burbujas y su cabello se dispersa alrededor de su cabeza.
Nada hacia el cristal.
Se acerca hasta apoyar una palma en la superficie transparente. La mía sube sin que lo decida y se queda a la misma altura, desde fuera.
Ella mueve los labios.
Oigo mi nombre.
—Marina.
La voz me llega amortiguada, envuelta en agua, pero llega.
—Marina.
Ella puede disfrutar del agua cuando yo no estoy. Tiene que ser así.
Si entrase, vigilaría la profundidad, comprobaría la presión del cristal, contaría cuántos pasajeros nadan demasiado cerca. Ella necesita un sitio que yo no administre. Uno solo. Aunque me llame desde allí.
Se separa del vidrio. Nada hacia el fondo con los demás. Se gira una vez para mirarme.
Después se pierde en la oscuridad abisal.
—Ya puedo volver —digo en voz alta.
—Ha estado mucho tiempo ida, señora —responde el policía.
Lo miro.
—¿Ida?
—Sí. Me alegro de que haya vuelto.
Dicho eso, se va.
Cojo el móvil, que por fin tiene cobertura y abro la conversación con ella.
Escribo:
«He soñado que me llamabas desde debajo del agua.»
Dejo el pulgar un segundo sobre la pantalla. Podría añadir una risa, una explicación, cualquier cosa que rebaje la frase y me permita fingir que no importa.
La envío así.
Todo se vuelve blanco.