de los
Perdidos

“Así, tú del mejor oro, eres el oro peor ¡Tú, más fino, más lleno de honores, más renombrado… ¡Devoras al que te lleva!”
Enrique IV, William Shakespeare
No recuerdo mucho de aquella carta. Apenas unas palabras y una misteriosa firma:
“A ti, te prometo un reino”
Fdo.: Su Majestad Omega
Me lo había prometido, así que acudí.
Crucé el estrecho recibidor con decisión, con la seguridad impostada de quién sostiene las ganas de llorar. En mi mano sudorosa un maletín que contenía mi vida. Todo lo que se me exigía. Y más. Habría querido gritar. Decir: “Señorías, hace tiempo que crucé el límite que jamás se debe traspasar para llegar donde se suponía que debía llegar. Y no sé volver.”
Respiré hondo. Esta vez era diferente: esta vez me lo habían asegurado.
—Buenos días —saludé al recepcionista, con una sonrisa que ya no sabía emplear para nada más que complacer.
—Por favor, deposite su currículum en la balanza —contestó sin levantar la vista del brillo naranja de la pantalla de su ordenador.
—Por supuesto.
Saqué todo lo que contenía el maletín: títulos, experiencia, recomendaciones… Todo. El recepcionista leyó el resultado en el dial de la balanza: casi un kilo de papeles.
—Valor teórico apto, pero no probado —Una vez más, como siempre me había sucedido, esas palabras, que se habían manifestado ya de mil formas diferentes, herían mi orgullo. El recepcionista introdujo una serie de datos en su ordenador. Después retiró los papeles de la balanza y los introdujo en una trituradora —. Sala 496. Pase, Su Majestad Omega le está esperando.
—Entendido, gracias —respondí, sintiendo mis manos frías.
—Le está esperando. No le gusta esperar —me advirtió el recepcionista a modo de despedida.
Olvidé allí el maletín vacío. Su contenido había quedado destruido y sabía que ya no tenía fuerzas para llenarlo de nuevo.
Crucé la recepción y me dirigí al único pasillo del edificio. Era estrecho y de hormigón, más propio de un búnker que de un edificio de oficinas. A ambos lados cientos de puertas: todas pintadas de negro y con una sencilla placa dorada que indicaba el número de sala.
Al leer los números de las dos primeras puertas no pude evitar sentir cierto desasosiego: 234 y 5. Sin embargo, el verdadero pánico se apoderó de mí cuando comprobé que lo ilógico de la numeración se repetía a lo largo del pasillo: 32, 456, 2, 890, 1237… Quise volver atrás, preguntar al recepcionista por aquel sistema infernal. Pero a mis espaldas ya no había ninguna recepción, tan sólo un frío e indolente muro de hormigón.
—“No le gusta esperar” —dijo una voz por la megafonía distribuida a lo largo de todo el pasillo.
«Ya lo sé, desgraciado»
Me lo habían prometido. No iba a fallar ahora.
Corrí por el pasillo, viendo pasar los números de cada sala a toda velocidad: 46,863,1245…
Cada zancada, cada respiración entrecortada por la carrera, cada nuevo número, certificaban que no lo iba a lograr. Como siempre me había sucedido, creía saber lo que necesitaba para conseguir algo y después todo se transfiguraba en una amalgama de sinsentidos inalcanzables.
La fatiga me obligó a parar. Una arcada subió por mi garganta y su sonido recorrió el pasillo. La saliva llegaba a raudales como preludio de algo más. Me tapé la boca y pegué la lengua al paladar. Respiré profundo tres o cuatro veces. Noté el regusto ácido, pero conseguí no vomitar.
Cerré los ojos y continúe respirando. Supe que no iba a poder serenarme. Pero debía intentarlo. Aparentar normalidad, mantener la calma, esforzarme. Al final todo llegaría. Lo conseguiría.
“Porque me lo habían prometido”
Al abrir los ojos la imagen de una puerta negra con el número 496 se burlaba de mi incapacidad manifiesta. El altavoz de la megafonía crepitó una vez más.
—Pasa. No le gusta….
—Esperar, sí, lo sé. —bufé.
Pensándolo ahora, quizá me hubiese sentido más cómoda si nunca hubiese encontrado la puerta, si simplemente me hubieran expulsado de allí. Hubiera tenido sentido no encontrarla. Tener “suerte”, depender de ella en aquel momento, me aterró.
Aunque me seducía la idea de alejarme de allí, no dejé que me invadiera la duda. Necesitaba entrar, y no podía hacerlo de cualquier manera, no como Claudia. Sabía que en mi interior habitaban muchas mujeres. Pero ninguna me podía ayudar en aquel momento. Todas eran yo.
Así que imaginé quién se suponía que debía ser para superar la entrevista. Aquella mujer perfecta, sin problemas de insomnio, de imagen y sonrisa impecables. Busqué la imagen que quería proyectar, pero mi mente únicamente me ofreció una versión grotesca y contaminada de todas aquellas mujeres que admiraba. Tendría que ser suficiente.
“No pienses, hazlo de una vez”.
Tiré del pomo. Ante mí se descubrió una penumbra absoluta, solo despejada por la pálida luz de un flexo de oficina al final de la estancia que iluminaba el centro de una diáfana mesa blanca. Al cruzar el umbral, la temperatura descendió bruscamente. El olor reinante era una mezcla de lejía y moho; penetrante, rancio y terroso.
Una respiración entrecortada y sibilante, un instrumento oxidado y desafinado se ocultaba en la penumbra, cerca del flexo, pero escapando de su luz.
—Buenos días —dije, aunque no tenía ninguna certeza de que fuera aún por la mañana—. Soy Claudia. He venido por la entrevista —Mis labios secos se pegaban en cada silencio como si no quisieran decir una palabra de más.
Recibí como única respuesta aquella respiración metálica y perturbadora. Inmóvil en la oscuridad, sentí el tiempo detenerse. Presa en aquella jaula de incertidumbre, pensé que quizá me había equivocado de lugar. Hasta que la respiración fue, al fin, interrumpida por un violento ataque de tos.
Una mano de largas uñas dirigió el flexo hacia mi posición. Cegándome en un principio, para después desvelar parte de la larga mesa blanca y una espartana silla de aluminio ante mí.
—Bienvenida, candidata. Por favor, toma asiento —me indicó una melodiosa voz femenina desde el otro extremo de la mesa.
La silla rascó el suelo provocando un chirrido. Me senté e intenté, sin éxito, acomodarme sobre su dura superficie.
—Sé que puede sorprender que haga la selección yo misma, pero se trata de un asunto de la máxima importancia, como comprenderás —La voz se volvió más aguda, más metálica—. Comprendes la importancia, ¿no? —asentí, y al hacerlo, la voz recuperó su armonía—. Tu nombre… —Oí cómo mi interlocutora pasaba las páginas de lo que intuí debía ser mi expediente o algo similar—. Es Claudia… Muy bien, Claudia ¿Alguna pregunta antes de empezar?
—No, ninguna —mentí, porque esa era la respuesta que tenía que dar la mujer que debía ser.
—Excelente. Comencemos entonces. Las pruebas son muy sencillas. Por supuesto, debes superar todas y cada una de ellas. Eso doy por hecho que va a suceder. Al final el factor diferencial del resto de candidatas será tu desempeño durante la entrevista…
Volvió el silencio y de nuevo aquella respiración angustiosa. Parecía que mi entrevistadora estaba completamente ausente. Aquello ya duraba demasiado y yo nunca he tolerado bien los silencios. Intenté retomar la conversación.
—Disculpe, señora. ¿Está todo correcto? Puedo empezar cuando usted… —Una larga exhalación, un doloroso y sonoro suspiro cortó mi ridículo discurso. Un escalofrío azotó mi espina dorsal.
—Todas y cada una. Debes superar todas y cada una de ellas —repitió mecánicamente, después entró en la sala un empleado y depositó una caja rectangular a mi derecha—. La primera prueba consiste en montar el puzzle que… —otra pausa incómoda, el empleado abandonó la sala y cerró la puerta desde fuera—. Bueno, el puzzle de mil piezas que acaban de dejar en la mesa, a tu lado. Un juego de niños para alguien de tus capacidades, pero así vamos calentando. Normalmente el tiempo que doy a los aspirantes para resolver la prueba es de media hora, pero confío en que a ti te bastará con veinte minutos —dijo con acritud—. Te aconsejo que te des prisa, ya sabes, “el tiempo no espera a nadie”.
Tras esas manidas palabras, que sonaban a reproche por mi tardanza, pude ver cómo la mano alargada y decrépita de mi interlocutora daba la vuelta a un pesado reloj de arena. Intenté, de nuevo, vislumbrar su rostro, pero seguía oculto tras la penumbra. Quizá fuera mejor así.
—Adelante —su voz recuperó su habitual serenidad.
Comencé a resolver el puzzle. Primero seleccioné todos los bordes y después monté aquellas figuras del conjunto que resultaban más obvias y reconocibles para que me sirvieran de referencia. A los cinco minutos, basándome en la composición y en una gama de colores en la que predominaban los ocres, reconocí que el puzle era la imagen de un cuadro: “El mundo de Cristina”.
Mientras permanecía enfrascada en el puzzle, pude oír cómo Omega tomaba notas en un bloc.
A falta de cinco minutos para agotar el tiempo, todo fluía. Fui colocando una pieza tras otra sin ninguna interrupción salvo, quizá, un pensamiento: me reconocía en la imagen que había ido configurando en la superficie de la mesa. Una mujer acostada, aparentemente desvalida, sobre un campo baldío que miraba desesperada en dirección a lo que parecía su hogar. Pero todo encajaba. Todas las piezas en su sitio. Todas.
Excepto una.
—Se acaba el tiempo —me advirtió Omega, mientras la arena del reloj caía indolente, ajena a todo lo que estaba en juego.
Cogí la última pieza: una minúscula porción del campo yermo que se reflejaba en el puzzle. Mi lógica entera se quebró.
“La pieza no encajaba”
Repasé la imagen, el método, la caja…. Pero la imagen era la que se suponía que debía ser, el método seguido era correcto y en la caja no quedaba ninguna otra pieza.
—Vamos… Hace rato que esto tendría que estar… Diez, nueve, ocho siete… —Omega comenzó la cuenta atrás.
Sostuve aquella endiablada pieza en mi mano sudorosa. Los últimos granos de arena del reloj cayeron pesadamente. Intenté encajar la pieza, le di la vuelta, intenté encajarla y, de nuevo, le di la vuelta…
“¿Por qué?”
—Seis, cinco, cuatro, tres…
“¿Por qué? Esto no tiene ningún sentido”
—Dos, uno…
“A la mierda”.
Encajé con violencia la pieza en el hueco, deformándola en el proceso.
—Cero —concluyó Omega.
Mantuve fija la mirada en la pieza deforme que estropeaba el conjunto del puzzle. No podía entenderlo. Todo era correcto, la forma la adecuada y aun así… Me preparé para lo peor.
—¡Cero! Cerooooo… Peroooo dentroooo de tiempoooo —dijo Omega con un tono tan juguetón como retorcido.
Intenté sonreír y, por fin, aparté la mirada de la condenada pieza.
—Interesante, Claudia —Omega apuntó varias cosas más en su bloc de notas antes de depositarlo sobre la mesa. Decenas de marcadores de colores sobresalían por su parte superior —. Aunque, para serte sincera, pensé que te resultaría mucho más sencillo teniendo en cuenta tu currículum…
“Ni siquiera lo he conseguido realmente…” pensé. Reprimí mi afición de morderme las uñas en situaciones como aquella. Simplemente esbocé una sonrisa boba, una disculpa por la incompetencia que Omega me adjudicaba. De nuevo, pensé que le complacería.
—Bueno, bueeeeno… Hay que continuar —dijo, con buen humor—. Te seré sincera, Claudia. Eres de mis favoritas. Sí, sé que no es profesional que yo te diga esto, pero… Bueno, es uno de los motivos por los que te hago la entrevista en persona. ¿Qué opinas?
—Me siento halagada —respondí, recuperando cierta confianza.
—Deberías, desde luego. Ah… me recuerdas tanto a mí cuando era joven… Tan atolondrada, tan inocente… Y fíjate —silencio, un par de respiraciones agónicas más—. Fíjate hasta dónde he llegado. Hasta dónde podrías llegar… No podía ser de otra forma, yo lo sabía entonces como tú lo debes de saber ahora. No me vas a defraudar, ¿verdad?
—No, señora. —la poca confianza que hubiera podido acumular se había quedado bien atada por el nudo que sentía en mi estómago en aquel momento.
—Eso es. Espero mucho de ti. Por eso soy tan exigente contigo. Lo entiendes, ¿no? —Omega se inclinó sobre la mesa, sus largos dedos enjoyados, entrelazados como una maraña de espinas, quedaron al descubierto.
—Sí, señora —La perspectiva de parecerme a Su Majestad Omega me causó náuseas, más al reconocer en mi fuero interno que existían indudables coincidencias entre las dos.
—Excelente. ¡Excelente! —dos palmadas secas de sus manos huesudas indicaron que era el momento de continuar, un empleado de traje entró en la estancia y tiró el puzle a un pequeño cubo de basura metálico. Después se retiró con la misma premura con la que había aparecido y cerró la puerta. Clic, clac. No había escapatoria.
Omega revisó el bloc.
—Tenemos mucho por hacer. Sigamos con las pruebas.
Eran muchas. Y de toda índole: esgrima, ajedrez contra una IA, media maratón en cinta de correr, una torre de Hanói, examen de matemáticas avanzadas, interpretación a piano de la “Campanella” … No sé cuánto tiempo transcurrió entre esas cuatro paredes, pero mi mente y mi cuerpo estaban al límite. Cada desafío tomaba algo de mí. Algún pequeño error, un fallo que me dejaba con mal sabor de boca. Un tocado de espada, un tropiezo, un caballo perdido, una nota equivocada…
Sin embargo, tuve éxito en todas las pruebas.
“No entiendo por qué no ha encajado”
—Enhorabuena. Aunque no lo hayas hecho de la forma más pulcra, tus capacidades están fuera de toda duda —reconoció— Sabía que no me defraudarías, niña. Sin embargo, aún queda una última prueba…
De nuevo, Omega revisó el bloc.
—A ver… Oh, sí… ¡El test de personalidad! —una risa jovial, casi desquiciada, llenó la sala— No te voy a mentir, es la fase en la que más candidatas han fracasado. Como te dije: puedes abandonar en cuanto quieras. Has demostrado tener muchas habilidades, muchos conocimientos… Pero eso no basta. Necesitamos saber quién eres realmente, — “Yo también”, me dije— así evitamos seleccionar a una candidata que sea débil de espíritu. Pero una persona tan preparada como tú… Tengo la intuición de que lo harás muy bien —escribió algo más en el bloc—. Muy bien, sí.
¿Cómo se suponía que podía estar preparada para una prueba así?
—27 años, desempleada, soltera… —repasó en mi expediente— Bien, ¿has realizado ya algún test de personalidad en otras entrevistas?
—Sí, he realizado algunos.
—Seguro que no como este —intuí como se dibujaba una retorcida sonrisa en la oscuridad—. Este es especial. Puede que duro, sí, pero mejor que todos a los que te hayas podido someter. Verás… Para acceder al cargo se requiere un tipo de personalidad muy concreta. Es estupendo que tengas… tantos conocimientos increíbles, tantísimas habilidades estupendas… Pero, en el mundo real, eso no es suficiente, Claudia. No sirve de nada si no nos vale tu yo interior. En definitiva: tengo que saber de qué pasta estás hecha. Pero, no te preocupes, seguro que encajas dentro de los parámetros que buscamos.
Desvié la mirada hacia la superficie de la mesa, donde antes se encontraba el puzle. ¿Por qué aquella pieza no había encajado?
—¡Comencemos! —dijo Omega borracha de euforia—. El test se compone de cinco preguntas. Te advierto que algunas de ellas pueden ser un tanto… invasivas. Sin embargo, son imprescindibles para comprobar si eres óptima para el puesto.
“Apta, pero no óptima”. Aquella frase aún me quemaba. Mi ego se resentía de nuevo, maltratado por todo lo ocurrido. Y la pieza seguía sin encajar. Aunque quedara un hueco.
Omega depositó una pesada grabadora plateada encima de la mesa y le dio a “record”.
—¿Alguna duda o problema con todo lo que acabo de decir? Sí respondes afirmativamente entenderé que tengo tu consentimiento para continuar. Acércate y grita un poco.
—Está bien, ningún problema. —dije incorporándome hacia delante y elevando la voz.
—Excelente… —silencio, como si se hubiera olvidado de respirar, después una larga y sonora inspiración—. ¡Excelente! —gritó Omega triunfal. —. Primera pregunta: ¿Cómo te describirías a ti misma?
“Aquella pieza…”
—Considero que soy una persona responsable y de confianza —joder, la respuesta más manida en la historia de la humanidad, “vamos, puedes hacerlo mejor” me dije—. Aunque lo que más destacaría es mi tenacidad. Hasta ahora siempre he conseguido todo lo que me he propuesto.
—“Hasta ahora…” —añadió Omega. Después escribió despreocupadamente en el bloc— Todo bueno por lo que veo… pero, dime: ¿Qué diría de ti la persona que menos te quiere en el mundo?
Era la típica pregunta, aquella en la que expresas tus defectos escondidos de virtudes, pero más retorcida, por supuesto, como todo lo que rodeaba a Su Majestad Omega.
La respuesta era sencilla: La persona que menos me quería estaba justo donde yo estaba sentada. Verbalizarla para no humillarme iba a resultar más complicado.
—Eooo, ¿estás conmigo Claudia?, ¿Qué diría?
—Perdón —la palabra que me perseguía—. Diría… Diría que soy obsesiva en ocasiones, que no me fio de que otros puedan hacer las cosas como yo las hago, que no sé delegar…
—Haces bien —dijo—. Te habrá sorprendido que te haga yo esta entrevista. Pero es un asunto de la máxima importancia —hizo una extraña pausa, y aunque era casi inaudible, pude escuchar un pequeño gemido de dolor—. Continuemos. ¿Vamos por la segunda o la tercera?
—Creo que…
—Segunda. Sí. —su voz se hizo más pesada, menos tolerante. — Habla cuando te lo pida.
Me revolví en la silla. Aquello no estaba yendo bien. Pensé por primera vez que quizá no conseguir aquel puesto no sería lo peor que me podría pasar entre esas paredes.
—Segunda pregunta: ¿Por qué mataste a Jackie?
“Es la tercera, estoy segura”
—¿Qué? —la ira que llevaba acumulando en mis entrañas durante todo el proceso, durante toda la entrevista, trepó por mi garganta—. ¿Cómo sabes eso?
—Te he advertido: algunas preguntas son invasivas —dijo impasible—. Tan invasivas como necesarias para acceder al puesto — hizo una pequeña pausa, tachó algo en el bloc y apuntó algo más—. Limítate a responder. Y sé honesta. La honestidad es fundamental para triunfar en esta vida. ¿Por qué lo hiciste?
En aquel momento la mujer que debía ser empezó a ser sustituida por mí. Entre su imagen resquebrajada volví todo yo. La pierna derecha temblaba debajo de la mesa y ni siquiera me percaté de que me estaba mordiendo las uñas. Rabia líquida asomaba por el borde de mis ojos.
—Era tan solo una niña… creí que era su medicación… fue… fue un error —respondí, la garganta me quemaba de indignación y rabia. Desvié la mirada. El sonido del bolígrafo sobre el bloc resultaba insoportable.
—Para una vez que os dejaba solos tú mamá… Buen perro Jackie, pero es una mancha en tu expediente… No es raro tener alguna, Claudia. Lo importante es esforzarse y aprender de los errores… ¿No crees?
Asentí lentamente, con la mirada perdida. Mi anterior sonrisa se invirtió.
—Ahora eres mucho más responsable, seguro —dijo despreocupada, dejándome con aquel doloroso recuerdo de infancia— Bien. Sigamos. Tercera pregunta. Vamos a centrarnos en tu currículum. A ver… Tres idiomas, la carrera de historia del arte, varias matrículas de honor y dos másteres… Impresionante. Sin embargo, este sería tu primer empleo, ¿no?
“Zorra”
“La haré encajar”
“Déjame ver tu cara, zorra”
—Como habrá podido leer en mi currículum —respondí caústica—, he tenido numerosos empleos. Pero me ha resultado difícil encontrar alguno relacionado con mis estudios…
—Entiendo. Pensarás: ¿De qué ha servido? ¿He tirado mi tiempo a la basura? Pero bueno, todo vale, Claudia. Tienes que esforzarte, adaptarte constantemente. Y te lo prometo Claudia… al final… —Omega dio unos golpecitos con el boli sobre la libreta, como un redoble de tambor que anunciase aquello que iba a decir—. Al final todo llega.
Volvió a callar. Algo le pasaba. Escuché un sonoro jadeo que iba creciendo en intensidad, no como el de un perro sediento, si no como si algo le hubiese asustado o tuviera algún tipo de dolor.
¡BLAM! Omega cortó aquel espectáculo bizarro con un sonoro puñetazo sobre la mesa que me estremeció. Fuera lo que fuera que le estuviera sucediendo, aquel golpe lo había cortado de raíz.
Por el momento.
—Todo… llega… —y continuó— Tercera pregunta: ¿Crees que eres mejor que las demás?
—¿Perdón? —me salió del alma.
—Oh vamos, ¿Hace falta que te lo repita?
—No entiendo qué importancia puede tener mi opinión, lo que yo considere. Sí, me considero muy buena en casi todo lo que hago, pero no creo que esté por encima de todo el mundo— “Sí de la mayoría, al menos”. Reconocí en mi fuero interno —. Eso deberá juzgarlo usted —señalé, irritada.
—¡Irrelevante! ¡Irrelevante! ¡Irrelevante! No tienes que entender nada, sólo responder… —le faltaba el aire— ¿Entiendes?
—No —dije desafiante.
—¡Responde! —Omega se levantó furiosa, la silla de metal chirriando, raspando violentamente el hormigón. Su rostro se acercó a la luz por unos instantes; dorado, gris y, aparentemente, viejo, o mejor, demacrado, enfermizo.
—¡Sí! —respondió el miedo.
Después, satisfecha, se dejó caer de nuevo. Regresando a la oscuridad.
—Buena chica, ¿Y bien?
—Soy mejor. Mucho mejor que cualquier candidata —respondió el ego.
—Así habla una reina —dijo con cierta sorpresa en su voz, casi arrepintiéndose al instante. Un soplo de orgullo me llenó el pecho—. Ahora… Hagamos un pequeño receso —parecía agotada, su respiración era en ese momento la misma que anuncia los estertores de una muerte inminente. Dos palmadas y, en menos de diez segundos, un empleado entró con una bandeja cargada de té y lo que parecía un ajado pastillero de porcelana.
El empleado me sirvió el té en una delicada taza. Al beberlo me quemó la lengua y la garganta. A pesar del dolor, lo deposité con cuidado sobre la mesa, procurando no derramar ni una sola gota. Después observé.
El empleado dejó el pastillero frente a Omega. Como si fuera una siniestra ave carroñera a la espera de un festín, las manos de mi despiadada entrevistadora no se movieron del borde iluminado de la mesa. El resto de su cuerpo permaneció en la sombra.
Fijé mi atención en el empleado. Un hombre mayor vestido de traje. Se movía con lentitud, pero con la eficiencia de un autómata; sus movimientos eran los que debían ser. Los justos y necesarios. Ni uno más ni uno menos. No me dirigió la mirada en ningún momento.
El empleado abrió el pastillero. En su interior pude distinguir una gran cantidad de píldoras de un color púrpura, cuya superficie brillaba a la luz del flexo. La mano del empleado, enguantada en seda blanca, inició su movimiento mecánico: cogía sistemáticamente una píldora, se introducía en la oscuridad y regresaba vacía. Así sucesivamente. Conté al menos nueve pastillas hasta que la respiración agitada y agónica de Omega se convirtió en auténticos suspiros de alivio y placer.
—Suficiente. —la mano del empleado, una nueva píldora entre sus dedos, quedó a medio camino en su tarea— ¡Suficiente he dicho! — ordenó Omega con renovada energía. El empleado guardó la píldora en el pastillero y lo cerró igual que lo había abierto, del mismo modo que recogió el té, y se fue igual que había entrado. Cuando pasó a mi lado, un sutil olor alcanfor quedó flotando en el ambiente.
No había probado ni una gota de té. No notaba la lengua, pero la garganta dolía. Dolía de veras. ¿Por qué? ¿Por qué cada descanso, cada placer, cada satisfacción, por pequeña que fuera, exigía tanto dolor?
La puerta se cerró tras de mí, pude oír, de nuevo, como el empleado echaba la llave al salir.
Otra vez. Solas. Sin embargo, noté con claridad como algo en mí comenzaba a germinar. Era la rabia, el dolor que sentía. Pero, esencialmente, eran las palabras de Omega.
Habían tenido, de forma consciente o no, ese efecto. Resonaban en mi cabeza: “Así es como habla una reina”. Aunque el dolor, la humillación y la hostigación constantes eran insoportables, me aferré a esas palabras. Porque me lo habían prometido.
Después de tanto tiempo viviendo en la abnegación abracé, al fin, el germen de una gloriosa convicción: Hasta aquí habíamos llegado.
“Si la oportunidad no existe, la arrancaré.”
Omega anotó algunas cosas más, su energía inicial parecía haber sido restablecida. Pero yo ya la había visto; una grieta que supuraba agotamiento y debilidad. El furioso discurrir del bolígrafo sobre el bloc ya no ejercía ningún poder sobre mí. La entrevista continuó.
—Cuarta pregunta: ¿Crees que tus padres están orgullosos de ti?
—No veo qué importancia puede tener esa pregunta para el puesto —quería romperme de nuevo, no se lo iba a permitir.
—Últimamente… —pasó varias páginas del bloc—. No pasas mucho tiempo con ellos. ¿Por qué?
—He intentado buscarme la vida. Para quién no tiene dinero, el tiempo es la única moneda de cambio.
—Te cuestionan. No están seguros de que vayas a tener un futuro. Lo sabes, ¿no?
—No puedo cambiar su forma de pensar.
—¿No te importa? —dijo desconcertada— Interesante… —subrayó algo en el bloc— ¿Y si tienen razón?
Un instante de duda. Noté como ella lo había percibido.
—No puedo cambiar su forma de pensar.
—Eso ya lo has dicho, ¿y la tuya? ¿Cómo piensas tú? ¿Qué esperas del futuro? —su voz se volvió dulce, casi como si empatizara con mi situación.
La pregunta me pilló por sorpresa. Nunca me la había planteado de forma seria. Lo medité unos instantes.
—Reconocimiento. —dije con convicción plena.
—¿Ves? Eso es una respuesta sincera. Siento que por fin te abres Claudia. Cada vez veo más claro tu verdadero yo.
Al otro lado de la sala, la figura de Omega se retorció. La mesa vibró por unos instantes. Después, las manos de Su Majestad se apoyaron la una en la otra, refrenando algo que parecía difícil de controlar.
—Quinta pregunta —dijo al fin—. ¿Estás dispuesta a sacrificarlo todo por la corona?
—Todo —respondí sin atisbo alguno de duda, con el convencimiento de que todo ya se me había arrebatado. Omega se revolvió en su trono. De nuevo, parecía tan sorprendida por mi respuesta como yo lo hubiera estado al comenzar aquella entrevista.
“La voy a hacer encajar”
—Oh niña… —me expresó su máxima condescendencia—. ¿Seguro? No sé si lo entiendes, si eres realmente consciente de lo que significa esa respuesta. Debes estar dispuesta a darlo todo. Tus amigos, tu familia. A ti misma. La vida es dura. La corona, pesada —prosiguió, hablando como se le hace a un crío—. El éxito hay que ganárselo. ¿O es que quieres ser una pobre chica? ¿Una cualquiera? No… Claro que no. Has dicho que eres mejor que las demás. Crees que ya has hecho bastante, que ya tendría que ser suficiente…
—¿Y no es así? —pregunté, al borde del grito.
—Sabes que no —cortó—. Reinar nunca es tan sencillo. La corona exige todo, siempre y más.
Sentí como el germen de mi interior crecía hasta desbordarme. Me lo habían prometido. Mi reinado estaba cerca. Entonces todo el sufrimiento culminaría en un horizonte dorado. Al fin la corona. Al fin la gloria.
—Todo. Esa es mi respuesta final.
—Um… —pareció masticar mis palabras, eran un bocado pesado para ella— Quizás… quizás sí que entiendas lo que supone… —aprecié por primera vez preocupación en su voz— Quizás… Emm…
Silencio. Después prosiguió.
—Emm… Sí, bien —cerró de golpe el bloc de notas, como si quisiera finalizar la conversación—. Está bien así. Puedes irte. —un chasquido en la cerradura de la puerta me invitó a salir— Ya te llamaremos.
—¿Cómo?
—Bye bye, auf wiedersehen, adiós. Puedes retirarte, niña. —su mano derecha me despidió sin contemplaciones.
—No.
Un aliento de exasperación llegó como una oleada desde el fondo de la sala.
—Ah, ya sé… Quieres saber si has superado la entrevista, ¿no? Bueno, eso no puedo decírtelo ahora. No es la forma de proceder. El mundo no funciona así Claudia. Las cosas no pasan cuando tú lo decides. Te llamaremos, no te preocupes.
Mi cuerpo hizo el amago de abandonar aquella sala, no sólo porque se me ordenara, si no por puro instinto de supervivencia, sin embargo…
“Encajará”
—Aunque finalmente obtengas la corona, permíteme darte un consejo: ten más respeto por la persona que tienes delante. Te irá mejor. —dijo con sorna.
Agarré con fuerza el borde de la mesa. No saldría de allí sin saber, no saldría de allí sin lo que se me había prometido.
—¿Quién?
—¿Disculpa?
—¿Quién eres? ¿A quién tengo delante?
—Soy la reina, niña. ¿Qué más quieres saber?
—Quiero verte la cara —le desafié.
—No fuerces la situación, Claudia. O emitiré mi decisión aquí y ahora. Y no te va a gustar.
—No me importa. Muéstrate, ¡Muéstrate! ¡Mírame a los ojos! —inconscientemente me había incorporado, las palmas de mis manos golpearon con violencia la mesa exigiendo que se cumpliera mi demanda.
—Tú lo has querido —Su mano alargada movió el flexo, enfocando la luz en su rostro.
Jamás había visto un semblante tan horrible. Jamás la imagen de una persona me había conmovido tanto. De una palidez sucia, era el rostro de una anciana demacrada, no solo por el paso de los años, si no por algo mucho peor.
Las enormes ojeras parecían las cuencas vacías de una grotesca calavera, en su centro dos esferas amarillentas con un punto diminuto en el centro de cada una. Era un rostro de expresión terriblemente cansada. Mostraba sus dientes, apretados hasta la fusión en una mueca de dolor. Un rostro pintado de orgullo, ambición, sí, pero tejido en el sufrimiento de años al servicio de la corona. La corona…
Ahí estaba. Tan retorcida como la reina, su corona. Dispuesta al revés, con las puntas hacia abajo, clavándose en el cráneo de Omega como un instrumento de tortura permanente, provocando que unos surcos de oscura sangre seca se dibujasen en su rostro.
Y, sin embargo, tan hermosa… De un oro viejo, forjado en la excelencia, y decorada por las más bellas piedras preciosas que yo hubiese visto jamás.
—No has superado la entrevista —dijo aquella boca apretada—. Has fracasado, Claudia. Tú prepotencia ha sido tú tumba, niña. —de nuevo, aquella debilidad: le costaba respirar—. Ahora… Cierra la puerta al salir y no vuelvas nunca más —silencio, mirada perdida, un gemido de dolor, una gota de sangre negra discurrió desde una de las puntas de la corona hasta el borde de su barbilla—. Tenías que pasar todas y cada una de las pruebas. Cierra la puerta al salir.
Un torrente de emociones me sobrepasó en aquel momento. Sentí pena por Omega. Presa en su sufrimiento al servicio de la corona.
Se me escaparon las ganas de llorar.
“Quizá no deba encajar”
—¿Alguna vez he tenido posibilidades de conseguirlo?
—Has fracasado —sentenció.
—No. “Me has fracasado”. Desde el principio. Ahora lo sé. ¡Jamás pude fracasar porque no tuve ninguna oportunidad! ¡Jamás pude ser suficiente porque nunca hubo un límite, nunca hubo una prueba a superar! Pero me alegro de haber venido… —su respiración, pesada, reflejaba lo mismo que su rostro: miedo. Miedo a perder—. Ahora sé que debo hacer.
Omega se levantó, desafiante. Su figura completa, más alta y angulosa de lo que había imaginado, era aún más grotesca. Se tambaleaba. Vestía un traje negro dos piezas de otra época, a juzgar por las enormes hombreras que se precipitaban sobre sus hombros debía ser de los ochenta. La débil luz del flexo no pudo borrar todas las sombras de su figura que apenas sí lograba mantenerse en pie.
—Hazlo. Venga, es lo que siempre has querido.
—Con mucho gusto —respondí, arañando la superficie de la mesa.
—¡Hazlo! —bramó.
Entonces yo, toda mi frustración, nos abalanzamos sobre ella.
“Quizá no deba encajar, pero el puzzle estará completo”
A pesar de su aspecto frágil, poseía una fuerza sobrehumana. Me agarró de los hombros, clavándome sus largas uñas hasta el hueso. Manchas carmesí tiñeron mi camisa, sentí un fuerte mareo.
—¿Dónde te crees que vas, niña? No soy reina por nada. Tú eres una promesa. Yo una certeza. Ahora lo verás.
Entonces me empujó sobre la mesa y comenzó a descargar arañazos sobre mi rostro. Al tratar de defenderme sufrí varios cortes en las manos y el flexo cayó al suelo, proyectando una luz de pesadilla que reforzaba los rasgos cadavéricos de Omega. Me habían sorprendido su agilidad y su fuerza, que sin duda nacían de su ansia por proteger la corona. Pero no tuve miedo. Estaba decidida: nunca más. Jamás una derrota. A partir de entonces solo me correspondía mi merecida gloria.
De una patada aventé su grotesco cuerpo alejándolo del mío, para después lanzarme sobre ella y golpear su cabeza contra la fría pared. Con cada golpe, se escuchaba el sonido metálico de la corona y una mancha negruzca crecía sobre el hormigón.
—¡Vas a estropearla! —gritó. Entonces se revolvió y me tiró al suelo. Cuando me quise incorporar, vi cómo alzaba una silla metálica.
—Muere, puta desagradecida —dijo escupiéndome rabia a la cara. Después descargó un aparatoso golpe con la silla, que pude esquivar en el último momento, metiéndome debajo de la mesa.
—Sal, sal… —se ahogaba—, sal de ahí maldita desagradecida… ¡Nunca debí elegirte como candidata! ¡No necesito ninguna heredera! —una profusa tos me indicó que era el momento de actuar.
Salí agachada de debajo de la mesa y plaqué sus piernas para hacerle perder el equilibrio. Cayó al suelo, y al caer, su cabeza golpeó el hormigón con un sonido metálico.
—Vas… —tosió sangre— a estro… pearlaAaa…
Me lo había prometido. Me acerqué a ella y traté de hacerme con la corona.
“Debo deformarla para que encaje”
Agarré el aro de la corona y tiré con todas mis fuerzas, pero estaba bien encajada. Con cada tirón, Omega chillaba más y más. Como un animal a punto de ser sacrificado. Finalmente, en un último esfuerzo, me hice con la corona. Las heridas en el lugar donde las puntas de la corona habían entrado en contacto con la carne supuraban una sustancia marronácea, casi negra.
—¡Déjala! ¡Déja… —Su respiración ya no podía sostener su rabia, sin su corona, la reina no era más que un despojo. Se desvaneció sobre el suelo de hormigón. No comprobé si estaba inconsciente o si había muerto.
“Al fin”
La corona, en mis manos.