«Acunada por la bruma, en el punto exacto de la encrucijada de infinitos caminos, se alza la Biblioteca de los Perdidos».
Himno
de los
Perdidos
Escúchalo aquí:

Andrew me regaló un cadáver por mi cumpleaños.

No era exactamente mi cumpleaños, claro, si nos ceñimos a una concepción humana. Además, a mi edad la cronología me inspira el mismo interés que un pleito por lindes en una aldea castellana. En fin, que el gesto era impecable, eso se lo concedo. Hay maridos que compran flores, otros reservan una suite con spa, velas aromáticas y algún masaje humillante en el que una desconocida te soba los hombros con fervor e inquina… pero Andrew Bernad, que después de más de tres siglos de matrimonio aún conserva la virtud rarísima de no aburrirme, me ofreció algo mucho más personal: una mansión inglesa, una familia detestable y un crimen sin resolver.

Llevábamos un mes en el Lago di Como.

La villa era preciosa y, por tanto, insoportablemente relajante. Antiquísima, de perfecto jardín, con limoneros, una terraza abierta sobre el lago y ese azul obsceno que tanto conmueve a los humanos y que a mí, los primeros siglos, también lo hizo. Andrew mataba el tiempo tocando el piano con una tranquilidad que me resultaba francamente ofensiva. Yo había terminado ya de escribir tres libros, ganado dos debates conyugales de baja intensidad y hecho una inspección completa de la casa, bodega incluida. No se puede pedir más a unas vacaciones cuando uno no duerme, no toma el sol y no finge interés por la gastronomía local. La sangre de los italianos me resulta demasiado empalagosa, qué le voy a hacer.

Estaba bajo la sombrilla, mirando a la nada con hastío homicida, cuando él salió a la terraza con una copa en la mano y una carpeta de piel bajo el brazo.

—Querida —dijo—. Antes de que decidas arrojarte al lago por puro tedio, he pensado en intervenir.

Dejó la carpeta sobre la mesa. El título rezaba: «Caso Sterling, sin resolver.»

Lord Harold Sterling. Setenta y un años. Mansión familiar en Cornualles, Inglaterra. Asesinado en su despacho la noche del treinta y uno de octubre de dos mil veintitrés… y más detalles que todavía no revelaré al lector.

Levanté la cabeza y lo miré por encima de mis gafas de sol puntiagudas.

—Esto sí que es un detalle.

—¿Te mereces acaso menos por tu noningentésimo cuadragésimo octavo cumpleaños?

—¿Cuántos sospechosos?

—Los suficientes.

—¿Cuántos idiotas?

—Todos, probablemente.

Cerré la carpeta.

—¿Cuándo salimos?

—Esta noche. Y esta vez te acompañaré, me siento ocioso.

—¿Y no prefieres quedarte con tus partituras?

—No, además ya me he comprado el esmoquin.

***

Llovía con una crueldad muy británica cuando aterrizamos en los jardines de la mansión Sterling, la noche del 31 de octubre de 2023.

Me gustaría decir que fue una llegada elegante, pero no sucedió así. Los relatos góticos prometen carruajes, relámpagos y cierta dignidad sombría; la realidad fue encontrarnos con un viento horizontal espantoso y mis tacones de aguja hundiéndose en una pradera inglesa inundada de barro.

—Detesto este país —mascullé con asco.

Andrew, impecable bajo su abrigo negro, me ofreció su mano para ayudarme a salir del lodazal. La acepté a regañadientes.

La mansión se alzaba frente a nosotros. Tenía ese aire regio que tanto gusta a ciertas familias inglesas: piedra oscura, ventanales estrechos, hiedra controlada y una pretensión aristocrática que habría resultado conmovedora de no albergar en su interior un cadáver.

—¿Preparada? —preguntó Andrew.

—Siempre.

***

—Ha sido muy fácil —dije, mientras salíamos de la mansión.

—La noche no ha terminado todavía, querida.

—¿Cómo dices? —pregunté alzando una ceja.

—Lo que oyes. Dame la mano. Viajaremos a… hace unas horas. Y esta vez… que intenten resolverlo ellos.

Ambos nos reímos de manera fatal. Ya sabéis, como villanos terribles.

Un parpadeo, y la tormenta había vuelto.

Entramos de nuevo.

El recibidor olía a velas, humedad y dinero inmerecido de generaciones enteras. El mayordomo dormía sentado en una silla junto al pasillo principal, con la cabeza vencida sobre el pecho. Tenía el aspecto del clásico mayordomo: anciano de unos setenta años, vestido con chaleco y americana, de porte estirado y contenido.

Andrew le dio dos toquecitos en la sien y el hombre abrió los ojos de golpe.

Tardó tres segundos en vernos, dos en comprender que no éramos nadie que debiera estar allí y uno en decidir que la vida lo había traicionado definitivamente.

—¿Quiénes son ustedes? —balbuceó.

—Sus nuevos ayudantes —dije.

—¿Ayu… ayudantes?

—Sí.

Me miró sin entender nada.

—¿Dónde está el resto? —pregunté.

—¿El resto de qué?

—De sus desdichas. La viuda. Los hijos. Los invitados. El servicio. La jardinera con vocación. La adolescente que odia a todo el mundo en silencio. Esa clase de fauna.

El mayordomo parpadeó.

—¿Cómo sabe…?

—Porque he venido precisamente por eso.

—Espere un momento… ¿Viuda, dice?

Me incliné hacia él. Dejé que me viera bien.

No siempre enseño los colmillos, es un hábito que en la mayoría de ocasiones me resulta algo vulgar. Normalmente basta con retirar del rostro todo ápice de emoción humana y permitir que el otro advierta, con esa parte de su cerebro que aún sirve para algo, que pertenece a una especie comestible.

—Escúcheme con mucha atención —dije—. Va a despertar a todos. Ahora. Los reunirá en el vestíbulo. ¿Entendido?

El mayordomo palideció.

—Sí, señora.

—Excelente. Aún quedan ingleses pragmáticos.

Diez minutos después, la mansión entera estaba en pie y de mal humor.

Bajaron uno a uno, o de dos en dos, arrastrando batas, rabia, sueño y una sensación cada vez mayor de que una catástrofe había ocurrido. Yo estaba junto a la chimenea apagada, de espaldas. Andrew, de pie tras de mí, tenía el aspecto sereno y mortífero de un diplomático francés a punto de negociar el fin de una dinastía.

La primera en entrar fue Pilar Sicilia, la joven esposa del muerto, portando una bata de seda color marfil, un turbante berenjena y la falsa indignación bien estudiada en su rostro. Tras ella apareció Paul Sterling, el primogénito, junto a su mujer, Carla Bellarossa, que mantenía el glamour intacto incluso a las dos de la mañana; William Sterling, el segundo hijo, de aspecto desenfadado, con el esmoquin puesto todavía. Helen Sterling, descalza y furiosa; Diego Kebab, el cocinero, que parecía dispuesto a proteger a Helen, a discutir con cualquiera y a incendiar media Inglaterra si se terciaba. Luego llegaron Joseph Sterling, con cara de haber dormido vestido desde 1987, hermano del muerto; el Dr. Gregory Skullen, despeinado e indignado, como si le hubiéramos interrumpido sus sueños de grandeza; y La China —así es como aparecía en los informes. No me culpen a mí, culpen al racismo institucional de un funcionario mal pagado—, hija adoptiva del primogénito y la italiana, observándolo todo en silencio.

—Esto es inadmisible —dijo Pilar, antes que nadie—. ¿Quién demonios son ustedes?

—Buena pregunta —respondí—. Empecemos por ahí. Soy Laura Balanzat. Este es mi marido, Andrew Bernad. Somos vampiros detectives viajeros espacio-temporales y, por desgracia para todos ustedes, los únicos presentes en esta sala con un mínimo de competencia intelectual.

Hubo un silencio.

El Dr. Gregory Skullen lo interrumpió soltando una risita breve.

—Ah, de puta madre. Muy ingenioso, sí. Me presentaré, yo soy…

Andrew lo miró y Skullen dejó de hablar.

La puerta se abrió de golpe. Detrás del umbral aparecieron Yaiza, la jardinera; y Néstor, el encargado de mantenimiento, que me miró una vez, miró a Andrew, volvió a mirarme a mí y decidió con admirable rapidez que él no había firmado en su contrato nada de lidiar con vampiros.

—Ay Dios mío, ¿qué hostias está pasando aquí? —preguntó, confundido.

—Entren y guarden silencio —ordené—. Lord Harold Sterling ha sido asesinado en esta casa. Yo ya he resuelto el crimen hace un rato, pero mi ocurrente marido ha decidido concederles la posibilidad de demostrar que no son del todo indignos del aire que respiran.

Helen se cruzó de brazos.

—Esto no tiene ni puta gracia. ¿Dónde está mi padre?

—Muerto, ya os lo he dicho —dije—. Muy muerto. Bastante más de lo habitual, de hecho.

William Sterling dio un paso al frente.

—¿A qué se refiere con bastante más de lo habitual?

—Su padre está en el despacho. Decapitado.

Carla se llevó una mano a la boca y soltó un alarido agudo, seguido del típico intento de desmayo dramático. Paul cerró los ojos un instante y la cogió de la cintura para que no se cayese. Pilar retrocedió hasta tocar la consola del recibidor. El mayordomo empezó a temblar.

La única que no alteró el rostro fue La China.

—No pueden pretender que nos creamos esta locura —dijo Joseph, con voz ronca—. Si Harold está muerto, llamaremos a la policía.

—No —dije.

—¿Perdón?

—He dicho que no. Nadie saldrá de esta casa. Nadie llamará a la policía. Nadie se pondrá histérico. Si alguien se pone pesado, Andrew lo sentará, quizás para siempre. Si alguien intenta huir, yo lo traeré de vuelta y, si alguno de ustedes me hace perder el tiempo, me lo comeré.

Néstor levantó una mano con brusquedad germánica.

—Una preguntica.

—Adelante. —Le hice un ademán con la mano.

—Cuando ha dicho «si me hacen perder el tiempo, me los comeré»… ¿Era una hipérbole o una amenaza literal?

Me volví hacia Andrew.

—Este me cae bien.

—A mí también —dijo él.

—Gracias —dijo Néstor, sin alivio alguno—. Pero si me responden, mejor, ¿eh?

—Bien. Le contesto: amenaza literal.

—Perfecto. ¡Pues eso no estaba en el contrato que me hizo el viejo! ¡Y estoy sindicado!

Yaiza le dio un codazo.

—Cállate.

—No, perdona, Yaiza, esto es importante. Una cosa es que nos secuestre una condesa psicópata y otra que además exista una cláusula de canibalismo.

—No soy condesa. Y técnicamente no sería canibalismo, lo único que me interesa es su sangre. Concretamente la del tipo A+, aunque Andrew no le hace ascos a ninguna.

—Yo soy un choncho —murmuró Néstor—, no me sé mi tipo sanguíneo. ¿Tú te lo sabes, cariño?

—Ignoraré ese alarde de estupidez —dije—. Nadie va a salir de esta mansión hasta que terminemos. Van a mirar el cadáver. Van a escuchar lo que yo tenga a bien contarles. Van a acusarse los unos a los otros, que es para lo único que suelen servir las familias de este tipo, y luego intentarán reconstruir quién mató a Lord Sterling, por qué lo hizo y cómo lo hizo. Si aciertan, me daré por entretenida. Si no aciertan, revelaré la solución y decidiré después si su inutilidad merece castigo o sólo desprecio. Por supuesto, el o los asesinos, si salen impunes, recibirán también el obsequio de no ser devorados.

—Esto es demencial —susurró Carla.

—Señora Bellarossa, están en una mansión inglesa, en Halloween, con un patriarca rico muerto en su despacho, una segunda esposa joven, tres hijos y un hermano resentidos, un «doctor» ocultista invitado, un mayordomo, un cocinero turco comprometido con la hija rebelde, una jardinera, un comunista encargándose del mantenimiento, una adolescente adoptiva china y dos vampiros. Lo demencial habría sido esperar normalidad.

Andrew inclinó apenas la cabeza.

—Laura.

—Sí, querido.

—Estás disfrutando demasiado.

—Llevaba quince días muriéndome del asco. Ten piedad.

Me volví hacia el grupo y señalé el pasillo.

—Vamos al despacho.

Nadie se movió. Los colmillos, siempre hacen falta los malditos colmillos.

—Ahora —ordené. Esta vez obedecieron.

Atravesamos el pasillo central. La luz tenue de las lámparas de pared provocaba unas sombras ondulantes, el viento golpeaba con fiereza en los ventanales y, en algún punto de la casa, crujió el suelo. El género humano, cuando quiere decorar su propio miedo, inventa fantasmas, cuando realmente siempre se trata de simple e inofensiva madera vieja.

Empujé la puerta del despacho.

Lord Harold Sterling seguía desplomado junto al escritorio, vestido aún para la cena, con la cabeza separada del tronco y una expresión de orgullo congelada en su rostro, aunque de nada le sirviera ya. Había sangre en la alfombra, en la pata de la mesa, en el estante inferior de una librería. En fin, por todas partes.

Pilar lanzó un grito, ligeramente operístico, aunque desafinado. Carla apartó la cara. Paul se quedó inmóvil. Helen murmuró una blasfemia. Diego la rodeó con el brazo. El mayordomo hizo un ruido extraño, entre sollozo e incredulidad. Gregory palideció hasta adquirir tono de pescado. Joseph apretó los dientes con tal fuerza que pensé que iba a partirse uno, William cerró los ojos. Yaiza no podía ver con tanta maldita gente. Néstor miró el cadáver, luego me miró a mí.

—Pues sí que iba en serio, la tía esta, ¿e o no e? —dijo como si le diese todo igual.

—Nunca bromeo con los muertos —respondí.

—Mentirosa —me susurró Andrew.

Me acerqué al escritorio y me volví hacia ellos.

—Bienvenidos, señores, al caso Sterling.

Dejé que el silencio se tensara otro poco.

—Ahora empieza la parte divertida.

Nadie habló durante varios segundos.

Las familias ricas no reaccionan como la gente normal. Primero evalúan el terreno, después deciden a quién odiar para su propio beneficio.

Joseph Sterling fue el primero en recomponerse.

—Esto es inaceptable —dijo, con voz firme, autoritaria, acostumbrada a que el mundo le obedeciera—. Sea lo que sea que están intentando, esto excede cualquier límite de lo razonable.

—Lo razonable —respondí— murió hace aproximadamente una hora. Con su hermano. La Ilustración ha muerto, señor Sterling, hora de afrontar la realidad.

Joseph me sostuvo la mirada. Era de ese tipo de hombres que creen que el poder consiste en no parpadear.

Esperé.

Parpadeó primero. ¡JA!

Paul dio un paso adelante.

—¿Qué quiere exactamente de nosotros?

—Que piensen, ya se lo he dicho.

Carla cogió el brazo de Paul con protección.

—Esto es demasiado —dijo—. No están en condiciones… tenga un poco de coraz… Bueno, de lo que sea.

Solté una carcajada.

—Los humanos nunca estáis en condiciones para nada.

—Yo llamo a la policía —espetó Helen con sequedad.

—Por enésima vez: no —respondí—. Estoy empezando a perder la paciencia, insensatos.

Néstor levantó la mano.

—Una dudica técnica.

—Sí, Néstor.

—¿Esto entra dentro de lo legal?

—No.

—Perfecto, gracias. Porque si es ilegal entonces también puedo decir que esto me parece una secta, y yo ya estuve en una secta una vez y prometí no repetir.

Todos se volvieron hacia él.

—¿Estuviste en una secta? —preguntó Diego.

—Dos, en realidad. Pero la primera era más bien una cooperativa espiritual. La segunda ya implicaba túnicas.

—¿Y qué hacías tú en una secta?

—Electricidad. Siempre necesitan electricidad. Nadie piensa en eso cuando funda una secta.

—Néstor —murmuró Yaiza.

—Escucha, cariño, esto es importante. Aquí hay un patrón. Mansión aislada, tormenta, gente rica, dos vampiros… esto es como mínimo un experimento social.

—No es un experimento social —dije.

—Eso es exactamente lo que diría alguien que dirige un experimento social.

—Néstor.

—Vale, vale. Sólo digo que si aparece un cuervo parlante recitando al intenso ese de los cojones yo me voy.

—No te vas a ir —respondí.

—Claro. Porque el cuervo también estará compinchado.

William, que hasta entonces había permanecido en silencio, habló por fin.

—¿Qué sabe usted? —preguntó con genuino interés.

Le sonreí.

—Lo suficiente.

—Entonces dígalo.

—No, no todavía. Eso sería un crimen contra el entretenimiento, y una clara desventaja para el o los culpables…

El mayordomo, que observaba todo con una frialdad repentina sorprendente, carraspeó.

—Señora —dijo—. ¿Debemos… mover el cuerpo? —Se inclinó para rozar la mejilla del difunto, pero se detuvo antes de tocarla.

—No.

—Entiendo.

—¿Qué pretende exactamente? —preguntó Pilar.

Su voz era suave, bien modulada, diseñada para tranquilizar.

—Pretendo que me digan qué ocurrió esta noche —respondí.

—¡Pero si ya lo sabe, ¿no?! —dijo Paul con exasperación. Luego, al ver mi rostro impasible, suspiró—. Está bien. Cenamos. Después cada uno se fue a su habitación. Fin.

—Eso es la versión edulcorada. Quiero la real.

—Escucha, que no todos los aquí presentes estuvimos en la cenita —espetó Néstor poniendo una mueca—. Ya estáis empezando a largar, ¿eh?

—La cena fue… algo tensa —intervino Skullen.

—¿Cómo de tensa? —pregunté.

—Hubo… discusiones —dijo Carla.

—¿Sobre qué?

—Asuntos familiares que no le competen —respondió Joseph.

—Eso en una familia inglesa rica suele significar dinero o matrimonios. A veces ambas cosas.

Skullen levantó un dedo.

—O herencias. Siempre son herencias.

—Mi padre no estaba bien —añadió Paul.

—¿En qué sentido?

—Últimamente estaba… obsesionado con ciertas cosas.

—¿Qué cosas?

—Espiritismo. —Skullen habló con calma—. Lo cual me parece un asunto serio y de gran importancia, si me preguntan.

—Charlatanería —bufó Joseph.

—Investigación —corrigió Skullen.

—Supersticiones —dijo William.

—Consuelo —añadió Pilar con suavidad.

—Interesante. ¿Fue eso lo que provocó las discusiones?

—Provocó muchas de ellas, no todas —dijo Paul.

Néstor levantó la mano otra vez.

—¿Estamos descartando ya posesión demoníaca o lo dejamos en quizás?

—Néstor —volvió a reprenderle su mujer.

Andrew sonrió apenas.

Helen miró el cadáver.

—¿Cuándo ocurrió?

—Alrededor de la una —respondí.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque ya lo resolví. Dejen de repetirme las mismas preguntas o adelantaré mi cena.

—¿Y cómo murió?

—Decapitado, ¿no? —Sonreí con picardía.

—Eso ya lo vemos.

—No siempre se presta atención a lo importante.

—¡No puedo más con este horror! Me voy de esta habitación —exclamó Carla, asqueada.

Andrew salió tras ella, y le dije mentalmente que la vigilara.

—¿Todos son tan débiles de estómago? —pregunté—. En fin, empecemos por el principio. La cena.

—Joder con la puta cenica de los cojones… —se quejó Néstor—. Yo me voy a buscar una cerveza, que ahora que el viejo la ha cascado no me dirá nada.

Miré a cada uno de ellos.

—Quiero saber quién odiaba a Lord Sterling.

Nadie respondió. Sonreí.

—Perfecto. Eso significa que todos. ¡Al salón!

El salón poseía esa solemnidad que tienen las estancias concebidas para ser contempladas, no vividas. Había dos pisos de estanterías, globos terráqueos, vitrinas con instrumentos científicos cuya función se había perdido en el siglo XIX y diversas reliquias de origen imperialista blanco, colonial y bla, bla, bla… También unas preciosas lámparas verdes que arrojaban una luz esmeralda sobre las alfombras persas.

Cuando llegamos, Carla estaba medio desmayada sobre un diván y Andrew estaba sentado al piano, interpretando una melodía grave, lenta, con esa elegancia ligeramente cruel que tiene cuando se divierte.

Se repartieron por la sala. Joseph ocupó el sillón principal junto a la chimenea apagada; Paul no quiso sentarse, caminaba de un lado a otro. Helen se sentó en el borde de una mesa baja, de brazos cruzados. Diego permaneció de pie cerca de ella, con angustia visible.

Pilar encontró una botella de vino en una mesa auxiliar, se sirvió una copa sin pedir permiso y se instaló en una butaca con languidez. Había comprendido que la única manera de soportar ciertas reuniones familiares es estando ligeramente bebida. William comenzó a intentar encender la chimenea, sin éxito a la vista. La China se hundió en una butaca apartada y sacó el móvil, como si el asunto no fuese con ella. Yaiza se quedó de pie, junto a la puerta, temiendo que le hubiera pasado algo a su marido.

Néstor entró entonces como un elefante en una cacharrería desde la cocina con una cerveza en la mano.

—Esto es tremendamente terrorífico —dijo, mirando hacia el piano.

—Gracias —dijo Andrew, sin mirarlo.

—No, no, lo digo en serio. Esto es exactamente lo que suena en las pelis antes de que alguien muera otra vez.

—Si alguien muere otra vez —respondí—, será porque usted ha tenido una idea.

Andrew tocó un acorde dramático.

—¿Puedes parar? —preguntó Diego.

—No.

—¿Por qué?

—Porque me divierte.

Joseph negaba con exasperación.

—No hay ninguna razón para pensar que alguien aquí…

—Su hermano acaba de perder la cabeza en su despacho —dije—. Literalmente. Hay razones suficientes para pensarlo, ¿no cree?

—Mi hermano tenía enemigos.

—¿Aquí dentro?

Joseph no respondió.

William, después de haber malgastado cuatro pastillas de encender, caminó hasta la ventana. Las pequeñas llamas anaranjadas se reflejaban en el cristal, iluminándole el rostro de forma irregular.

—Puede haber sido alguien de fuera —musitó, pensativo.

—La puerta estaba cerrada —repliqué.

Néstor levantó la mano de golpe.

—¡Yo tengo una teoría!

—Sorpréndame.

—Culto satánico.

—No.

—Bueno, entonces conspiración corporativa.

—No.

—¿Seguro? Porque lo de las empresas familiares siempre es turbio de cojones.

Néstor empezó a vagar entre las vitrinas, mirando los objetos del salón con desconcierto y sospecha al mismo tiempo. Se detuvo frente a una urna de cristal donde descansaba una pieza de bronce con engranajes, astillas de nácar y una aguja inmóvil.

—Ein? —Se rascó la cabeza.

Nadie le prestó atención.

Andrew, entretanto, había encontrado en un rincón un instrumento de cuerda antiguo, estrecho y oscuro, a medio camino entre el laúd, la tiorba y algún capricho oriental de coleccionista. Se lo apoyó en la rodilla, tensó dos clavijas y empezó a tocar con esa calma ofensiva.

El mayordomo sacó un cigarrillo junto a la ventana.

—¿Le importa? —me preguntó.

—Adelante.

Skullen apareció a su lado.

—¿Tiene otro?

El mayordomo le ofreció uno sin mirarlo.

—En el noventa por ciento de los casos… —Skullen exhaló el humo—. Es la herencia.

El mayordomo asintió.

—Piense en Knives Out. Herencia. Gosford Park. Herencia. Un cadáver a los postres. Herencia. Cluedo. Herencia. Muerte en el Nilo. Dinero. Siempre es el jodido y asqueroso dinero.

—Siempre es el dinero —repitió el mayordomo.

Néstor levantó la voz desde el otro lado de la sala.

—¡LO SABÍA! ¡DINERO! ¡SIEMPRE ES EL DINERO!

—¡¿Puedes dejar de gritar?! —exclamó Helen.

—¡NO! ¡ESTOY EMOCIONADO!

—Además —añadió Skullen—, el patriarca muerto, segunda esposa, hijos resentidos… Es de manual.

Los observé unos segundos.

—Interesante.

—Mi hermano no cambió ningún testamento, ni nada por el estilo —lo interrumpió Joseph con impaciencia.

—¡ESO ES EXACTAMENTE LO QUE DIRÍA ALGUIEN QUE SABE QUE SÍ! —bramó Néstor.

—Recuerden algo —dije—. Hay un asesino entre ustedes. Quizás más de uno. No confíen en nadie. Ni siquiera en quienes parecen más razonables.

Dicho lo cual, por primera vez, todos empezaron a mirarse como lo que eran: posibles asesinos.

Dejé la carpeta sobre la mesa central.

—Bien —dije—. Primera tanda de miserias.

Saqué una fotografía y la dejé sobre la mesa.

Helen se inclinó antes que nadie, la cogió, la observó dos segundos y la levantó para que la vieran los demás.

Pilar y Skullen. Blanco y negro. Años veinte. Ella con un vestido recto, el pelo brillante, una mano apoyada con intimidad indiscutible sobre el brazo de él. Skullen, vestido de traje, sonriendo como un bobalicón. Ambos exactamente iguales que ahora. En el dorso, una fecha: 1920.

—Vaya, vaya —dijo Helen.

Joseph extendió la mano, cogió la foto, la miró y levantó la vista muy despacio hacia Skullen.

—Explíqueme esto, doctor.

Skullen expulsó el humo con paciencia.

—¿Qué parte le resulta ardua? ¿La fotografía o la cronología?

—La insolencia —dijo Joseph.

—Entonces me temo que no puedo ayudarlo.

Pilar sonrió sobre el borde de la copa.

—Gregory, no seas cruel. Joseph siempre ha necesitado un poco más de tiempo que los demás.

—¿Erais pareja? —preguntó William, fascinado.

—Fuimos muchas cosas —dijo Pilar.

—Y algunas siguen siendo ciertas —añadió Skullen.

Néstor levantó un dedo, triunfal.

—¡Lo sabía! ¡Pareja secreta! ¡Vieja! ¡Sospechosa de cojones!

Skullen volvió la mirada hacia la ventana, impasible. El mayordomo negó con la cabeza.

—No altera la hipótesis principal —dijo.

—Herencia —añadió el mayordomo.

—Siempre la puta herencia —remató Skullen.

—¡No! Escucha, que ya lo tengo —tronó Néstor desde el fondo—. ¡Mayordomo!

El mayordomo giró la cabeza apenas.

—¿En qué se basa, caballero?

—En que siempre es el mayordomo.

—Es usted persistente.

—Porque tengo razón.

—O una fijación conmigo.

—¡Las dos cosas no son incompatibles!

Saqué entonces el vaso de coñac que había en el estudio, junto al cadáver.

Lo acerqué a la lámpara verde y lo giré.

Paul fue el primero en verlo.

—Hay algo dentro.

En el fondo del vaso había restos de un polvillo blanquecino.

—Bueno —dijo Helen—. Pues lo envenenaron. Qué bien.

—¿Y entonces para qué le cortarían la cabeza? —replicó Paul demasiado deprisa.

Lo miré fijamente.

—Qué admirable su capacidad para formular la objeción exacta antes de que nadie se la pida.

—Tiene todo el sentido del mundo —intervino Skullen—. En el cine clásico, cuando aparecen dos métodos de asesinato diferentes, o hay dos momentos, o hay dos autores, o hay un plan inicial que fracasa y alguien improvisa después.

—O alguien intenta confundirnos —añadió el mayordomo.

—¡O el mayordomo está haciendo ambas cosas! —bramó Néstor.

Diego frunció el ceño mirando el vaso.

—Si alguien le echó eso al coñac, tuvo que saber que era para él… —Miró al mayordomo.

—Por Dios Santo, toda la casa lo sabía… —se defendió el anciano.

—Y toda la casa sabía a qué hora se lo tomaba, ¿no es así? —añadí.

La China alzó los ojos del móvil apenas un instante.

—Eso no reduce a nadie de la lista de sospechosos, entonces.

—Gracias por esa inyección de obviedad —dije.

Volvió a Reddit.

Pilar se terminó de un trago lo que le quedaba de vino.

—A mí lo que me hace gracia es que todos habláis del veneno como si la decapitación fuese un detalle menor. Qué graciosos.

—No es gracioso —dijo Paul—. Y no debería hacerte ninguna gracia, si de verdad lo hubieras querido, maldita…

—No pretendía que te rieras. Pretendía fastidiarte.

—Y ahora —dije, interrumpiendo su duelo de miradas—, un documento mucho menos pintoresco y por ello mucho más peligroso.

Saqué por fin el testamento codiciado. Lo desplegué con calma.

Joseph alargó el cuello casi imperceptiblemente. Paul dejó de caminar. Incluso Carla abrió del todo los ojos.

—Un testamento normal y corriente —continué—. La fortuna distribuida entre los hijos, un poco para la mujer, otro poco para su hermano. Y la mayor parte, incluida la presidencia de la compañía, como corresponde a una familia tan civilizada como esta, destinada al primogénito: Paul.

Paul tragó saliva. Carla se irguió. Helen soltó una risa breve.

—Mira qué bien.

Skullen miró el testamento desde la distancia.

—Nuestra teoría se fortalece.

—Herencia —dijo el mayordomo.

—¡MAYORDOMO! —insistió Néstor, que parecía dispuesto a morir aferrado a su tesis como un hereje feliz.

—También hay quien mata sin esperar heredar nada… —Yaiza habló al fin, sin elevar la voz.

Toda la sala se volvió hacia ella. Había hablado tan poco que su intervención cayó como una losa.

—¿Ah, sí? En ese caso, ahora mismo tú eres sospechosa —intervino Joseph—. Muy sospechosa. Estás demasiado callada, y el servicio siempre sabe algo.

—Trabajo aquí —dijo Yaiza—. Claro que sé cosas.

—Yo escuché a Joseph y al Lord discutir después de la cena —confesó Diego, todavía mirando el vaso.

Joseph lo miró con fría irritación.

—No tienes por qué repetir conversaciones privadas, jovencito.

—Pues alguien tendrá que hablar aquí —replicó Diego—, porque si no os vais a pasar dos horas fumando y diciendo «herencia» o «mayordomo».

Andrew dejó escapar una nota seca, casi cómica.

—Discutían sobre la empresa —continuó Diego—. Bastante fuerte.

Néstor, sin abandonar un instante su causa, señaló al mayordomo.

—Y usted, además, decía que, cito textualmente… «¡Esa bruja tendrá el control de esta mansión por encima de mi cadáver!» —lo imitó con una voz exagerada—. ¿E o no e?

El mayordomo lo miró por primera vez con un leve atisbo de furia.

—Bueno, yo también lo escuché —admitió Yaiza, resignada.

—Interesante —dije.

El mayordomo se mantuvo inmóvil.

—No he negado haberlo dicho. Es más, lo mantengo.

—Néstor también debería ser sospechoso —dijo La China sin dejar el móvil. Él se giró, indignado.

—¿Yo por qué?

—Porque eres impulsivo y gritas, porque probablemente te habrás manifestado contra algo alguna vez… Estadísticamente encajas en el papel, y como ya no hay guillotinas…

Néstor se quedó pensándolo un segundo.

—Eso es bastante clasista, niñita.

—No. Es la realidad. No se puede negar la realidad. Y te agradecería que no me llamases niñita.

—Además, Néstor siempre se estaba quejando del Lord. Que si explotador, que si señorito, que si reliquia con bastón… —añadió el mayordomo.

—Porque era verdad —dijo Néstor.

—Y tú a mí me llamabas lamebotas cuando lo defendía —replicó el mayordomo.

—¡Porque es lo que eres! ¡Traidor de clase!

—Caballeros —dije—. O lo más parecido que haya en esta sala. No se pisen sus acusaciones; distribúyanlas con orden.

—Antes de la cena yo discutí con Paul —dijo Carla desde el sofá, con cansancio.

Paul cerró los ojos un instante, exasperado.

—Carla…

—Cariño, cuanto antes acabemos con esto, mejor. Discutimos por nuestra hija. Porque tu padre quería tratarla como si no existiera. Y yo ya estaba harta.

Entonces Diego se volvió hacia Helen.

—Y tú también discutiste con él.

Helen giró la cabeza muy despacio.

—¿Perdón?

—Te amenazó con desheredarte si te casabas conmigo.

—¿Y por eso me acusas de matarlo? ¿A tu futura mujer? ¿Eres tonto o qué?

—No te acuso. Digo que…

—Me estás acusando.

—Estoy diciendo que discutiste, eso es todo.

—Y tú gritaste «puto viejo clasista» en la cocina, así que, si asociamos tener capacidades homicidas a la falta de modales, no vas a salir bien parado.

El salón entero vibraba con teorías cada vez más disparatadas.

—Ya es suficiente —dije.

Entre tanto desvarío, Carla se había quedado completamente dormida, con la cabeza hacia un lado y una respiración leve, regular, ajena a la decapitación, a la herencia y al resto del teatro humano. La contemplé un instante con respeto. Pocas veces he visto una forma más refinada de desprecio social.

—Esa mujer me representa. —Pilar la señaló con el vaso.

Cerré la carpeta anterior y saqué tres cosas nuevas.

—Segunda tanda. Y procuren no enamorarse de sus propias teorías antes de tiempo. El amor puede cegarle a uno, y a algunos de ustedes más de lo habitual.

Primero saqué las botas.

Eran botas de trabajo, recias, feas, con barro seco en la suela y en el lateral. Las dejé sobre la mesa con un golpe seco.

Néstor las vio e, instantáneamente, comprendió que estaba en apuros.

—No. No, no, no. Protesto.

—Son botas de obrero —dijo Diego—. Llenas de barro.

—Qué perspicacia la suya —respondí—. Efectivamente, barro. El jardín está hecho una ciénaga, y alguien caminó por él esta noche con este calzado precisamente.

Toda la sala miró a Néstor. Él señaló al mayordomo con indignación pura.

—¡No! ¡Eso es justo lo que haría el mayordomo! ¡Usar unas botas de trabajador para incriminar al proletariado!

—Estas botas pertenecen al encargado de mantenimiento —dije—. La cuestión es: ¿por qué están manchadas con barro reciente cuando usted afirma haberse marchado ya a su casa antes de la hora del asesinato?

—Porque… porque… porque pisé barro antes.

—¿Antes? Qué concepto más elástico del tiempo —murmuré.

La China levantó la vista del móvil apenas un segundo.

—Las botas son circunstanciales. Sólo prueban desplazamiento, no intención, tampoco sabemos si se las pudo poner otra persona.

—Qué alivio saber que, incluso entre estos muros, sigue existiendo la lógica.

Saqué un pequeño recipiente de cristal. Dentro había varios ejemplares secos de un hongo rojo con motas blancas.

Hasta Pilar dejó de beber.

—Amanita muscaria —dije.

—¿Veneno? —preguntó Diego.

—Tóxico —respondí—. No especialmente elegante, pero sí útil. En dosis inadecuadas no mata enseguida. Provoca delirios, desorientación, náuseas… una auténtica ruina neurológica para espíritus sensibles.

Paul miró el recipiente, luego el vaso de coñac, luego el cadáver invisible al otro lado de la casa.

—Es decir… podrían haber estado envenenándolo desde hace tiempo.

—Puede ser —dije.

—O querían volverlo loco —murmuró Helen.

—Tú trabajas con plantas —acusó Diego a la jardinera.

Yaiza lo miró sin pestañear.

—Trabajo con rosales, hortensias y con lo que el jardín necesita. Los hongos y derivados no son plantas, técnicamente…

—No digo que fueras tú, digo que…

—No, Diego, sí que lo estás diciendo. Has lanzado una piedra y luego escondes la mano, fingiendo que era una simple observación. Muchas gracias por tu compañerismo.

—Un trabajador resentido, familiarizado con sustancias vegetales… —Skullen intervino con parsimonia—. No es una línea argumental descabellada… Sin embargo…

—Sí, la condenada herencia —espetó Helen con hartazgo.

Entonces saqué la página del libro.

Era una hoja arrancada de un volumen viejo, cuyo título rezaba: «El legado de los Sterling». La puse sobre la mesa y dejé que Joseph fuera el primero en cogerla. Sus ojos recorrieron el texto, luego me miró con irritación.

William se acercó con interés.

—Habla… de una maldición —dijo al fin.

—Naturalmente —respondí—. Una buena familia inglesa no se suele conformar con el clasismo y la nula inteligencia emocional, también necesita folclore.

—Una bruja vengativa. Primogénitos. Una generación sí y otra no —siguió leyendo.

—Transformación en bestia en noches de luna llena —leyó Skullen, complacido—. Muy bien. Muy, muy bien.

Néstor abrió la boca.

—¡HOMBRE LOBO!

Diego se volvió hacia Paul.

—Tú.

Paul parpadeó.

—¿Yo qué?

—Eres el primogénito.

—¿Y?

—Y hoy ha habido luna llena.

Helen dejó escapar una risa breve, incrédula.

—No puede ser en serio. ¿Mi hermano un chucho?

—¿Por qué no? —saltó Diego—. Es el primogénito, la página habla de los primogénitos, habla de luna llena, y al viejo le arrancaron la cabeza. No le pegaron un tiro. No lo apuñalaron. Le arrancaron la puta cabeza.

—¡EXACTO! ¡UNA BEEEESTIA! —gritó Néstor.

—¿De verdad estáis diciendo que me convertí en lobo y maté a mi padre?

Paul dio un paso al frente.

—Muy bien. Supongamos por un momento que acepto vuestra imbecilidad. Supongamos que me convierto en una bestia legendaria, destrozo a mi padre y vuelvo a ponerme el pijama tan campante. Entonces explicadme una cosa: ¿por qué está el coñac lleno de polvillo blanco?

Eso frenó la teoría durante exactamente tres segundos. Luego Skullen sonrió con auténtico placer intelectual.

—Igual había dos planes —masculló el mayordomo—. El de la bestia y el del veneno.

—O lo hizo todo Pilar —dijo Paul, girándose de golpe hacia ella—. Está claro que es más que una tarotista engaña ancianos. ¡Bruja!

Pilar alzó la vista de la copa con una lentitud maravillosa.

—Qué poco caballeroso.

—Estabas desaparecida de tu habitación.

—Y tú estabas paseándote como un demente enrabietado.

—Tú tenías motivos.

—Todos teníamos motivos, joder —dijo Helen, harta.

Pilar sonrió, ya claramente tocada por el vino.

—Qué conmovedor. El heredero frustrado busca una madrastra en la que descargar sus frustraciones.

—Bueno, un momento. Paul sí tenía un motivo bastante evidente —intervino Helen—. Nuestro padre estaba obsesionado con dejar fuera del testamento a tu hija porque no era de sangre. Dejarla fuera es dejarte a ti fuera, así que te amenazó con cambiarlo…

Diego asintió.

—La herencia. Si temías que acabara cambiando las cosas por lo de la niña, tenías un motivo.

Paul se quedó inmóvil, luego estalló de ira.

—¡No sabéis lo que decís! ¡Y por ese motivo vosotros también sois sospechosos, si os amenazó con lo mismo si os casabais! ¿O no?

—No me llaméis «la niña», tengo quince años —protestó La China.

Era una teoría absurda. Por eso mismo les encantó.

—Muy bien —dije, antes de que el delirio zoológico fuera a más—. Mientras ustedes deciden si quieren acusar al servicio, al campesinado, a la botánica, a la licantropía o a una combinación creativa de todas ellas, sigamos con los testimonios.

Me volví primero hacia William.

—El mayordomo lo vio salir enfurecido del despacho del Lord antes del coñac.

—Sí —dijo—. Discutimos. ¿Y qué? Siempre discutíamos.

—Sobre sus proyectos —añadí—. Lord Sterling rechazó financiarlos porque no encajaban con los valores tradicionales de la empresa.

William soltó una exhalación cansada.

—Mi padre llevaba veinte años defendiendo los «valores tradicionales» cada vez que no entendía algo.

Diego, ignorando la conversación, señaló las botas.

—Yo digo que Néstor salió ahí fuera.

—¡Claro que he salido ahí fuera alguna vez! ¡Trabajo aquí! ¡No soy un nenúfar!

—Y yo digo —añadió Helen— que Yaiza sabe más de esos hongos de lo que ha dicho.

—Y yo digo —replicó Yaiza— que tú hablas mucho, pijita desconsiderada.

Helen giró la cabeza.

—¿Perdona?

Carla roncó suavemente. Todos la miraron.

—Es la única persona inteligente de la sala. —Pilar sonrió con una ternura absurda.

Andrew pulsó una nota sola, grave, casi solemne, como si estuviera de acuerdo.

—Tercera tanda —dije—. Y les ruego que no intenten llegar a la verdad con dignidad. A estas alturas sería un cambio de estilo demasiado brusco.

Saqué primero el medallón.

Era un guardapelo antiguo, de color esmeralda y oro viejo, con flores grabadas en el borde. Lo dejé en la mesa con delicadeza.

—Narcissa —dije—. Primera esposa de Harold. Madre de sus hijos. Muerta hace años, y su medallón se encontraba en la escena del crimen, curiosamente.

Paul cogió el guardapelo, lo abrió y frunció el ceño.

—Está vacío.

—Exacto —respondí.

—¿Y?

—Y nada —dije.

William, al fondo, miró apenas el objeto y no dijo nada. Joseph ni se molestó en cogerlo, apartando la mirada. Skullen no quitó la vista de la ventana. El mayordomo sí lo miró un segundo más de la cuenta, pero nadie estaba atento a lo correcto esa noche.

Néstor hizo un gesto vago.

—A mí esto no me dice nada.

Pilar dejó escapar una risa breve.

—Ni siquiera el pasado logra competir con una buena teoría equivocada, ya veo —espeté.

Y así fue. El guardapelo, que en otra familia habría provocado al menos un suspiro, quedó abandonado en la mesa.

Saqué la página del grimorio. Esta vez sí lograron callarse.

—¡JA! —Néstor se abalanzó el primero.

—Si rompes algo —le dije—, te empalo con el instrumento de Andrew.

—Lo acepto.

—Corpus et animus, nunc transformare… Dios mío —leyó Helen.

—Transfiguratio bestiae —leyó Skullen, complacido—. Muy bien. Muy, muy bien.

Néstor golpeó la mesa con la palma.

—¡HOMBRE LOBO! ¡LIBRO DE HOMBRE LOBO! ¡RITUAL DE HOMBRE LOBO!

—Esto no prueba nada —dijo Paul.

—Sí —dijo William con serenidad—. Prueba que alguien en esta casa se tomó en serio la posibilidad de la transformación.

—O quiso que otro se la tomara en serio —añadió el mayordomo.

—Eso —dijo Paul, aprovechándolo—. El que exista esa página no prueba que haya un lobo. Prueba que alguien quería construir la idea del lobo.

Pilar lo miró con una media sonrisa.

—Hablas como un hombre muy necesitado de que no crean que es un lobo.

—Hablo como una persona con dos neuronas funcionales.

—¡Harold siempre tuvo una imaginación terrible, y más desde que llegaste para envenenarlo con esas ideas! —exclamó el mayordomo mirando a Pilar.

—No eran meras imaginaciones suyas —replicó Skullen—, pero hay que tener apertura a lo invisible para valorarlo.

Cerré el grimorio y saqué la autopsia.

El cambio en la atmósfera fue inmediato.

—Ahora sí —dije—, la parte en la cual la fantasía se mezcla con la medicina forense. Decapitación. Sustancia paralizante no identificada en sangre. Trazas de amanita muscaria en cantidad no letal, pero suficiente para causar delirios y otros síntomas neurológicos. La decapitación fue la causa de la muerte. Lo otro, mera preparación. O degradación. O ambas cosas.

—Paralizante —repitió Paul.

—Sí.

—Entonces no pudo defenderse.

—No especialmente.

—Y la amanita ya estaba en su cuerpo —añadió Helen—. O sea que alguien llevaba tiempo dándosela.

—O empezó esa misma noche y pensaba seguir —corrigió William.

La China alzó la vista esta vez del todo.

—Eso ya no parece obra de una sola persona.

Bien. Por fin.

—Explíquese —dije.

—Una cosa es ir envenenando a alguien despacio. Otra, paralizarlo. Otra, arrancarle la cabeza. Demasiadas capas. O alguien improvisó sobre un plan ajeno, o había más de uno.

Skullen sonrió con genuino placer.

—La chica tiene una mente muy aguda.

—No intentes adoptarme —dijo ella—. No me gustas.

Paul aprovechó las palabras de su hija adoptiva.

—Exacto. Si queréis acusarme de lobo, perfecto. Pero el veneno y el paralizante apuntan a otra historia. A alguien que estaba jugando otra partida.

Sus ojos fueron directos a Pilar.

—Sigues empeñado en mí. Empieza a resultar halagador.

—Apareces en una foto de 1920 con Skullen, estabas desaparecida de tu habitación, bebes como si esto fuera una matiné y tu marido, mi difunto padre, aparece con hongos y un paralizante en sangre.

—Ay, qué monada. El licántropo se pone moralista.

—No soy un licántropo.

—Eso dicen todos los licántropos.

Néstor levantó un dedo.

—¡Correcto! ¡De hecho, lo primero que hace un hombre lobo es negar que es hombre lobo!

—¿Y cómo sabe usted eso? —preguntó Joseph con frialdad.

—Porque he visto mucho cine y he tenido tiempo para pensar.

Skullen volvió a la ventana con el mayordomo.

—La autopsia fortalece la línea argumentativa patrimonial —dijo.

—¿Ah, sí? —dije—. Qué imaginación tan flexible.

—Naturalmente. Un método lento para debilitarlo, uno rápido para rematarlo.

—Podrían ser dos herederos compitiendo —añadió el mayordomo.

—O una viuda y sus aliados —espetó Paul.

Pilar levantó la copa hacia ellos.

—Caballero, su misoginia me conmueve.

Yo dejé la autopsia sobre la mesa y saqué unas pocas cartas más.

—Algunas menudencias adicionales. Las justas para que se enreden más aún.

Me volví hacia Helen.

—En su cámara encontré fotografías de la luna llena de la noche anterior.

—Soy fotógrafa —respondió ella, seca.

—Y billetes de avión para mañana —añadió Diego.

Helen giró la cabeza.

—¿Eres tonto? ¡Tú también tenías billetes! Te los compré yo, de hecho.

—Lo sé.

—Entonces cállate.

—No.

—¡Brindemos por la feliz pareja! —exclamó Pilar.

Saqué otra hoja.

—En la cocina había cuchillos recién afilados.

Diego se tensó.

—Soy cocinero.

—En la habitación de Pilar había un libro de ingredientes venenosos. Entre ellos, amanita muscaria.

Pilar me miró, muy despacio.

—Qué feo hurgar en las pertenencias ajenas.

—Es lo que hacemos los detectives, querida.

Néstor giró sobre sí mismo, extasiado.

—¡Veis! ¡Aquí hay dos bandos! ¡El bando del lobo y el bando del veneno! ¡Y, por encima de ambos, el mayordomo moviendo los hilos!

—Hay algo más, y te gustará —añadí, señalando a Néstor.

Todos me miraron.

—En la habitación del mayordomo aparecieron poemas dedicados a Lord Sterling.

Pilar parpadeó.

Skullen se apartó el cigarrillo de la boca.

Néstor abrió los brazos con un júbilo casi místico.

—¡LO SABÍA!

—No basta con saberlo —dije—. También hay que saber los porqués.

El mayordomo siguió inmóvil.

—Y fotos —añadí—. Fotos de Lord Sterling en las que Narcissa había sido recortada o tachada.

Ahora sí hubo un pequeño grito ahogado en la sala.

—Compañero, ahora ya no puedo ayudarte. —Skullen sonrió con dulzura.

—No fue por la herencia —dijo Néstor, radiante de triunfo alcohólico—. ¡Fue por amor! ¡Amor, celos y mayordomía! ¡El último romántico!

—Usar la palabra mayordomía no ayuda en nada a su causa —murmuré.

Pero ya era tarde. Todo el salón había encontrado un juguete nuevo.

El medallón vacío, por supuesto, seguía olvidado en la mesa. Nadie volvió a mirarlo.

—Ya es suficiente —dije.

Me separé de la mesa y crucé la sala despacio, entre sillones, copas y teorías absurdas.

Carla estaba hundida en el sofá, con la cabeza ladeada y la respiración tranquila.

Me incliné hacia ella. Luego di una palmada, muy cerca de su cara. Se despertó, dio un respingo violento y soltó un gritito agudísimo, breve y sorprendentemente adorable, impropio por completo de una mujer adulta, de una actriz italiana y, desde luego, de alguien que había pasado la última hora proyectando una elegancia fatigada.

Helen se tapó la boca para no reírse. Pilar no hizo el menor esfuerzo por contenerse.

—Santa Madonna —dijo entre carcajadas—. Qué cosa más mona.

Carla, todavía con una mano en el pecho y los ojos abiertos de pura indignación, tardó dos segundos en comprender dónde estaba y ninguno en odiarme.

—Eres… ¡mala!

—Sí, pero ahora estás despierta, que era el objetivo —repliqué—. Ya que nuestra estrella italiana ha decidido regresar al mundo de los vivos, conviene añadir un par de detalles sobre ella.

Carla me miró con cansancio hostil.

—En su habitación encontré un arnés de cuero con anillas para anclarlo a una superficie. Vaya con la actriz…

—Bueno —dijo Skullen—. Esto mejora muchísimo la velada.

Carla se recolocó el vestido con una dignidad estudiada.

—No veo qué tiene eso que ver con el asesinato.

—Nada, probablemente —respondí—. Pero sí con tu inesperada profundidad de personaje.

Néstor se inclinó hacia delante.

—¿Anillas grandes o pequeñas?

Yaiza le dio un golpe seco en el brazo.

—Cállate.

—¡Estoy intentando entender el contexto!

Carla suspiró.

—Sí, es mío. Fin del misterio. ¿Podemos seguir con la velada sin convertir mi vida privada en una feria?

Paul cerró los ojos un instante con la expresión de un hombre que desearía haber sido él el decapitado, rojo como un tomate.

Néstor se quedó pensándolo un segundo.

—Vale, vale. A ver si lo entiendo. Tenemos un hombre lobo, un mayordomo lamebotas, una viuda de los años veinte, un grimorio, veneno, y ahora además una actriz italiana con arnés.

Se quedó callado un instante.

—Ein? —balbuceó mientras se rascaba la cabeza.

—Ojalá me hubiera quedado dormida para siempre —suspiró Carla.

—Todavía estás a tiempo —le dijo Pilar.

Andrew dejó morir la última frase del instrumento de cuerda y me miró. Eso significaba: adelante, remátalos.

Cerré la carpeta anterior y saqué las tres últimas piezas.

—Ya que han decidido pasarse la noche construyendo una teoría criminal con la consistencia de un desayuno británico, conviene acelerar el desastre.

Saqué primero la fotografía oval.

—Una foto suelta —dije, señalando a Joseph—. De usted. Más joven. Pequeña, ovalada, sin marco original, sin contexto alguno. Lo cual, en esta casa, ya basta para que resulte inquietante.

Néstor la cogió, la giró, la miró al revés y se la separó un poco de la cara como si esperara que la imagen le confesara algo.

—Pues sí que eras guapo, eh. El bigote te queda de puta madre, para ser rico, quiero decir.

Joseph lo miró con una mezcla de desprecio y cansancio.

—Gracias, supongo.

—No, a ver, lo digo objetivamente. Tenías cara de señor que arruina familias enteras y aun así le siguen invitando a cenar.

Pilar se sirvió más vino.

—La descripción es buena.

La China alzó los ojos un segundo.

—¿Y esta foto para qué cojones sirve?

—¡Esa boca, niña! —le reprendió su madre.

—Excelente pregunta —respondí—. Me alegra comprobar que todavía queda alguien aquí con la capacidad de distinguir entre objeto y sentido.

Pero nadie fue más allá. Nadie estableció conexión alguna con el guardapelo vacío que seguía olvidado en la mesa. La miraron, la manosearon un poco, la devolvieron al centro y siguieron adelante, dejando atrás las únicas pistas verdaderamente interesantes porque requerían más de dos pensamientos seguidos.

Perfecto.

Saqué entonces una fotografía más grande: el suelo junto al despacho.

En la alfombra exterior, justo cerca de la escena del crimen, se veían marcas de barro. Huellas parciales, toscas, con dibujo de suela gruesa, inequívocamente de botas de trabajo.

Toda la sala se giró hacia Néstor con una sincronía admirable.

—Otra vez las putas botas no, tíio…

—Las huellas estaban al lado de la escena del crimen —dije con calma.

Néstor abrió los brazos y luego se señaló al pecho.

—¡Venga, disparadme! Total, si ya está, ¿no? Unas putas botas y ya soy culpable. Que aquí todos tenemos pies, cojones.

—Un criado en el pasillo, barro, botas, acceso nocturno… —observó Skullen desde la ventana—. Se fortalece la hipótesis de participación del servicio.

—No me meta usted en ese plural —dijo Yaiza, tajante.

—Por favor, no se peleen. Quiero ver cómo Néstor intenta explicar esto sin acusar al mayordomo en la primera frase —dije con sorna. 

Néstor se volvió hacia mí con la dignidad herida.

—El mayordomo plantó las huellas, fin.

—Con barro. Yo, claro. ¡Y una m-..mierda! —exclamó, asustado por su propio tono de voz y las malas palabras.

—¡Sí!

—Y con botas de trabajo, para mis delicados pies.

—¡Sí! ¡Es una operación de falsa bandera!

Carla se masajeó la sien.

—Ojalá me decapitaran a mí también.

Guardé la foto de las huellas y saqué la última carta.

—Y ahora, el toque de mal gusto sobrenatural que tanto merecen.

Les hice una seña para que se levantaran.

—Vamos al baño.

Hubo un murmullo general, pero obedecieron. El alcohol los había vuelto menos prudentes y más curiosos, que es una combinación ideal si lo que uno desea es arrastrar a un grupo de sospechosos por una mansión bajo la tormenta.

Cruzamos el pasillo en procesión irregular. Andrew caminaba detrás de mí con el instrumento aún en la mano, como una figura salida de una miniatura medieval. Néstor iba el último, protestando ya de antemano. Pilar se apoyaba a ratos en el marco de las puertas para reírse sola de algo que sólo ella encontraba especialmente brillante. La China seguía con el móvil en la mano incluso en movimiento, lo cual me pareció admirable.

Entramos en el baño principal.

Todos se congregaron alrededor del espejo, con expresión de completa incredulidad en sus rostros.

Había un mensaje escrito con letras carmesíes, todavía frescas.

«VENGADME».

El medallón de Narcissa se había trasladado a la esquina superior del espejo, junto al mensaje.

Hubo un silencio general.

Pilar fue la primera en hablar.

—Ah.

Diego retrocedió medio paso.

Joseph no dijo nada, pero se notó en su cara que su escepticismo se había roto en mil pedazos, ahora liderado por un teatro que ya no controlaba.

—Extraordinario. —Skullen parecía francamente emocionado.

—¡Lo sabía! ¡UN FANTASMA! —gritó Néstor.

—O una persona con muy mala caligrafía y acceso a sangre falsa —dijo La China.

Pasé un dedo por encima.

—Es verdadera —sentencié.

—Narcissa nos habla desde el otro lado —murmuró Skullen.

—O alguien quiere que lo creamos —respondió el mayordomo.

—Naturalmente.

—Siempre herencia —añadió después, como un acto reflejo.

—Siempre herencia —repitió Skullen con gratitud.

Pilar soltó una carcajada tan repentina que tuvo que apoyarse en el lavabo.

—Os juro que si el mismísimo Harold saliera ahora de una pared gritando «me ha matado el gnomo del jardín convertido en caballo» vosotros seguiríais diciendo «herencia».

Paul seguía mirando el espejo con la mandíbula tensa.

—Esto es un burdo intento de manipulación. Quien haya escrito eso quería desviar la historia hacia nuestra madre, hacia el pasado.

—O hacia la culpa —dijo Yaiza.

Me volví hacia ella.

—¿Y quién se siente culpable, Yaiza?

—En una casa así —dijo—, cualquiera.

—Basta —espetó Joseph—. Esto no prueba nada. Ni la sangre, ni el espejo, ni este teatro de ultratumba. Alguien aquí se está aprovechando de la histeria general.

—Por supuesto —dije—, y lo admirable es que funciona.

Volvimos al salón, los mortales en un estado bastante peor del que tenían al salir.

Las huellas habían consolidado la teoría contra Néstor entre los menos imaginativos. El espejo había dado a los más borrachos una nueva línea de delirio elegante sobre Narcissa y el más allá. La foto oval de Joseph había quedado atrás, insignificante, inútil para casi todos. Nadie la había unido al guardapelo vacío. A nadie se le había ocurrido siquiera ponerla dentro. Porque hacer tal cosa requería cierta serenidad, y la serenidad ya no habitaba en esa casa.

—Bien —dije—. Han llegado ustedes al final.

Néstor alzó la cabeza.

—¿Final de verdad o final falso de esos en los que luego sale otra cosa?

—Final de verdad.

Saqué tres sobres y los dispuse sobre la mesa.

—Tienen derecho a elegir dos objetos finales. Dos. No tres. No intenten comportarse como niños. Uno: un último testamento sorpresa, sin firmar, redactado justo antes de morir.

Paul se tensó.

—Dos: una fotografía de uno de los hijos cuando era pequeño, con un mensaje escrito detrás.

Nadie mostró interés. Mala señal.

—Y tres: una página del diario del mayordomo.

Néstor dio una palmada tan fuerte que Carla se sobresaltó.

—¡MAYORDOMO! ¡MAYORDOMO! ¡MAYORDOMO!

—El testamento —dijo Skullen, el mayordomo asintió—. Evidentemente.

Paul carraspeó.

—La fotografía.

Nadie le hizo caso.

—He dicho la fotografía.

—El testamento es más importante —replicó Joseph, sin mirarlo.

—No lo sabes.

—Sí, lo sé.

—No, lo supones. Como todos.

—En el último tramo de cualquier misterio respetable, el testamento vence al relato infantil sobrenatural —dijo Skullen.

—Dios mío —murmuró Carla—. Ojalá te hubiera matado a ti alguien en el segundo acto.

Paul volvió a intentarlo.

—La fotografía puede ser más útil.

—Lo será para quien sepa mirar —respondí—, y aquí no veo a nadie en condiciones.

Eso lo silenció, y volvió a sentarse en el sofá, derrotado.

—Muy bien —dije—. Por mayoría, eligen ustedes el testamento final y la página del diario del mayordomo.

Abrí primero el testamento.

Leí lo suficiente para que entendieran la magnitud del cambio en la herencia, que no era ya el reparto clásico entre los hijos. Aquel documento, redactado pocos días antes, le dejaba todo a Pilar: mansión, acciones, reliquias, presidencia de la empresa. Paul, William y Helen quedaban excluidos por completo. Además, estaba redactado con palabras delirantes.

Esta vez el silencio fue auténtico.

Pilar bajó la copa muy despacio y sonrió con una languidez casi obscena.

—Bueno, qué voy a decir.

Skullen fue el primero en recuperar la voz.

—Herencia —dijo, con una satisfacción casi religiosa.

—Siempre herencia —murmuró el mayordomo, aunque esta vez sonó más cansado.

Paul dio un paso adelante.

—Mi padre no podía estar en su sano juicio cuando redactó esto, no tiene sentido. 

—No parece el criterio jurídico más sólido —observé.

—¡Nos estaba desheredando por completo! ¡Para dárselo todo a ella!

Se volvió hacia Pilar con furia.

—¿Lo sabías?

Pilar sostuvo su mirada.

—No.

Mentía bastante bien. Pero no lo suficiente para mí.

Diego señaló el documento.

—Ya está. Ahí tenéis el motivo. Dinero. Herencia. Todo.

Paul, sin embargo, no cedió del todo.

—O Joseph. O William.

Varias cabezas se giraron.

—Porque los dos estabais enfrentados con él. Porque discutíais por la empresa. Porque ninguno de vosotros ha hablado apenas y eso me parece mucho más raro que la mitad de majaderías de esta maldita habitación.

Helen lo miró.

—¿Y qué propones? ¿Que nuestro tío y nuestro hermano decidieron matarlo justo cuando tú ibas a ser desheredado también?

Paul apretó los dientes.

—Propongo que todos os habéis vuelto idiotas.

—Eso no ha pasado hoy —dijo La China—. Algunos ya venían así de casa.

Néstor cogió el papel y abrió la boca como si hubiera descubierto el fuego.

—¡Está sin firmar! ¡LO VEIS!

—Sí —dijo Helen—, todos lo vemos. Gracias por ejercer de subtítulo.

—¿No veis que alguien intentaba desviar la atención a una pista así de cutre? Y ya sabemos bien quién es capaz de hacer algo así… —Señaló al mayordomo, ya exhausto de tanto juicio.

—Hablando del susodicho…

Abrí entonces la página del diario.

El papel estaba amarillento, escrito con una letra en cursiva a pluma color sanguina.

Leí en voz alta.

El mayordomo llevaba años enamorado de Harold. Había odiado a Narcissa con una pasión de hombre devoto y obsesionado. Años atrás, cegado por los celos, había provocado su muerte. El tipo de crimen que sólo comete quien se ha convencido de que amar le da derechos. Luego había vivido en la casa como un penitente funcional, viendo crecer a los hijos de la mujer a la que había borrado del mapa y sirviendo a un hombre que jamás le correspondería.

Nadie habló durante varios segundos.

Pilar dejó la copa sobre la mesa.

Carla, por una vez, estaba completamente despierta.

—Eso explica la muerte de Narcissa —dijo Skullen—. No explica necesariamente la de Harold.

—Gregory, cállate —dijo Helen.

Pero ya era tarde. La sala había encontrado por fin un culpable de calidad teatral suficiente para enamorarse de él.

Todos miraron al mayordomo.

Él no negó nada de lo leído. Tampoco lo confirmó. Permaneció de pie junto a la ventana, casi inmóvil, derrotado, con el cigarrillo consumiéndose entre sus dedos.

Néstor fue el primero en ponerse en pie.

Lo hizo con un entusiasmo tan ebrio como puro. Se aclaró la garganta, y empezó a cantar.

—Maaaayordomo a la hogueeera…

Hubo un segundo de estupor.

Luego Pilar soltó una carcajada escandalosa.

Diego se sumó golpeando el brazo del sillón.

—¡Maaaayordomo a la hogueeera!

Néstor, crecido, alzó los brazos como un director de coro poseído por la Inquisición.

Joseph cerró los ojos, sonrió y se sumó al cántico. William lo imitó.

Paul miraba el espectáculo con el agotamiento absoluto de quien ha sido secuestrado por un grupo de simios.

—No estoy de acuerdo —dijo Skullen, terco hasta el final—. El móvil sigue siendo la herencia.

—A veces me pregunto si naciste ya pronunciando esa maldita palabra —murmuró Carla.

Dejé que el canto infame muriera por sí solo, lo cual llevó más tiempo del razonable.

Luego levanté una mano.

—Muy bien —dije—. Van a votar.

Néstor alzó la mano.

—¿Se puede votar cantando?

—No.

—Entonces votaré triste.

—Sobrevivirá.

—Van a decidir tres cosas: quién mató a Harold Sterling, por qué lo mató y cómo lo hizo. Y ganará lo que diga la mayoría.

Les hice votar en voz alta. El resultado fue tan previsible que casi resultó tierno.

Mayordomo. Mayordomo. Mayordomo. Mayordomo. Mayordomo. Mayordomo, por celos. Mayordomo, por Narcissa, por Harold, por amor, por resentimiento, por todo ese lodazal afectivo que tanto excita a las mentes vulgares.

Skullen, por supuesto, siguió insistiendo en la herencia.

Paul votó otra cosa.

—Joseph o William.

Nadie le secundó.

—Sois todos idiotas —dijo al final, ya sin fuerzas.

Cuando terminaron, crucé las manos delante de mí y los dejé saborear, durante un instante, la satisfacción miserable de creerse al borde de la verdad.

Luego sonreí.

—Han fallado, insensatos.

Néstor fue el primero en reaccionar.

—No jodas… ¿En todo?

—En todo, sí. Sorprendentemente, además, han ignorado las pistas clave durante toda la noche. Es hasta una hazaña de la estadística, hacerlo todo tan mal.

Me aparté de la mesa y empecé a caminar despacio por el salón, dejando que me siguieran con la mirada.

—Harold Sterling no murió a manos del mayordomo, por celos. Ni por la herencia solamente. Ni por un fantasma. Ni por una viuda demasiado joven e interesada. Ni por un hijo convertido en lobo a causa de una maldición. Murió porque dos planes distintos se cruzaron en la misma casa, y ustedes, como suele ocurrir, se enamoraron del más vistoso y fueron víctimas del delirio colectivo.

Me detuve detrás de Joseph.

Él no se volvió.

—El coñac llevaba una sustancia paralizante.

Luego miré a Pilar.

—Y trazas de amanita muscaria, sí. Pero no en cantidad suficiente para matar.

Paseé la mirada por todos.

—La amanita formaba parte de otro plan. Un plan lento. Miserable y costumbrista incluso. El tipo de plan que requiere paciencia, veneno administrado a pequeñas dosis y la esperanza de que un viejo supersticioso acabe perdiendo la cabeza antes de perder la vida.

Pilar sostuvo mi mirada sin hablar.

No era el momento de desnudarla del todo. No todavía.

Me volví entonces hacia Joseph.

—Pero Harold no llegó a pudrirse lentamente. Aquella noche, alguien decidió abreviar la historia.

Ahora sí se puso tenso.

William, a su lado, seguía inmóvil. Demasiado inmóvil.

—Joseph alteró el coñac con la droga paralizante —dije— y entró en el despacho. William se unió a él entrando por la otra puerta, la del servicio, dejando tras de sí, deliberadamente, un rastro de barro y botas ajenas.

Helen dejó caer una blasfemia.

Néstor estaba boquiabierto.

—¿Qué?

Paul no dijo nada. Sólo apretó tanto la mandíbula que pensé que iba a partirse en dos.

—Joseph llevaba años queriendo vengarse de su hermano por Narcissa —continué—. Porque Narcissa, a quien había amado en secreto, creyó que había muerto por culpa de Harold, cuando realmente había sido el mayordomo el que, aprovechando la ebriedad de su amado, le hizo creer que había asesinado a su esposa. Joseph fue testigo, a la mañana siguiente, y no lo olvidó nunca. Y William… William tenía más razones que nadie para odiarlo.

Miré a William por fin.

—Porque William no es el segundo hijo de Harold.

Silencio.

—Es el verdadero primogénito de Joseph.

Todos dejaron escapar un «aaaah» de sorpresa.

Skullen abrió mucho los ojos por primera vez en toda la noche.

La China alzó por fin la cabeza del móvil por completo.

Néstor dijo, muy bajo:

—Ein?

—Sí —respondí—. Ein, en efecto.

Me acerqué un poco más al centro.

—La maldición de la familia no había desaparecido. Se había duplicado, de hecho. Y esta noche, cuando el paralizante hizo efecto y Harold quedó inmóvil, Joseph le reveló la verdad. Le dijo quién era William. Le dijo por qué iba a pagar. Y William se transformó y le arrancó la cabeza. Así de simple.

Nadie dijo nada.

Ni siquiera Néstor.

—Así murió Harold Sterling —concluí—. No por celos del mayordomo, aunque los celos del mayordomo ya hubieran matado antes. No por el testamento, aunque el testamento hubiera avivado odios. No por la amanita, aunque estuviera preparada para otra ruina letal. Murió porque esta casa era demasiado pequeña para tantos crímenes superpuestos y, por una vez, el más monstruoso no fue el más obvio. 

Me volví hacia el mayordomo.

—Usted sí mató a Narcissa.

No respondió.

—Y ese pecado envenenó la casa durante años, también la mente de Harold Sterling, que llegó a creerse culpable de su muerte y recurrir a espiritismos baratos.

Luego miré a Pilar.

—Usted también estaba jugando su propia partida.

Pilar sonrió apenas.

—Ya me parecía a mí que no me ibas a dejar salir ilesa.

—Nadie sale ileso de mis casos.

Paul seguía mirando a Joseph y a William como si quisiera, al mismo tiempo, matarlos y agradecerme algo que no estaba dispuesto a admitir.

—Os lo dije —murmuró al fin.

—Sí —respondí—. Pero lo dijo rodeado de idiotas y sin argumentos sólidos, que es una forma muy triste de tener razón.

Néstor se dejó caer en una silla, triste.

—Entonces… ¿el mayordomo no va a la hoguera?

Lo miré.

—No por esto, no.

Se lo pensó un segundo.

—Pero un poco sí.

—Néstor.

—Vale.

Andrew se levantó por fin del sillón y se acercó a mí con esa calma suya que siempre conseguía hacer parecer razonable hasta un apocalipsis familiar.

—¿Hemos terminado? —preguntó.

Miré el salón. Las copas. El humo. El testamento. El diario. La palabra «vengadme» aún fresca en la memoria de todos. El coro de errores, de pistas ignoradas. La fatiga.

Luego sonreí.

—Sí —dije—. Ya pueden irse sabiendo dos cosas: que no resuelven bien los asesinatos y que, aun así, resultan pasablemente entretenidos.

Pilar levantó su copa una última vez.

Nadie tuvo la necesidad de añadir nada más, a excepción de Néstor, claro.

—Un poco de hoguera sí que le vendría bien. No me digáis que no.

Y, contra toda lógica, todos soltaron una carcajada.

¿Que por qué no los desangramos? Bueno, bastante castigo es vivir con su inteligencia inexistente, y quizás fuese contagiosa…

Sí, sí, ya lo sé. Tal vez los novecientos cuarenta y ocho años me han otorgado una pizca de compasión. O desidia.

A veces cuesta distinguirlas.

¿Algo que decir, Viajero?

Otras textos del estante Relatos largos

Novedad
7 de mayo de 2026
Custodio:
Leer
7 de enero de 2026
Custodio:
Leer