«Acunada por la bruma, en el punto exacto de la encrucijada de infinitos caminos, se alza la Biblioteca de los Perdidos».
Himno
de los
Perdidos
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El viento salado del mar de Hierro cortaba como cuchillas de hielo, y el «Furor» se mecía con pereza sobre las aguas negras, encarando la niebla perpetua que marcaba el límite del Bloqueo. A bordo, la tensión era una cuerda a punto de romperse. Kael se ajustó el cuello de su gabardina, sintiendo la humedad calar hasta los huesos, pero su rostro permaneció impasible, tallado en la misma madera endurecida del navío. Dentro de aquella cárcel de madera y remaches que olía a salmuera y desesperación, un hombre como él podía, si no sentirse en casa, al menos comprender su lugar en el orden de las cosas.

Por eso su mandíbula se tensó levemente, el único indicio de su fastidio, cuando el capitán, un tipo con más cicatrices que dientes, reunió a la tripulación en la cubierta principal. Kael avanzó entre los hombres, sintiéndose observado por la severa mole del timón, tan negra y vetusta como el palacio de los Arcontes y se detuvo en las sombras, lejos del círculo de luz del único farol.

—El Bloqueo del Dominio se estrecha —Escupió el capitán, sus palabras, amortiguadas por el viento, tenían un tono monótono, pero firme, que no daba pie a réplica alguna. —Los bergantines de los Arcontes patrullan como sabuesos. Pero nuestra carga es prioridad. No quiero fallos ni despistes. Nada de Ron hasta que no hayamos llegado a nuestro destino.

Kael observó en silencio. La tripulación, una colección de pícaros y desesperados, intercambiaba miradas nerviosas y quejas. Él no. Había visto demasiadas veces cómo los designios de los poderosos, ya fueran Arcontes en sus palacios o capitanes en sus cubiertas, acababan en carnicería. Y este vieje le daba muy mala espina.

—¿Y qué cargamos, capitán? —Preguntó un hombre joven, cuya voz aún no había aprendido a disimular el miedo.

—Eso no es asunto vuestro —La respuesta fue un hachazo. —Solo sabed que es valiosa. Y frágil. No quiero a nadie husmeando en la bodega.

En el instante en que el capitán pronunció esas palabras, un hedor dulzón y rancio, como el de una letrina abandonada o un cadáver recién exhumado, se filtró desde la escotilla que llevaba a la bodega.

—Ya puede valer su precio en oro. Cada vez hay más sabuesos del dominio en estas aguas. —Murmuró por lo bajo un viejo lobo de mar cerca de Kael, quien solo respondió con un leve asentimiento.

—No hagáis preguntas —Concluyó el capitán. —Limitaos a mantener el rumbo y rezad para que esa niebla no se levante.

Dicho aquello, el capitán se giró y escupió al mar, un acto de desafío tan inútil como sincero. Kael permaneció en cubierta, echándole una mano a sus compañeros de guardia, desde que zarparon no se sentía cómodo cerca de la bodega. Una carga que ninguno conocía, transportada a través de un Bloqueo asfixiante. No era el peligro lo que le inquietaba, sino el silencio elocuente del capitán y ese olor a sepulcro que flotaba en la salobre brisa. Eran malas noticias. Siempre lo eran. Y a él siempre le tocaba navegar en medio de ellas.

Las horas se deslizaron lentas como gotas de brea. Kael permaneció en su rincón de sombras incluso cuando la mayoría de la tripulación se retiró a sus hamacas, dejando solo a los hombres de guardia y al timonel. El viento salado había arreciado, y el «Furor» crujía con cada embestida de las olas, como si la propia madera protestara por el cargamento que llevaba en sus entrañas.

Fue pasada la medianoche cuando el vigía de proa lanzó el grito.

—¡Luz a babor! ¡Dos, no, tres puntos de luz!

Kael se incorporó lentamente, sus ojos acostumbrándose a la oscuridad más profunda. Allá, donde el horizonte se confundía con el cielo encapotado, tres destellos parpadeaban con un ritmo demasiado regular para ser estrellas. Faroles de señales. Y solo los bergantines del Dominio navegaban con esa arrogancia.

El capitán subió a cubierta en menos de lo que tardó el primer cañonazo en romper el silencio de la noche. El proyectil pasó de largo, levantando una columna de agua negra a estribor que salpicó la cubierta como un augurio.

—¡Que no se encienda ni una maldita cerila! —Bramó el capitán, sus cicatrices amoratadas por la furia. —¡Timón al noreste! ¡Que crean que somos un mercante asustado!

Kael sonrió sin ganas en la oscuridad. Porque lo eran. Un mercante asustado con algo en la bodega que no debería haber estado ahí.

La cacería comenzó entonces, una danza macabra que se prolongó durante toda la noche. El bergantín del Dominio, más veloz y maniobrable, recortaba distancia sin piedad. Sus cañones hablaban cada hora, sus disparos cada vez más cercanos. Al amanecer, una bala de doce libras destrozó la borda de popa, esparciendo astillas como navajas. Un marinero gritó, su brazo colgando inerte, la sangre tan negra como las aguas bajo la débil luz del alba.

Y así pasó el día. Cañonazo tras cañonazo. El «Furor» termino por responder a las salvas con sus exiguas carronadas, más por orgullo que por esperanza. Kael ayudó a arrastrar a dos hombres heridos bajo cubierta, donde el hedor de la bodega se mezclaba con el hierro de la sangre. Allí abajo, pegado a la escotilla, pudo oírlo: un susurro. No palabras, sino algo peor. Una vibración, como de alguien arañando madera desde dentro de la bodega.

—¿Lo has oído? —preguntó el joven marinero de la noche anterior, sus ojos desorbitados.

Kael lo miró con la impasibilidad de quien ya ha visto demasiado.

—Oigo muchas cosas, muchacho. Las que importan y las que no.

El muchacho tragó saliva. La vibración cesó.

En cubierta, la tarde declinaba hacia un ocaso de ceniza y azufre cuando el vigía lanzó un nuevo grito.

—¡Tormenta a proa! ¡Nubes negras como la pez!

Kael subió a tiempo de verlo. Al oeste se había cerrado por completo, un muro vertical de nubes que hervía con relámpagos silenciosos, aún lejanos. El mar comenzaba a agitarse con un oleaje nervioso, como si presintiera lo que se avecinaba. El bergantín del Dominio, incansable, seguía allí, su silueta oscura recortada contra el cielo moribundo, preparándose para un nuevo cañonazo.

El capitán miró la tormenta. Miró el bergantín. Miró a su tripulación agotada, con los ojos enrojecidos por la pólvora y la falta de sueño. Luego se volvió hacia el timonel, y su voz sonó a madera vieja, a fatalidad asumida.

—¡Mantenga bien fijo el timón! Rumbo directo al ojo de la tormenta. ¡Demostremos a esos perros que lo que nos falta en artillería nos sobra en huevos!

Nadie protestó. Nadie podía hacerlo. El «Furor» gimió pesadamente, al recibir las primeras ráfagas del vendaval. Detrás, el bergantín del Dominio dudó solo un instante, suficiente para que Kael comprendiera que aquellos hombres también tenían miedo. Pero su capitán debió ser más terco o más necio, porque las velas del bergantín se ajustaron y la nave siguió el rumbo de su presa.

La tormenta los engulló como una boca gigantesca.

La luz desapareció por completo. No hubo transición, solo una negrura absoluta, rota apenas por el fulgor cegador de los relámpagos que arañaban el cielo. La lluvia llegó horizontal, cortando como el látigo del capitán. Las olas, antes negras y perezosas, se alzaron ahora como montañas de furia líquida que mecían al «Furor» como si fuera un juguete de madera.

Kael se aferró al palo mayor, sintiendo la madera vibrar bajo sus manos, no solo por el viento, sino por algo más profundo, algo que ascendía desde la bodega. Un gemido. No del barco. De la carga. Un lamento largo y antiguo que se confundía con el aullido de la tormenta.

El capitán, amarrado al timón con cuerdas, gritaba ordenes que el viento arrancaba de sus labios antes de que pudieran ser escuchadas. Los hombres forcejeaban con las velas, tratando de arriarlas antes de que el viento las desgarrara. El granizo comenzó a golpear la cubierta, primero como guijarros, luego como puños.

Entre el estruendo, Kael creyó ver una sombra más oscura que la noche a estribor. El bergantín del Dominio, tan perdido como ellos, luchaba por mantener el rumbo. Un relámpago iluminó su cubierta por un instante: hombres agarrados a donde podían, el agua barriendo la cubierta, un cañón suelto que rodaba matando a quien encontraba.

El gemido de la bodega se intensificó, convirtiéndose en un coro de voces que ningún oído humano debería escuchar.

El barco se inclinó peligrosamente a babor, y una ola gigantesca, la madre de todas las que habían visto esa noche, se alzó ante la proa. Kael apretó los dientes, clavó las uñas en la madera, y contuvo el aliento mientras la montaña de agua negra se cernía sobre ellos, llevando en su vientre el eco de aquel lamento y el fulgor de los relámpagos que iluminaban, por un instante eterno, la silueta del bergantín del Dominio condenado a la misma suerte.

Tiempo después, el agua lo escupió entre toses y arcadas.

Kael emergió del vientre de la resaca arrastrándose sobre la arena volcánica, los pulmones ardiendo con la sal y algo más espeso que había tragado en el hundimiento. La playa se extendía a ambos lados como una herida pálida bajo un cielo que aún lloraba jirones de tormenta. No recordaba cómo había llegado hasta allí. Recordaba la ola, la madera abriéndose como una fruta podrida, el gemido de la bodega convertido en un alarido que atravesaba incluso el rugido del agua. Luego, nada.

Se incorporó con torpeza, vomitando agua negra y bilis. Su gabardina colgaba de sus hombros como un sudario empapado. A su alrededor, la marea baja había sembrado la orilla de despojos: tablones astillados, un barril reventado, el cuerpo sin vida de un marinero que miraba al cielo con ojos de vidrio. Más allá, lo que parecía un trozo de vela, convertido en harapos.

Kael se puso en pie, las piernas temblorosas, y comenzó a caminar.

La playa se curvaba hacia el interior, flanqueada por acantilados bajos de roca negra donde las olas, ya amansadas, lamían con una docilidad sospechosa la arena. Avanzó sorteando los restos del naufragio, buscando algún signo de vida entre tanta muerte. Un gemido. Un movimiento. Cualquier cosa.

Lo que encontró fue el casco del del «furor».

La nave yacía partida en dos sobre las rocas, su quilla expuesta como el esqueleto de una ballena. La marea había depositado los restos en una ensenada estrecha, donde el agua formaba charcos oscuros entre las piedras. Kael se acercó con cautela, el olor a salitre mezclándose con otro aroma que le heló la sangre: ese hedor dulzón y rancio de la bodega, ahora cien veces más intenso, como si hubiera estado esperando el momento de liberarse.

Y entonces lo vio.

La carga.

Los restos del barco habían reventado como una cáscara, y de su vientre se derramaban las criaturas. Yacían inmóviles entre los tablones rotos y el aparejo desgarrado, pero Kael supo al instante que no eran cadáveres. No del todo. Sus cuerpos se movían con una respiración leve, casi imperceptible, un oleaje lento de carne contra la piedra.

Eran figuras que recordaban a hombres, sí, pero como un espejo roto recuerda el rostro que reflejaba. Tenían extremidades que no guardaban proporción alguna: brazos que colgaban hasta el suelo, hinchados como odres a punto de reventar, o por el contrario largos y fláccidos, arrastrándose como serpientes moribundas. Sus piernas eran apenas muñones, inútiles, más cercanas a la atrofia que a la forma humana. Pero lo que capturó la mirada de Kael, lo que clavó sus pies al suelo con raíces de horror, fueron los vientres. Abultados, distendidos de manera obscena, las tripas asomando bajo la piel como cordajes tensos, colgando hasta donde deberían haber estado las rodillas. Y esa piel, de una palidez cadavérica, tan tirante que parecía a punto de rasgarse al menor movimiento. Tan fina que traslucía el pulso azulado de las venas.

Los rostros eran la peor condena. Las mejillas, hinchadas como las de un muerto, forzaban los párpados a permanecer abiertos. Los labios, agrietados y secos, no podían cubrir la dentadura: hileras de dientes afilados, amarillos como viejos marfiles, brillaban con una humedad nauseabunda. Los ojos, inyectados en sangre, miraban sin ver.

O eso creyó Kael al principio.

Porque entonces uno de aquellos ojos se movió.

Lentamente, como una burbuja ascendiendo en el alquitrán, el globo ocular de la criatura más cercana giró en su órbita y se clavó en él. El hedor se intensificó. Un gemido, idéntico al que había escuchado en la bodega durante la tormenta, brotó de alguna garganta invisible. Luego otro. Y otro más.

El coro comenzó de nuevo.

Kael no esperó a comprobar si aquellas cosas podían arrastrarse con sus muñones, si aquellos brazos deformes tenían fuerza para alcanzarlo. Su cuerpo reaccionó antes que su mente, girando sobre sus talones mientras el primer crujido de carne arrastrándose sobre la piedra sonaba a sus espaldas. Echó a correr playa arriba, hacia los acantilados, hacia cualquier lugar que no fuera aquella ensenada maldita.

Detrás, el gemido se convirtió en un clamor, y entre el rumor de las olas, Kael juró oír el chapoteo de muchas cosas moviéndose en su persecución. La arena volcánica se hundía bajo sus botas, ralentizándolo, mientras un hedor a podrido y humedad le alcanzaba como un manto. No se atrevió a mirar atrás. Oyó un golpe seco, como de carne contra piedra, y luego otro, más cerca.

Sus manos encontraron al fin la roca viva del acantilado. Comenzó a trepar con la desesperación de un ratón acorralado, las uñas haciéndose astillas, las rodillas golpeándose contra la pared. Abajo, el chapoteo se multiplicaba. Se obligó a mirar entonces.

La ensenada era un hervidero. Las criaturas se arrastraban unas sobre otras con una velocidad nauseabunda, sus vientres reventándose contra las rocas, dejando un reguero de vísceras y aquel líquido negruzco. La más cercana alzó una cara deforme hacia él, y de su boca, incapaz de cerrarse, brotó un alarido que era puro hambre. Kael trepó. Trepó hasta que las manos le sangraron y el mundo se redujo a encontrar el siguiente asidero.

Cuando por fin alcanzó la cima del acantilado, el amanecer teñía el cielo de un gris sucio. Abajo, el clamor se había apagado, sustituido por un silencio aún más horrible. Kael se puso en pie, temblando, y miró hacia el interior. Allá, a lo lejos, divisó los muros del Dominio. Le parecieron frágiles. Le parecieron demasiado bajos. Pero empezó a caminar hacia ellos.

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