«Acunada por la bruma, en el punto exacto de la encrucijada de infinitos caminos, se alza la Biblioteca de los Perdidos».
Himno
de los
Perdidos
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7 de agosto de 2026

Neblina

Custodio:

Mañana

Abro los ojos, las persianas están bajadas y la puerta del dormitorio de mi padre, en el que estoy durmiendo en estos momentos, está abierta. Debería haber ido hace rato a darle el desayuno a mi hermana pequeña de casi dos años, pero no puedo levantarme. Lo intento, pero la nube vuelve acompañada del mareo y caigo sobre la cama. Podría decir que hago varios intentos por levantarme pero es sólo uno. Soy la niñera de 14 —casi 15— años mejor pagada, pero la peor del mundo. 

Unas manitas minúsculas me acarician el pómulo con mucha delicadeza. Abro los ojos lentamente, hay una silueta pequeña que mi miopía emborrona por completo, con dos bultos a los dos lados de la cabeza.

Mainita —me sururra—. ¿Me preparas el susuyuno?

—¿Qué hora es? —pregunto, todavía con los ojos cerrados. ¿Por qué no deja de acariciarme? ¿Acaso sabrá el concepto de la hora?

—Dice Marcos que las once.

—¿Y no puede prepararte Marcos las galletas?

—Vale, no te preocupes. —Me sigue acariciando—. Yo me lo preparo.

Me tapa con la sábana, me da un beso demasiado húmedo en la frente y vuelve gateando al borde de la cama. La oigo abrir la barandilla de las escaleras y deslizarse por los escalones.

Soy la peor hermana del mundo. No siento nada al respecto.

He dormido unas dos horas —contando esta siesta— desde que mi padre me ha traído a las 7 de la mañana a su cama para estar con mi hermana hasta que se levantase.

No voy a volver a hablarle. Me distrae de Ella, hace días que no la veo. Es un engaño, una posibilidad de que las cosas pueden cambiar, que pueden ir a mejor incluso. Será mejor así. No volveré a conectarme al msn y, si lo hago, será a altas horas de la noche, cuando no haya nadie, sólo él. Si me habla será cosa suya.

Me revuelvo en las sábanas. Odio esta luz, cuando la persiana está bajada y la puerta abierta. Es la peor de todas las luces de la mañana. No deja lugar a nada, sólo te recuerda que el exterior está ahí, mirándote fijamente y que eres poco menos que una alimaña por no levantarte a afrontar la realidad.

No sé cuánto tiempo pasa.

—¡Marinaaaaa! —me llama mi hermano pequeño desde el piso de abajo—. ¡Olivia ha tirado la leche y las galletaaas! ¡Bajaaa!

Mierda. Soy la peor hermana del mundo.

Me incorporo de un salto, el mareo se apodera de mí y caigo sobre el suelo de parquet. Me hago daño en el codo, pero mi hueso puntiagudo me salva del raspón.

Me arrastro hasta las escaleras, me agarro a la barandilla y vuelvo a levantarme, esta vez con más cuidado. La sensación al bajar los escalones es lo que supongo que sentirá un borracho. Quizás es la euforia repentina que me sube al pecho cuando me noto liviana, casi etérea.

Dos días. Dos días limpia y nadie se ha dado cuenta.

Entro a la cocina. Hay leche derramada por la mesa de la encimera, un paquete de galletas roto y dos tazones: uno rosa y otro negro.

Maína, te he preparado el tuyo también —me dice mi hermana con una amplia sonrisa, mal sentada en su trona, con una pierna fuera. 

Marcos está viendo la tele. No voy a tener la poca vergüenza de decirle nada, es lógico. Es cosa mía. Es mi desastre.

Una persona normal cedería ante esta imagen entrañable, sé que lo haría. Rompería a llorar desconsoladamente, porque una criatura que no tiene ni dos años la está cuidando más que ella misma, sin esperar nada a cambio, con la pureza verdadera de su pequeño corazón, pero yo nunca siento nada semejante.

Yo miro con indiferencia la escena, paso una bayeta por el desastre, le pongo bien la pierna y me siento frente a ella, sin tocar la taza.

—Gracias —le digo, con la mirada perdida en las baldosas de la pared—. Luego me lo tomo, que me duele la tripa.

Hay que mentir sobre todo a los niños pequeños, son los que luego acaban delatándote sin darse cuenta.

—Oh noo… pobesita. —Hace amago de levantarse—. Ya he terminado, vamos. —Estira los brazos para que la coja. Por un momento pienso que se me va a caer y partirse el cráneo contra el radiador. 

La pongo en el suelo, me da su pequeña mano y me lleva hasta el salón.

—Tápate y a dormir —me dice.

Están dando Detective Conan en la tele. Ojalá existiera alguien así.

Olivia ha encontrado su esquina. Se ha metido entre el brazo del sofá y la pared, tapada hasta la barbilla con el trozo de tela polar que arrastra a todas partes, y desde ahí nos observa con esos ojos gigantes que absorben cada detalle.

Marcos lleva la bata de ducha de Tigger con la capucha puesta. No sé cómo no tiene calor. No se la ha quitado en todo el verano. Tiene los pies encima del cojín del medio y los mueve al ritmo de algo que no es la música de la tele porque no hay música, es un ritmo suyo, interno, que yo no escucho.

—¿Quién crees que es el malo? —me pregunta sin girarse.

Lo pienso un momento. En la pantalla hay un hombre con corbata que habla demasiado deprisa, intentando convencer al resto con palabras adornadas de que es inocente, pero gesticula de forma exagerada y su máscara ya se ha resquebrajado.

—El padre —respondo.

Marcos asiente como si eso le pareciera razonable y no me pregunta nada más. Es el único ser humano en esta casa, en este pueblo, en este verano, que no hace referencia a mi estado de forma alguna.

Conan tiene siete años y un cerebro que no le corresponde. Vive rodeado de adultos que no ven lo que él ve y, sin embargo, los salva una y otra vez sin que ellos lo sepan del todo. Busca siempre el ángulo desde el que la escena tiene sentido, ese punto ciego que todos los demás han descartado sin darse cuenta. Nadie le ha enseñado a hacerlo. Simplemente lo sabe. Y la chica que siempre está a su lado, que lo quiere, que lo cuida, no sabe quién es realmente. Él lo prefiere así. Prefiere cargar con eso solo antes que tener que explicarse.

Lo entiendo.

Yo también sé cosas que nadie me ha enseñado. Sé qué excusa funciona con mi madre y cuál con mi padre y cuáles no funcionan con ninguno de los dos pero me sirven para ganar tiempo. Sé leer una habitación antes de entrar en ella. Sé que Olivia me está mirando ahora mismo aunque finja que no, y que si me levantara a por agua me seguiría con los ojos hasta que volviera a sentarme. Sé exactamente lo que pesa cada acto y lo que cuesta deshacerse de las consecuencias después.

Lo que no sé es para qué me sirve saber todo eso.

En el iSketch podía ser inteligente sin que me pesara. Sólo tenía que adivinar lo que el otro estaba dibujando antes de que terminara siquiera el trazo, hacerlo antes que los demás, sorprender. 

Él era bueno. Yo era mejor.

Durante un tiempo eso fue suficiente y luego fue demasiado y luego se convirtió en otra cosa que no quiero describir y a la que tampoco voy a poner nombre porque hacerlo sería darle un peso que no merece tener.

Hay un chico en algún lugar de España que no sabe quién soy realmente. Que cree que soy la versión de mí que se conecta a la una y media de la mañana en modo no disponible, capaz de hablar de cualquier cosa durante horas, de hacer reír incluso, de seguir cualquier conversación hasta donde haga falta. Esa no soy yo. O sí soy yo, pero es la única parte que no me cuesta nada mostrar porque a esa hora ya no hay nadie mirándome y el cuerpo ya no existe y sólo existe la pantalla y lo que se dice en ella, y en ese formato soy perfectamente funcional, soy incluso brillante, soy la persona que me gustaría ser si no tuviera que ser también esto.

No voy a conectarme.

Durante unos meses fue agradable pensar que existía una salida. Una grieta en algún sitio de esta prisión. La posibilidad de que alguien llegara antes de que terminara de dibujar el trazo y entendiera lo que estaba viendo.

El problema de ver la salida del laberinto es plantearse la posibilidad de quedarse.

Y yo ya he tomado una decisión.

Además, él tampoco sabe quién soy.

Nadie lo sabe.

La gente suele pensar que saber ocultar las cosas consiste en mentir bien. En realidad consiste en proporcionar a los demás una explicación más cómoda y fácil de aceptar que la propia verdad. «Tengo dolor de tripa.» «Ya he desayunado antes.» «Estoy cansada por el calor.» «Anoche me acosté tarde.» Todas esas cosas son ciertas. Lo importante está en los detalles que se dejan fuera.

Él sólo conoce las partes fáciles.

A la que dibuja.

A la que adivina.

A la que hace bromas de madrugada.

No conoce a la que cuenta los días. A la que no habla con nadie. Ni a la que lleva semanas planeando un plan perfecto.

Quizás por eso funciona.

O quizás precisamente por eso no puede funcionar.

A veces pienso que en algún lugar tiene que existir alguien que lo entienda todo. No una pequeña parte, ni siquiera me vale casi todo. Todo. A veces creo que la veo en la niebla, la figura de la que podría ser esa persona, que casi tiene forma. Pero me es difícil recordar esa imagen. Cada vez es más difícil. Como si la niebla fuera espesándose y la figura fuera haciéndose más pequeña o más lejana o las dos cosas a la vez y yo estuviera demasiado cansada para seguir mirando hacia allí.

—Marcos. —Le doy con el pie en las costillas, para hacerle cosquillas.

—Qué. —Se ríe y se aparta, amenazándome con el cojín.

—Nada.

—Pues vale.

Prefiero esto. Lo de decir nada y que nada signifique exactamente eso, sin que nadie lo convierta en una conversación, sin que nadie incline la cabeza y ponga esa cara de preocupación. Marcos no pone esa cara. Marcos acepta la nada.

La capucha se le ha desplazado un poco hacia la izquierda. Tigger se le queda de lado, con una oreja apuntando al techo. No lo corrige. Quizás ni sabe que ha pasado. Aparto la mirada.

Fuera, la luz de agosto entra difuminada por las cortinas de tul y traza una línea en el suelo que va avanzando muy despacio hacia el sofá, milímetro a milímetro, con esa paciencia que tiene la luz cuando no tiene ninguna prisa porque sabe que va a llegar de todas formas.

En algún momento va a alcanzarme.

Olivia se ha destapado un poco y sus pequeños pies asoman por el borde de la tela polar. Ya no me mira fijamente, ahora ve la tele. O finge verla, que en ella viene a ser lo mismo pero al revés.

Dos días.

En la tele, el caso se resuelve. El hombre de la corbata lo confiesa todo con esa expresión de alivio que tienen los culpables cuando por fin alguien los ve. Como si lo peor no fuera haber hecho lo que hicieron sino haber cargado con todo eso ellos solos. Conan mira un instante a cámara antes de que cambie el plano. Es casi imperceptible. Como si supiera que hay alguien al otro lado que lo entiende. Que ha seguido cada paso. Que ha llegado antes.

Sé que es un dibujo animado.

Lo sé.

Y aun así me pregunto cómo debe de sentirse alguien cuando, después de meses o años ocultando algo, aparece por fin una persona capaz de ver exactamente lo que tiene delante.

La línea de luz alcanza por fin el borde del sofá.

No me muevo.

Quema.

Mediodía

Mi padre aparca delante de la verja y no apaga el motor.

Existe un protocolo para estas entregas del que nunca hemos hablado pero que los dos conocemos. Él no entra. Ella no sale. Yo soy el punto intermedio, la frontera que camina sola de un lado al otro con la mochila al hombro. Llevamos años haciendo esto y ninguno ha propuesto nunca una alternativa, lo cual dice algo sobre los tres, aunque no sé exactamente el qué.

Me bajo del coche. Él también se baja, se apoya en la puerta y se enciende un cigarrillo. Hace esto siempre: espera a que entre, como si necesitara comprobar que la entrega se completa correctamente, que no me quedo en tierra de nadie. O quizás simplemente necesita terminarse el cigarrillo y este es un lugar tan bueno como cualquier otro para hacerlo.

Abro la verja. Me giro un momento. Él levanta la mano; lleva el cigarrillo entre los dedos y el humo le sube por el brazo en una línea casi recta porque hoy no hay viento. Tiene esa expresión que no sé descifrar desde hace años. Quizás nunca lo haga.

Entro.

Mi madre está en la puerta antes de que llegue al escalón del porche. Me abraza con esa fuerza que tienen los abrazos de las madres cuando llevan un mes y medio sintiendo la distancia, y que a mí me paraliza durante un segundo, ese segundo en que el cuerpo no sabe si responder o simplemente esperar a que termine. Huelo su perfume. El mismo de siempre, cítrico, del mismo frasco del mismo sitio de su tocador secreto desde que tengo memoria. Huelo también el aroma que sale de la cocina.

Se separa y me mira detalladamente antes de que pueda hacer nada al respecto.

Cara, cuello, hombros, el resto que la ropa ancha cubre pero que no sirve para ocultarlo todo. Mi madre sabe mirar aunque no siempre sepa qué hacer con lo que ve.

—Pero bueno —dice—. Qué delgada estás.

—He crecido. Este verano por fin he pegado el estirón —respondo con una media sonrisa.

En parte es verdad. He crecido un centímetro y medio desde junio, me midió la mujer de mi padre en el marco de la puerta de la cocina donde lleva midiendo a sus hijos desde que éramos pequeños. Un centímetro y medio es suficiente para construir una mentira a su alrededor.

Además cuento con que no va a llamar a mi padre para contrastar mi versión. No se hablan. Llevan años sin hablar de nada que no sea estrictamente necesario, y mi peso no ha llegado todavía a la categoría de estrictamente necesario.

Todavía.

Mi madre me sostiene la mirada un momento más. Detrás de ella, por la ventana del salón, veo el humo del cigarrillo de mi padre subiendo por encima de la verja. Todavía está ahí.

—He hecho fritón —dice mi madre por fin con entusiasmo.

Ese maldito entusiasmo que no usa ni como reproche ni como un anzuelo, ni para que me sienta culpable, sino que es un gesto genuino y por eso mismo más difícil de manejar que cualquier otra cosa que pudiera haber dicho. El fritón es una de mis comidas favoritas: patatas fritas con cebolla, calabacín y mayonesa, receta de mi abuela y que mi madre hace incluso mejor. Lo sabe. Por eso lo ha hecho. Ha pasado parte de la mañana haciéndolo, con lo que odia cocinar, lo cual significa que ha pasado parte de la mañana pensando en mí volviendo a casa, en recibirme con algo que me guste, en que el regreso estuviera acompañado de algo bueno.

—Ya hemos comido en Barcelona —miento—. Pasamos por allí.

Y antes de que su cara termine de procesar esa información, abro la mochila y saco el disco. Soundtrack to Your Escape, de In Flames. Saco también la camiseta de otro grupo de metal, con el estampado de una parca de color rojo y varios pantalones.

—Me lo ha regalado papá por mi cumpleaños —digo—. Y la ropa también.

Mi madre mira la camiseta. Luego mira el disco. Asiente lentamente y pone la sonrisa a medias que siempre pone cuando está procesando algo que no esperaba y que de alguna forma le molesta. Conozco ese gesto. Lo he visto las veces suficientes como para saber qué viene después. 

Sé exactamente por qué he sacado las cosas en ese orden.

Mi madre vuelve a mirar la camiseta.

La gente cambia menos de lo que cree.

No me siento bien por haberlo hecho. Tampoco me siento mal.

La conversación sobre el fritón ha quedado guardada en un cajón al que ninguna de las dos va a volver esta tarde.

En la verja, el humo ha desaparecido. Mi padre se ha ido.

Subo a mi habitación con el disco en la mano.

Mi habitación huele a ese olor específico de los cuartos que han estado cerrados durante semanas y han ido acumulando el calor y el polvo en las esquinas sin que nadie lo removiera. La luz de septiembre corta la habitación en dos y, dentro de la luz, el polvo permanece suspendido en el aire, formando cientos de constelaciones. Cada mota es un mundo minúsculo que contiene multitudes. 

Supongo que  hay cosas que sólo existen cuando alguien las mira.

El mediodía ya no duele tanto. 

Abro la ventana y me siento en la mesa con la espalda apoyada en el marco, las piernas cruzadas, la mochila todavía sin deshacer en el centro de la habitación.

Los jardines están vacíos. La ventana de la casa de enfrente tiene la persiana a la mitad, exactamente a la mitad, como si alguien la hubiera dejado así hace meses y nadie hubiera vuelto a tocarla.

Aquí mi madre duerme en el cuarto al otro lado del pasillo. Aquí no hay nadie que baje a las tres de la mañana a comprobar si he encendido la luz. Aquí no hay nadie que se quede en el marco de la puerta de la cocina mirando cuánto queda en el plato con esa expresión que no dice nada pero que lo dice todo. El control aquí me pertenece, en casa de mi padre nunca termina de ser mío del todo, una diferencia que me parece un alivio.

Pongo el disco en la minicadena. Bajo el volumen, porque mis hermanas están en algún lugar de la casa y no quiero explicarles nada, no quiero que suban a preguntarme qué es esto, no quiero compartirlo todavía. Algunas cosas funcionan precisamente porque no se comparten, porque existen en un espacio en el que sólo estás tú.

Pienso en el chico del iSketch. No porque quiera sino porque la música muchas veces desentierra los pensamientos sin pedir permiso. Sé perfectamente lo que es y lo que no es. No es el señor misterioso que no existe, no puede serlo, le faltan demasiadas cosas que no sabría ni nombrar todavía pero que reconocería en el momento de encontrarlas, igual que se reconoce una palabra en un idioma que no has estudiado pero que suena exactamente como debería sonar. Él no suena así. Suena bien, suena a algo real y a veces incluso a algo bueno, pero no suena a eso.

La figura en la niebla lleva semanas siendo menos figura y más niebla. Quizás sea el sol abrasador. Quizás sea porque las cosas que se ven entre la niebla tienen la forma que uno necesita que tengan en ese momento, y quizás es más honesto no ver nada que ver lo que uno mismo ha dibujado.

No voy a conectarme.

La música sigue. La luz sigue avanzando por el suelo de la habitación, con esa paciencia que ya conozco.

Cierro los ojos.

—¡Marina! —me llama mi hermana desde abajo—. ¡Baja, mira!

Bajo las escaleras.

En el salón hay una tabla blanca conectada a la Wii. Mi hermana de ocho años ya está de pie encima con esa postura segura de quien no es consciente todavía del espacio que ocupa en el mundo.

—¡Mamá nos ha regalado la Wii Fit!

El juego le pide que se quede quieta. La barra de carga avanza en la pantalla con una lentitud que de repente me parece innecesaria, como si el juego estuviera tomándose su tiempo queriendo.

Da un pitido y revela el resultado. «Sobrepeso.»

Mi hermana no se mueve, sigue mirando la pantalla con una expresión de incredulidad. Busca la mirada de mi madre, la explicación que lo cambiará todo y que hará que todos los males del mundo cesen para siempre.

Los males nunca cesan, pero ella no lo sabe.

Luego llegan las lágrimas. Débiles al principio, como siempre, y luego ya no tan pequeñas.

Mi madre cruza el salón.

—Uy, es que estas tablas no están bien calibradas —dice, arrodillándose a su lado—. No está bien medido, ya verás, estas cosas fallan mucho. Ven aquí.

Mi hermana llora de todas formas.

Mi madre la abraza. Le habla en voz baja, le aparta el pelo de la cara. Con el rabillo del ojo me busca, pidiéndome que la consuele también. Que haga algo.

No sé qué narices hacer. Nunca sé qué hacer en estas situaciones. Tampoco sé por qué no quiero hacer nada.

Me acerco a la tabla.

Me subo.

La barra de carga. Esa lentitud de nuevo. Se me acelera el corazón. Tengo ganas de vomitar.

El pitido.

«No se reconoce el peso. Por favor, inténtalo de nuevo.»

Bajo. Vuelvo a subir.

La barra. El pitido.

«Peso demasiado bajo para la altura. IMC de 15.9. Por favor, inténtalo de nuevo.»

Una euforia sube por mi pecho antes de que haya podido dejarla entrar. Es la confirmación de algo que llevo meses construyendo con una precisión que no he compartido con nadie y que ahora una tabla de plástico blanco acaba de verificar delante de mi madre y de mis hermanas.

Lo que se concibió como un juego hace llorar a una niña de ocho años y casi gritar de euforia a una enferma.

Me bajo de la tabla despacio.

Mi madre ya no está mirando a mi hermana.

Me está mirando a mí con esa mirada que escruta más que mira, la misma de la puerta, la misma de siempre, pero ahora con algo más dentro, algo que se ha añadido en los últimos segundos y que no va a desaparecer aunque ninguna de las dos lo mencione.

—¿Ves? —le dice por fin a mi hermana, sin dejar de mirarme—. La tabla está rota, vamos a jugar al juego de bailar. Olvídate del peso.

Vuelvo a las escaleras. En la minicadena de mi habitación, el disco sigue sonando.

La luz de septiembre ya ha cruzado el centro del salón. Sigue avanzando. No tiene ninguna prisa porque sabe que va a llegar de todas formas.

Tarde

La profesora tiene las manos frías cuando me corrige la postura de los dedos mientras relata con entusiasmo lo contenta que está conmigo y lo bien que lo voy a hacer en el recital de Navidad, que si sigo practicando podré tocar el Clair de Lune de Debussy. Yo pienso en otra cosa durante toda la hora.

Cuando salgo a la calle el frío de octubre me golpea la cara y, en contraste con la calefacción demasiado alta de la clase, dejo que entre y me inunde.

Llevo el tabaco en el bolsillo pequeño de la mochila. Lo cogí el fin de semana pasado del cajón del mueble de la entrada, cuando mi padre acababa de comprar un cartón entero de Ducados negros. Tengo dos cigarrillos sueltos y un mechero de plástico azul que tiene la rueda un poco desgastada. Llevo todo el día notando su peso.

He odiado el tabaco toda mi vida. El olor en la ropa de mi padre. Hasta el punto de meterle bajo el agua del grifo varios paquetes, para que dejase de fumar. He odiado el tabaco con esa convicción absoluta que tienen los niños para odiar ciertas cosas, sin matices, sin excepciones.

Los niños odian el tabaco porque aman la vida y quieren que sus padres sigan viviendo. A mí eso ya no me sirve.

Llego a mi calle y decido recorrer el camino de tierra al lado de mi casa. Me pongo los auriculares de nuevo.

Saco el mechero.

La rueda cede al tercer intento. La llama aparece pequeña y algo torcida por el viento y tengo que protegerla con la mano mientras acerco el cigarrillo. La primera calada me entra mal, áspera, y toso de una manera que me parece humillante aunque no haya nadie mirando. Claramente no sé cómo se fuma.

Me quedo quieta un momento en medio del camino, con el cigarrillo en la mano y el humo subiéndome por los dedos, esperando a que el cuerpo decida qué hacer con esto.

El cuerpo no decide nada. El cuerpo lleva meses sin decidir nada por su cuenta.

La segunda calada me entra algo mejor. Noto el calor bajando por la garganta y algo que no es exactamente un mareo sino una ligera alteración del equilibrio, como cuando te levantas demasiado deprisa. Lo añado a la lista de sensaciones nuevas que estoy catalogando desde hace semanas.

El frío es psicológico.

Llevo repitiéndolo desde que nací y desde que salí de casa esta mañana en manga corta y mi madre me preguntó si no tenía frío y le dije que no. El frío es psicológico. Si decides no tenerlo, no lo tienes. El cuerpo obedece si le dices las cosas con la suficiente convicción, eso lo sé desde hace tiempo, lo sé mejor que nadie, es quizás lo único que sé mejor que nadie.

Mis brazos están bien. El frío los toca pero no entra.

El camino de tierra tiene a la derecha un campo que en verano era de girasoles y que ahora es un rastrojo marrón y uniforme, con los tallos cortados al ras, sin nada que los diferencie entre sí. A la izquierda, las últimas casas del pueblo se van espaciando hasta que dejan de verse y queda sólo la tapia larga de piedra que bordea el jardín. El jardín mágico y secreto de las estatuas de piedra. Lo llamo así desde que era niña.

De pequeña me inventé una historia entera sobre ese jardín. Que dentro vivía un escultor que había venido de Roma hace cientos de años trayendo sus estatuas, y que las había plantado en la tierra como se plantan los bulbos, esperando que crecieran. Que por eso algunas estaban enterradas hasta la cintura y otras sólo asomaban la cabeza por encima de la hierba. Que el escultor seguía dentro, inmortal, cuidando un jardín que nadie más podía ver correctamente porque para verlo correctamente hacía falta saber que las estatuas estaban vivas.

Me senté muchas veces frente a la verja de hierro negro a esperar a que saliera alguien.

Nadie salió nunca.

Me detengo frente a la verja de hierro. Está entreabierta, como si llevara años esperando a que alguien la terminara de abrir o de cerrar y nadie hubiera tomado todavía esa decisión. A través de los barrotes veo lo de siempre: el sendero de grava cubierto de hojas, los rosales sin flor y las figuras de piedra entre la vegetación.

Doy una calada al cigarrillo. El humo sale despacio en el aire frío.

Un destello a lo lejos.

Pequeño, intermitente, proveniente de la parte de atrás del jardín donde la luz no llega bien a esta hora. Como el reflejo del sol en un cristal, o en el metal de unas gafas. Pienso que es eso, el reflejo del sol en unas gafas, y estoy a punto de seguir caminando cuando el destello vuelve, y esta vez me da directamente en los ojos.

—¡Eh! —Es una voz de hombre, no vieja pero tampoco joven, de esa edad indefinida que tienen ciertas voces—. ¡Tú, la de la camiseta de rayas!

Me giro.

Es un hombre de estatura mediana con unas gafas de montura carey redonda que capturan la luz en destellos caramelo. Tiene el pelo canoso y una expresión indescifrable en su rostro.

—Llevas años pasando por aquí, chica —dice, como si eso fuera una presentación suficiente.

—Sí —admito. Porque es una verdad simple que por fin no me cuesta decir.

—¿No quieres entrar?

Lo miro. Pienso en las advertencias sobre pederastas de mi madre. Miro la verja entreabierta. Miro el jardín detrás de él con sus estatuas y sus rosales sin flor y el sendero de grava cubierto de hojas de octubre. Durante un segundo algo se mueve en mi pecho, algo que llevo meses sin sentir, algo parecido a la ilusión, a la sensación de que lo que está a punto de ocurrir importa.

—¿Puedo? —pregunto.

—La verja lleva abierta desde que tengo memoria —dice—. La pregunta es por qué has tardado tanto.

Apago el cigarrillo contra la tapia. Entro.

El jardín es más grande por dentro que por fuera.

El hombre camina delante de mí por el sendero de grava sin prisa, con las manos en los bolsillos, y las gafas siguen capturando la luz de esa manera especial.

—¿Son romanas? —le pregunto, mirando las esculturas.

—Algunas —dice—. Otras son más recientes. Depende de a lo que llames romano.

—Las que tienen más de dos mil años.

—Ah. —Hace una pausa—. Entonces ninguna. Pero algunas tienen el aspecto de haber estado siempre aquí, que es casi lo mismo.

Me detengo frente a una figura de piedra gris que emerge del suelo hasta la cintura, con los brazos levantados en un gesto que podría ser de súplica o podría estar danzando, dependiendo del ángulo desde el que se mire. La superficie está llena de líquenes, manchas naranjas y grises que llevan años intentando convertir a la piedra en otra cosa.

—De pequeña pensaba que estaban plantadas —le digo—. Que crecían.

—¿Y ahora lo piensas?

—Ahora sé que alguien las puso ahí.

—Es lo mismo —dice el hombre—. Todo lo que crece lo pusieron ahí antes.

Hay un banco de piedra al lado de un rosal y me siento. Él permanece de pie, un poco apartado, mirando las estatuas.

—¿Fumas mucho? —me pregunta.

—He empezado hoy.

Asiente, como si eso no le sorprendiera.

—Baudelaire fumaba en pipa, ¿sabes? —dice—. Aunque lo suyo no era el tabaco.

—Lo suyo era convertir el veneno en verso —digo—. Extraer la flor del mal y todo eso.

—Exacto. —Me mira por primera vez directamente, con esa mirada que tienen ciertas personas de estar viendo más de lo que uno quiere mostrar—. ¿Y tú qué extraes?

—Nada todavía.

—¿Todavía?

No contesto. Saco del bolsillo las tres botellitas. Las fui a buscar esta mañana al fondo del armario de la vajilla del salón. Son premios que gané de pequeña en las ferias de pueblo, esas botellitas de diferentes licores que se ganan en el tiro o en el hoyo en uno. Las guardé hace años, cuando ganarlas todavía me parecía un logro, cuando existía esa versión de mí que pasaba las tardes de feria con los ojos muy abiertos creyendo que si acertaba las suficientes veces algo bueno iba a ocurrir.

Abro la primera. Huele a anís. Me la bebo de un trago y el calor me baja por la garganta de una manera distinta al tabaco, más directo, más honesto sobre lo que es.

El hombre me observa sin decir nada.

—El Vampiro —digo, porque necesito decir algo y porque llevo días con ese poema en la cabeza—. ¿Lo conoces?

—Baudelaire.

Asiento.

—Él pide que lo liberen. Se lo pide a la espada, al pérfido veneno, a lo que sea. Quiere que le arranquen de encima eso que lo tiene sujeto. Pero al final le dicen que no serviría de nada, porque si lo soltaran, él mismo volvería a besar al vampiro hasta resucitarlo. Porque sin el vampiro ya no sabe quién es.

—¿Y tú tienes un vampiro?

Abro la segunda botellita. Esta es de algo más oscuro, más denso, no sé qué es exactamente y no me importa.

—Tengo un plan —digo.

—Los planes y los vampiros se parecen más de lo que parece —dice el hombre—. Los dos te convencen de que son lo único que te mantiene en pie mientras te están chupando la vida.

—Igual no te están chupando la vida, igual te están llenando de algo distinto.

—¿De qué te está llenando a ti?

La luz ha cambiado y por tanto el jardín; las sombras de octubre se han alargado y las estatuas proyectan ahora sombras largas sobre la grava, sombras que se superponen y se mezclan hasta que el suelo parece una cosa completamente distinta al suelo de hace una hora. Los rosales sin flor tienen esa belleza específica de las cosas que han terminado de ser lo que eran y todavía no son lo que van a ser.

—De la verdad —digo por fin—. Me está llenando de verdad.

El hombre no responde. Me giro para mirarlo y me doy cuenta de que está de espaldas, contemplando una de las estatuas del fondo, la más grande, la que siempre me pareció de pequeña que tenía la expresión de alguien que lo sabe todo. Sus gafas no reflejan nada ahora. La luz ya no les da.

—¿Has leído el Guardián entre el centeno? —me pregunta sin girarse.

—Tres veces. Es lo típico.

—¿Y?

—Y Holden quería atrapar a los niños antes de que cayeran por el precipicio. —Abro la tercera botellita—. Pero a él no lo atrapó nadie.

—A veces una persona corre hacia el borde convencida de que está saliendo de un laberinto.

—Yo no estoy huyendo —digo—. Estoy llegando.

—¿A dónde?

No contesto porque la respuesta es obvia y las respuestas obvias no merecen el esfuerzo de pronunciarlas. Me bebo la tercera botellita. Esta no sabe a nada en particular. Me pregunto si el alcohol hace efecto tan deprisa siempre o si es el tabaco o si es el frío que no es psicológico sino real y que ha estado entrando todo este tiempo mientras yo decidía que no podía.

Me levanto del banco. Tengo ganas de vomitar.

Las gafas del hombre reflejan algo de nuevo pero esta vez no es la luz del sol.

—Hay una habitación en el fondo de la casa —me dice—. Con una ventana que da al norte. Siempre está fría. Hace años que nadie entra.

—¿Y?

—Y cuando eras niña te imaginabas exactamente eso. Una habitación fría con una ventana que da al norte. La habitabas en tu cabeza con todos los muebles, con todos los libros. Venías aquí y te quedabas mirando la casa intentando adivinar cuál era esa ventana.

Me quedo quieta.

—Nunca te he dicho eso. A nadie, de hecho —digo.

—No —dice—. No me lo has dicho.

Me giro hacia la casa.

O hacia lo que creía que era la casa.

Hay algo extraño en el ambiente. Lleva varios minutos intentando llamar mi atención y yo sigo apartándolo de mi mente, igual que uno intenta apartar en vano una palabra cuando no consigue recordarla del todo.

Entorno los ojos.

Busco la ventana que da al norte, la habitación que había amueblado cientos de veces sin haber entrado nunca en ella.

No la encuentro.

Sigo buscando.

De repente, tampoco encuentro la pared.

El hombre continúa hablando. O quizás ha dejado de hacerlo. Su voz sigue llegando desde algún lugar cercano, pero he dejado de escuchar las palabras.

Doy unos pasos.

El sendero de grava termina mucho antes de donde debería y los rosales desaparecen bajo una maraña de hierbas secas. Las sombras de las estatuas se interrumpen en lugares donde ya no hay ninguna estatua.

Me detengo.

La casa ya no está.

No está.

Delante de mí se extiende una explanada irregular cubierta de maleza. Hay varios palés apilados unos sobre otros, restos de hormigón medio ocultos por la hierba y una hilera de cañas secas moviéndose despacio bajo el viento de octubre.

Nada más.

Durante unos segundos sigo buscando la explicación que haga que todas las piezas vuelvan a encajar.

No aparece.

Me acerco.

Entre las cañas sobresale algo. Al principio pienso que es una rama, pero luego veo la piedra.

Es un brazo. Sólo un brazo.

La muñeca está medio partida. Le faltan varios dedos, pero conserva el corazón y el índice, entre los que sostiene un cigarrillo a medio consumir. El musgo ha cubierto parte del antebrazo y la tierra oculta el resto, como si hubiera pasado años intentando tragárselo.

Intento recordar cuándo vi por última vez el jardín tal y como lo recordaba, pero me es imposible. No encuentro ningún momento.

Ni uno solo.

El viento mueve las cañas.

Miro alrededor otra vez.

El hombre ya no está.

Su ausencia repentina no me sorprende tanto como debería. Quizás porque, en realidad, lleva desapareciendo toda la tarde.

La verja sigue entreabierta.

Más allá está el camino de tierra, el rastrojo de octubre y las primeras luces del pueblo encendiéndose una a una.

Permanezco allí un momento más, sin pensar, simplemente mirando.

Las cañas.

Los palés.

El brazo de piedra.

Las cosas que sí están.

Después me meto las manos en los bolsillos y emprendo el camino de vuelta.

Las botellitas vacías siguen en mi bolsillo. El mechero también. Y el segundo cigarrillo.

El frío ha entrado por fin.

Esta vez no intento convencerme de que es psicológico.

El segundo cigarrillo lo enciendo a medio camino, ya de vuelta, cuando el jardín ha quedado atrás y las últimas casas del pueblo empiezan a aparecer. Esta vez no toso. El humo entra directamente, como si el cuerpo hubiera decidido que no merece la pena resistirse a algo que ya ha ocurrido.

La música sigue en los auriculares. Lleva tanto tiempo sonando que ya no la escucho realmente, que es el estado ideal de la música, cuando deja de ser algo que oyes y se convierte en el material del que está hecha la atmósfera, en el aire específico de este momento específico que no va a repetirse.

Leo una entrada de mi fotolog de hace un tiempo. Es una foto de los rosales del jardín que saqué desde fuera de la verja, borrosa y mal encuadrada como todas las fotos que sacaba entonces, con una frase debajo:

«Hay jardines que sólo existen para los que saben que están ahí.»

Mi plan sigue intacto.

Noche

La niebla ha bajado antes de que anocheciera, de forma gradual, como si llevara horas planeando la operación y hubiera esperado al momento exacto en el que la luz se fuera para ejecutarla. Ahora está por todas partes: en las calles, entre los árboles, amortiguando los sonidos hasta convertirlos en algo más blando y más lejanos de lo que son.

Huele al humo de las chimeneas.

Es uno de los olores de este pueblo en invierno, y lo conozco desde siempre pero esta noche lo percibo de una manera distinta. Siento una especie de paz en ese olor que no me explico.

Llevo los auriculares puestos. El grupo Placebo sonando desde que salí de casa, el volumen lo suficientemente alto para que el pueblo se emborrone más de lo que está. La niebla y la música hacen juntas algo que ninguna de las dos podría llegar a hacer sola del todo: convierten la calle en un espacio que casi podría ser habitable.

Casi.

La plaza del castillo está en lo alto del pueblo, en la parte a la que nunca subo, la que pertenece a ese territorio de calles y rincones que conozco de oídas pero que, por algún motivo, nunca he recorrido. Hay partes de este pueblo que odio con una familiaridad tan absoluta que ya no siento nada al odiarlas, pero hay otras partes que he mantenido al margen, sin tocarlas, como si guardarlas intactas fuera una forma de conservar algo, aunque no sepa exactamente el qué.

La plaza del castillo es una de esas.

Subo por la calle empedrada con las manos en los bolsillos y nada más que mi camiseta de manga corta.

Las farolas de arriba proyectan un resplandor anaranjado que se difumina en la niebla y no llega del todo abajo, sólo una promesa de luz.

Llego a la plaza.

Es más grande de lo que esperaba, o parece más grande de lo que es porque la niebla borra los bordes y no se sabe bien dónde termina. En el centro hay un cenador de hierro forjado con las farolas encendidas; son de las bonitas que tienen forma antigua. En otro contexto, en otra vida, me habrían parecido exactamente lo que una plaza como esta necesita. Esta noche me parecen exactamente eso también, y eso me resulta extraño, esa capacidad que tiene diciembre de empañar las cosas cotidianas con un aura mágica.

El coro ya está colocado bajo el cenador.

Mi madre está en la segunda fila con el abrigo azul marino que lleva todos los inviernos desde que tengo memoria. Cuando me ve llegar le cambia la cara a algo que no es exactamente alivio sino algo más suave, más genuino que el alivio, algo que no ha aprendido a disimular porque nunca ha visto la necesidad. Es así, mi madre. No controla, no vigila, no calibra. Simplemente está, con esa presencia de persona que habita el mundo libremente, que canta en el coro del pueblo y lee a Pizarnik y encuentra interesante casi cualquier cosa si le das diez minutos para luego aburrirse en otros diez.

Mis abuelos están en el borde de la plaza, sentados en dos de las sillas que alguien ha sacado para la ocasión. Mi abuela me localiza antes de que yo la localice a ella, que es lo que hace siempre, tiene ese radar específico para encontrarme en cualquier espacio independientemente de lo deliberadamente que yo esté intentando no ser encontrada. Se levanta y viene hacia mí. Me agarra la cara con las dos manos y me planta un beso en la mejilla que dura aproximadamente el doble de lo que ningún beso debería durar y que tiene la fuerza de succión de una criatura infinitamente mayor.

—Marinita —me dice, sosteniéndome la cara—. Estás hecha un palo.

—Buenas noches, abuela.

—¿Hecha un palo? —dice mi abuelo desde su silla, sin molestarse en levantarse. Me acerco a darle un beso en la mejilla, él me aprieta el hombro y me mira fijamente—. Si está igual que siempre.

—Igual que siempre no, Ernesto. Mírala.

—La estoy mirando.

—Pues mírala mejor.

Mi abuelo me mira con esa expresión suya de hombre que lleva décadas eligiendo cuidadosamente sus batallas.

—Está guapa —dice.

—No he dicho que no esté guapa. He dicho que está hecha un palo. Las dos cosas pueden ser verdad a la vez.

—Abuela —digo—, que empezamos ya.

Me da una palmada en el brazo que pretende ser suave. Me coloco en mi sitio.

La señora que tengo al lado me coge el brazo nada más verme, con un entusiasmo que me descoloca.

—Niña, ¿dónde tienes el abrigo?

—No tengo frío.

—Pero si estás helada.

—El frío —digo— es psicológico.

Silencio breve.

—¿Psico… qué?

—Psicológico. De la mente. Si decides que no tienes frío, el cuerpo obedece.

Me mira como si acabara de decirle que la luna es de corcho.

—Pues yo llevo el abrigo, el fular, la faja interior y los calcetines de lana —dice—, y sigo teniéndolo.

—Es que usted no lo ha decidido con suficiente convicción.

—¡Pero si llevo así desde noviembre!

—Claro, es que el primer error fue ponerse el fular. En el momento en que le dijo al frío que existía, ganó él la batalla.

La señora a mi derecha, la Concha, lleva un momento escuchando con la partitura a medio bajar.

—Tiene razón la chiquilla —dice.

—¿Tú también? —dice la del abrigo.

—Yo lo que digo es que con esa lógica me he estado abrigando en balde cuarenta años.

—En balde no —digo—. Con mucha convicción.

La Concha ya no puede más y suelta una carcajada que mi profesora finge no haber oído desde el otro extremo del cenador. La señora del abrigo mueve la cabeza con la expresión de quien ha decidido que algunos asuntos exceden su jurisdicción pero que no está del todo molesta.

Mi profesora me busca con la mirada y cuando me encuentra sonríe con esa sonrisa suya que me resulta incómoda precisamente porque es genuina. Me adora. Lo dice sin decirlo, en la forma en que me corrige, en el tiempo extra que dedica a contarme cosas de mis compositores favoritos, en cómo me busca con la mirada cuando el grupo hace algo bien. Para ella soy su alumna perfecta, la que entiende las cosas a la primera, la que tiene oído.

Lo del oído es real, eso sí. Lo tengo muy bueno, lo que significa que cuando alguien necesita una nota de referencia y no hay piano ni diapasón simplemente la doy. La, Do, Fa sostenido… La que sea, sin pensar, de la misma manera que uno dice qué hora es cuando lleva reloj. Eso le resulta milagroso a mi profesora. A mí me parece tan poco milagroso como tener buena vista o mala letra: una característica, no un logro.

Lo que mi profesora no sabe es que mientras en mi compañera de solfeo ve todos los errores, todos los compases equivocados, todas las entradas tardías, en mí no ve defecto alguno. No porque no existan sino porque ha decidido que no existen. Me ha puesto en un pedestal y desde el pedestal no se ven los defectos, que es exactamente el problema de los pedestales: que requieren que la persona colocada encima permanezca quieta y a cierta distancia para que la ilusión funcione.

No sabe nada.

Los que te adoran nunca saben nada.

Empezamos a cantar.

Los villancicos son lo que son: ñoños y religiosamente insoportables. Pero hay algo genuino en cantar en la niebla de diciembre, en la plaza del castillo a la que nunca había subido, con las farolas anaranjadas difuminándose en el aire húmedo y el olor a chimeneas llegando desde algún lugar cercano, que no es exactamente lo que yo llamaría paz pero que tampoco es lo contrario. Un espacio entre los dos mundos. Los conozco, esos espacios. Los he buscado siempre. Ni dentro ni fuera, ni una cosa ni la otra, un paréntesis en el que las reglas normales se suspenden temporalmente y uno puede existir sin tener que ser nada en concreto.

Entre el tercer y el cuarto villancico, mientras mi profesora da indicaciones sobre el tempo, la Concha me da un codazo discreto.

—¿Cuál es la nota siguiente? —me susurra.

—Sol —digo, sin pensar.

—¿Seguro?

La doy en voz muy baja. Mi profesora levanta la cabeza desde su partitura y asiente sin decir nada, como si fuera lo más natural del mundo, como si yo fuera una especie de diapasón humano que ha decidido por alguna razón misteriosa pasar los inviernos cantando villancicos en plazas de pueblo.

—Bruja —me dice la Concha, pero en el tono equivocado para ser un insulto.

La señora del abrigo ha estado escuchando.

—¿Lo hace siempre? —le pregunta a mi madre.

—Siempre —dice mi madre.

—¿Y de dónde lo saca?

—No lo sé —dice mi madre—. Le pregunté una vez y me explicó algo sobre frecuencias que no entendí.

—Intenté explicárselo con física —digo.

—Con mucha física —confirma mi madre.

—¿Y? —dice la Concha.

—Y le dije que lo dejara —dice mi madre—. Que es por su abuelo, que también tiene muy buen oído.

La señora del abrigo me mira con asombro genuino, que es el tipo de expresión que menos sé manejar porque no tiene ninguna trampa visible y por tanto no sé qué esperar.

Cantamos el último villancico. Noche de Paz. Las voces en la niebla suenan distintas a como suenan en el local de ensayo, más abiertas, con los bordes borrados por el aire húmedo de diciembre. Mi madre canta con esa delicadeza angelical suya. Mis abuelos la miran desde sus sillas. Mi abuela tiene los ojos brillantes, que es como los tiene siempre cuando escucha cantar a mi madre, como si después de todos estos años de broncas entre ellas todavía le sorprendiera. Mi abuelo me mira a mí, también con ojos llorosos.

Hay aplausos. El hombre del perro que se ha detenido en el borde de la plaza, las personas del bar, mi abuelo y mi abuela, que aplaude con una energía que sobrepasa con creces a la del resto.

—¡Qué bien lo has hecho! —me dice, viniendo hacia mí.

—Hemos cantado todos, abuela. Incluida mamá.

—Ya, pero tú especialmente.

—No se puede cantar especialmente en un coro. Es contradictorio por definición.

Me mira.

—Ernesto —dice—, ¿has oído cómo habla esta niña?

—La he oído —dice mi abuelo.

—¿Y?

—Y tiene razón —dice—, técnicamente.

Mi abuela suelta algo entre resoplido y risa. Me da otro beso, este en la frente, y vuelve a decir que estoy hecha un palo pero esta vez sin el peso de antes, más como una observación que como una acusación, como si cantar me hubiera restituido suficientes puntos para que el asunto del palo pudiera relegarse a segundo plano.

La Concha se despide de mí con una palmada en el hombro.

—El año que viene me pongo a tu lado desde el principio —me dice.

—Para que la convenza de lo del frío.

—Para que me entretengas —dice—. Que esto se hace mu’ largo.

Alguien propone ir al bar de la esquina. El grupo que queda no es mucho pero es suficiente para que la propuesta tenga momentum propio. Mi madre me mira. Esa mirada que es una pregunta y también una invitación y también un «dame una señal de que estás bien aunque sea pequeña.»

—Tengo que estudiar —le digo.

—Marina. Tú no estudias nunca.

—En serio. Mañana tengo examen.

Sí que tengo examen mañana, pero también es cierto que nunca he necesitado estudiar para sacar buena nota. Y además tengo miedo. Eso no lo digo. Lo sé y no lo digo. Si entro en ese bar algo algo puede tirar de mí en una dirección que no he previsto, y el plan es perfecto precisamente porque no tiene fisuras y las fisuras se llaman bares de diciembre con el coro y la Concha y la señora del abrigo y mi madre y mis abuelos que llevan décadas mirándola cantar.

No puedo permitirme eso.

Mi madre me sostiene la mirada un momento.

—¿Seguro?

—Seguro.

Me despido de mis abuelos. Mi abuela me abraza como si me fuera lejos. Mi abuelo me da dos palmadas en el hombro, ese gesto suyo que significa varias cosas y ninguna requiere palabras. Me voy antes de que alguien añada algo que me obligue a quedarme.

Bajo por la calle empedrada.

La niebla lo cubre todo. Los adoquines mojados. Las fachadas con las luces encendidas detrás de las ventanas. El sonido amortiguado del pueblo que se recoge.

Me detengo en el primer tramo recto y alejado ya de la plaza, donde la farola de la esquina proyecta un círculo de luz anaranjada sobre los adoquines. 

Saco el tabaco. El mechero tarda dos intentos, la humedad lo ha calado. La llama aparece, el cigarrillo se enciende y el humo se mezcla con la niebla.

Le doy al play en el iPod.

Song to Say Goodbye — Placebo.

Sigo bajando la cuesta entre las farolas. El humo sube ondulante.

Pienso en él.

Sé que es la última vez, aunque no lo sepa todavía mientras lo pienso. Las últimas veces no avisan, simplemente ocurren y luego uno mira atrás y dice ah, fue entonces, fue aquella noche de diciembre en la cuesta empedrada con Placebo y el cigarrillo y la niebla.

Era una pantalla encendida a una hora en la que todo lo demás estaba apagado. Una voz desde algún lugar de España sin cuerpo, sin contexto, sin nada que la anclara más allá del hecho de que alguien al otro lado también estaba despierto a esa hora y también necesitaba que hubiera algo al otro lado. Eso no es lo que yo buscaba. O es lo que yo buscaba pero no es lo que necesitaba. Sé la diferencia. La sé desde siempre, desde antes de que hubiera nadie al otro lado de ninguna pantalla, desde antes del iSketch y el msn y las conversaciones a la una de la mañana.

Él no es la figura en la niebla.

Lo sé porque si lo fuera habría dejado de buscarla.

Y sigo buscando.

O seguía.

La canción avanza. La cuesta termina en una calle más ancha y más oscura donde las farolas están más espaciadas y la niebla entre ellas es más densa. Levanto la vista.

Al fondo veo un parpadeo.

No sé si es una farola que falla o algo que se mueve o simplemente la niebla haciendo lo que hace la niebla cuando hay luz suficiente para que el ojo construya formas donde no las hay. Dura un segundo. Menos. Y luego la calle es sólo la calle, la niebla es sólo la niebla, el cigarrillo se está acabando entre mis dedos y la música sigue mientras el pueblo duerme.

No hay nadie al fondo de la calle.

No había nadie en el jardín.

No hay nadie en la niebla.

Lo sé.

El cigarrillo se consume.

La canción termina.

La sombra aparece un segundo entre la niebla, a lo lejos. Y luego se va.

Se va.

Se va.

Se va.

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