«Acunada por la bruma, en el punto exacto de la encrucijada de infinitos caminos, se alza la Biblioteca de los Perdidos».
Himno
de los
Perdidos
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Eylau, 8 de febrero de 1807

La artillería rusa abrió fuego a las ocho de la mañana.

Los rusos habían desplegado unos cuatrocientos cañones frente a los menos de trescientos que disponían los franceses. Cuando el duelo comenzó, el mundo se volvió de pronto demasiado pequeño para contener tanto estruendo.

Desde Austerlitz, Jean Dubois había adquirido la costumbre de contar los segundos entre un estruendo y el siguiente. Nunca se lo dijo a nadie. A fuerza de repetirlo, aquel hábito había terminado por convertirse en una superstición: si el último proyectil no había sido para él, el siguiente tampoco lo sería; pero si dos habían pasado de largo, el tercero empezaba a tener tu nombre grabado. No lo creía del todo, eso era lo peor. Las supersticiones más tenaces no son las que uno abraza, sino las que uno desprecia en silencio, incapaz de quitárselas de encima.

Horas más tarde, desde la reserva, donde la caballería de Murat aguardaba en formación, el teniente Dubois vio cómo el séptimo cuerpo de Augereau avanzaba hacia el centro ruso cuando la tormenta helada los embistió de golpe. Las columnas, presas de un súbito vértigo, se desviaron para perderse en la maraña blanca y emerger frente a la artillería enemiga. Setenta bocas de fuego los esperaban. El suelo tembló con furia. Los hombres de Augereau desaparecieron a lo lejos y un surco carmesí empezó a teñir la nieve con una parsimonia que, contra toda decencia, siempre le había parecido fascinante. A su derecha, un caballo sin jinete galopaba en círculos con los ojos desorbitados, arrastrando un estribo roto que dejaba un surco oscuro en la nieve.

Tiempo después llegó la orden. Murat levantó la fusta y once mil jinetes se lanzaron contra el centro ruso. Dubois apretó las rodillas y espoleó a su caballo. La carga atravesó la primera línea de infantería enemiga, luego la segunda y, en algún punto del caos, un proyectil estalló a su derecha. El animal se encabritó, perdió el equilibrio y cayó pesadamente sobre el costado.

Rodó por la nieve, aturdido. Cuando logró incorporarse, vio que el caballo intentaba levantarse sin conseguirlo. Una de las patas traseras estaba torcida en un ángulo imposible. Dubois lo miró un segundo, respirando con dificultad. Luego sacó la pistola y disparó.

El estruendo general absorbió el sonido del disparo. El cuerpo del animal quedó inmóvil, medio cubierto por la nieve. Se quedó mirándolo un instante más de lo necesario y una lágrima le resbaló por la mejilla, pero no permitió que brotasen más. A su alrededor, la caballería seguía cargando y reagrupándose, pero él ya no tenía montura. Echó a andar hacia los abedules.

Aumentó el paso para escapar de aquella situación que era ya insostenible, con la cabeza gacha, apartando los montones de nieve con unas manos que ya apenas le respondían. En algún punto se dio cuenta de que estaba completamente solo. Faure y el dragón al que llamaban Mimí se habían disuelto en el estruendo igual que el resto. Pronto ya no se acordaría de ellos, se dijo. Los nombres, como todo lo demás, se desgastan deprisa en la guerra. Uno aprendía a conservarlos unas horas; después volvían a esa región borrosa de la mente a donde van a parar las voces de los muertos.

Después de lo que le parecieron horas, aunque no pasaron más que unos minutos, llegó a un pequeño claro. Lo encontró al pie del segundo árbol.

Sentado contra el tronco y con un libro abierto sobre las rodillas, con el pulgar marcando la página. En su hombro se extendía una mancha oscura sobre el verde del uniforme. Su pierna derecha, vendada con tiras de lo que había sido la manga de otro hombre, descansaba extendida sobre la nieve. Dubois se quedó paralizado durante unos segundos, obnubilado ante tal escena. Le parecía casi ridículo ver a un hombre entregado a la lectura entre abedules, con el estruendo del cañoneo llenando el silencio, sin inmutarse mientras a su espalda el mundo seguía partiéndose en dos.

Desenfundó la pistola. El oficial ni siquiera alzó la vista.

—Con este frío los dedos pueden traicionarle a uno —dijo en un francés con acento, concentrado todavía en las páginas—. Apunte o baje el arma, pero decídase.

Dubois bajó el arma. Jamás supo explicar el cuándo ni el porqué de tal determinación. Las grandes resoluciones llegan siempre así, sin anuncio previo, antes de que la conciencia se entere de que su propia curiosidad ha vuelto a traicionarle.

El oficial cerró el libro. A primera vista, le pareció que debía de llevar a sus espaldas treinta inviernos, de mandíbula cuadrada, barba de varios días y la piel cetrina por haber dormido a la intemperie demasiadas noches seguidas. Un rastro de sangre seca le adornaba el pómulo. Miró a Dubois de pies a cabeza, sin hostilidad, con unos ojos del mismo gris que el cielo, tomándose el tiempo preciso para sopesar qué clase de contratiempo se le presentaba.

—Coronel Alexei Petrovich Orlov. Regimiento Semionovsky. —Señaló el libro con la barbilla—. Voltaire, ya lo ve. Página ciento cincuenta y siete. No acierto a comprender cómo he llegado hasta este pasaje, se lo aseguro.

—Un coronel de la Guardia, solo en un bosque, con un fusil de soldado raso y un Voltaire. ¿Cómo ha llegado hasta aquí?

—La metralla dispersó a mi estado mayor cuando contraatacamos el centro. Me alcanzó en el hombro y el caballo se desbocó. El fusil lo cogí de un granadero que ya no lo necesitaba. El Voltaire, en cambio, me acompaña desde Moscú.

—¿Está herido de gravedad?

—Lo bastante para darme por satisfecho, ¿no le parece? —Echó un vistazo a su propia pierna con gesto de resignación—. Creo que puedo ir olvidándome de mi pierna derecha. El hombro, Dios dirá.

Dubois era un alsaciano de treinta y dos años, esbelto, de pelo castaño claro y ojos azules. Se acercó, volvió a mirar el fusil del oficial apoyado contra el árbol, calculó sus opciones y, por fin, se sentó en la nieve a dos metros del ruso. Las piernas le pedían descanso y quedarse de pie habría sido absurdo. El frío de la nieve le atravesó los pantalones al instante y le subió por la espalda como una corriente eléctrica.

—Teniente Dubois. Jean Dubois. Dragones de la Emperatriz.

—¿Ha venido solo?

—Completamente.

Orlov lo escudriñó durante unos instantes, luego sacó una pipa corta del bolsillo interior de su chaqueta, a duras penas, y la cargó con parsimonia. 

—¿Sería tan amable de ayudarme? —le pidió, señalando el yesquero. El francés se acercó y arrimó la llama a la cazoleta. Un destello anaranjado les iluminó el rostro, efímero como la vida; la única calidez en un reino de hielo. El ruso aspiró con los ojos entornados, exhaló el humo y asintió en señal de agradecimiento.

Dubois observó cómo el humo se deshacía casi de inmediato en el aire helado. El frío le mordía los dedos incluso dentro de los guantes. Se agachó, recogió unas ramas secas que sobresalían de la nieve y las arrastró hasta un pequeño claro entre los árboles.

—¿Qué hace? —preguntó Orlov.

—Si vamos a hablar, prefiero hacerlo sin perder los pies.

Sacó su yesquero, protegido con las manos. Le costó varios intentos; la chispa moría enseguida. Al séptimo, una llama débil prendió en la corteza seca. Dubois sopló con cuidado hasta que el fuego empezó a sostenerse por sí mismo.

La hoguera era pequeña, apenas suficiente para calentarle las manos, pero el calor resultó casi doloroso después del frío. 

—Hablemos, pues —dijo Dubois, sentado frente a él.

—Dígame, —exhaló el humo de la pipa— ¿cómo se siente el Emperador al conocer el sabor, por vez primera, del empate?

—¿Empate? —replicó Dubois con altivez—. El campo es nuestro. Bennigsen se retirará.

Orlov alzó una ceja y soltó una carcajada seca.

—¿Vuestro? He visto pasar a los heridos hace un rato, y he oído a los cirujanos hablar entre ellos. No sé las cifras exactas, pero me atrevería a adivinar que ninguno de los dos ejércitos puede permitirse llamar victoria a esto. Si el Emperador sí, tiene un serio problema. La vanidad no es buen contable.

—Napoleón cuenta posiciones, no cadáveres. —Dubois señaló vagamente hacia el sur—. Esta mañana teníamos el centro roto y a la Guardia como única reserva. Esta tarde tendremos Eylau. Eso es lo que se comentará en los despachos y también lo que moverá a los siguientes treinta mil hombres.

—Y lo que se dice en los despachos es lo único que existe, por supuesto. —Orlov ladeó la cabeza y entornó los ojos—. Por curiosidad… ¿Cuánto tardó en llegar Davout con sus hombres esta mañana?

—Cuatro horas. Bueno, quizás cinco.

—¿Y qué le sugiere esa cifra?

Dubois cogió un puñado de nieve y lo apretó hasta que los dedos le dolieron dentro del guante.

—Que llevamos tres meses sin encontrarnos con nadie que nos haga frente y eso suele provocar que los estados mayores se olviden de los márgenes. Primero fue lo de Jena, en octubre, luego Prusia cayó en dos semanas y, de pronto, el ejército más grande de Europa resulta que tiene cuatro horas de margen y a nadie se le ha ocurrido tomar nota de ello, sí. ¿Adónde quiere llegar?

—Oh, pero Bennigsen sí que tomó nota. —Orlov se acomodó un poco más contra el tronco—. Esperó al invierno, cuando las carreteras de Rusia ya son un desastre, porque sabía que para ustedes serían todavía peores. No vaya a creerse que fue ninguna genialidad; simplemente tuvimos paciencia y esperamos a que el adversario se volviera demasiado… autocomplaciente. El éxito prolongado es, de todas las formas de embriaguez, la más peligrosa, porque es la única que se confunde con la lucidez.

—Y aun así, ¿se retirará?

—Se retirará porque ya tiene lo que venía a buscar. Va a escribir que aguantó dos días a la Grande Armée en campo abierto y que la obligó a detenerse. Esa crónica llegará a San Petersburgo, lo que cambiará las cartas con las que negociará el zar en la próxima mesa.

Dubois soltó la nieve y miró la huella que le había dejado en el guante, luego esbozó una leve sonrisa. La hoguera crepitaba entre los dos, y a lo lejos se oía el trajín de lo que podía ser una patrulla moviéndose entre los árboles, aunque el sonido se perdió enseguida. La retaguardia francesa no debía de quedar lejos de allí.

—¿Y esa genialidad debo suponer que se le ocurrió a él solo? Tengo entendido que es poco más que un borracho. —Lo miró fijamente. El ruso se echó el pelo húmedo hacia atrás y exhaló el humo lentamente, sosteniéndole la mirada.

—Me sobreestima, teniente.

—Ya. —Se levantó y se apoyó en uno de los árboles, cruzándose de brazos.

—Mire, los dos necesitan que haya una negociación —comenzó a decir el ruso—. Napoleón para consolidar su poder, Bennigsen para no perder lo que acaba de ganar en los despachos. Y, si ninguno llega a la mesa con el ánimo tocado, lo que firmen tendrá más posibilidad de aguantar.

—La paz que nadie quiere dura más que la que alguien impone, ¿no?

—Casi siempre —dijo Orlov.

Dubois lo observó con detenimiento. El ruso construía los argumentos con convicción, pero dejaba siempre un cabo suelto para ver si el otro lo encontraba, y había algo en eso que le resultaba demasiado familiar. Era como pensar en voz alta con alguien que piensa al mismo ritmo y de la misma forma pero desde el extremo opuesto de la habitación. Llevaba años sin dar con eso y le fastidiaba encontrarlo aquí, en este bosque, en este hombre con la pierna rota y el uniforme contrario.

—Tilsit —dijo de pronto.

Orlov frunció el ceño.

—El Niemen, cerca de Tilsit. —añadió Dubois—. Allí es donde han de firmar. Lo deduje hace tres semanas, cuando llegaron las instrucciones sobre el trato a prisioneros rusos de alto rango. Alguien en París ya andaba pensando en las cartas que necesitaría para sentarse a la mesa a negociar.

Orlov lo miró en silencio.

—¿Y ha esperado hasta ahora para compartir esa perlita de su ingenio?

—Quería ver si usted había llegado a la misma conclusión por su cuenta.

Orlov se rió. Fue una risa corta que le costó cara al hombro y que soltó de todas formas.

—¿Qué cree que ocurrirá después de Tilsit? —preguntó Dubois.

—Cinco años de algo de paz, quizás. —Orlov miró entre los árboles—. Tiempo suficiente para construir algo, si hay alguien con criterio que lo haga. Quienes tienen el poder casi nunca tienen la visión, o dejan que esta se contamine del ego, y quienes gozan de la visión casi nunca ostentan el poder. El talento y la autoridad se buscan sin encontrarse, se encuentran sin reconocerse y cuando lo hacen ya es demasiado tarde.

—Y los que están en el medio tienen mucho de una, un poco de lo otro y la entera responsabilidad de hacer que las cosas sucedan.

—Y nadie les ha preguntado si quieren cargar con ella.

—Nadie nos pregunta si queremos.

Lo habían dicho casi a la vez. Ninguno lo señaló.

El viento cambió de dirección y trajo consigo el olor del campo de batalla; esa pestilencia a la que ninguna lengua ha querido dar nombre, y ambos se quedaron callados con la misma expresión en su rostro. La hoguera se estremeció con la ráfaga y amenazó con apagarse, pero resistió.

—¿Cree que sirve para algo, realmente? —preguntó Dubois—. Las ideas. Todo lo que se les dice a los soldados para que crean que están ayudando a construir algo más grande que ellos.

—¿Usted qué cree?

Dubois miró sus manos. En pocos años había pasado de estar encerrado entre sus libros a llevar los nudillos agrietados y la mugre grabada en cada pliegue.

—Creo que Montesquieu tenía razón —dijo—. Y creo que eso no ha evitado nada de lo que ha ocurrido hoy aquí ni de lo que acontecerá en otros lugares. Que precisamente una cosa lleva a la otra. Saber que las dos cosas son ciertas a la vez es una idea un tanto incómoda, según a quién le preguntes.

Orlov lo escuchaba con la cabeza levemente inclinada.

—Mi padre poseía una biblioteca de cuatrocientos volúmenes —comenzó a narrar el ruso—. Filosofía francesa en su mayor parte, fíjese. Murió convencido de que Rusia marchaba hacia la luz pero, ¿sabe qué? Sus siervos seguían siendo siervos cuando lo enterramos. La Ilustración le había enseñado a pensar con claridad sobre la injusticia y no le había enseñado absolutamente nada sobre cómo dejar de beneficiarse de ella.

—Entonces el problema no son las ideas sino el abismo que las separa de las manos que las ejecutan.

—¿Y quién gobierna en ese abismo?

—Nosotros —admitió Dubois.

Orlov lo miró a los ojos.

—Nosotros, sí. A veces. En los márgenes, sin que nadie lo sepa ni lo agradezca, y con la certeza bastante incómoda de que si lo hacemos mal el error tampoco saldrá en ningún libro de historia.

—Las certezas absolutas me inspiran desconfianza —dijo Dubois.

—Con razón. Son un lujo reservado para los santos y los necios.

Entonces, en la quietud del bosque, sus ojos se tropezaron con lo inconcebible.

Entre los abedules, a unos veinte metros, la nieve desaparecía, contaminada por una oscuridad que no era sombra alguna, ya que estas, necesariamente, necesitan del sol, y aquella tarde se escondía bajo un manto gris. Se trataba de un hueco inabarcable que resquebrajaba la realidad. Dubois parpadeó, forzando los ojos para poder enfocar, pero le fue imposible; los bordes de la mancha se movían según a dónde mirase. Volvió a parpadear, pero el hueco seguía ahí. Parpadeó otra vez y el hueco había crecido, o él se había acercado sin quererlo, o las dos cosas a la vez, pues las leyes que ordenaban su mundo se habían vuelto ceniza en la proximidad de la mancha.

Fijó la vista en el centro, involuntariamente.

De repente sintió que dentro de él entraba algo que no tenía temperatura ni textura, ni siquiera nombre. Lo más cercano sería la oscuridad como tal, pero hasta la oscuridad tiene al menos la decencia de ser una cosa. Aquello engendraba la ausencia de la pregunta misma, el lugar donde ni siquiera cabe preguntarse qué hay, porque el acto de preguntar presupone que existe alguien que pregunta y algo que responde, y allí dentro ninguna de las dos cosas tenía lugar. Dubois pensó, con una claridad que le pareció obscena, que todo lo que había creído hasta ese momento —las ideas, los tratados, la razón, el progreso, el nombre de su madre— eran una costra finísima sobre lo que escondía el hueco. Que siempre habían sido eso. Que él lo había sabido siempre y se había pasado la vida entera mirando hacia otro lado con mucho empeño.

Avanzó un paso.

—Quieto —dijo Orlov, detrás de él.

El hueco palpitaba con una cadencia que le resultaba familiar de una manera que le revolvió el estómago. Era el ritmo exacto con que su corazón había latido en los peores momentos, en Austerlitz cuando creyó que moría, en Jena cuando vio lo que le había pasado al muchacho de Estrasburgo al que llamaban Peti. El hueco lo conocía, o él conocía al hueco. Llevaba allí desde antes de que él existiera y estaría allí después; y la vida entera, la suya y la de todos, no era más que el intervalo entre las dos veces que el hueco se abría.

Dio otro paso.

—Jean.

Era la primera vez que usaba su nombre. Eso le hizo detenerse. Notó en su tono que Orlov no estaba asustado. Sonaba exactamente igual que antes, con esa voz plana de los hombres acostumbrados a esperar a que los acontecimientos sucedan tal y como se imaginaban, y eso era más perturbador que el grito que Dubois habría esperado.

El hueco tiraba de él con más fuerza. La convicción de que ir hacia allí era lo coherente, lo honesto, lo único que tenía sentido hacer una vez que se había visto en esa situación empezó a contaminarle la mente. El resto —volver al campo, seguir la guerra, firmar tratados en ríos— todo eso era aplazar lo inevitable.

—Míreme —dijo Orlov, detrás de él.

Dubois siguió avanzando, sin girarse. La hendidura entre los árboles dominaba todo el campo de su visión ofreciéndose como una promesa y una condena al mismo tiempo. Se preguntó qué conocimiento yacería al otro lado, qué verdad fundamental se desvelaría ante él si tan sólo extendiera la mano. Aquello que Montesquieu y Voltaire, con todo su ingenio y su erudición, no habían osado contemplar. Se dio cuenta de que toda la filosofía francesa de los últimos cien años era un esfuerzo heroico y patético por no mirar hacia aquel abismo.

Levantó un pie, decidido a alcanzarlo.

Escuchó un crujido detrás de él, una maldición en ruso entre dientes, y luego los dedos de Orlov le cubrieron los ojos desde atrás. Dubois sintió en la cara el calor de aquella palma, y en el hombro el peso de un brazo que, dadas las circunstancias, no debería haber conservado tanta fuerza.

—Respire —dijo Orlov, muy cerca de su oído.

Dubois intentó obedecer, pero los pulmones no respondieron bien al primer intento.

—Otra vez.

Respiró otra vez. Esta vez sí.

—Cierre los ojos.

Los cerró. La oscuridad se volvió más absoluta, pero menos amenazante; las manchas rojas y los destellos que danzan en el velo de los párpados le recordaron que seguía vivo, que aún poseía un cuerpo.

—¿Sigue tirando de usted? —preguntó Orlov.

—Menos.

—Siga respirando. Con calma, no tenemos prisa.

Siguió respirando. El tirón fue aflojando poco a poco, por capas, dejando en cada una de ellas algo de sí mismo. Al cabo de un rato los pies volvieron a ser suyos.

Orlov retiró la mano despacio. Dubois permaneció inmóvil unos instantes más, luego se volvió hacia él.

El ruso estaba de pie, sin apoyarse en nada, imperturbable.

—La pierna —señaló el francés, mirándolo fijamente.

Orlov sostuvo su mirada sin pestañear.

—Le pido disculpas —dijo—. Cuando se ignora la naturaleza de quien se tiene enfrente, es prudente parecer más indefenso de lo que uno es.

Dubois tardó un momento en responder.

—¿Y qué más de cuanto hemos hablado pertenece a esa misma ficción?

—De lo otro, nada.

Lo dijo sin subir la voz, con la misma calma con la que había dicho todo lo demás, y Dubois le creyó. No porque tuviera motivos para hacerlo, sino porque había una coherencia en ese hombre que era difícil de falsificar en los detalles que importaban.

—¿Por qué estaba tan calmado? No parece extrañado de lo que acaba de suceder —dijo Dubois.

—En Austerlitz lo vi y traté de acercarme, igual que usted. —Orlov se miró la palma de la mano—. Tuve la suerte de que un húsar me golpeó en la cabeza sin quererlo al retroceder y caí de espaldas. Estuve tres días pensando qué había pasado. Desde entonces sé que no hay que mirarlo fijamente, y que si alguien empieza a caminar hacia él lo más sencillo es taparle los ojos.

—¿Qué es?

—No tengo nombre para ello.

Dubois miró el espacio entre los árboles. El hueco ya no estaba.

—Tal vez aparece cuando las ideas y los cuerpos se encuentran —dijo Orlov—. Cuando algo que debería ser abstracto se vuelve esto. —Señaló el campo con la barbilla—. Lo que hay debajo de todo. Siempre estuvo ahí. La filosofía es, entre otras cosas, una manera elegante de no mirarlo.

—Eso mismo he pensado yo —admitió Dubois—. ¿Y ahora qué? ¿Seguimos de todas formas?

—Ya se lo he dicho. —Orlov recogió el Voltaire de la nieve—. Las certezas absolutas son para los santos y los necios. El resto seguimos, porque la alternativa es quedarse mirando el hueco, y ya ha visto a dónde lleva eso.

Cuarenta minutos en un bosque de Prusia con un oficial ruso que fingía cojear, y era la primera vez en su vida que tenía la impresión de hablar con alguien que estaba en el mismo lugar que él, mirando en la misma dirección, aunque los uniformes fuesen distintos.

—Somos lo mismo —dijo, sin terminar de saber si lo decía en voz alta o no.

Orlov lo miró un momento.

—En bandos distintos de la misma guerra —añadió el ruso—. Que podría ser el mismo bando. Si la civilización fuera una sola cosa, que a veces lo parece y a veces no.

—¿Y usted cree que lo es?

—Creo que tiene que serlo. —Orlov se guardó el Voltaire en el bolsillo interior—. Porque si no lo es, todo esto es mero ruido. Y yo no puedo permitirme creer eso. Todavía no.

—Necesitará ayuda para caminar, ¿no? —preguntó Dubois, a sabiendas de la respuesta.

—Me temo que sí.

Dubois extendió el brazo. Los dedos de Orlov se cerraron sobre su antebrazo con una fuerza que el hombro herido no debería haberle permitido. Dubois tiró de él y, por un instante, los dos hombres quedaron a la misma altura, frente a frente, el aliento de ambos fusionándose en una misma nube blanca. Orlov olía a pólvora, a cuero mojado y a bayas de enebro. Un olor que al alsaciano le recordó, de una forma visceral y extraña, a los inviernos de su infancia.

A sus espaldas, el pequeño fuego se apagó lentamente bajo la nieve que empezaba a caer de nuevo.

—Tilsit —dijo Dubois.

—Tilsit —asintió Orlov.

Echaron a andar hacia el sur.

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