«Acunada por la bruma, en el punto exacto de la encrucijada de infinitos caminos, se alza la Biblioteca de los Perdidos».
Himno
de los
Perdidos
Escúchalo aquí:

—¿Otra piña colada, Jean? —dice Mazek Moebius, ilustre y legendario barman del Bar Hermético, mientras seca un exótico vaso con forma de tótem hawaiiano.

La esclusa se abre.

Jean queda pasmado en su taburete junto a la barra de coral, pero esto no impide que haga un gesto con el dedo a Mazek, apremiándole a servir otro trago. 

La esclusa se cierra, dejando en el interior del bar a un buzo con traje completo lleno de algas y chorreante de agua marina.

—¡Me cago en Neptuno! —exclama Mazek— ¿Es que no tienes respeto por nada? Lo pone bien claro al entrar: la escafandra y el traje se dejan en el armario, en el pasillo intermedio de la esclusa. ¡Estás poniendo todo perdido!

El buzo gesticula torpemente.

—¡La escafandra! ¡Quítatela! Este debe ser primerizo… Si no, no me lo explico, Jean. 

—Aficionados… —Jean da un sorbo pausado a la piña colada y se ajusta una desgastada gorra con publicidad de una compañía petrolífera.

El buzo parece entender. Se quita la escafandra apresuradamente, provocando que varias algas caigan sobre el parquet encerado del bar.

—¿Perdón, me decía algo usted?

—Ya lo creo. ¿No te enseñaron modales en tu casa?

El buzo observa el parquet mojado y lleno de algas.

—Ups…

—Eso digo yo: Ups… Primero: vuelve al pasillo intermedio de la esclusa, deja la escafandra y el traje en el armario (ya los limpiaré luego yo). Segundo: después vuelve y coge el mocho. ¡Como el salitre se me coma el parquet te juro que te mando a la superficie de un puntapié!

El novato buzo no tiene agallas para enfrentarse al avezado barman. Abre la esclusa y pasa al compartimento del pasillo intermedio. Deja primero la escafandra en la balda superior del armario, después cuelga con gran dificultad el pesado traje plomado en una vasta percha de acero inoxidable de gran espesor.

Entra de nuevo.

Esta vez descalzo y en calzoncillos.

—¡Pardiez! ¡Pareces un atún en escabeche! —exclama Mazek ante la impúdica palidez del buzo— Eres realmente desvergonzado, pequeño grumete. Anda, pasa detrás de la barra, tengo algo que quizá te pueda valer…

—Gra…gracias. Mu… Muy amaaable…uff. —responde obediente el buzo novato, tiritando por el frío y visiblemente agotado por el peliagudo viaje hasta el Bar Hermético.

La ropa no le queda del todo mal. Se trata de un uniforme marinero de los tiempos mozos de Mazek, cuando viajó a bordo de un destructor de la marina Koloskiana a las cálidas costas de Honolulú. Quizá los pantalones resultan algo apretados, pues el buzo se reajusta la entrepierna ocasionalmente.

—Me llamo Mazek, el paisano del fondo de la barra es Jean —Jean levanta su gorra a modo de saludo mientras se monda su solitario diente con un palillo— Tú tendrás un nombre, ¿no?

—Eh… Pues… —el buzo novato se rasca la cabeza con timidez— ¡Sí! Tengo nombre, sí. Me llamo Paulos.

—Genial, Paulos. Ahora: a fregar –ordena Mazek lanzándole un mocho. –Cuando termines, siéntate con nosotros. Aún tengo fe en que podamos empezar con buen pie, como gente civilizada. Pero esmérate.  —advierte el barman a Paulos mostrándole su generoso bíceps izquierdo, tatuado con todos los tipos de nudos marineros posibles. 

Mazek y Jean observan perplejos a Paulos: ¡Qué poca gracia tiene para fregar!

—Se podría decir que es la primera vez que friega este muchacho. –comenta Mazek.

—No parece muy espabilado, espero que no quiera bajar a la Fosa. No durará demasiado.—observa Jean.

—Puede que sea un inútil… O puede que su mente no esté donde pensamos…  

—El resultado será el mismo. —sentencia Jean, relamiéndose el único diente que puebla su boca. 

Paulos seca el sudor de su frente con su antebrazo. Fregar el estropicio y retirar las pegajosas algas le ha supuesto más esfuerzo del que podía imaginar. 

Después, observa todo el ingenio de un sueño en la arquitectura del Bar Hermético: una cúpula transparente de acrílico laminado (¡¿Eso que pasa por encima es un cachalote?!) reforzada con acero aleado en su base. 

Eso es todo lo que separa a este trocito de civilización de la asfixiante contundencia oceánica. 

—Más o menos… —dice Mazek valorando las escasas cualidades de limpieza de Paulos— Luego lo repasaré yo. Y sí, eso que pasa sobre nuestras cabezas es un ejemplar de Physeter macrocephalus. Una auténtica belleza. 

—Ya lo creo, ya lo creo… —añade Jean, saludando al cachalote con un grácil movimiento de gorra.

—Anda, toma asiento y pide algo, no sea que te nos vayas a deshidratar. —apremia Mazek a Paulos.

Mientras se dirige a la barra, la fascinación de Paulos continúa al observar el interior del bar con mayor detenimiento: una hermosa barra de coral rojo, un mural forrado de billetes de todas la naciones, una gramola chapada en cobre con tres opciones («Beyond the Sea», «Surfin Koloskia» y «Best of Ramón Cienfuegos: Deep Love from the Wet Desert»), un billar de superficie luminiscente cuyas bolas son erizos de mar de brillantes colores… 

La estampa es inabarcable. Harían falta horas para apreciar la totalidad del pintoresco mobiliario del bar. Y mucho más tiempo para entender los ingeniosos grafitis filosóficos de los baños. 

—Gracias, señor. La verdad es que tengo una terrible sed tras mi viaje —dice Paulos dejándose caer exhausto sobre un taburete forrado en cuero rojo próximo a la barra de coral— ¿Tiene carta?

—¡Ja! –exclama Jean.

Mazek mira a Paulos con extrañeza.

—Nada de carta. Aquí no hay más que dos cosas: pastel de cangrejo y piña colada.

—¿Nada más de comer? 

—Pastel de cangrejo.

—¿Y ni una Cocacola? 

—Piña colada. 

—Piña colada entonces. Si no le importa, se lo dejaré pagado. El batiscafo también. Quiero descender cuanto antes. —dice Paulos con repentina urgencia. 

Cuando se trata de compras submarinas lo más conveniente es emplear un calzoncillo impermeable. Todo lo importante permanece seco. Incluido el dinero.

Paulos saca un par de billetes arrugados hurgando en el interior de una capa plástica a topos más allá de su bragueta y los ofrece a Mazek. 

—No cojo el dinero a muertos, muchacho. No deberías bajar, mucho menos con tantas prisas. —advierte el barman mientras sigue paso a paso su legendaria receta de piña colada, por la cual, a lo largo de las décadas, han perdido la vida cientos de filibusteros submarinos de todas las naciones.

—¿Ha pasado por aquí una mujer menuda con el pelo a lo afro? —pregunta Paulos, desviando la conversación.

Mazek guarda silencio, su bíceps se tensa ligeramente. 

—Tan loca como tú. Pronto volverá flotando. —suelta Jean. 

—¡Jean! —le reprende Mazek— ¡Le prometimos que no diríamos nada! 

—Bah, qué más da. —Jean se acomoda en la barra, como si tuviera un botón de apagado, y de forma muy conveniente, se duerme al instante. 

—Será jodido… 

—Vale, —Paulos bebe el cocktail de un trago y deja el vaso totémico vacío encima de la barra— ¿Dónde están los batiscafos? Son cien por el descenso, ¿No?

—¿A qué viene tanta prisa? Mis piña colada no sé tragan así, como si fueses un vulgar pelicano. Si vas a bajar más te vale descansar. Además, Jean tiene algo de razón, ella ya debería haber vuelto. 

Ella sí parecía competente. Del tipo de personas que vuelven de la Fosa, del tipo de personas a las que sí les puedes cobrar.

—Si descanso no bajaré y ella no volverá. —Mazek está en lo cierto: la cabeza del joven no está allí, si no con ella, en las profundidades de la Fosa.

—Vamos, no te vayas aún. No has probado el pastel. —Mazek saca una porción de una pequeña neverita situada bajo la barra— Invita la casa. 

—No hay tiempo. —Paulos busca con la mirada el otro lado del bar, donde está la compuerta hermética que conduce a los batiscafos de descenso a la Fosa. Deja el dinero encima de la barra y se dirige hacia la compuerta con decisión. 

—Está bien. Buena suerte grumete. —susurra Mazek bajo su espeso bigote gris, dejando los dos billetes de Paulos intactos encima de la barra — Está bien.

Paulos desaparece tras la compuerta.

***

Las horas pasan dentro del Bar Hermético.

Jean se despierta a las cinco de la mañana gritando: “¡Malditos ingleses, jamás os haréis con el oro de indias!” 

Después de cinco piñas coladas se calma y se vuelve a dormir. 

Mazek permanece en vela. La chica le había caído bien desde el principio y en cuanto a Paulos… Bueno, si el muchacho volvía por fin podría coger el dinero que reposaba en la superficie de la barra… No cobraba a muertos. Eso traía peor suerte que qué te mirase un tuerto.

Entran varios clientes.

El primero es un español que dice ser un juglar marino. Canta un par de canciones a cambio de tres melodías danesas y una porción de pastel de cangrejo. 

La segunda en entrar es una sirena. Encanta a Jean, pero Mazek dice que no pueden hacer el amor en aquel lugar, pues es, todavía, un sitio respetable.

Por último, entra un experto jugador de dardos. Pero Mazek lo manda a la superficie de un puntapié (con lo cual el jugador sufre una dolorosa descompresión) antes de que agujeree con sus dardos la cúpula que separa el bar del océano.

Las horas continúan pasando. El unicejo gris de Mazek se frunce bastante más de lo normal, casi parece una gaviota en vuelo.

—¿Qué te pasa, Mazek? —pregunta Jean, ya preocupado a estas alturas por la expresión de tristeza de su amigo. 

—Ya deberían haber vuelto. —responde el barman con el bigote inquieto.

Jean dirige la vista hacia el exterior, hacia la Fosa, a unos cientos de metros del Bar Hermético.

—Nunca deberían haber venido. ¡No todo el mundo está listo para bajar a la Fosa! Yo bajé hace….

—…treinta años —dice Mazek completando la frase mil veces repetida por su amigo.

—¡Eso! ¡Treinta años! Y todavía tengo pesadillas, ¡Salí vivo de milagro!

—Pero encontraste lo que buscabas. No puedes culpar a esos dos jóvenes. 

Jean lo piensa un poco: le molesta mucho que Mazek tenga razón.

—Cómo me molesta que tengas razón… 

—Los dos sabemos que no se puede detener a quién quiere bajar. 

—Me molesta mucho.

—Lo sé, ¿Otra piña colada, viejo amigo?

Jean se calma tras el trago y se vuelve a dormir. 

***

Un ruido de golpes, procedente de la compuerta de batiscafos, alerta a Mazek. Jean ni se inmuta, pues tiene muy buen dormir (¡Cómo envidia eso Mazek!). ¿Serán ellos?

—¡Adelante! —grita Mazek.

La compuerta de batiscafos se abre.

Aparece una mujer de piel oscura, con un hermoso pelo rizado a lo afro, que arrastra a un pálido joven (Será posible… ¡Es Paulos!) al interior del Bar Hermético. 

—¡Rápido! —dice la mujer, que se presentó a Mazek como Olivia antes de descender a la Fosa — ¡Necesita ayuda!

Mazek pasa por encima de la barra de un enérgico salto y se dirige hacia la joven pareja.

Recuerda perfectamente todas las técnicas de primeros y segundos (no mucho más allá de los quintos) auxilios que aprendió en la escuela de la armada Koloskiana. Al menos para algo le valió servir a esos dementes en sus años mozos por los mares de la China Meridional…

El espeso bigote de Mazek roza el rostro de Paulos de forma gentil mientras se produce el boca a boca. Después, las rudas manos del barman golpean el pecho del imprudente buzo al ritmo de una vieja canción marinera. El punzante olor varonil del aftershave también hace su efecto.

El agua marina sale a borbotones. El parquet vuelve a estar mojado, pero los pulmones se liberan y, al fin, Paulos parece recobrar el sentido.

—¡Pardiez! ¡Estás vivo, muchacho! —Mazek observa el parquet— Primero: coge el mocho y limpia este desaguisado. Segundo: ¡Ya me estáis contando qué narices ha pasado allí abajo!

Cuando el parquet queda seco y reluciente, la joven pareja relata su aventura en la Fosa. Jean se despierta al momento, porque, aunque le gusta dormir, es un chismoso ávido de cotilleos. 

—¡Maldita sea! ¿Qué ha pasado, malditos jovenzuelos? —exclama Jean.

Olivia no puede contar todo. La profundidad de la Fosa es tal y ha permanecido allí tanto tiempo que la historia de su viaje sigue construyéndose en su interior. Así que prefiere ceñirse a los hechos. 

—Toqué fondo. El batiscafo marcaba 20000 leguas de viaje submarino. Allí era todo oscuridad… 

—¡Maldita sea! ¡Estás como una cabra, jovenzuela! —exclama, de nuevo, Jean.

—La paz era absoluta. El sonido de mi respiración dentro del batiscafo. Nada más. Me sumí en una meditación profunda, en un estado de semiconsciencia placentero. Perdí la noción del tiempo, pero en ningún momento temí por mi vida… Estaba muy a gusto en realidad. 

—¿Pero qué dices? ¡Si no llega a ser por mí te hubieses quedado allí abajo! —exclama Paulos indignado.

—Sí… Hubiera permanecido algo más… —admite Olivia con anhelo en su voz— Pero tuviste que interrumpirlo todo. 

—¡Serás desagradecida! —Paulos golpea la barra de coral con furia. 

Mazek enseña su magnífico bíceps derecho, tatuado con todos los tipos de anclas existentes. Paulos lo ve y se calma instantáneamente, temeroso del puntapié que le pueda propinar el legendario propietario del Bar Hermético.

—¡Ja! ¡Esta muchacha si que tiene agallas! —exclama Jean. 

—Como decía… —retoma Olivia— Llegó Paulos. Su batiscafo estaba dañado, con un calamar gigante adherido a su superficie. La implosión era inminente… En mi estado de meditación trascendental conseguí conectar telepáticamente con el cefalópodo para evitar el desastre. Fue bastante razonable. Dijo que su pareja también era bastante invasiva. 

Paulos se pone rojo de ira. 

—Realicé la conexión hermética con éxito. Pasé al batiscafo de Paulos y comprobé que se había desmayado. El agua entraba a borbotones. Conseguí arrastrar a Paulos hasta mi batiscafo antes de que la presión redujera el suyo al volumen de una pelota de tenis… Después ascendimos hasta el bar, y el resto, es historia. 

—Aunque eso sea cierto —dice Paulos— Fue mi intervención lo que te salvó de quedarte allí abajo. 

—Fue tu intervención la que interrumpió mi búsqueda. —Olivia, fría como el hielo, carga cada palabra como si fuese una escopeta a punto de ser disparada. — Nunca lo vas a entender, ¿verdad? Quería alejarme de tí. Quería por una puta vez estar sola. Sola de verdad. Pero nada, tuviste que bajar a “buscarme”… ¡He sido yo la que te he tenido que salvar!

Paulos no encuentra las palabras.

Mazek tenía razón: no estaba preparado para bajar a la Fosa. 

—Muchacho, tu escafandra y tu traje ya están limpios. Creo que es hora de que vuelvas a la superficie. —dice el barman con extrema delicadeza. 

Paulos asiente. Pero es incapaz de irse sin decir la última palabra. 

—¡Estás loca, maldita desagradecida! ¡Quédate con estos dos viejos borrachos! 

La esclusa se abre. 

Paulos desaparece, rumbo a la superficie. Quizá en un tiempo, cuando se dé cuenta de que no hay nada que merezca la pena en la superficie, esté preparado para bajar de nuevo a la Fosa. 

La esclusa se cierra.

Mazek coge, al fin los dos billetes de la barra. 

—Bueno, ¿Dónde está tu cortesía, Mazek? Sirve a esta joven una piña colada inmediatamente. —ordena Jean. 

—¡Marchando! 

Olivia está abatida. Pero no podía pasar de otra forma. La Fosa ya le había revelado que lo de ella y Paulos no tenía ningún futuro. 

—Sé que es lo correcto, —confiesa a los dos viejos lobos de mar— pero no puedo evitar sentirme triste… ¿Podría quedarme una temporada por aquí? Siento que aquí es donde debo estar ahora.

—¡Por supuesto! —exclama Mazek mientras elabora el piña colada— Hay una trampilla junto a la zona de batiscafos donde hay un par de habitaciones. Puedes quedarte a cambio de echarme una mano… Estoy pensando en darle una vueltecita a este lugar, ¿Qué me dices?

Olivia extiende su elegante mano de ébano. 

—¿Trato?

—Trato —responde Mazek sellando el pacto con un buen apretón de manos. Después sirve un cocktail recién preparado  —Ahora tómate la piña colada, te sentará bien. 

—¡Está buenísima!

***

Las horas pasan en el Bar Hermético de Mazek Moebius. 

Olivia está en su nuevo aposento durmiendo plácidamente tras un día de fuertes emociones. 

Salta el luminoso de “cerrado” en el exterior del Bar Hermético. Dos viejos lobos de mar hablan a deshoras. 

—Vaya día… A veces creo que debería cerrar el garito y retirarme a la superficie —confiesa Mazek.

—¡Ja! —ríe Jean mostrando orgulloso su único diente— ¡Deja tus desvaríos de viejo! ¿Quién va a guiarlos? ¿Quién va a cuidarles? Si cierras el garito, no habrá una razón para volver de la Fosa… ¡Por nosotros, por el Bar Hermético!

—¡Salud!

Chocan en las profundidades marinas dos vasos con forma de tótem tiki. 

Un amable cachalote desea buenas noches al otro lado del cristal.

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