de los
Perdidos
—¡Demonios! ¡Qué demonios de mierda! —juraba Mendoza a los dos demonios menores que, tras múltiples tretas, nos habían acorralado finalmente en el centro mismo del pantano de sangre y fuego del séptimo círculo— ¿Qué queréis de nosotros?
—Nuestro señor reclama vuestras insolentes y patéticas almas —nos informó Flobo, uno de los demonios menores, de las alas tan cortas que constituían poco más que un adorno en su oronda figura.
—Malditos cretinos… Pues decidle a vuestro señor…. ¡Que Mendoza solo se deja atrapar por las señoritas del Montparnasse!
Flobo, sorprendido por la desfachatez de Mendoza, alzó una ceja más allá de los límites de la circunferencia perfecta que era su rojiza cara.
—Tío, esto es el infierno. ¿Qué esperabais, que esto fuera como un paseo por el parque? —preguntó con sorna.
Yo no podía quitarle la razón. El riesgo siempre era elevado. Sabía perfectamente que nuestro negocio, la existencia misma de Dante’s Sherpas S.A., era una provocación, una flagrante exhibición de desprecio hacia el poder del maligno… Pero mi jefe siempre se había mostrado confiado. En el pasado había sobrevivido a todos los círculos del infierno y, lejos de estar agradecido por su buena suerte, vio en aquella improbable hazaña una jugosa oportunidad de lucrarse…
En efecto: el señor Dante era un hombre extraño. Pero es quién daba de comer, a mí y a mi amada familia. Al fin y al cabo, un negocio es un negocio y un curro es un curro. Aunque el curro en cuestión atente contra las leyes de Dios y el equilibrio entre las fuerzas del bien y del mal… Como el señor Dante solía decir: “Todo es inmoral hasta que empieza a dar dinero”. Además, cuando las cosas se ponían feas de verdad, siempre podíamos contar con Miki. Pero rezaba porque su intervención no fuese necesaria… Sus métodos eran drásticos (más bien catastróficos), como mínimo.
—Me prometieron una experiencia única y maravillosa… Y, en cambio, estoy lleno de sudor y de mierda por todos los lados… ¿Sabéis lo que cuesta sacar las manchas de hollín de esta camisa de seda? ¡La hice importar directamente desde Estambul!
—Vamos desnudos —informó a Mendoza el otro demonio menor, llamado Izkik, explicando así su indiferencia por cualquier sentido del pudor, el cuidado o la limpieza de la ropa mortal. Era Izkik un ser de piel roja y flaco como un esqueleto, de una sonrisa, una larga y retorcida curva, que bien apuntaba completamente hacia arriba (de forma cómica) o hacia abajo (reflejando drama absoluto) pero dicha curva jamás desaparecía de su rostro.
—Ya veo, sois seres impúdicos y libidinosos, con vuestros cuernos y vuestros… —a Mendoza le costó encontrar la palabra precisa— diabólicos «miembros» al aire… ¡Me repugnáis!
—Oh, para ya, por favor. ¡Haces que me sonroje, cariño! Hasta me pones un poquitín cachondo… —dijo el demonio de aspecto famélico relamiéndose los negros dientes de su imborrable sonrisa— No te hagas el digno: sabemos todo de ti y tus bajas perversiones…
—¡Basta! —grité propinando a Izkik un puñetazo en el estómago (con lo que su sonrisa de autosuficiencia se transfiguró en una pronunciada curva de disgusto) y comencé a correr a través de las peligrosas tierras del pantano— ¡Mendoza, sígame!
Pegué un formidable brinco, superando un extenso charco de una sustancia espesa como la brea. Sin embargo el señor Mendoza carecía de las más básicas capacidades de salto y fue a hundirse de lleno en aquella horrible sustancia.
—¡Hostia, que me hundo!
Y se hundía. Pero muy poco a poco.
—¡Me hundo! ¡Ayúdame, inútil!
—No puedo, sire.
—Lánzame algo.
—Se está quemando vivo, sire —dije observando el hecho, sin perder un ápice de mi profesionalidad.
—¡Hostia, que me quemo!
Y se quemaba. La brea infernal del pantano hacía que todo su cuerpo ardiese como la tea.
—¡Mi ropa! ¿Sabes lo que cuestan estos pantalones a medida? ¡Los hice importar directamente de…! ¡Aghhh!
Las llamas cubrían ya la sesera del señor Mendoza. El silencio me resultó reconfortante, pero mi jefe no estaría contento…
Eché a correr libre de aquel cliente desagradecido, perseguido por las hordas infernales, hacia la salida. Quizá tendría que contactar con Miki después de todo…
***
Como se expondría más adelante en el informe anual de incidentes de Dante´s S.A. , la muerte de Mendoza hubiera sido un problema menor en comparación con la serie de sucesos catastróficos que estaban a punto de acontecer… Como supe más tarde, resultaba que el señor no se había ahogado, simplemente había sido teletransportado a los pies del ardiente trono del mismísimo Lucifer.
—No deja terminar las frases a sus amigos, se quita los zapatos en el teatro, no usa la escobilla después de dejar su asqueroso rastro en el váter… Su historial es ciertamente impresionante, señor. Espero que no le incomode, y sepa que lo digo como un sentido cumplido: es usted un ser despreciable.
Mendoza, cómodo sobre un diván tapizado con piel humana, observaba los elementos estéticos que se abarrotaban en los techos, paredes y suelos del palacio de su siniestra majestad.
—Demasiadas cabezas flotantes, ¿no? No sé, yo hubiera colocado algún reloj de pared con acabado caoba y esfera de marfil… Por cierto, ¿Qué hora es?
—Aquí siempre es la eternidad —contestó el Diablo fascinado por los pésimos modales de su invitado.
—Ya veo, ya… Bueno, eso está muy bien, pero me gustaría regresar. Mi gaznate indica que es la hora del copazo y mis socios del club de campo me estarán esperando para la partidita de blackjack…
El Diablo sonrió.
—Realmente despreciable… Sin embargo, lamento informarle de que eso no será posible… Por el momento… Antes deberá hacerme un pequeño favor.
—Entiendo: hay un precio a pagar. Ya he sido convenientemente sodomizado por sus diablillos antes de venir a este dudoso templo al mal gusto: una sodomización más me parece un precio razonable. Además, usted es el jefe del lugar.
—Oh ruin mortal… Esto es algo que me provocaría mucho más placer… Verá… Necesito que me ayude a capturar a Kiran de una vez por todas.
El señor Mendoza se levantó del diván de un salto.
—¿Ese sherpa enano y traidor?
—Bingo —respondió Lucifer.
Mendoza se atusó el bigote y sus amarillentos dientes configuraron una retorcida y maléfica sonrisa seguida de una sonora y macabra carcajada.
—Será un auténtico placer, su satánica majestad.
CONTINUARÁ…