de los
Perdidos
Robert se despertó entre sudores y con un fuerte dolor en el costado. Cuando sus ojos se adaptaron la luz del mañana distinguió la figura del veterano soldando que aguardaba a una distancia prudencial a que terminase de despertarse.
—Tulio, estoy convencido de que hay formas mejores de despertar a tu sargento que darle una patada en las costillas.
—Apúntate esto, chaval: Nunca tengas la cara cerca de un soldado que se acaba de despertar.
—Llamar “chaval” a tu sargento recién levantado, tampoco parece demasiado inteligente. —Bajo la barba canosa del soldado se dibujó una sonrisa que hizo aún más evidente la fea cicatriz de su mejilla.
—La capitana quiere hablar contigo.
—Mierda…
Robert se levantó y los dos hombres se dirigieron a la hoguera alrededor de la cual se reunía el resto del pelotón. Cogió un cuenco y una cuchara del suelo y examinó el contenido del caldero que reposaba junto al fuego.
—Buenos días sargento. Hoy le tocaba preparar el rancho a Santiago. — Dijo Pareja, un hombre fibroso y con una cara estrecha y picada por la viruela, mientras jugueteaba con una baraja.
—Ya me había dado cuenta. —Contestó y lo único que recibieron por respuesta fue un gruñido del otro veterano de su pelotón mientras se rascaba alrededor de una venda que de cubría el parte de la cabeza. Robert se sirvió aquel mejunje y empezó a comer.
—Oye Ascua ¿Por qué no te sientas aquí, conmigo? Esta mañana hace frio. —Dijo, Mellado, sentando frente a la hoguera y con una expresión esperanzada.
—El fuego de su gracia me mantiene caliente hasta en los perores inviernos. —Contestó la mujer.
—Ya… Pero a mí no… y además perdí mucha sangre… ¡Los matasanos dijeron que era un milagro que entrase en su tienda por mi propio pie!
—Si claro… Y yo me batí en duelo con el mismísimo duque. —Dijo un chaval que todavía era incapaz de dejarse crecer la barba.
—Tu a callar, Lastima. O será un “lastima” cuando algo te pase. —Respondió Mellado, y el otro aparto la mirada.
—Deja en paz al crio. —dijo Pareja con desgana.
—Únicamente su palabra puede reconfortar nuestras almas. Pues su palabra es la llama que… —Empezó Ascua.
—¡Mira lo que has hecho Mellado! Ahora no va a cerrar la boca hasta que nos ordenen levantar el campamento. —Interrumpió Tulio mientras se sentaba junto a Santiago al lado del cual, Caparazón y Rapiña seguían durmiendo.
—¿Levantar el campamento?
—¿Reemprendemos la marcha?
—¡¿YA?!
Robert termino el rancho y dejo el cuenco junto al barril del agua, se lavó la cara y dejo atrás hoguera mientras el caos de gritos e improperios iba en aumento. Caminó a buen ritmo entre la maraña de tiendas y piquetes hacia el centro del perímetro. El aire frío de la mañana le despejó el último resto de modorra. Al llegar a la tienda, los dos soldados que hacían guardia, le saludaron y le indicaron que pasase, él se limitó a responderles con una inclinación de cabeza antes de entrar.
Empujó la pesada lona y entró. El interior olía a cuero encerado, hierba húmeda y un tenue rastro de jabón. La capitana estaba de pie, inclinada sobre una mesa de campaña, con la espalda hacia él. Sus manos, ágiles y seguras, se posaban sobre un mapa desplegado, sujetando un carboncillo. Su pelo, de un castaño tan claro que casi parecía dorado a la luz de la lámpara, estaba cortado poco más largo que el suyo propio y seguía la línea natural de su cráneo, acentuando la elegancia de su nuca y la línea decidida de su mandíbula. Llevaba una cota de malla fina bajo un jubón de cuero reforzado con placas de acero bruñido en hombros y antebrazos, una armadura práctica y sin ostentación que, no obstante, se ceñía a su silueta con una eficacia que le resultaba… admirable. Robert contuvo la respiración un instante, observando cómo su concentración era un campo de fuerza casi tangible.
No quiso sobresaltarla. Carraspeó suavemente y dio un paso firme, haciendo crujir el suelo de lona bajo sus botas.
Ella no se volvió de inmediato. Terminó de trazar una línea en el mapa con un golpe seco del carbón antes de enderezarse y girar sobre sus talones. Sus ojos, del color de la tormenta sobre un acantilado, se clavaron en él con una intensidad que le secó la saliva de la boca.
—Buenos días sargento, ¿Cuál es el estado de tus perr… —Los ojos de él se endurecieron, pero cuando se fijó en como mordió el labio con una media sonrisa para interrumpirse, tuvo que apartar la mirada. — del cuarto pelotón?
—Cinco bajas. Filo sigue con los heridos, pero se recupera bien para desgracia de las enfermeras; Hermana aún no se ha despertado y todavía no sabemos si Botas salvara la mano. A Santiago lo han dejado algo más feo de lo que era, pero tampoco ha perdido mucho el mundo. El resto solo tenemos los moratones y magulladuras que eran de esperar. De hecho, a Mellado lo echaron a patadas cuando se empeñó en que lo reconociese un cirujano.
—¿Y Ascua?
—Ni un rasguño, como de costumbre, pero si vuelve a romper la formación seré yo él que le parta las piernas.
—Bien, bien no tolerare indisciplina en mi compañía. —Guardo silencio durante un par de latido antes de continuar. —Dicen que mato a…
—Tres jinetes ligeros. Si, es correcto.
—También se habla de un catafracto.
—Si, pero a ese lo desmontó Santiago antes de que lo matase. No cuenta.
—¿Qué lo desmontó? ¿Cómo lo…
—Ni idea. Según Tulio, intentó preguntarle como le había ido el día al jinete y, de la impresión que le produjo escuchar su voz, se calló de caballo.
—No me parece más descabellado que las alternativas…
—Ni a mí.
Ambos sonrieron, aunque la sonrisa se desvaneció de los labios de la capitana como si nunca hubiera estado allí. Su mirada se perdió en un punto más allá de Robert, en el mapa que yacía entre ellos como un campo de batalla en potencia.
—Los exploradores acaban de regresar. —Dijo, su voz era ahora el filo de una daga, fría y precisa. —El enemigo no huye. El duque está tomando posiciones en el valle del Sannam. La batalla es inevitable. Mañana.
Robert sintió un nudo frío apretándose en su estómago. No dijo nada. En el silencio de la tienda, solo se escuchaba el leve crujir de la lona mecida por el viento.
Ella deslizó un dedo sobre el mapa, hasta una pequeña elevación marcada con carboncillo, en el flanco izquierdo de lo que sería su línea.
—El Tuerto —mencionó el apodo del comandante de las compañías libres con un deje de respeto—, nos ha encomendado tomar este túmulo. Los exploradores han avistado allí una compañía de ballesteros enemigos. Probablemente no más de cincuenta hombres.
—¿Sin escolta?
—Dependen en exceso de su caballería, y después de la última refriega, están demasiado mermados para cubrir ambos flancos.
—Conque estén en el nuestro les bastará para amargarnos el día.
—El grueso de nuestros jinetes estará preparado darnos apoyo si se diera el caso. Si defienden el túmulo dejan desprotegida a la infantería. Robert, están con las manos atadas, esta es nuestra oportunidad. El tuerto sabe lo que hace.
No pudo contener un leve bufido. Se inclinó sobre la mesa, estudiando la elevación. Era poco menos que una colina, pero en una llanura, bajo el fuego enemigo, parecería el maldito pico de una montaña.
—Aun así, Tomar esa posición bajo una lluvia de virotes… Es un honor que preferiría que hubiera recaído en otra compañía, capitana.
—Lo sé. —Respondió ella, con una calma que le resultaba a la vez tranquilizadora e irritante— El ascenso será sangriento. Una mierda, vamos. Pero una vez en la cima… Una vez allí, todo será pan comido. Tendremos la altura. El ángulo de tiro sobre su flanco será limpio. Sus ballesteros, sin protección frente a un ataque directo, caerán rápido. Y desde allí, podremos hostigar su avance principal como un cuchillo en el costado. Podremos desplegar a nuestros propios escaramuzadores y dificultaremos el movimiento de la caballería enemiga.
Robert tragó saliva. «Pan comido…». Visualizó el ascenso, los hombres cayendo con virotes clavados en gargantas y muslos, el silbido mortífero en el aire. Escudos quebrados…
—El Tuerto siempre nos reserva las joyas. —Musitó Robert, secándose una mano inconscientemente en el polvo del pantalón.
—Nos pagan para eso, sargento. —La capitana enderezó la espalda, y el acero bruñido de sus hombreras captó la luz de la lámpara— Transmite las órdenes. Tu pelotón y tu formaréis en el centro junto a mí. Que coman bien y revisen el equipo. Quiero a toda la compañía lista para moverse antes de que el sol esté alto. Nada de resacas, nada de disputas. ¿Está claro?
Robert asintió, sintiendo el peso del mando descendiendo sobre sus hombros, más pesado que una cota de malla.
—Perfectamente, capitana.
—Bien. Puedes irte.
Giró sobre sus talones y empujó la pesada lona para salir. El aire frío de la mañana lo golpeó, pero esta vez no logró despejar la pesadumbre que lo nublaba. A lo lejos, alrededor de la hoguera, aún podía oír el caos de voces de su pelotón. Ahora, cada uno de esos gritos, cada queja, cada gruñido, tenía el peso de una posible última palabra. Respiró hondo, conteniendo el «mierda» que quería dejar escapar de sus labios, y comenzó a caminar de vuelta hacia ellos.
La pendiente se desgarraba bajo sus pies como un animal vivo y hostil. Cada paso era una negociación con la gravedad, un esfuerzo que nacía de los músculos de los muslos y se propagaba como un fuego ácido hasta la base de su espalda. El polvo, levantado por decenas de botas, formaba una nube espesa que le secaba la garganta y le hacía entrecerrar los ojos. Robert ajustó la correa de su yelmo, sintiendo el sudor frío que le corría por la nuca bajo el acolchado.
Por encima del jadeo colectivo y del crujir de la maleza, llegaba el silbido. Un sonido agudo y sibilante que cortaba el aire y helaba la sangre un instante antes del impacto. Era el sonido de la muerte pasando muy cerca, buscando un hueco en la fortaleza de escudos y armaduras. Robert mantenía el suyo alto, un peso de madera y metal que ya sentía como una extensión de su brazo izquierdo, cansado hasta la médula. Los impactos llegaban como martillazos sordos: un golpe seco cuando un virote se clavaba en la madera, una sacudida metálica y estridente cuando encontraba el acero de una hombrera, y a veces, el sonido terrible y húmedo que todos temían, seguido de un grito ahogado o un quejido que se perdía en el esfuerzo general.
El avance era una pesadilla de lentitud. No se corría, se empujaba. Se ganaba el terreno palmo a palmo, con la espalda doblada y la mirada fija en los talones del hombre de delante. El sudor le corría por los ojos, un ardor salado que nublaba la visión y le obligaba a parpadear con furia. A su alrededor, el pelotón respiraba con el mismo ritmo jadeante, un único organismo de fatiga y miedo. Olía a cuero sudado, a hierro y al polvo seco que se pegaba a la garganta.
Vio una piedra ceder bajo la bota de Santiago, a su derecha, y cómo el hombre gruñía entre dientes mientras se rehacía del tropezón.
El siguiente enjambre de virotes sonó diferente, más denso, un zumbido de avispa gigantesca que se abatió sobre ellos con una furia renovada. El hombre justo delante de Robert, un recluta de otro pelotón, emitió un sonido gutural y se desplomó como un fardo, con una asta de madera sobresaliendo de su cuello. Robert no lo evitó. Su siguiente paso, dictado por el impulso ciego de la avanzadilla, pisó el brazo extendido del caído con un crujido sordo que no logró oírse sobre el estruendo. A su derecha, otro soldado cayó de rodillas, agarrando con ambas manos el virote que le había atravesado el muslo. De pronto, había un hueco en primera línea, un vacío que conducía directamente al corazón de la formación.
Robert aceleró el paso metiendo el hombro en el vacío que dejó el muerto y bajando su escudo para cubrir la brecha. El mundo se redujo al cuero y la madera que sostenía frente a sí. Respiró hondo, notando el temblor en su brazo. Musitó una orden que se le murió en los labios, ahogada por el ruido. Solo Ascua y Tulio, parecieron percibir el movimiento y compactaron su posición para mantener la cohesión.
La siguiente descarga no se hizo esperar. Fue entonces cuando llegó. Un impacto tan brutal que no sonó a madera, sino a trueno. Algo golpeó su escudo con la fuerza de un ariete. La violencia del golpe le recorrió todo el brazo hasta la clavícula, entumeciéndoselo. El borde superior del escudo, impulsado por la fuerza, se le vino contra la frente con un chasquido sordo.
Un dolor cegador, instantáneo y punzante le hizo tambalearse, pero el empuje de la formación lo mantuvo en pie. La sangre empezó a correr de inmediato, un hilo espeso y caliente que le descendía por la ceja, le cruzaba el pómulo y le goteaba en la comisura de los labios. El sabor a hierro y sal le llenó la boca. Parpadeó, intentando despejar la visión empañada de sudor y ahora de su propia sangre. El escudo, rajado en el centro, pesaba el doble. Pero no se había partido. No había cedido. Todavía no.
Avanzaron los últimos pasos como un único cuerpo exhausto, un animal herido que respiraba con exaltación a las puertas de la madriguera de su presa. Robert, con la sangre de su frente coagulándose en tornos a sus pestañas y el brazo izquierdo convertido en poco mas que un peso muerto, fue de los primeros en coronar la cima. Un alivio agrio y fugaz le recorrió la espalda al comprobar como el reducido grupo de ballesteros retrocedía desordenadamente hacia la ladera opuesta para intentar un repliegue. Un gruñido de satisfacción se le escapó entre los dientes, un sonido ronco que pretendía ser una orden para cargar. Pero el sonido se congeló en sus labios.
Porque entonces vio lo que había tras ellos. Y el mundo se detuvo.
No era solo la compañía de ballesteros en fuga. Ocultas en el pliegue ciego de la colina, dos compañías de infantería pesada aguardaban en un silencio aterrador. Yelmos cerrados, lanzas en ristre formando un erizo mortífero, y escudos grandes que chocaron contra el suelo con un retumbar sordo y unísono al verlos, un sonido que hablaba de disciplina y muerte. Comenzaron a avanzar con una lentitud deliberada y terrible. No corrían. No necesitaban hacerlo.
El alivio se transformó en un nudo de hielo que le atenazó el estómago. La altura, que debía ser su ventaja, se convertía en su jaula. Estaban en la cima, sí, pero les superaban en numero y si se replegaban estarían cediendo la ventaja de la altura a una fuerza mucho mas fresca de lo que ellos estaban. Robert buscó instintivamente con la mirada a la capitana entre el caos de hombres jadeantes. Se internó de nuevo en la formación una vez la hubo localizado y vio como Santiago ocupaba su lugar en la primera línea.
—Son dos compañías de infantería pesada. Una nos carga de frente y la otra se abre hacia nuestra derecha. —Dijo a la capitana, tratando de recurar el aliento y la compostura.
—¡Me cago en el Arquitecto y todos sus Diseños! ¡Putos exploradores de mierda! —Gritó la capitana mientras se mordía el labio pensado en que hacer en continuación. —¡Formad un círculo!
Ecos de aquella orden se extendieron por la compañía hasta que, aquel cuerpo agotado, mudo su anterior forma para adoptar un circulo de una circunferencia muy inferior a lo que les hubiese gustado.
—¡Soy una ascua de su fuego eterno! —Se oyó gritar desde la primera línea.
—¡Cierra la boca, Ascua! Y no se te ocurra mover el culo de la formación. —Contestó Tulio.
—¡Preparaos para la carga! —Consiguió ordenar Robert.
El choque fue como el fragor del mundo partiéndose en dos. La compañía pesada no embistió a la carrera; fue una avalancha imparable, un muro de acero y carne que caminó los últimos metros con una lentitud aterradora antes de estrellarse contra su maltrecho círculo. El impacto resonó en los huesos de Robert, un trueno sordo de escudos chocando, madera quebrándose y hombres gritando al unísono. El aire se llenó de un calor húmedo y metálico, del olor a miedo y esfuerzo, del sonido gutural de hombres empujando con todas sus fuerzas mientras las lanzas enemigas buscaban rendijas en la defensa. Por un instante eterno, el círculo se mantuvo, un dique agonizante conteniendo un mar de hierro, y Robert, con los dientes apretados y la sangre de su propia herida salpicándole los labios, supo que ese frágil equilibrio era lo único que se interponía entre ellos y la aniquilación. Una aniquilación que no tardaría en abalanzárseles por su derecha.
Con un gemido roto, la formación logró rechazar el primer y más brutal empuje, pero el peso del enemigo seguía ahí, constante y agotador, presionando contra sus escudos. Robert, con el brazo convertido en una masa de dolor punzante atrapado contra la espalda de Santiago, notó la anomalía antes de poder articularla en un pensamiento. La presión no aumentaba. No llegaba el segundo golpe, el que debería haber destrozado su flanco derecho y los hubiera aplastado sin remedio. Entre jadeo y jadeo, con la mejilla aplastada contra la fría madera de su escudo, giró la cabeza lo justo para gritarle a la capitana, que combatía a su lado.
—¡No cargan por la derecha! —rugió, escupiendo sangre y saliva—. ¡Nos fijan aquí! ¡La otra compañía nos está rodeando! ¡No cargan!
—¡Por fin una buena noticia en este día de mierda! —Grito junto a ellos el sargento del segundo pelotón.
La mirada de la capitana, feroz y concentrada, se volvió hacia Robert por un instante y el fantasma de la comprensión se apoderó de sus facciones. Si la segunda compañía enemiga se desviaba para caer sobre el flanco del grueso de sus fuerzas mientras estaban distraídos con el túmulo… sería una carnicería.
—¡Necesito ojos atrás! —vociferó ella, blandiendo la espada para rechazar una punta de lanza que buscaba su garganta—. ¡Que la retaguardia confirme la posición de nuestra caballería! ¿Dónde están los jinetes del Tuerto?
La orden se perdió en el estruendo, pero la necesidad se transmitió como un contagio. Robert no podía volverse, pero oyó cómo el grito se repetía, deformado y urgente, pasando de boca en boca hacia el otro lado del círculo.
—¡La capitana pide por los jinetes! —aulló una voz ronca.
—¡Que miren el flanco! —añadió otra.
—¡Los jinetes! ¿Dónde están los malditos jinetes? —era el grito desesperado de Mellado, cuya voz aguda traspasaba el caos.
Pasaron unos segundos eternos, solo rotos por los golpes, los gritos y el crujir de la madera. Por fin, una respuesta, llegó de vuelta, transmitida a pulmón abierto desde la retaguardia:
—¡No se les ve! ¡El campo está limpio! ¡Los jinetes… no están en el flanco!
La confirmación cayó como una losa. La capitana enmudeció, y en sus ojos, por un brevísimo instante, Robert no vio el fuego de la batalla, sino el frío reconocimiento. No solo iban a morir ellos allí arriba.
—Tenemos que detenerles antes de que alcancen el flaco. —Dijo Robert tratando de imponerse al caos con una calma de cuyo origen no esta seguro.
—¡Has perdido el juicio Robert! ¡No todos somos unos perros falderos deseosos de que nos manden al matadero! —Gritó el sargento de segundo.
—No hay alternativa. Si cargamos cuesta abajo contra su retaguardia se romperán. Tienen que romperse.
—¡Nos tienen fijados, sargento! ¡Nos despedazaran antes de que empecemos a retroceder! —Respondió la capitana. Robert guardó silencio durante cinco latidos que se le hicieron eternos. Después tomo una gran bocanada de aire y miro directamente a los ojos de ella.
—El cuarto los contendrá.
—¡Por el amor del Arquitecto, en el cuarto no te quedan ni diez hombres! —Grito incrédulo el sargento del segundo.
—Pues corred como si solo quedásemos cinco.
Robert se abrió paso hasta la primera línea mientras golpeaba su espada contra su escudo destrozado y con los pulmones llenos, gritó sus órdenes. A su alrededor, el cuarto pelotón comenzó a ladrar enloquecido antes de romper filas.
Los oídos le pitaban y aunque no sentía dolor en ese instante, era plenamente consciente de que en breve pasaría a sentir que cada uno de los músculos de su cuerpo habían sido atravesados por un millar de agujas al rojo blanco. Se encontraba de pie, en los que pocos antes había sido un infierno. Estaba paralizado en la llanura, con la mirada perdida en aquella elevación y aunque el pitido de sus oídos iba disipándose, los lamentos y quejidos de los hombres y mujeres que yacían en aquel suelo saciado por la sangre, parecían estar entonando un diabólico crescehendo capaz de arrastrarle de nuevo a la locura. Le empezaba a doler la cabeza y le ardían las mejillas, poco a poco los quejidos iban convirtiéndose en amenazadores gritos entonados al son de una macabra melodía ritmo de los marcados golpes del acero contra el acero, contra la carne, contra el hueso…
—¡Sargento! Me alegra ver que esta entero. —Aquella grave y melodiosa voz le devolvió a la realidad con violencia y se giró para hacer frente a una mirada incompleta que lo escudriñaba.
—Mi comandante. —Dijo mientras se cuadraba ante el Tuerto.
—Una visión escalofriante… —Dijo señalando el campo de batalla.
—Si, mi comandante.
—Y a pesar de todo, esta visión es un privilegio exclusivo de los vencedores, de los que sobrevivimos. Da que pensar, ¿No cree? —Dijo sin dejar de observarle, en su posición de firmes, ni por un segundo.
—Si, mi comandante.
—Menos formalidades, sargento. —Dijo en un tono más relajado. Acto seguido dio un trago boto de vino y se la ofreció a Robert, que la acepto sin decir nada. —Me gustaría hablar con su capitana, sargento.
—La capitana se encuentra bajo los cuidados de los cirujanos. Fue herida, Pero me aseguran que tendrá una pronta recuperación.
—Me alegra oírlo, de veras que sí. Aunque es una lástima, corren por el campamento ciertos rumores sobre lo que aconteció allí arriba —Dijo señalando al túmulo a las espaldas de Robert — y esperaba que ella pudiera arrojar cierta luz sobre los mismos. Supongo que ahora mismo esa responsabilidad recae sobre usted ¿No creé, sargento?
—Supongo que sí, mi comandante.
—¿Y bien? ¿Qué es lo que realmente ocurrió en ese maldito túmulo, sargento? ¿Qué diablos hicisteis allí arriba?
Robert se quedo un largo rato mirando a su superior sin saber muy bien que decir, como sintetizar aquello a lo que sus hombres habían hecho frente. Finalmente, fijó su mirada en el único ojo de aquel hombre, Se irguió cuanto le permitieron sus fatigados músculos y declaró:
—Lamentablemente, fuimos incapaces de tomar la cima, mi comandante.
La poderosa y grave risa del tuerto inundo el valle del Sannam, que desde aquel momento se encontraba bajo el control de las compañías libres.