«Acunada por la bruma, en el punto exacto de la encrucijada de infinitos caminos, se alza la Biblioteca de los Perdidos».
Himno
de los
Perdidos
Escúchalo aquí:

[ ● REC ]

«Media hora pasada la medianoche. Conducimos por un barrio de mala muerte, el fuerte olor a basura acumulada y orín molestan sobremanera a mi querida camarada…»

—Huele mal. Deja la grabadora y sube la maldita ventanilla.

«… Nota: hago constar que huele mal. Es la séptima vez que la agente Balanzat hace esta apreciación. Sin embargo, mantengo las ventanillas bajadas, mi sentido olfativo necesita ser estimulado al máximo para encontrar a la tal Candela.»

—Huele mal.

«Aunque la brisa nocturna es apacible, las calles están vacías… Seguimos la pista que nos dio aquel amable chaval con gafas del estanco, después de que Balanzat le apagase una colilla en la frente, eso sí. Nota para servicios jurídicos del departamento: omitir el asunto de la agresión con colilla a un gafotas».

—Huele mal. Deja ya el rollito Twin Peaks, anda. Creo que estamos cerca… Percibo una alta presencia de energía mística… Debe ser la tal Candela, seguro.

«Nota: Carguen los gastos de un dónut, un café expreso doble y… una bolsa de sangre tipo A+ en las dietas estipuladas dentro de la sección económica del departamento de investigación… La ronda de búsqueda nocturna está resultando ciertamente agotadora… ¡Un momento! Pasamos frente a lo que parece ser un pintoresco local de videncia. En el exterior se lee: Dale Candela a tu futuro. Nota: Balanzat estaba en lo cierto, sugiero un bonus en su nómina. Fin de la grabación.»

[■ STOP]

—Dios, qué pesadito te pones —reprende Balanzat a Wülf—. No hace falta registrarlo todo, ¿sabes?

[ ● REC ]

«En adelante el uso de la grabadora se limitará a aquella información que se considere…

¡PLANK! Balanzat arrebata la grabadora al agente Wülf y la estrella contra la acera, deconstruyéndola en miles de pedazos.

—… imprescindible.» —termina el custodio hablándole a su mano vacía.

[■ STOP]

—Basta de rollos, que comience la fiesta —dice Balanzat mostrando sus finos colmillos.

—Está bien, entremos. Pero que sepas que te expedientarán por esto. Ten preparada el arma. No sabemos qué artefacto ha sido sustraído de la Biblioteca…

Se apean del vehículo. La puerta del local está abierta. Un aire viciado, cargado de incienso y algo más, les golpea en la cara al entrar.

—Parece que nuestra bruja está en su choza —dice Balanzat, con su mano cerca de la pistolera.

Un pequeño mostrador de madera tapizado en cera recibe a los agentes. Sobre él reposan dos candelabros encendidos, vertiendo líquido en pequeñas y densas cascadas. Pero ni rastro de Candela. Wülf señala una puerta contigua que reza «Consultorio», Balanzat asiente.

Un espeso humo se escapa por el umbral. Cuando se acercan, la puerta se abre ante ellos, invitándoles a pasar. Balanzat va delante, su vista vampírica siempre ha sido más aguda que la de su compañero.

—Madre mía, ¡qué humareda! —dice Wülf mientras tienta las escaleras con los pies, intentado no perder el equilibrio.

—Ah… —suspira Balanzat con nostalgia—. Me recuerda al denso humo del gran incendio de Roma…

—Te pasaste un pelín, ¿no crees? —le reprocha su compañero.

—Tonterías, fue hermoso. Lo único malo fue que todo el protagonismo se lo llevó aquel fantoche de Nerón… —Balanzat se detiene, percibe algo en el ambiente—. Oye, en serio, no sé qué pasa en este relato, pero aquí también huele a mierda. ¡Qué asco! ¡Puagh!

—Qué va… es… diferente… —Las palabras se estiran en la boca del agente Wülf mientras olisquea el ambiente—. Huele… Oh… Huele a hierbabuena… Me recuerda a aquel viaje astral a Jamaica…

—No me puto jodas y céntrate, que está cerca. Lo noto —le dice mientras apoya el hombro en una esquina, sosteniendo con una mano la pistola y con la otra tapándose la nariz.

Al llegar al final de la escalera, emerge en el centro del consultorio una estrafalaria figura. Pelo a lo afro, pendientes de aro, camaleón por mascota, ojo de cristal…

—Debes de ser Candela —dice Balanzat, cargada de autoridad, más seria que la diabetes tipo 2—. Saludos. Supongo que ya sabes quiénes somos así que dejémonos de presentaciones y vayamos al grano.

Candela da una calada al porro que sostiene entre su índice y su pulgar.

—Custodios… Dos nada menos… ¿A qué debo este placer?

—Oye… —dice Wülf obnubilado—. ¿Me das una caladita de eso que tienes ahí? Últimamente paso por mucho estrés y…

Balanzat pone los ojos en blanco.

—Mr. Chips, ¿te suena? —pregunta la vampira mientras ojea la habitación.

—¿Debería? —responde Candela.

—Tú a él le suenas. Aunque antes que de que saliera tu nombre tuvieron que «sonarle» varios puñetazos en su ridícula cara de duende zanahorio para que soltara prenda.

—Umm… —Candela desvía la mirada hacia Wülf invitándole a dar una calada, el custodio acepta de buen grado, después la pitonisa continúa—. ¿Sabes? Entre los míos tener duende suele ser un don digno de admiración… Pero parece que el duende que me ha tocado es un verdadero malaje. Sí, estuvo aquí. Se manifestó en el humo y después se transfiguró en un cuerpo físico. Según dijo había «tomado prestada» una pipa de un custodio de la Biblioteca para el viaje interdimensional… Me pareció pejiguero, mu cansino. Percibí, eso sí, que estaba bajo el influjo de una presencia maligna. Quizá como cómplice, quizá como rehén…

—Interesante. Sí, es él. Un coñazo total, desde luego. —En el cuaderno negro de Balanzat empiezan a escribirse en un líquido carmesí, sin que ella mueva un dedo y con caligrafía cuestionable, las palabras de la bruja—. ¿Dejó algo aquí? ¿Algún objeto?

—Diooos… —Wülf da una profunda calada al porro y comienza a levitar con las piernas cruzadas, en posición de yoga. —Ommmm…

—Ignora a mi compañero. Responde, bruja —Balanzat se lleva la mano a la culata de la pistola.

—Eso no será necesario, chiquilla de la sangre. —El ojo de cristal de Candela desprende un brillo juguetón—. Sí, dejó algo… Un paquete. ¡Pero que me caiga muerta aquí mismo si sé lo que es! —Candela se santigua, se besa tres veces las manos y las sacude espantando a los malos espíritus—. Reconozco la marca del mal… ¡Y ese paquete la lleva por todos laos!

—Entiendo… —Balanzat mueve un dedo en el aire y algo se subraya en sus notas— ¿Dijo algo más?

—Sí. Dijo que lo abriese. Que sería divertido o yo qué sé qué majaderías… Paparruchas de duende de las que no me acuerdo. —Candela se santigua de nuevo—. Nunca me fio de los leprechaun. Son unos malajes. Así que ahí lo tenéis —dice señalando un paquete situado sobre una mesa de tarot—. Lleváoslo si queréis.

—¿Así de fácil? —inquiere la Custodio, alzando el arco de su ceja izquierda con clara sospecha.

—Ni tan fácil ni tan ná —responde Candela con una risita tras dar otra calada—. A veces una suelta la lengua pa’ quitarse peso de encima, no pa’ regalar secretos.

—Gracias por la aburrida colaboración… supongo —dice Balanzat—. ¡Eh, tú! Baja ya y coge ese dichoso paquete. Con cuidado.

—A la orden, madameee —responde Wülf con la voz aflautada. Después desciende a trompicones hasta que sus pies tocan el suelo del consultorio. A pesar de su boba expresión de felicidad, fruto del efecto del cannabis, se comporta como un profesional. Saca de su gabardina de detective un par de guantes estériles y después introduce el paquete en una bolsa de plástico con autocierre.

—Adiós, vidente. Veo que conoces perfectamente los límites de lo desconocido… Gracias de nuevo.

—Gracias a vosotros por dignaros a aparecer en mi humilde consulta… y dejarme de una pieza. Me conozco tu reputación, chiquilla. Ya puedo morirme tranquila: he visto de cerca a la Custodio y no me ha dao un patatús —responde Candela con una respetuosa reverencia de cabeza.

—Tienes… mis respetos —reconoce Balanzat—. ¡Tú, vámonos!

—Vale, vale… Pero no grites, me duele la cabeza —ruega Wülf, después se dirige a una grabadora invisible—. Nota: no volver a consumir estupefacientes cuando estamos en plena investigación.

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