de los
Perdidos
Gitanito de Triana; la pasión en mis venas, mi piel, sin embargo, de blanca herencia, es pura porcelana agrietada de desprecio.
En el reflejo del albor, de lo santo y lo bueno, me encuentro con una guitarra entre las manos. Mi particular aullido nocturno, homenaje a mi cuna maldita. Maldita. Y, sin embargo, solo mía.
Fuera, en el patio, el aire vibra conmovido. La risa de los amigos, los besos prohibidos de los amantes, viajan de una copa a otra en el plácido frescor de la noche.
Dejo mi humanidad en el patio y, atrás, bien atrás, el olor de la flor del naranjo. Saludo al misterio del arte profano. A la calidez de un público atento, que me ofrece el mayor de los respetos: silencio.
Todo es posible en una noche como esta. Pero es seguro que mi sino permanecerá. Soy guardián de tu frialdad, de las nubes negras que anuncian muerte… ¡Ya no quiero herencia, madre! La arrojaré al sol que tú me negaste.
Encuentro mi lugar dentro de la posada. Mira, madre. Cómo siento, ¡Cómo rezo! Como el Cristo del Cachorro, en este templo, soy el más reverenciado rey de los parias.
Las cuerdas vibrarán también, al son de este corazón de tinieblas. Me acompañan cómplices de bronce que me tienen todavía por payo de plata: el sentido cantaor, la fiera bailaora. Los tres en la fragua del arte sagrado, pero solo a mí me encontrarán las primeras luces del día sobre el frío yunque.
Con los ojos cerrados, tu brillo me alcanza sentado sobre el esparto. Me amarán, como me han amado todas las noches, ajenos al odio que me profesan al alba. Me amarán en la lengua del alma. Como soy. Como he elegido ser. Cómo jamás podrían hacerlo a través de sus ojos.
Si ellos supieran, mi arte, confesión sincera, todos aquellos que bajo el puente quedaron atrapados por mi desgracia… No dejaste madre, por ser madre mía que pudiera ser uno más.
Me quisiste para negarme… ¿No viste acaso? No. Te cegó tú deseo hasta tener lo deseado… ¡Pero yo respiro igual que sufro, madre!
Tu capricho es siervo de la muerte bajo el puente de Triana.
Busco el compás, someto al silencio para contar mi verdad. Sonrío con dos colmillos de oro, pero padezco en el hueso. Ay madre, sin embargo, te quiero.
Se unen las palmas, después el rítmico taconeo, a este tablao viejo. Tablao hermano de mi guitarra, engendrados hace más de un siglo por mis manos astilladas .
En cada compás un alma, esencias sanguíneas que tomé a dentelladas. Ahora liberadas a la pasión de la madrugá, aunque las envidié, jamás fueron mías.
A ti te las ofrezco madre, para que no estés sola. Serán tus hijos los que han corrido por mis venas. Te los impondré madre, como tú me impusiste esta condena.
Se escucha ya claro el ancestral lamento. La cruz sigue quemando sobre mi pecho desnudo. Pero hoy dejo que del dolor brote mi último alegato.
—¡Huye! —rompe la noche el cantaor.
Rabiosa responde la bailaora. El pelo cubre ya su rostro. Solo el más puro de los sentidos prevalece. Escucha el llanto, madre. Un alma negra que no se apacigua. Nada más me dejaste.
—¡Huye!
Aquí dentro el ritual. Fuera, en las calles de Sevilla, la madrugá. Los arrastrados pasos que siguen unas tallas que no sienten quemar las candentes lágrimas de cera. Pero aquí, no hay madera, solo carne y la emoción de un lamento inmortal.
Transcurre la madrugá. Y te vas recogiendo madre, tras las primeras luces. Yo siempre te acompañé, pero hoy no. Ya no hay público. Tampoco cómplices del lamento. Es la hora. He de hacerlo solo.
Ya no soy aquel niño que iba contigo de la mano. Aunque la cruz quema sobre mi pecho desde hace tres siglos, de ella jamás he renegado.
Salgo fuera. Pasada la madrugá, a la luz del día, soy dueño de mi propia pasión al son de una saeta a la que se le queman los dedos. Ya son tuyos los cantares de aquellos que hice presos. Ay madre, sin embargo, te quiero.
En el patio de una sucia posada, un gitanito de nieve se deshace en primavera.
Su cuerpo: polvo.
Su tumba: una guitarra.